UNA NUEVA SOMBRA SOBRE INNSMOUTH


EL DESPERTAR DE CTHULHU (2) © 2001, Jorge R. Ogdon (a) Dogon

© DOGON [*]

"In pace bene dormit,
Dormit in somno pacis,
in pace somni,
in pace Domini dormias.",
siempre me ha parecido
un admirable epígrafe
funerario popular de los latinos.
Especialmente, para algo que ya
ha vuelto a despertarse.

Barón Oxxon de Darkestshire

Aquí en Innsmouth, todo es distinto. Lo presentí desde el momento en que llegué al pueblo; que estaba maldito. Maldito por algo muy malo, y desde muy antiguo.

Lo noté ni bien descendí del destartalado bus que me trajo desde Arkham y puse el pie sobre el suelo. Una electricidad en la planta de los pies, un calambre ascendente por mis piernas y un escalofrío chuchoso que trepó como tejo por mi espinazo; los cabellos no se me erizaron porque llevaba puesto el sombrero, que si no... Fue todo, pero fue suficiente.

Bueno, ¿quién no ha sentido esos síntomas en situaciones similares? Bajar en un lugar solitario y ver la decadencia de lo que será de ahora en más el nuevo sitio de residencia y trabajo, no es para menos. Si dan ganas de pegar la vuelta, perseguir al bus y treparse a él de nuevo, para huir como si nunca se hubiera estado allí.

Decir "decadencia" es ser demasiado condescendiente y poco sincero; realmente, la palabra "podredumbre" sería más indicada para expresar la repugnancia que provoca ni bien ver semejante perspectiva. ¿Y yo venía a hacerme cargo de la comisaría de ese agujero mefítico? Confieso que en mis años de policía, nunca he tenido por destino semejante porquería de lugar.

La vivienda que me asignó el gobierno no podía ser sino la más horrible y menos edificante de todas las que me tocaran en mi itinerante carrera de comisario de condado. Encima, comisaría y vivienda eran una y la misma cosa: la primera, un cuartucho de tres por cuatro, adosado a un costado de la segunda, que no era mucho más grande ni más confortable. Bien por el contrario, el chirriar de las maderas húmedas y goteantes por las noches sonaba como a pasos que se acercan a la cama donde uno yace... y, sí, pasé unas noches de locos, sin dormir, la oreja parada a la escucha de algo; algo inquietante tenía ese ambiente que no me permitía conciliar el sueño. Al principio, no me di cuenta de ello; pensé que era la falta de costumbre y el cambio de aire, pero después... apenas debo haber cabezeado una siesta y pasado una mala noche en todos estos días en los que ocupé el cargo.

El ámbito general es de absoluta dejadez, y hasta me atrevería a decir que el pueblo se está pudriendo, cual si fuera un cadáver marino en descomposición abandonado al aire libre, liberado de las redes que lo arrastraron a la orilla, yaciendo sobre la arena húmeda de la bahía. Por las noches, bajo la luminosidad fosforescente de una pálida luna, que en este sitio pareciera brillar menos que en otros lugares, llega del océano un olor penetrante, profundo y pestilente, que apenas es atenuado por la luz del alba y la llegada del sol. El aroma a putrefacción es predominante en Innsmouth.

Y hay que ver a los que viven aquí, ¡Jesús, estos pobladores son... son... indescriptibles! Apenas quiero guardar algún recuerdo de ellos porque son... ¡agh, si todavía me dan ganas de vomitar!

Desde un comienzo me percaté de que mi presencia era indeseada e indeseable. Era el único forastero en el pueblo, como llegué a enterarme después de un par de días de estar en el poblado, y no era para nada bienvenido allí. Ojos hoscos y labios torcidos me rodeaban, y sus bocas apenas respondían a un saludo o a una pregunta mía. Pero mi autoridad como comisario de Innsmouth terminó por imponer un cierto respeto, aunque la repulsa de esa gente la sentí a flor de piel durante todo el tiempo que serví en el pueblo. Pronto me di cuenta por qué: simplemente, no era uno de ellos.

Estas personas ya casi no son humanas, ni son personas; son otra cosa que no alcanzo ni me atrevo a definir; me faltan las palabras apropiadas para describir su naturaleza, aunque pueda hacer un somero esbozo de sus siluetas, sus perfiles, sus sombras, y algún que otro rasgo de sus siempre velados rostros. Lo que no olvido, ni podré olvidar nunca, son sus manos escamosas, gomosas y relucientes bajo la luz de la luna, en la bahía, sobre sus barcos de pesca descascarados y que lucen tan viejos, tan antiguos como la propia epidermis de los embarcados que los guían mar adentro.

Fue a las dos semanas de instalarme que vinieron por mí. Una fecha inolvidable, el 17 de junio de 1927. Pero ya durante ese lapso me ocurrieron tantas cosas extrañas que ahora, vistas con la perspectiva que me da el tiempo, resultan ser de lo más naturales en ese desnaturalizado lugar.

Pueblo, lugareños, puerto, Arrecife del Diablo, ellos y... Él... ¡Oh! ¿Por qué no huí antes? Ahora, ya es tarde. Ya están aquí de nuevo. Los oigo; el chapoteo, los siseos quedos y penetrantes, las endiabladas flautas y su enloquecedora ¿música?... Y el canto, el infernal canto... "¡Iä, Iä, Shub-Niggurath! ¡Cthulhu fhtang!", que terminé por aprender de tanto escucharlo a lo largo de esos quince días, pues pude oírlo claramente a altas horas de la madrugada, llegándome entremezclado con el rumor de las olas marinas, machacando sobre mis alucinados entresueños.

Esta misma noche estuve recorriendo el área de los pontones desde donde los lugareños parten con sus barcas para la pesca - una pesca del todo extraña, de la cual nunca regresan con peces, pero sí con bultos raros, apenas visibles, que hoy pude ver -, y las luces de unas antorchas en la costa me llamaron la atención.

Llevé el auto de la patrulla hasta aparcarlo en un lugar lindero, cuya vegetación ocultaba perfectamente el vehículo. Desde allí observé que, como solían hacer, los supuestos pescadores bajaban varios bultos, algunos de los cuales aún parecían debatirse en una frenética lucha del contenido por fugarse de su interior, aunque la pelea estaba perdida de antemano. Varios hombres clavaron sus arpones en los bultos y éstos dejaron de moverse.

Inmediatamente, caí en la cuenta de que debían ser seres vivos. Y, luego de pensar por un segundo, también que podían ser seres humanos. ¿Por qué no? Decidí intervenir, cuando vi surgir de las aguas del mar a unos entes que, ciertamente, no eran humanos. El reflejo de la luna sobre ellos fue suficiente como para que notara algunas de sus características y me asusté tanto al distinguirlas que fui a dar al suelo, deslizando mi cuerpo por la puerta abierta del automóvil, sin dar crédito a lo que mis ojos me mostraban tan claramente.

Pero lo que me hizo levantar y poner los pies en polvorosa, como se dice vulgarmente, para detenerme tan sólo al llegar al calabozo y encerrarme dentro de él - y suerte que no había ningún detenido, pues lo hubiera matado con tal de escudarme tras las rejas -, fue cuando alcancé a ver que, detrás de esas deformidades fofas, pálidas y goteantes, de caras parecidas a sapos o bactracios de alguna clase, venía alzándose una maraña de tentáculos de color púrpura, plagados de rosadas ventosas como rojas bocas llenas de blancos y afilados dientes, que se abrían y cerraban como queriendo devorar todo lo que se le ponía delante y... ¡Dios mío, así era efectivamente! La monstruosidad no se fijaba si lo que se tragaba su miríada de bocas era a aquellos seres repulsivos que venían abriéndole paso, cual si fueran un cortejo majestuoso y, a la vez, suculento, o si se trataban de los pescadores semi humanos en los que se habían convertido los habitantes de Innsmouth. Chillidos enloquecedores y entremezclados - aunque me sonaron, simultánea y extrañamente placenteros - de ambas especies me llegaban como taladros perforando mi cabeza, hasta que corrí y corrí, sin detenerme, para dar aquí, tras las rejas, protegido por nada, porque nada puede parar a esa horda infernal, y mucho menos a Él. Atemorizado, disparé contra la turba de fenómenos que comenzó a perseguirme, pero no hubo bala que les detuviera. Sólo la patrulla me salvaría poniendo la mayor distancia entre ellos y yo. Y fue lo que hice, subir al automóvil y venir a dar tras las rejas. Vaya ironía, ¿no?

Sí, son ellos,... y detrás de ellos vendrá Él ¡¿Qué hacer?! Y vienen junto con todos los habitantes del pueblo... viejos, ancianas, mujeres, niños, todas esas creaturas semi anfibias que otrora fueran humanos. Porque no hay una sola que sea como nosotros, no ya. Se asemejan más a los bactracios esos, esos seres completamente anfibios que se comportan tan raro, pero que denotan tener una inteligencia, una conciencia totalmente ajena a la humana, unos sentimientos completamente diferentes a los nuestros, unas motivaciones tan alejadas de las nuestras. ¿Y Él? ¿Cómo será realmente? ¿Qué pensará, Él?

Este pueblo está maldito, con una maldición incomprensible y demasiado arcaica como para ser entendida por los hombres, diminutos seres recién caídos de la cuna de la Vida. Ellos ya estuvieron aquí; la Tierra era de ellos cuando nosotros ni siquiera éramos un pensamiento en la corriente de la Vida; su vida no es como la nuestra, es otra cosa que ni siquiera puede llamarse vida. Y yo estoy por perder la mía a manos suyas. ¡Ja, como si pudiera decirles manos a esas... esas cosas que revolea por los aires! Me hizo acordar a un pulpo, pero mil veces mayor que cualquier otro que exista en este mundo; y tampoco a un pulpo, porque tenía,... no sé,... cosas tan horribles que mi cerebro ha preferido la amnesia al recuerdo.

Sí, ahora veo las antorchas. ¿Me volveré como uno de ellos, así con pseudópodos y tentáculos? ¡Dios me libre y guarde! Lo peor es que ya disparé sobre ellos y las balas no les hacen nada, estén o no completamente transformados. Es como si atravesaran un pez, pero sin matarlo. Y enseguida surge ese olor pestilente y nauseabundo. Como si fueran pescados que llevan muertos por semanas. ¡Es tan desagradable, puaj! Así que abandoné las armas por inservibles, excepto el revólver que podría usar sobre mí mismo. Al menos no me dejaré convertir en uno de ellos, en una de esas... cosas repulsivas, ¡ajjj, qué asco! ¡Oh, sí, Dios, permite que tenga el valor suficiente para volarme la cabeza!

Ya rodearon la casa. ¿Entrarán por la vivienda o sabrán que me escondo aquí, en la celda? Son muy perceptivos, demasiado para ser humanos. Son todos como ellos, viven y vienen con ellos... y, después, vendrá Él. ¡Ay, mi Dios, no quiero pensar en Él!

Pero, ahora oigo alboroto, movimientos extraños tras la puerta de la oficina misma... ¡Son disparos! Parecen truenos... Y algo más, ¡correteos, gritos! Yo también grito, grito como un marrano. La pálida luz de una antorcha se planta ante la puerta, se agita, juega... Siguen los alaridos, algunos no son humanos, han de ser ellos, seguro; pero se entremezclan con voces más familiares, más de mi especie... ¡Más tiros! ¡Más gritos! Órdenes, ¡son órdenes proferidas por una voz humana!

Estoy sudando como un cochino... Oigo que se abre el pestillo... ¿Y esos gritos?... ¡Sí, sí, son humanos, humanos!... ¿Qué dicen?... ¡Seres humanos! ¡Oh, oh, estoy... estoy salvado!... ¡Son los federales, sí, los federales, loado sea Dios!

~0~

Cuando salí de la comisaría, acompañado por dos hombres del F.B.I. pertrechados con el armamento más moderno que hubiera visto en mi vida, me encontré con un espectáculo dantesco, en donde decenas de uniformados y agentes federales perseguían a los habitantes de Innsmouth y les disparaban sin piedad hasta matarlos. Llevaban armas poderosas como nunca he conocido.

Los edificios circundantes ardían con devoradoras llamas que parecían envolverse sobre los muros de ladrillo como sierpes constrictoras, y dejaban elevar una densa humareda que, cual niebla marina, cubría a las sombras que corrían y saltaban; que perseguían o eran perseguidas.

Los dos hombres que me llevaban consigo me conducían hacia una zona alejada del conflicto, y cuando pasamos por una de las calles que llevan al puerto pude contemplar cómo, a lo lejos, mar adentro, se levantaban las columnas de agua de las explosiones de las cargas que lanzaban los submarinos de la Marina, como luego vine a enterarme, y que, en ese momento, aluciné que eran los tentáculos de Él que se abatían sobre nosotros, y grité como un desaforado hasta que uno de mis acompañantes me propinó un golpe en la nuca que me dejó desvanecido.

Cuando recuperé el conocimiento, me encontraba en una cama de hospital, en una habitación muy ascépticamente blanca y con una adusta enfermera tan blanca como los muros del sanatorio. Permanecí en ese sitio por dos largos meses, hasta que los doctores del ejército dieron su visto bueno y me dieron de alta. Fui interrogado detenidamente por el F.B.I. y vuelto a reinsertar en el servicio activo con el grado de detective. Un inmerecido ascenso, después de mi comportamiento en Innsmouth, pero ¿quién hubiera hecho algo diferente?

Pedí que mi jurisdicción estuviera bien alejada del mar y, en especial, de la zona costera de Massachussets. Estoy seguro que Él sigue por ahí, y que no está dormido como dicen.


[*] Imagen y texto © 2001 y 2004, Jorge R. Ogdon (a) Dogon. Queda hecho el depósito que marca la Ley N° 11.723 de Registro de la Propiedad Intelectual de la República Argentina. Derechos reservados. Es propiedad. Especial para la Nueva Logia del Tentáculo.

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