Acompañado de vampiros burlones y amistosos
© Dogon
Sweetheart, Nik Daum
Ahora cabalgo en el viento nocturno, acompañado de vampiros burlones y amistosos, y juego durante el día en las catacumbas de Nephren-Ka, que se extienden bajo el secreto y desconocido valle de Hadoth, cerca del Nilo. (EL EXTRAÑO, H.P. Lovecraft)La conocí durante un paseo, bajo un oscuro crepúsculo de otoño. Primero, sólo fue una imagen difusa y fugaz, un blanco vestido vaporoso y una dorada cabellera flotante, que brillaban en mis asombrados ojos. Luego, fueron unos ojos negros y profundos y un rostro angelical con el sello del pecado impreso en él, los que me unieron a ella en esta hipnótica relación.
Una relación en la que yo vivía como en sueños, recorriendo con ella las calles iluminadas por la moribunda luz de las candelas en las lumbreras; las callejuelas cubiertas por un denso manto de sombras que van y vienen; los callejones sin salida, en donde yacen no sólo vagabundos, borrachos y criminales, sino algunas otras cosas que no debieran mezclarse con los hombres.
Ella me los enseñó, todos los peldaños que llevan al infierno. Un ángel del Averno, es lo que era. Me llevó consigo, deambulando de aquí para allá. En los parques, sentados bajo los pinos, me hizo ver realmente de qué color es la sangre.
En esos momentos, caía en una suerte de ensueño, en el que me veía inundado por oleadas de placer que, al abrir mis ojos y salir de ese estado, se traducía en un ligero estremecimiento, y, entonces, musitaba cuánto la amaba, y volcaba en sus oídos toda suerte de zalamerías, como gotas de miel. El mundo alrededor, no existía, ni me importaba. Ella lo era todo: mundo, vida, amor. Me dejaba descansar laxamente en la profundidad de sus ojos; me entregaba como un neonato en sus abrazos y llenaba mis oídos con sus canturreos maternales. Ella era madre, esposa, hija; sólo ella existía para mí.
Nos casamos en una pequeña capilla cuyo capellán aceptó hacerlo a medianoche. Fue una ceremonia inolvidable, a la luz de velones negros, cruces invertidas y cálices desbordando sangre de niños, que pasaron de mano en mano y de boca en boca. La sangre del sacerdote nos tocó a nosotros, los desposados.
La luna de miel me condujo a conocer mejor la personalidad de mi flamante consorte: cuánto gustaba de seducirme para hincarme sus colmillos y succionar mi vital fluído; cómo le gustaba llevarme consigo y sentarnos a devorar la tierna y dulce carne de un párvulo, luego de raptarlo de su casa; y, debo decirlo aquí sin reticencia alguna, en qué medida tan grande le encantaba que nos transformáramos en aves de rapiña y desangráramos a una ninfa solitaria. Creo que a ella le gustan las mujeres, aunque nunca me lo dijo abiertamente. Eso me gustaba a mí, y me bastaba. Solían ser muchachas jóvenes, veinteañeras, que volvían a sus hogares por rutas desiertas u oscuras, tarde por la noche. No todos los caminos conducen a Roma; hay otros que llevan directo a nuestros brazos.
No es que reconozca que lo que hacemos es intrínsicamente malo; lo nuestro es una cuestión de supervivencia.Fue hace tiempo, cuando le pregunté a ella por qué no había espejos en nuestra casa - y me respondió que para qué, si no reflejarían nuestros semblantes -, que me dí cuenta que había abandonado el mundo de los hombres hacía rato; que ella, desde hacía tiempo, me había hecho cruzar el umbral de Proserpina y que Caronte me había hecho pasar a la Otra Orilla. La revelación de mi nueva condición, lejos de alarmarme o sorprenderme, me causó gran alegría. Saber que ya no era un mero mortal, pero que vivía entre ellos, me produjo una sensación de omnipotencia tal, que esa noche la llevé a cenar a una guardería infantil. Salimos ebrios y la rematamos con una prostituta de la zona portuaria, a la que desvenamos antes de beberle la sangre y mordisquearle el cuerpo. Eso no es normal en nosotros, pero la ocasión lo justificaba.
Porque desde ese momento dejé de sentir la angustiosa extrañeza que me acompañó por un tiempo, al principio, cuando la conocí a ella; una espantosa y perturbadora opresión por no saber quien era yo en realidad.
¿Hay algo más horrible que no saber quién es uno?
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