BAJO EL TEMPLO


Ilustración © Frank Frazetta

© DOGON [*]

No siempre de terror hemos de vivir los hombres;
ocasionalmente, la pura fantasía basta
para saciar nuestro apetito por lo morboso.

Barón Oxxon de Darkestshire

Sé que mi vida ahora esta ligada indisolublemente a este lugar, por siempre. No puedo abandonarlo, una fuerza mayor que mi propia voluntad me lo impide, haga lo que haga, piense lo que piense, determine lo que determine, siempre, siempre estoy aquí. Y aquí espero. Espero por que vuelva a mostrárseme como aquella primera y única vez. ¿Es así tu hechizo, tu fascinación cegadora? ¿Es así el destino que impones a los mortales que te han contemplado?

Llegué a la Bella Italia para visitar Pompeya. Era el sueño de mi vida. Me importaba e interesaba más que la propia Roma, su Coliseo y su Piazza di San Pietro. Conocer la ciudad que se volvió famosa en la Historia por haber sido destruida y, simultáneamente, conservada por la lava del volcán. Pompeya está suspendida, flotando, entre cenizas y piedra, desde la erupción del Vesubio en el año 79 d.C.

Por ello no dudé en rumbear hacia ella ni bien puse un pie en suelo italiano. En el aeropuerto romano lo primero que hice fue rentar un vehículo en Avis, y pisar el acelerador, dejándome deslizar por las anchas y pavimentadas rutas, cuyas señales tan precisas me condujeron en un santiamén hasta mi objetivo. Luego de recorrer ansioso esas distancias, arribé sin el menor inconveniente a la villa portuaria, expectante por recorrerla palmo a palmo y revivir aquellos lejanos y tremendos días, cuando romanos y romanas, pompeyanos y pompeyanas, fueron cogidos casi por sorpresa en el puño de la muerte.

Ansiaba ver los moldes de yeso de sus cuerpos inertes, atrapados en gesticulaciones caprichosas, divertidas y, por momentos, hasta ridículas, si no fuera porque son el resultado de una agonía tal que no quiero, aun hoy, ni tan siquiera imaginar. Porque debe ser horrible morir abrasado por la lava ardiente, o asfixiado por toneladas de negra ceniza, o bajo el peso creciente de miles de pedruscos que caen de los cielos como letales gotas de una lluvia lítica.

Pagué el ticket de entrada, como todo turista, y, apartándome del habitual grupo de tales y su guía, cuya voz desgranaba con tono chillón los lugares comunes del discurso destinado a los mismos, me escabullí por una callejuela lateral, que nacía prácticamente a un lado de la avenida principal que daba paso hacia el centro de la ciudad. Pero antes de hacerlo, y como muchas otras de las personas que me rodeaban, me detuve ante la cartelera que, con numerosos afiches y pegatinas, enseñaba y anunciaba los sitios arqueológicos e históricos destacados, y las actividades y espectáculos a los que se nos invitaba a participar.

Fue a través de uno de esos anuncios menores, medio escondido entre otro cúmulo de papeluchos similares, que me vine a enterar que un equipo de arqueólogos de la Universidad Basilicata había exhumado muy recientemente las ruinas de una estructura totalmente desconocida, construida en tiempos de los samnitas. Los samnitas eran un pueblo tribal que había dominado gran parte del centro y sur de Italia, asentados principalmente en la zona pompeyana ya en el siglo VI a.C. En 343 a.C. libraron tres guerras contra los romanos y fueron, finalmente, derrotados. Por eso se sabe muy poco de ellos y se les da muy poca importancia: la Historia siempre la escriben los vencedores, y, en este caso, no fue mucho. Si mal no recuerdo, el nombre del general romano que los derrotó era Lucio Cornelio Sulla. Lo que sí recuerdo bien, es que construyó un templo en honor a la diosa Venus, luego de su triunfo. Un templo que, hasta el momento, no había sido desenterrado, por lo que los expertos creían que estaría localizado en alguna parte poco importante de la villa. Pero se equivocaban. Según la escueta noticia, el susodicho templo había sido ubicado y se encontraba a pasos del centro geográfico de la ciudad, a escasos metros de la plaza central, el nudo neurálgico de Pompeya.

Pero también agregaba otra novedad: debajo de dicho templo, había otro, más antiguo, aparentemente erigido en tiempos de los samnitas. Esta información exacerbó mis anhelos por conocer profundamente la historia de la ciudad, y excitó de tal modo mi imaginación que decidí que ese fuera el primer lugar de mi visita, a la que presentía prolongada, mas no de este modo. No de esta manera infinita, interminable, eterna. A la espera de que vuelva a producirse algo que no sé, no creo que ocurra nuevamente. No creo que tenga tanta buena fortuna. Mas permaneceré aquí, esperando, ya que no puedo ni quiero marcharme. Es algo que me atenaza y me aferra, que me aprisiona y me enreda, que me ata a estos muros derruidos, a estos patios devastados, a estas sillerías descascaradas. Hay algo vicioso en todo esto y me he vuelto un adicto incondicional a ello.

Habiendo memorizado el sitio donde se emplazaban las excavaciones de la universidad, dirigí mis muy resueltos pasos hacia allí. Siendo temporada de verano, no me extrañó al llegar que no hubiera nadie a la vista, ni siquiera algunos estudiantes y su mentor haciendo esos rutinarios trabajos de temporada que suelen encarar en este período del año. Sonreí satisfecho, ya que era una señal de que podría indagar en el lugar a mis anchas.

Reconocí de inmediato las columnas del templo y me llamó la atención la perfección con que habían sido esculpidas: se trataba de "columnas ofídicas", cuyos fustes dobles, espiralados en la forma de dos serpientes, se elevaban orgullosos hacia las alturas. No era un decorado común entre los romanos y lo identifiqué como samnita, como parte del portal del recinto primitivo, y eso se reflejaba en el hecho de que el resto de las columnas del mismo adoptaban el diseño jónico romano, destacando el detalle de las ovas y los astrágalos envueltos en las volutas superiores, bajo los arquitrabes y los frisos, ahora casi borrados completamente por el paso del tiempo. No sé por qué extraña razón, los bucráneos que ornaban los últimos me causaron un ligero estremecimiento, aun en su actual estado derruido; había algo anormal en sus rasgos, que no se asimilaba mucho a los de los cráneos de búfalos que estaba acostumbrado a ver en los manuales de arte romano. Más que cuernos, sobre sus cabezas deformadas parecían lucir tentáculos pulposos; una rara y llamativa combinación de criaturas terrestres y marinas. Tenían un mórbido parentesco con las serpientes de las columnas, que recién me daba cuenta se trataban más bien de dragones u otras entidades mitológicas amorfas, erizadas de afilados cuernos y retorcidos tentáculos. Junto a los bucráneos se leían los restos de una inscripción, que rezaba: CTHULHU THEOS R'LYEH, que gracias a mis acabados conocimientos de griego arcaico pude traducir inmediatamente como: CTHULHU, DIOS EN R'LYEH, y que supuse referiría a una deidad menor y desconocida del panteón samnita. Pero, ¿por qué en griego? ¿Tenían relaciones los samnitas con los griegos arcaicos? Como lo ignoro, dejé de lado las preguntas.

Me adentré en el interior del recinto, notando que adoptaba una planta anfipróstila y que no era de gran tamaño, como impresionaba en un primer momento. Los muros del templete - porque es lo que realmente era - todavía conservaban trazas de la antigua decoración pintada. Pude distinguir vagos rastros de rostros humanos, que sin duda debían ser, en realidad, divinos, y, entre ellos, como lavado y relavado cien veces, el de Venus misma, la diosa a quien se había consagrado el edificio.

Pensé cómo la historia se repite siempre igual y en todas partes: erigir sobre el sitio sacro original, otro, para borrarlo de la memoria, para sepultarlo bajo el templo dedicado ahora a otra deidad, a otra personalidad; una cultura bajo la otra, condenada al olvido, a la falta de memoria de su propio pueblo, un pueblo ya para entonces esclavizado.

Me pregunté a qué otra divinidad del panteón samnita pudo haber estado dedicado el templo primitivo, y, en ese preciso momento, el rostro pintado de Venus comenzó a cobrar un repentino e inesperado brillo, como si una suave y cálida luminiscencia brotara de esa cara desvaída hasta cobrar una vida sobrenatural que no pudo dejar de hacerme temblar como una hoja en el sitio en que me encontraba, completamente alelado y sin saber cómo reaccionar. Los pelos de la nuca se me erizaron como a un erizo, y sentí que un estado de entumecimiento total embargaba mis miembros. Me fue imposible moverme; aun si lo hubiera querido no podría haber salido corriendo. Me di cuenta que tampoco deseaba hacerlo. Lo que quería era mantener fija mi mirada sobre la maravillosa aparición que se estaba manifestando ante mis ojos.

Porque a medida que el brillo de esa luz ultramundana crecía, iba apareciendo la figura completa de la mujer más hermosa que hubiera visto en toda mi vida. Sus rasgos, sus ojos, sus manos, sus pequeños pies... ¡Oh, Dios, era una verdadera diosa! ¡Una diosa de verdad! ¡Revelándose ante mí, ínfimo mortal! Primero se me cruzó por la cabeza que era la propia Venus en persona, pero cuando habló me di cuenta de mi error, porque apenas entreabriendo sus labios pronunció con una voz angelical y tintineante como una campana de iglesia:

- Soy Mefitis,... y tú eres mío.

Bastó que escuchara esas palabras para que todo volviera a ser lo que era: un cuadro borroneado sobre una capa de yeso, apenas retenida por milagro a los ladrillos del muro que le sostenía.

Pero yo, yo no volví a ser el mismo. Estoy aquí, esperando que vuelva. He intentado irme y no he podido. He tratado de pedir ayuda a otros para hacerlo, pero nadie viene nunca. Es increíble en un lugar como éste que algo así pueda pasar, pero pasa. Nunca se acerca nadie. He visto alguna que otra sombra deslizarse por sobre las columnas y las paredes, pero siempre en forma lejana; y se alejan antes de que pueda siquiera emitir un sonido. He escuchado voces vocingleras y vociferantes, allí, apenas a unos metros de mí; pero callan cuando me aproximo al lugar de donde provienen. Es más, hasta he oído a los profesores y alumnos de la Universidad Basilicata regresando a sus labores de excavación - y de esto, hace ya varios meses -, pero no me he cruzado con ninguno y nadie lo ha hecho conmigo.

De hecho, no me extraña ni me importa ya; lo único que ansío es cruzarme de nuevo con ella, con Mefitis, a quien pertenezco por siempre jamás; aquí, en su casa, en el lugar donde vive, eternamente hermosa.

Mefitis, Mefitis, ¿vendrás a mí?... ¿Cuándo, cuándo, mi diosa?

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[*] © 2004, Jorge R. Ogdon (a) Dogon. Queda hecho el depósito que marca la Ley N° 11.723 de Registro de la Propiedad Intelectual de la República Argentina. Derechos reservados. Es propiedad. Especial para la Nueva Logia del Tentáculo.

Nota Bene: Este relato fue escrito a raíz de la aparición de la noticia periodística "Sorpresa en Pompeya: encuentran restos de una cultura prerromana" de Daniel Williams, aparecida en The Washington Post y Clarín, el domingo 1° de agosto de 2004. Y en memoria de tod@s l@s samnitas, injustamente olvidados por la historia y por los hombres.

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