El Extraño

Pensamientos, Reflexiones, Sensaciones, Sentimientos, Emociones

© Joseph Curwen

Paisaje de Ensueño © Thia Nevius

Soledad inmensa, tristeza insultante. Miedo extremo, pavor, temor, o mejor terror a recordar el pasado, mi pasado. Prefiero recostarme en mi triste vida actual que recordar aquello, ya amnésico, pero aún presente en lo más profundo de mi, ya no sé si llamarlo humano, inconsciente.
No se nada de mí, ni de dónde procedo, ni quién me ha engendrado, ni quién me ha parido. No tengo recuerdos agradables, afables, ni tan sólo uno. Mi mente es tan desagradable como mi existencia. Pensamientos horribles, vida horrible. Lo denomino vida por otorgarle un nombre a mi proceder. Esto no es vida. Sí, ando, me muevo, aunque lentamente, respiro un aire denso, espeso, nauseabundo, e ingiero algún putrefacto alimento, algún pequeño ser viviente que me hace compañía y yo se lo pago destrozándole sus repugnantes entrañas entre mis colmillos. Pero no poseo vida alguna, simplemente me dedico a dejar transcurrir el tiempo, pues si algo me queda es el tiempo. Para mi triste entendimiento, el término vida encierra otras cosas muy diferentes a las que yo sufro, porque yo sufro mi vivir. Estoy sólo, muy sólo, eternamente sólo. No sé ni si me han querido alguna vez, ni si alguien me ha apretado contra su pecho para unir, en un breve instante, los latidos de mi corazón con los de otro corazón, ni si me han dado un cariñoso beso en mi, hoy ya, descarnada mejilla. No. Creo que no, es más, estoy seguro que no. Estoy sólo. Siempre he estado sólo. No hablo, sólo pienso y estoy cansado, muy cansado, terriblemente cansado. Cansado de pensar, cansado de respirar, cansado de deambular. Quiero huir de esta existencia, de esta inmunda existencia, pero no me atrevo, tengo miedo, mucho miedo, eterno miedo. Una vez lo intenté y mi desgraciada sangre se tornó hielo. Volví aquí de nuevo, sí, otra vez aquí. De nuevo a esta oquedad de mi cruel y lacerante destino. Pero hoy tengo deseos intensos de salir de aquí, sí, de dejar de respirar este aire viciado y asqueroso que envuelve un cuerpo que no veo, que sólo presiento y que desconozco cómo es. No sé ni cómo soy. Hasta ahí llega mi agonía existencial. No hay luz en mi vida, todo es sombra, tiniebla, oscuridad. La mísera incandescencia que, en algún momento, pudo sutilmente alumbrarme hace mucho tiempo que el viento frío de mi infortunio, sin remedió, extinguió. ¡No lo puedo soportar! ¡Quiero huir de aquí! Por eso ahora me encuentro ascendiendo esta estrecha torre casi derruida donde los desconchados escalones se elevan, uno tras otro, como anhelando también, poder sentir sobre sus vetustas piedras el nítido aire del exterior. Tampoco hay luz en esta torre que estoy remontando con lujuriosa ansiedad. Nunca hay luz en mi vida. No sé si mis ojos la podrán soportar. Pero me da igual. Prefiero quedarme ciego y sentir el aire fresco en mi rostro que tener tinieblas y sombras como única compañía el resto de mi perpetua vida. ¿Nunca llegaré al final? Me canso de escalar, estoy débil, muy débil. Casi no me alimento. Hay días y días que no pruebo bocado. Cada vez me resulta más repulsiva la idea de comerme las negruzcas ratas que me acompañan, pero a veces el hambre me devora y no me queda más remedio que hacerlo. Sí, sólo ingiero algo después de estar mucho tiempo sintiendo el continuo rugir de mis entrañas. Realmente no conozco el tiempo. Para mí no lo hay. No conozco el día ni la noche, el invierno ni el verano, pero sé que existe. En mis inquietas pesadillas veo imágenes que me dicen que hay más vida además de esta. Ese único pensamiento me impulsa a seguir respirando, a seguir destrozando mis ya minimizados sentidos entre estos mohosos muros que enclaustran mi perdición. A veces me da la impresión de que yo mismo aparezco en mis sueños fuera de aquí, pero me despierto asustado, muy asustado, despavorido, diría yo. Me duelen los dedos de sujetarme a las piedras que sobresalen de estas paredes. No sé el tiempo que llevaré subiendo y subiendo sin descanso alguno. Y la luz no se hace, nunca llego a la claridad. Continúa la continua oscuridad. Aquí tropiezo con algo ¡Por fin! Parece una especie de portillo cerrado. A ver si logro encontrar la manera de abrirlo. Quizás empujando fuerte. Las fuerzas me flaquean. Estoy temblando. Al fin saldré de aquí. ¡Ya cede! ¡Ya se abre! De repente el miedo se ha apoderado de mí, siento terror a lo que pueda haber a la otra parte de la puerta. ¡Pero he de salir de aquí! Sí. Ya estoy al otro lado pero nada ha cambiado, todo sigue igual de oscuro y silencioso, igual de húmedo y de frío. No sé donde estoy, ni donde he llegado. No sé que es esto. Hace frío, siempre siento frío a mi alrededor, penetrante frío. Mi vida es fría como el hielo y oscura como la tiniebla. Parece una estancia redondeada, sí, algo así con forma oval. Recubierta de más frío mármol. ¿Qué será esto? Palpo una serie de largos recipientes también de marmóreos. Están labrados, adornados, ornamentados con sencillas formas. Pero muy fríos y húmedos. Esto parece un arco de puerta. Sí, también de mármol decorado con relieves que con mi incapaz e insensible tacto no soy capaz de adivinar su significado. El miedo me corroe las entrañas, siempre la misma sensación, el mismo cerval terror. ¡Esto parece una puerta!, una fría alabastrina puerta herméticamente cerrada. Estoy seguro que detrás de ésta está mi tan ansiada liberación, donde al fin podré respirar un aire fresco y limpio y no espeso y nauseabundo como el que me enfunda desde no sé cuanto tiempo. Podré al fin ver la luz del día, sentir el sol en mi piel y el agua limpia pasear por mi garganta, y no conformarme con la perenne tenebrosidad que me domina, con las húmedas y espesas gotas que, al caer, golpean mi rostro y con el continuo hedor húmido que sorbo solamente cuando la sed me devora la faringe. ¡Sí!, al otro lado se encuentra mi más anhelado pero a la vez imposible deseo, salir de esta maldita y eterna cripta en la que estoy eternamente preso, eternamente encerrado, eternamente enterrado. ¡Sí! ¡Enterrado! ¡Porque yo estoy muerto! ¡Sí! ¡Muerto! ¡No sé desde cuanto tiempo, ni como fue, ni cuando ocurrió! Sólo sé que un funesto día me introdujeron aquí en una estrecha caja de oscura madera que las negras ratas royeron hasta dejarme salir de mi estrecha prisión. A partir de ese momento y, no sé exactamente porque extraña maniobra sobrenatural, recobré este extraño estado en el que ahora me encuentro. Sé que he de esperar a no sé qué momento en el que no sé qué entidad suprema me permita salir de este pútrido y corrupto foso inmundo para cumplir no sé qué extraña encomienda. No sé de qué se trata, pero percibo, intuyo, presiento que la Malignidad la dirige, la lidera, la preside. ¡Sí! ¡Lo sé! Es como si alguien, de alguna insólita manera, me lo hubiese hecho saber, me lo hubiese comunicado en alguna ocasión. Sólo me queda esperar. Esperar, esperar, siempre esperando, eternamente aguardando, eternamente permaneciendo. ¡No puedo seguir aquí! No tengo fuerzas para continuar respirando nauseabundos gases ni para seguir alimentándome de repulsivas carnes de enmarañadas ratas. Pero no puedo hacer otra cosa que esperar la llamada que me regalará la libertad a cambio de seguir los designios malignos, sanguinarios y completamente horrendos para los que he sido elegido. Y como mi deseo de abandonar este pozo vómico y putrefacto es tan intenso, llevaré a cabo todo aquello que se me ordene, todo aquello que se me encargue y que se me insinúe, lo que sea y de la naturaleza que sea. No tendré piedad, pues nadie nunca se ha apiadado de mí. ¡Nunca! ¡En mi vida! ¡En mi desgraciada existencia! Esa será mi venganza, mi interminable venganza. Y es que los muertos no podemos elegir nuestro destino, nuestra voluntad. La negra muerte una vez nos visita y nos corroe y nos pudre las entrañas, es eternamente nuestra Dueña y Señora. A partir del momento en que su bruno manto te cubre, sólo le pertenecerás a ella. Serás su más sumiso esclavo y deberás realizar todo aquello que Ella te ordene, sea lo que sea, sin posibilidad de remisión alguna. Su poder te absorbe, te somete, te posee para toda la eternidad. Ella sabe muy bien a quienes elige, a quienes selecciona, a quienes prefiere, para Ella no sirve el libre albedrío. Pero yo tengo miedo, mucho miedo, sí, cada vez más miedo y más frío, mucho frío y mucho miedo, sí, mucho miedo...

Comentarios a esta Colaboración

Proyecto El Extraño