LA GRAN PIRÁMIDE

© As Selet [Orlando Vila García]


Galerías Neologias © Cyrus Llanfer

"EL FUTURO SE CONFUNDIRA CON EL PASADO.
EL PRESENTE DESPERTARA AL GRAN DRAGON"

As-Selet, el guerrero antilio, se encontraba por fin en la inmensa Ciudad de Cien Puertas Doradas. Aquellos atlantes que lo recibieron, no parecían asombrados por su petición de ser conducido ante los Magatzitlos, porque muy pronto lo llevaron al centro mismo de la ciudad, a una enorme plaza que se extendía al sur de la Gran Pirámide. En la cúspide de ésta, ardían las llamas eternas, que simbolizaban el poder de la Razón.

Una vez allí, fue conducido hacia una inmensa construcción, situada a un extremo de la plaza, frente por frente a la Gran Pirámide. Era aquel edificio, el Templo de Doce Puertas Doradas.

Mas no tuvo apenas tiempo de asombrarse ante la magnificencia del edificio, cuyas columnas parecían elevarse hasta el mismo cielo. Subió las escaleras de mármol, escoltado por aquellos sombríos soldados armados con tridentes de bronce, que se encargaban de cuidar la entrada al Recinto de la Sabiduría.

Los guardianes le indicaron que se dirigiera a una puerta lateral del templo. As-Selet se detuvo ante el gigantesco pórtico de oro, cuyas macizas hojas se hallaban cerradas. La áurea superficie estaba cubierta de extraños símbolos, cincelados milenios atrás por hombres desconocidos pero cuyos conocimientos eran conservados en el interior de aquel lugar.

El antilio levantó su mano derecha y formuló mentalmente su petición de entrar y ser uno más de los sabios nigromantes. La puerta comenzó a abrirse con lentitud, sin que se viera a nadie intervenir en ello; era como si una energía invisible, producida por el mismo pensamiento, hubiera separado las pesadas hojas de oro.

El guerrero, sin inmutarse, dominando con su férrea voluntad a las emociones que pugnaban por demudarle el rostro, transpuso el umbral con paso lento y solemne. Estaba consciente del gran privilegio que se le concedía. Muy pocos seres humanos podían tener acceso a la Sociedad Secreta de los Magatzitlos. ¿Por qué él, un guerrero antilio que fue enemigo de la Atlántida, había sido escogido para pasar las pruebas de iniciación? As-Selet no estaba aún en condiciones de responder a esa pregunta. Ignoraba el terrible celo con que los Magos del Templo investigaban la vida y la obra de todos los que aspiraban al Conocimiento. Las evoluciones de los astros en el espacio les indicaban, como las ruedas de un reloj eterno, todos los acontecimientos pasados y futuros que marcaban el camino de los aspirantes hacia el Infinito.

Apenas hubo transpuesto el umbral del Templo, la pesada puerta se cerró a sus espaldas. La más absoluta oscuridad cayó sobre sus sentidos. Le parecía que el mismo tiempo se encontraba detenido en aquel lóbrego sitio.

De pronto, comenzó a oír una suave melodía cuyo origen no le era posible determinar. Sus acordes no tenían semejanza con los producidos por ningún instrumento conocido y el antilio se preguntó si no se originaría en el interior de su propia mente. Y junto con la música, se encendió una luz blanca que no hería la vista ni vacilaba.

Frente a él, en la pared, vio una enorme cruz negra de brazos que se doblaban en ángulo recto hacia la derecha. Era aquella la svástica, el símbolo de los magos negros y que muy pronto, sería también su propio símbolo. Se encontraba enmarcada por el triángulo cuyo vértice señala hacia abajo. A cada uno de sus lados, había dos antorchas de oro de las que brotaban lenguas de fuego de una claridad asombrosa.

Una voz lo sacó de su contemplación.

- Bienvenido a los dominios del Conocimiento, As-Selet. Durante cuatro siglos te hemos esperado, y hoy llegas en el día escogido por los astros.

El antilio miró en la dirección de donde provenía la voz y vio a un venerable anciano de nívea barba vestido con una túnica negra, en cuyo pecho lucía una svástica de plata.

- Hermano - prosiguió - Hoy comienza para ti la Gran Obra. Has de iniciarte en los secretos de la Magia y el Poder, mas para ello no basta con tus deseos; es preciso también que tenses tu voluntad como la cuerda de un arco y que tu valor te impulse hacia adelante cuando los instintos te indiquen lo contrario. Las pruebas de iniciación dirán si verdaderamente eres apto para ser uno más entre nosotros. Y ahora, nada más tengo que decirte. Penetra en el Sendero del Enigma, el que deberás recorrer solo, como todos los Magatzitlos lo hicimos antes.

La pared debajo de la svástica comenzó a desplazarse, hasta dejar al descubierto un oscuro corredor que se perdía en las entrañas de la tierra.

El nuevo aspirante avanzó en dirección a la entrada, pero antes, quiso mirar al anciano una vez más, como buscando un gesto de ánimo en éste, mas para sorpresa suya, el mago había desaparecido.

As-Selet se detuvo ante la enigmática entrada. No sabía qué le aguardaba tras ese pasaje subterráneo, pero estaba seguro de que los sacrificios serían inmensos antes de poder dar inicio a la Gran Obra. Se dirigió al corredor con paso rápido, como si quisiera apresurar al tiempo; era el mismo paso con que antaño marchaba al combate, al frente de su ejército.

Apenas entró en el subterráneo, la pared volvió a cerrarse y de nuevo se vio sumido en la oscuridad.

Caminó a tientas por el interminable pasadizo de piedra, sin saber si bajaba o subía. Sus sentidos humanos no le servían para orientarse y sin embargo, intuía que se acercaba a su objetivo.

¿Cuántas horas duró aquello? Lo ignoraba y sin embargo, su voluntad continuó impulsándolo hacia adelante. Avanzaría mientras tuviera fuerzas, aunque la atmósfera de aquel recinto sagrado fuera cada vez más opresiva. Si estaba escrito que él alcanzaría el Conocimiento, nada podría impedirlo.

Y prosiguió su avance, con la misma determinación que al comienzo.

* * *

Dura fue la prueba a que lo sometieron. Había necesitado toda su voluntad para vencer los innumerables obstáculos encontrados: pasajes tan estrechos, que tuvo que arrastrarse en la oscuridad para pasar; segmentos inundados, en los que debió sumergirse conteniendo la respiración mientras buscaba a tientas su camino, para encontrar la salida cuando estaba a punto de ahogarse. Tantas fueron las dificultades, que su memoria no podía retenerlas todas. Tan solo se le grabó en la mente, la imagen que se había presentado ante su vista horrorizada cuando por fin llegó a un lugar iluminado: una enorme serpiente, de cuya boca brotaban llamas, le cerraba el paso. As-Selet debía haber continuado hacia adelante, ignorándola como a una creación de la mente y sin embargo, reaccionó como el guerrero que fuera antaño. Sus nervios le llevaron a desenvainar la espada, la cual refulgió con una luz tan intensa, que hizo palidecer al fuego mismo del reptil. El antilio le lanzó una violenta estocada, que atravesó al animal como si éste no tuviera solidez alguna y la hoja del arma desprendió chispas al chocar con el piso de piedra. La serpiente se evaporó ante su vista, sin dejar rastro alguno.

Una voz profunda brotó de las paredes.

- No intentes penetrar en los secretos de la Mente con la fuerza de las armas. Guarda esa espada, cuyo reflejo te impide asomarte al mundo de la Razón Dormida.

El guerrero, algo molesto por verse reprendido, guardó su espada.

Avanzó unos pasos más por el pasillo ahora iluminado, y de súbito, vio una gigantesca llamarada brotar ante sí.

Esta vez, As-Selet no se detuvo. Prosiguió imperturbable caminando al encuentro de la muerte, sostenido por el estoicismo que le fuera inculcado en la Antilia.

Y al transponer el fuego, que no quemó su carne, se vio en un salón circular de paredes de oro, en cuyo piso estaba dibujada una circunferencia dividida en doce partes iguales. En su centro distinguió un sol, tan perfecto, que parecía que la luz brotaba de él. Y de pie, al extremo de cada uno de los radios de la circunferencia, había otros tantos ancianos de barba blanca, todos vestidos de negro y con el símbolo de la Cruz Gamada en su pecho. Uno de ellos era el mismo que lo recibió a la entrada del Templo.

- Te felicitamos, As-Selet. Grandes han sido tu voluntad y tu valor para vencer las pruebas de iniciación. Y sin embargo, no estamos del todo satisfechos de ti. ¿Por qué empuñaste esa espada? Hubo realmente un signo de inseguridad en tu acción, aunque fuiste valiente al enfrentar el peligro. Parecías no confiar en el poder de la Mente para triunfar.

Sin responder, el guerrero antilio permaneció de pie ante los Doce Magos del Enigma, quienes decidirían si merecía o no alcanzar las cumbres del Conocimiento.

Uno de los Magos se adelantó y le dijo en voz baja, pero autoritaria:

- Entrégame tu arma. Has de pasar el umbral de la sabiduría, limpio de todo mal. Entierra debajo de él tus imperfecciones y recuerda que la Razón Pura es la más poderosa fuerza de la Naturaleza. Todo cuanto te rodea no es más que la creación de la mente, el sueño de la razón condensado en los cuatro elementos de la materia.

As-Selet clavó la mirada en los ojos del sacerdote. Su mano derecha se crispó en la empuñadura de la espada y tiró de ésta. El rayo esplendente brilló sobre su mano, alcanzando todos los confines del recinto circular. Adosadas a las paredes, el antilio pudo ver doce inscripciones en sánscrito, una frente a cada radio que dividía a la circunferencia del piso.

El mago negro avanzó hacia él, con el brazo extendido. Su mano abierta reclamaba la entrega del arma y sus ojos parecían abismos insondables que paralizaban toda voluntad en el guerrero.

- ¡No puedo entregarla! - exclamó As-Selet con voz ahogada - ¡Es mi símbolo, mi punto de referencia en el caos del Infinito!

Entonces, el Mago del Enigma, levantando su mano derecha con los dedos crispados, pronunció una frase incomprensible para los no iniciados.

As-Selet sintió que la espada le era arrebatada sin que nadie la tocara. Una sensación quemante, como si su mano fuera incinerada, le hizo soltar la empuñadura, y pudo ver como el arma trazaba un arco de luz en el aire al volar hacia el sacerdote. Mas cuando parecía que iba a posarse en la mano abierta de éste, el arma estalló en una esfera de fuego tan deslumbrante, que todos cerraron los ojos.

Cuando As-Selet pudo mirar, vio a su espada envuelta en llamas, clavada en la pared hasta la mitad de su hoja, en el centro de una de las inscripciones de oro, ¡la que estaba detrás del Mago que empleando sus poderes se la arrebatara!

El Mago, horrorizado, pudo comprender que había ido demasiado lejos.

- ¡He forzado al Destino con mi poder! - exclamó - ¡Yo no podía mover lo que debió permanecer estático en todo tiempo y espacio! Y tras mi acción equivocada, ha quedado rota definitivamente, la delgada barrera que me impedía comprender que no soy más que una idea, el sueño de una mente, materializado por el poder de la Razón Dormida.

As-Selet, asombrado, vio como el anciano se acercaba de un salto a la espada ardiente. Su mano derecha se aferró a la empuñadura y tiró inútilmente de ésta. El arma permaneció afianzada a la roca y las letras del epigrama, trazadas en fuego, adquirieron de súbito claridad para el antilio, quien pudo comprender que allí estaba escrito el nombre del mago que había cruzado los límites del Destino.

Aquel mago, asido a la espada ardiente, fue de súbito rodeado por una descomunal llamarada, que en una fracción de segundo lo devoró hasta los huesos, desprendiendo un humo negro.

* * *

Cuando las llamas y el humo se hubieron disipado, se pudo ver que del mago no quedaban ni las cenizas. El epigrama de oro que durante muchos años recordara su nombre, se había fundido ante la acción del fuego, dejando al descubierto la ennegrecida pared de roca. Tan solo permanecía incólume la Espada Refulgente, clavada en la pared como si llevara siglos allí.

As-Selet se llevó las manos a la frente. Un dolor de cabeza, increíblemente fuerte, le hizo perder el equilibrio. Los once magos restantes, incapaces de actuar, vieron como el guerrero se tambaleaba al caminar sin rumbo, hasta que de un modo fortuito, alcanzó a ponerse de pie sobre el radio de la circunferencia en que antes estuviera el mago desaparecido.

- Me someto a las Leyes del Enigma - se le oyó decir con voz fatigada - Mis ojos y mis oídos están abiertos a la sabiduría...

Era la antigua fórmula de iniciación, pronunciada siglos atrás por el primer Magatzitlo: el Emperador Tubal.

Los once magos, asombrados, guardaron silencio. Por primera vez en la historia de la Orden, había ocurrido algo semejante. ¿Que harían ante esa circunstancia?

Y como si respondiera a las preguntas de los ancianos, el fuego que antes iluminara la espada, se condensó sobre las rocas de la pared, convirtiéndose en una misteriosa inscripción.

"EL FUTURO SE CONFUNDIRA CON EL PASADO.
EL PRESENTE DESPERTARA AL GRAN DRAGON"

Los ancianos permanecieron con la vista fija en los caracteres ígneos, hasta que éstos desaparecieron. Ninguna luz quedaba en su lugar. Tan solo la espada, ahora oscura, permanecía clavada en la pétrea pared.

Una voz apagada, casi inaudible, que parecía provenir del último confín del Universo, rompió el silencio.

- Permanezca ahí mi nombre, fijado a las rocas mortales, hasta que haya alcanzado la perfección. Entonces regresaré a buscarlo.

Y al finalizar las palabras, todos vieron como As-Selet, sin dejar de oprimirse la cabeza con las manos, se desplomaba en el centro mismo del círculo, sobre el sol ardiente.

Allí, en los profundos subterráneos de la Gran Pirámide, se forjaba el último ciclo de la existencia de la Atlántida: la Salvaje Fantasía de la Razón.


NOTAS

Escrito el 1 de Julio de 1986

Copyright © 2006