EL MISTERIO DE LA RAZÓN

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La Copa Mística: Era el símbolo de la mente del hombre, puente entre los dos mundos: el visible y el real

 

Era la primera vez que la Doncella del Norte abandonaba sus heladas soledades para asistir a la Ceremonia del Pecado Original.

Había sido elegida entre otras miles por los Magos del Poder Blanco, para el insólito ritual en que serían revelados los Misterios de la Razón.

La muchedumbre, en silencio, se abrió en dos filas por entre las cuales avanzó la doncella. Su rostro, pálido como los hielos de su patria, no mostraba más expresión que la de una sorpresa salvaje, primitiva.

Vestía una túnica álbea y transparente y sus pies descalzos, pisaban las flores perfumadas que arrojaban a su paso.

Se detuvo frente al símbolo de la filosofía de los Magos Blancos: el triángulo cuyo vértice señala hacia arriba. Y mientras lo contemplaba, una frase cuyo sentido aún escapaba a su comprensión llegó a su mente: "El rayo de sol cae en la tierra, muere y renace, como la planta que germina". Era el misterio que sería revelado.

Una suave música, que parecía brotar de la Eternidad, se elevó por sobre el murmullo de la multitud; a sus acordes, las cuatro sacerdotisas de Eros desvistieron a la joven. Una estatua resplandeciente acababa de ser develada. Su piel marmórea, nacida entre las inclemencias del desierto helado, solo quedaba cubierta por el aura dorada de sus cabellos.

La melodía aumentó en intensidad, y a su influjo, los elementos se desencadenaron. Un relámpago, desgajándose de las alturas, iluminó toda la escena al estrellarse ante los mismos pies de la muchacha.

Todos quedaron deslumbrados por la súbita llamarada. Cuando pudieron abrir los ojos, vieron en el lugar donde cayera el rayo, rodeado por un círculo de fuego, un pedestal de oro que sostenía la Copa Mística. Era el símbolo de la mente del hombre, puente entre los dos mundos: el visible y el real.

Entonces apareció el guerrero, un efebo alto, cubierto con dorada armadura. También él había sido escogido entre los mejores. Ascendió radiante de orgullo las gradas de la pirámide y allí, entre los fuegos sagrados, extrajo su espada de la vaina.

El arma resplandeció al ser blandida y de súbito, la hundió de un golpe en su propio pecho para caer, muerto.

La muchacha, desnuda frente al zócalo, se cubrió los ojos al ver el siniestro desenlace. Una de las sacerdotisas tomó la Copa Mística y con ella, recogió la sangre del guerrero que manaba de la herida, para devolverla acto seguido al pedestal. Un viento oscuro y húmedo se levantó en los confines de la tierra y se derramó sobre la escena en medio del salvaje resplandor de las llamas. Abrióse la tierra y ante el horrorizado pueblo, surgió de los abismos una gigantesca serpiente, la cual, con ojos que despedían llamas, se acercó a la muchacha. Esta, asustada, aguardó inmóvil mientras el reptil se enroscaba alrededor del áureo pedestal. La miró unos instantes con las fauces entreabiertas, en gesto de lujuriosa complacencia y luego, sujetando la copa por su base, la levantó sin derramar su contenido y se la ofreció.

La doncella se sobrepuso del miedo y tomándola entre las manos, la acercó a sus labios. El misterioso poder que manaba de la serpiente, la obligó contra su voluntad a beber, y a medida que la sangre ardiente pasaba por su garganta, se sumía en una especie de excitada embriaguez.

Entonces la sierpe, desenroscándose del pedestal, se le acercó y comenzó a acariciarle el cuerpo con su bífida lengua. La muchacha, antes temerosa, ahora parecía sentir una extraña complacencia. Se tendió en el suelo y clamó con gemidos el contacto con el frío ser, el cual la envolvió en repetidas vueltas. El animal la arrastró entonces hacia la cima de la pirámide donde yacía aun el guerrero con la espada clavada en el pecho y allí, la liberó. La joven se levantó con presteza y arrancó la espada del cadáver. Se arrodilló a su lado y volviendo el filo del arma hacia uno de sus senos, lo hincó levemente. Un fino chorro de sangre brotó de la incisión para caer en la herida del guerrero.

La serpiente formó un círculo en derredor de ambos y mordió su propia cola. Era el principio y el fin, volcándose en el misterio de la vida y la muerte.

El joven revivió ante el influjo vital y levantándose, se despojó de su armadura. Y pudo verse que no había rastros de herida en su carne. Entonces abrazó a la muchacha, la cual le correspondió. Se tendieron en el suelo y rodaron, ante la mirada expectante de la multitud. El reptil los envolvió juntos y unió ambos cuerpos en uno solo. La Razón había caído, al pasar por las puertas vivas de la muerte.

 


NOTA

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