
LA ÚLTIMA OBRA
© As Selet [Orlando Vila García]
Galerías Neologias © Cyrus LlanferEl monstruo horrendo, cuyo nombre no puedo pronunciar ni en este ni en sitio alguno sin que los rayos del tiempo abrasen al mundo, ha saltado ya desde las tinieblas
¡Ingrata es la mente, que en el instante crucial y postrero niega la claridad a mi última obra! Para vosotros y por vosotros se hace, pero temo llegar al término de la presente sombra sin que les trascienda mi postrer voluntad.
No importan los anteriores sacrificios; inútiles habrán sido si no extiendo este camino antes del caos. Es por eso que mis manos, hundidas sin victoria en la acción, tallan hoy la dura roca. Al menos sea en los jeroglíficos que os lleguen mi nombre y mi palabra.
* * *
El juramento, en las sombras de la mole pétrea. El más sagrado juramento, tras el ángulo que sostiene la verdad, ¡oh Nenfir! Nuestras manos se extendieron en línea recta bajo los muros que unen su vértice bajo el vértice infinito.
Estábamos los cuatro decididos y mutuamente aleccionados. Nuestras diestras se extendieron en línea recta sobre las Armas Knox: la cruz de bronce con los filos del ábside y la lanza de puntas bifurcadas. Estas eran el legado de las pasadas generaciones. Fueron forjadas en la lumbre de los torbellinos cósmicos, en el umbral mismo del paso de la luz. Condenadas a yacer en los abismos insondables del Gran Océano, fueron retiradas del Templo de las Doce Puertas, diez días antes de que la Atlántida pereciera bajo las aguas, por nuestro antecesor, el gran Selm-Teht. Habían permanecido allí durante cuarenta y dos generaciones y ni siquiera el Gran Oximandias se atrevió jamás a tocarlas. Su historia se extendía hacia las brumas que rodean al lejano Yuggoth donde los Antiguos las forjaron, para nuestro bien o nuestro mal.
Fue el sabio anciano Anamp quien las desentrañó de los antiquísimos manuscritos. El nos convocó al deber ineludible a los tres: a su bella y joven hija Nil, al valiente guerrero Sem, pretendiente de ella, y a mi, primo de ambos.
Poca importancia podían tener en esos momentos nuestros sentimientos personales ante la sagrada obra que nos unía y sin embargo, tras el límite de mi razón estaba pese a todo, agazapada la envidia. Porque yo, cuarto elegido de la cuarta raza, deseaba con todas mis fuerzas a mi bella prima Nil, sin importar que estuviese destinada a mi primo Sem. Aun hoy encuentro sacrílego que en el instante mismo en que pronunciara el sagrado juramento, en la mente tuviera yo cabida para tales ideas.
- Escuchen hijos míos - dijo el sabio Anamp - os convoco, no por mi voluntad sino por voluntad suprema del Destino. Elegidos somos para esta obra sólo porque conocemos donde buscar sentido a su realización. Si lo desconociéramos, otros lo sabrían y llevarían a cabo.
Nos miró a los ojos a cada uno antes de continuar.
- Bajo estos ángulos pétreos estamos seguros, mas, ¡caigan estos bloques sobre nuestros nombres si no emprendemos el camino por el simple miedo! El monstruo horrendo, cuyo nombre no puedo pronunciar ni en este ni en sitio alguno sin que los rayos del tiempo abrasen al mundo, ha saltado ya desde las tinieblas, ¡desde donde Nenfir jamás le hubiera permitido la salida! Él, en cambio, no podrá ser herido con arma alguna salvo con éstas ante las cuales juramos y que habrán de complementarse con la suma de nuestras voluntades.
- La bestia imnominable, asuela ya al mundo. Ha devorado ya las almas de muchos hombres y hará lo mismo con el resto de la humanidad si no le cortamos la línea de la sombra.
Un frío denso había descendido sobre nuestros hombros. Pronto saldríamos a matar a la muerte.
Ninguno de nosotros pronunció palabra. Habría estado de más, ante la revelación que el Destino acababa de poner en boca de uno de los Doce Magos del Enigma.
Allí, en lo más profundo de la Gran Pirámide, nuestra suerte había quedado echada.
* * *
Partimos los cuatro de incógnito a través del desierto sin límites, más allá de las rocas y los desfiladeros de pesadilla, que guardan la memoria de milenios.
El venerable Anamp nos guiaba a través de los desolados parajes. Allá en el horizonte, el más sangriento de los soles teñía de púrpura al firmamento. Y contra aquel terrible resplandor, yo colocaba de forma imaginaria al objeto de mis pasiones: la bella Nil, como para velar en sombras mis pensamientos de envidia, mientras la broncínea lanza de punta bifurcada, buscaba el camino de su filo a través del pecho del guerrero Sem.
* * *
Estábamos en tierra prohibida. Tras los picos de las rocas comenzaba el territorio de Talamp, morada maldita de la Bestia sin Nombre.
- Escuchen - dijo el anciano - los límites de este territorio, cuna de la más espantosa de las abominaciones, están guardados por los guerreros inmisericordes del vesánico rey Klien. Temen al monstruo y por eso no permiten a nadie aventurarse en el valle, para que no puedan desencadenar su furia. Mas no es ese el camino: pronto aniquilará al mundo si nadie lo elimina antes, con los instrumentos de la Fuerza y el Poder.
Penetramos por entre las rocas con cautela, pero las saetas no tardaron en llover a nuestro alrededor.
- ¡Corramos! - nos ordenó el sabio Anamp.
Apresuramos la marcha todo lo que pudimos, mas, una escuadrilla de soldados nos cerró el paso, y la línea de sus lanzas apuntaban a nuestros pechos.
Fue el valiente guerrero Sem quien primero desenvainó su espada. Nos abrió camino por entre las filas de enemigos, primero un camino imaginario para que por él pudiera pasar sin peligro la bella Nil, y luego el real, a golpes y estocadas sangrientas.
La muchacha siguió tras él, y yo, colmado de furia al ver la devoción de ella, quise tomar parte en la lucha también. Mi mano se tendió hacia las Armas Knox, al tiempo que un brillo siniestro partía de mis ojos hasta hacer palidecer la luz del sol sobre las arenas del Valle Prohibido. Un solo golpe y arrasaría con los ejércitos del poderoso Klien.
Pero cuando estaba a punto de ejecutar mi impulsivo acto, el sabio Anamp me sujetó el brazo.
- ¡No! - me ordenó - como guardián de las Armas Knox que eres, por mi voluntad y por decisión del Destino, tu deber es preservarlas de la vista del Mal; que sean una sombra para él, pues en ello radicará su eficacia.
Yo hubiera querido coger la lanza de uno de mis enemigos para luchar con ella, pero el sabio Anamp no me lo permitió. Fue así como el valiente Sem ganó en esa jornada dos batallas: una contra los sanguinarios soldados de Klien, y la otra, contra las ruinas de mis esperanzas.
* * *
Tan profundamente nos adentramos en aquel valle de terror, que los soldados no se atrevieron a perseguirnos.
Seguimos avanzando por las arenas calcinadas, hasta arribar, después de horas de camino, a un pequeño oasis, donde nos sentamos a descansar.
Sem, en silencio, se puso a limpiar la hoja de su espada. La bella Nil y el sabio Anamp, conversaron de temas a los que no presté atención.
Sentía un desasosiego en mi alma, que me impulsó a ponerme de pie y clavar la mirada en el horizonte. No buscaba nada en particular. Tan solo observaba el abismo insondable del Cosmos.
De súbito, sentí un mareo extraño que me hizo tambalear. Pero no quité la vista del firmamento, y allí, vi una mano gigantesca, que a trazos enormes parecía escribir en la bóveda celeste.
Luché contra las brumas que me nublaban la mente y haciendo un esfuerzo, logré leer los antiguos caracteres allí escritos:
"LA ACCIÓN DESTRUIRÁ A LA ACCIÓN".
Mantuve la vista fija en lo alto, hasta que la misteriosa inscripción se hubo borrado.
Entonces miré a mis compañeros, pero estos seguían impasibles tal y como los dejé.
Me acerqué a ellos y los interrogué uno a uno, empleando la antigua fórmula de los Maestros del Templo.
- ¿Has visto? - le pregunté a Sem.
Este dejó un momento de limpiar su espada, para recomenzar poco después sin responderme.
- ¿Has visto? - pregunté a Nil.
Ella negó con la cabeza.
Clavé la vista entonces en los ojos del sabio anciano, el cual me devolvió la fija mirada.
- ¿Has visto? - interrogué por última vez.
Para sorpresa mía, el sabio asintió, pero su expresión era tan enigmática, que no pude contener mi lengua.
- ¿Qué has visto? - lo interrogué en voz baja.
El sabio Anamp me condujo entonces lejos de los demás antes de responderme.
- He visto un resplandor ígneo en lo más profundo de tus ojos. Y ahora - prosiguió en un tono que me heló la sangre - contéstame esta pregunta que muchas veces he formulado inútilmente al Arcano del Misterio. Dime... ¿quién eres?
Esta vez, fui yo quien guardó absoluto silencio.
Poco después, continuábamos nuestro camino.
* * *
El sabio Anamp levantó la cruz de bronce, tomando como guía la línea que cruzaba desde el borde del sol hasta el límite de las sombras. En su silencio se leía, como en claros jeroglíficos, la señal del peligro mortal.
Aun recuerdo con claridad al venerable Anamp, con su barba blanca que le caía sobre el pecho, extendiendo la mágica arma Knox hacia todos los puntos cardinales. Hubo un instante en que fue dirigida hacia donde yo estaba, y pude ver el fatídico brillo de sus milenarias piedras incrustadas. Grabada en el bronce, había una inscripción hecha por los Antiguos en un idioma casi olvidado; traducida al sánscrito, decía:
"TU DESTINO SERA EL CAMINO DEL ENIGMA, LA LLAVE DE ÉSTE SERÁ TU RAZÓN".
- Este es el sitio - anunció con voz temblorosa - la Cruz del Ábside ha leído en las sombras la llamada eterna del Monstruo Imnominable. Ahora o nunca lo combatiremos.
La bella Nil se echó atemorizada en los brazos de su novio. Sólo él se mostró impasible ante la revelación del peligro. "Será porque ella te da fuerzas", pensé con rabia.
- No me queda más que invocarlo - dijo Anamp - Pronunciaré de una vez y por todas su horrendo nombre. Ello lo hará revelarse ante nosotros y podremos combatirlo, pero si fracasamos, ¡malditos sean nuestros nombres!, porque de nuestras vidas obtendrá nuevas fuerzas con que cubrir de sombras al mundo.
Abierta estaba la caja, y el anciano, sin soltar la Cruz del Ábside, tomó la Lanza Dual.
- La Cruz - explicó - combatirá al Mal en la oscuridad, mientras que la lanza lo hará en la luz.
Se preparó y tras un silencio sobrecogedor, pronunció las terribles frases que invocarían al Mal.
No bien lo hizo, se estremeció la tierra y de sus entrañas salió un espantoso gemido que nos heló la sangre: ¡allí, muy cerca, estaba el Monstruo presto a cebarse en nuestras vidas!
Seguimos la dirección de donde provenían los sonidos y no tardamos en descubrir su origen: al pie de una roca, se abría en la tierra un insondable agujero de espantosa negrura.
La hermosa Nil estuvo a punto de desmayarse, y yo ¿para qué negarlo?, sentí que un escalofrío recorría mi cuerpo.
- ¡La decisión no puede tardar! - gritó el sabio Anamp - ¿cuál de ustedes bajará a la negra sima a combatir al Monstruo?
Yo hubiera querido ofrecerme. Estaba seguro de que tensando la cuerda de mi voluntad hubiera luchado a muerte, pero el valiente Sem se decidió antes que yo.
El sabio Anamp le entregó entonces la Cruz del Ábside, mientras lo instruía de cómo usarla en la oscuridad.
Y el valiente guerrero descendió al abismo, llevando con furia incontenible la primera Arma Knox. Todos, incluso yo, le deseamos sinceramente la victoria.
* * *
Nadie podrá decir jamás, qué sucedió en los abismos; hasta nosotros solo llegó un nauseabundo chapotear de aguas putrefactas, seguido de horrorosos rugidos de frenesí y de locura.
Allá en las profundidades, debía brillar como un sol la broncínea Cruz del Ábside; impulsada por la voluntad y la determinación del valeroso joven, volaría a través del infinito hasta disolver las brumas del mal.
Sin embargo, aguardamos en vano a que surgiera victorioso el joven héroe. Más que nadie, se preocupaba el sabio anciano que conocía el silbido del Arma Knox al cortar la Nada, ¡y no lo oía!
Por eso, con una serenidad nunca antes vista, el anciano tomó la segunda arma Knox, cuyas puntas brillaron a la luz de los últimos rayos del sol.
- Ahora emergerá el Mal - nos advirtió - ¡Que no cruce la barrera final, el triángulo de nuestra razón!
Casi al instante, la pesadilla, irguiéndose triunfal sobre la muerte ya indudable del valiente Sem, brotó con furia pasmosa del sucio agujero en que se incubó y acumuló fuerzas durante milenios.
Lo vi volar por el cielo, horrorizado ante la vista de la espantosa degradación creada por la Naturaleza.
Recordaba la figura de un toro por la forma de la cabeza y de sus cuernos, mas las alas de que se servía para volar, sus garras de pesadilla y su cola de dragón, se unían para colmar de horror a nuestras mentes.
Alrededor de todo aquel ser, si es que se le puede llamar así, había una extraña luminiscencia, como si proveyera de un metal al rojo vivo. ¡Y su tamaño! ¡Mayor que el de las montañas que le servían de límite a este infernal valle!
Ascendió terrible y dominador hasta las alturas, para lanzarse luego contra nosotros.
Paralizado por el miedo, vi a la bella Nil caer al suelo sin fuerzas para resistir, mientras el sabio y valiente Anamp lo aguardaba sereno, apuntándole con la Lanza Dual.
Mas fue inútil la resistencia que hizo. El Monstruo, eludiendo el golpe del Arma, cruzó por entre nosotros con inconcebible velocidad y golpeó con una de sus nauseabundas alas al anciano, el cual fue derribado con la fuerza del golpe. Pero aunque no soltó el arma, quedo casi indefenso a merced del Monstruo, el cual, ¡oh Nenfir!, regresó casi al instante para rematarlo. Cuando se remontó de nuevo en las alturas, de Anamp no quedaban más que cenizas.
* * *
¡Había fracasado nuestra obra!
De nada habían servido las Armas Knox, y de la muerte de los dos héroes, se nutría ahora la vida del Monstruo. Yo lo sabía bien: su poder aumentaría.
Dejó de importarme mi propia vida cuando la vi así a ella ¡a la bella Nil! exánime a causa del miedo y completamente indefensa. Tendida sobre las candentes arenas, me pareció aun más delicada y hermosa que antes. ¿Acaso permanecería impasible ante su cercano fin?
Sin duda el Monstruo, aunque se cernía por igual sobre nosotros dos, la había elegido como próxima víctima. Recordé como meses antes, un día, a solas con mi propia conciencia juré que yo no podría morir sin antes haber sentido como mía a mi hermosa prima. Me arrastré hacia Nil, y con la determinación que presta un deseo largamente retenido, extendí mi mano derecha sobre ella como si extrajera la energía de mis más profundos anhelos, y luego la hice descender, en forma aun más inexorable que la del descenso del mismo Monstruo, hasta que la hube tocado y la sentí, más que mía, como parte de mi ser, al mismo tiempo que yo era parte de ella.
De manera inconsciente, tomé entre las manos la Lanza Dual. Fijé la vista en ella y entonces vi, grabados en cada punta, los fatídicos signos de las Cruces Gamadas: una con su sentido de giro hacia la izquierda y la otra hacia la derecha. En el centro, se entrelazaban los Dos Triángulos.
No sé cuánto tiempo permanecí así, con la mente dividida entre Nil y los Símbolos del Misterio. El Monstruo, por una razón que entonces no comprendí, no se lanzó contra nosotros, sino que prosiguió su vuelo circular, como si una invisible barrera se lo impidiera.
Me levanté empuñando el Arma, con la mirada perdida en un sitio cualquiera y aguardé con esa loca osadía la llegada del Monstruo. No sabía yo aún que la locura atrae, más que a nada, a la locura.
Inesperadamente, encontré mi camino a través del caos de mis sentidos.
Sin ocuparme del Monstruo, levanté el Arma con ambas manos, a la altura de los ojos y entonces, no pude contener una triste observación en voz alta.
- ¡Ah, Anamp! ¿De qué te valieron esos veintiún años en los subterráneos de la Gran Pirámide, sin ver la luz del sol? ¿De qué te valió remontarte en alas del águila y dominar con tu voluntad a la de la Esfinge? ¿De qué te valió llegar a ser uno de los Doce Magos del Enigma? ¡¡Contéstame!! - grité, y mis gritos se reflejaron en las lejanas montañas repitiéndose en cien ecos distantes - ¡¡Anamp, sabio Anamp!! - proseguí - ¿no comprendes que la efectividad de las Armas Knox se basaba en la conjunción entre la Fuerza y el Poder? ¡Y esa conjunción sólo tiene lugar en un punto del tiempo! Las actuales condiciones no son ya las mismas que imperaban en el lejano Yuggoth, cuando fueron forjadas por los Antiguos. ¡Sea pues la Acción quien tenga la palabra!
Y al culminar esta última frase, concentré en una fracción de segundo, toda mi energía vital a través de la Lanza Dual. La sagrada Arma Knox se fundió en un instante y estalló en un haz multicolor de trozos de metal ardiendo.
Fue justo en ese momento, que la pesadilla se lanzó sobre mí, pero... ¡no hice nada! Con la más completa serenidad, recorrí con la vista las lejanas montañas que rodeaban aquel valle formando un inmenso anfiteatro, mientras establecía vínculos entre mi identificación impenetrable con Nil y ellas.
Y cuando el círculo se cerró, yo, sin necesidad de moverme en lo más mínimo, sin contraer un músculo del rostro, sentí que mi vista se multiplicaba por millares de veces cuando divisé desde una perspectiva fantástica e increíble al Monstruo, como si lo rodearan infinitos YO. Ya él no podría escapar a la muerte.
Fue así como sin apenas buscarlo, empuñé mi espada y la lancé con fuerza incontenible, pero sin odio ni desesperación, hacia un punto indeterminado; no era por demás necesario el buscarle su objetivo al arma, pues había quedado también incluida en la cadena de identificaciones.
* * *
Veía la hoja de mi espada hundida en el nauseabundo cuerpo del toro-dragón. Yacía por fin vencido el Mal a mis pies, y su roja lumbre se apagaba en el ocaso del día.
Mi vista estaba fija en su agonizante resplandor, mientras la tensión de mi mente iba menguando. De súbito, me pareció descubrir muy cerca, el calor de otras llamas tan intensas, como las que morían ante mi hazaña.
Me volví para descubrir que la fuente de las nuevas llamas eran los ojos negros y fascinadores de la bella Nil.
Abandoné el cadáver del Monstruo vencido y me le acerqué, esperando el largamente ansiado premio de mis esperanzas.
Me abrazó como a su salvador y yo hice lo mismo con ella. Sin esperar más, la besé en los labios con la más violenta de las pasiones. El abrazo de ella se hizo aun más fuerte, y yo creí en un principio que se debería al amor, pero... un puñal manejado con delicada mano se clavó de un golpe en mi carne.
No perdí el sentido ni caí al suelo; llevado por una determinación final, me acerqué a ella, le arrebaté el puñal y la aferré con mis manos, que perdían ya sus fuerzas. Pero ella profirió un alarido salvaje y corrió, demente, hasta precipitarse en la negra sima donde había muerto Sem.
* * *
Regresaba, deshecho, a culminar con este mensaje mi obra, con pasos marcados por la muerte, a intentar el cruce del desierto.
Sin saber como, llegué a los límites del territorio de Talamp. Uno de los guardias de Klien me cerró el paso, apuntándome con su lanza.
- Detente - me ordenó.
Pero yo, mirándole con fijeza, continué mi avance, hasta tocar con el pecho la punta de su arma.
- Si supieras, - le dije - el horror de horrores que he conocido hoy, comprenderías que un infeliz como tú no puede asustarme. La cadena de identificaciones, que comenzó en mí y continuó en Nil, ¡se cerró en el Monstruo!
Y ante la mirada atónita y horrorizada del soldado, me remonté hacia el firmamento con mis alas de dragón, para caer sobre él e incinerarlo con mi fuego.
NOTAS
- Nenfir es un nombre que tiene apariencia egipcia, pero se trata, tal vez casualmente, de una palabra islandesa. Con la forma de Nenphir o Nemphir, aparece en la toponimia italiana (al sur de Siena) en la Baronía del mismo nombre, pero no el el ámbito real, sino en campañas para los juegos de rol.
Yuggoth Junto con Los Antiguos son las referencias directas al Universo Lovecraftiano, aún así la influencia de H.P. Lovecraft se encuentra asimilada a todo el texto.
- Gran Pirámide Las referencias de este tipo rebasan el ámbito de lo meramente egipcio, ya que parecen evocar un fenómeno más general y mítico que histórico, posiblemente para dar cabida a las pirámides americanas y al posible elemento unificador que supone la mención de la Atlántida.
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