Dos muertes

© Albert Wilmarth

 

Era una noche fría y tenebrosa y el aire arrastraba un extraño olor. Todo parecía sumido en su quietud hasta que ésta fue despertada. Una procesión de hombres y mujeres andaban por las calles empedradas del pequeño pueblo. Sus rostros mostraban tristeza y soledad.

La compañía de hombres y mujeres continuó andando por la calle principal. Sobre los hombros de un puñados de ellos había un extraño ataúd, y detrás, otro de similares características, mientras que la primera fila portaban antorchas que iluminaban el camino. Era un día triste para todos ellos, la muerte se había llevado a dos almas más consigo. Dios les guardaría en su regazo.

Había sido una triste historia, con un triste final. Había amanecido como cualquier día y Pedro se había puesto a trabajar el campo que en su día daría los frutos con los que podrían vivir y poder pagar los impuestos que su señor exigía. Era una vida dura y había poco tiempo para el descanso. Mientras, su joven mujer había bordeado los terrenos y se había adentrado en el bosque. Había decidido recolectar alguna fruta para almorzar luego. Atravesó un pequeño sendero que serpenteaba junto a las márgenes de un río caudaloso y rugiente. Las aguas bajaban furiosamente y se estrellaban contra las pequeñas rocas.

Después de varios minutos cesó su paso y salió del sendero acercándose a los márgenes del río. Medio metro más abajo el caudal del río bajaba vertiginosamente. Arriba, donde ella estaba, había un árbol, un manzano. Pero para su mala suerte éste estaba semicaído y la mitad del tronco se encontraba sobre el río. Durante unos instantes pensó como llegar hasta allí y decidió que la mejor opción sería agarrarse al tronco e ir avanzando poco a poco hasta la copa del árbol y recoger su premio. Y así hizo. Con sumo cuidado se agarró al tronco del árbol con manos y pies, y comenzó a deslizarse sobre él.

Mientras Pedro continuaba trabajando en la tierra. El sol lanzaba sus rayos con furia, era una mañana muy calurosa. De pronto paró para descansar y calló en la cuenta de que Lora, su mujer, tardaba mucho en regresar. Preocupado dejó la azada y se internó en el bosque con un extraño presentimiento. Recorrió el sendero con paso rápido. Cuando se aproximaba al punto donde su mujer se había parado a recoger los frutos oyó el chasquido de un tronco y un grito. Era Lora.

En aquellos momento su corazón le dio un vuelco y corrió hacia donde se encontraba ella gritando su nombre. Cuando llegó vio el manzano con medio tronco partido. Lora había caído al agua. Sin saber qué hacer comenzó a girtar su nombre mientras rezaba a Dios para que no hubiera ocurrido nada grave. De pronto sus gritos tuvieron contestación. Un poco más abajo, agarrada a una roca que sobresalía del rio, estaba Lora. Ella gritaba hitérica y lloraba desesperadamente. Pedro pensó rápidamente pero habia muy pocas soluciones. No podía dejarla allí e ir avisar a alguien porque tardaría demasiado y no sabía cuánto tiempo podría resistir ella allí. La miró. Estaba totalmente asustada y sus ojos solo se fijaban en él. Debía intentar hacer algo.

Miró en derredor intentando encontrar un tronco o palo suficientemente grande como para que llegara hasta donde estaba ella y pudiera atraerla hacia sí. Pero no encontró nada. El tiempo se iba extinguiendo y Lora notaba sus brazos cada vez más cansados. ¿Qué debía hacer? No encontraba nada que le fuera útil y no podía pensar con total claridad. Sólo pensaba en el hecho de que su mujer , su querida amada podía perecer hoy mismo si él no hacía nada.

Continuó buscando, pero no encontró nada. Había muchos árboles, pero sus ramas eran muy finas, y otras demasiado gruesas para poder cortarlas sin el hacha. Al fin el tiempo se agotó. Los brazos de Lora se soltaron de la piedra y las furiosas aguas la arrastraron. Ella gritó y Pedro se volvió para ver cómo era arrastrada por el rugiente caudal. Pero sin pensárselo dos veces corrió y saltó al río.

Las aguas le arrastraban con fuerza y le hundían hacia arriba y abajo por el efectos de los rápidos, pero a duras penas consiguió llegar hasta ella. Él la abrazó y ella se agarró a él como si fuera su vida propia. Sabía ya cual era su destino, no había nada que hacer.

A la mañana siguiente sus cuerpos fueron encontrados en la parte baja del río en una de las orillas. Su cuerpos aun continuaban abrazados y sus rostros mostraban la palidez de cera de la muerte que había cantado su serenata.

Ahora la procesión continuaba andando para enterrar a los desdichados. El grupo de hombres y mujeres continuó por la calle que ascendía hasta la cima de una loma, allí se encontraba el cementerio. Las fosas ya habían sido hechas y sólo faltaba meter los ataúdes en ellas. Sin que nadie dijera una palabra, tal y como había sido a lo largo de toda la procesión, se dispuso cada ataúd en su nicho. Los dos encargados de tapar las fosas recogieron sus palas del suelo y comenzaron a echar tierra sobre los dos féretros mortuorios.

Esa misma noche mientras todos dormían, uno de los habitantes del pueblo oyó unos extraños ruidos allí arriba sobre la loma. Su casa era la más cercana al cementerio y creyó oír cómo alguien gritaba el nombre de Lora. A la mañana siguiente, después de varias objeciones, se decidió desenterrar los ataúdes. La expectación era increíble y la gente estaba nerviosa. Otra vez, lo dos hombre cogieron las palas y comenzaron a cavar hasta encontrar los ataúdes ; los subieron y los abrieron. La gente se quedó mirando atónita: allí no había nada y los ataúdes parecían tener extraños golpes. Lo único que encontraron dentro del ataúd de lora fue un fruto, una manzana.

Comentarios a esta Colaboración

MENU