De nuevo el mismo sueño, el que rondaba sus noches desde hacía un mes. Sobre el fondo oscuro, los retazos blancos de una figura ovalada. Palpita, está llena de vida. No sabe por qué, pero se siente allí dentro, acurrucada como un bebé en el vientre. Después, la figura se difumina mientras observa más nítidamente a una joven que está sentada, con los ojos cerrados, sujetándose las rodillas. No la conoce, nunca antes la había visto, pero sabe que es ella. Despertando de un largo letargo, la criatura se desenreda, y los miembros le pesan como viejos y muertos, mientras se ve suspendida en el aire. Entonces lo siente. Es muy fuerte y poderoso. Impulsa su cuerpo hacia arriba, tirando de su pecho con delicadeza y seguridad. La cabeza, los brazos y las piernas se dejan llevar. Su piel huele a café y a luna, sabiéndose tan libre y nueva como aquella que primero conoció la luz. Sus ojos continúan cerrados y, en ese instante, un remolino de aire, una tormenta de colores, un estallido de brillos. Luces cálidas de sol invernal, fusión de tonos puros y absolutos, vientos de terciopelo. Los ojos se abren, el cuerpo toma vida y de su espalda dos hermosas alas se expanden cual amanecer, batiéndose y creando una lluvia de arco iris. Ahora, una sensación de confianza y seguridad le inunda. Siempre acababa así. Luna tras luna, el mismo final.
Al salir del mercado tropezó con aquel hombre. Le pareció un tanto extraño por su tétrica forma de vestir y de observar todo aquello que le rodeaba. Recogió los objetos que se le habían caído al suelo y se dirigió con rapidez hacia su casa. Cuando ya se había alejado bastante del establecimiento, se giró y descubrió que el hombre seguía sus pasos. Continuó andando y cruzó por un paso de cebra. Decidió meterse en una tienda para dejar que todos sus recónditos temores desapareciesen al ver que el hombre pasaba de largo. Empujó la puerta y entró en el pequeño local. El aire olía a incienso y la mini-cadena reproducía uno de esos discos de música relajante. Le asombró la cantidad de pequeñas cosas que se hacinaban sobre los estantes sujetos a la pared. Collares, pulseras, piedras, plantas oleaginosas, pequeños recordatorios, anillos, pendientes, bolsitas, libros de temas místicos y filosóficos... Una mujer salió de la trastienda. Vera se sobresaltó. El ambiente le había llevado tan lejos de la realidad, que apenas había reparado en la falta de personal en el comercio. La dependienta aparentaba unos treinta años. El pelo rubio le caía sobre el hombro, recogido en una larga trenza. Sus ojos azules poseían una pura tonalidad y sus mejillas habían adquirido un color rosado por la acción del sol. Miró a la muchacha y con un dulce gesto en el rostro dijo:
"¿Puedo ayudarte en algo?"
"No, sólo estoy mirando" dijo Vera titubeando.
La mujer escrutó en el interior de sus ojos con certeza, como si supiera exactamente lo que buscaba y lo estuviera encontrando. Permaneció un tiempo silenciosa hasta decir:
"Está creciendo en tu interior y no sabes qué es, ¿verdad?. Pero es tan fuerte..." las facciones de su rostro adoptaron un gesto de comprensión. Sabía algo que Vera desconocía de ella misma.
"¿Perdone?" dijo sorprendida. No le gustaba el cariz que la conversación estaba tomando, así que decidió poner pies en polvorosa. "Lo siento, debo irme. Ha sido muy amable.
"¡Espera! Al menos deja que te dé esto, quizá pueda ayudarte." su esbelta mano le tendió un libro. Vera no supo rechazarlo, y a pesar de su actitud huidiza, lo tomó. Agradeciéndole nuevamente sus segundos, salió del establecimiento dirigiéndose pensativa a casa.
El insistente timbre del teléfono le despertó. La luz del sol entraba por la ventana. Miró el reloj. Las 10:30. Hacía unas horas que debería estar trabajando, pero no se encontraba bien en absoluto. Se sentía mareada y no controlaba ni distancias ni dimensiones, a pesar de no sentir dolores de cabeza. El teléfono continuaba llamándola con sonido estridente. Alargó el brazo para tomar el auricular que esperaba en la mesilla impaciente y lo colocó junto a su oreja.
"¿Si?" insinuó débilmente.
"¿Vera? Soy yo, Jack. ¿Estás bien? ¿Porqué no viniste?" preguntó una voz de marcado acento anglosajón.
"Bueno, no me encuentro bien, Jack, tengo mareos y fiebre alta" exageró ella para colgar cuanto antes.
"¡Ouh! ¡Lo sento!, esperuo que te mihores. Pasarué pour tu casa para llevaerte algunous datous. ¿Ok? Cuídate. Bye."
Jack era un compañero del trabajo. Era irlandés, y los jefes de Vera consideraban que era muy bueno investigando, así que le habían introducido en el proyecto que ella llevaba a cabo sobre impacto medioambiental sufrido en especies en peligro de extinción. Su único problema era que, durante sus años de docencia, todos sus compañeros le habían enseñado a trabajar y vivir sola. Ella aprendió a existir en su laboratorio y ellos a no acercarse más de tres metros. Vera se decía que era una situación muy cómoda, porque nada la ataba a ninguna persona o lugar a excepción de sus padres, con los que nunca congenió en exceso, pues no comprendían su empeño en dedicar su tiempo inútilmente a un montón de bichos sin trascendencia. En realidad, añoraba el contacto humano como los árboles el sol durante las largas nieves. Temía mucho la soledad, pero también el amor, y trataba de cubrirlo todo con un velo de ironía y sarcasmo. Nadie la buscó, y ella no buscaría a nadie. La ausencia le había forjado una coraza de duro hierro que no se fundiría más para dolerle en las cicatrices rojas. Eso le enseñaron, con o sin consciencia, y eso aplicaba, con o sin lamento.
Sentada sobre el confortable sofá vino, Vera perdía la mirada y la mente vagando sobre los objetos que permanecían sobre la mesita de pino. Los documentos que Jack le había llevado aguardaban sobre la madera. Los ojeó y descubrió que todos eran datos estadísticos y mapas de poblaciones menos un sobre de color azul. Recordó la mirada que Jack lanzó sobre sus pupilas cuando ella cerraba la puerta. Profunda, caoba ardiente, segura y antigua. Jamás hasta hacía unos días había encontrado ojos tan extraños en su vida, comprensivos, llamativos. Ojos que escondían, que sabían, a los que Vera temía. Sus finas manos se deslizaron en la superficie de papel hasta encontrar la apertura y extraer un folio plegado. Lo extendió y comenzó a leer las primeras líneas.
"Dear Vera: " - el texto estaba escrito en lengua inglesa y fechado del día anterior -
"Desearía poder escribirte en español, tu lengua, pero ya sabes que no es mi mejor arte. Es necesario que comprendas claramente lo que he de decirte, por lo que, sabiendo tu dominio de mi idioma, me expreso en él. Será complejo que entiendas lo que ocurre, y vital que alguien te guíe. Seguramente sucedan cosas extrañas a tu alrededor durante estos últimos días, como
sueños, visiones o similares experiencias." - Vera levantó la vista de la hoja y tropezó con el libro que la mujer de la tienda le había regalado. Ni siquiera lo había mirado aún. Lo tomó y colocó sobre sus rodillas. "Sobre hadas, elfos y duendes", así se llamaba. Las tapas eran duras, tapizadas con una especie de terciopelo verde, y las letras estaban grabadas en oro sobre el fondo oscuro. Aunque el interior contenía algunas ilustraciones en blanco
y negro, nada llamó su atención a excepción de la primera hoja. En ella, el título de la portada estaba cambiado por "Fantasía y banalidad: la lucha desde el origen". Tomó de nuevo el papel escrito y continuó leyendo - "Es harto seguro que a lo largo de tu vida hayas sentido que no encajabas en ningún lugar y que tus aspiraciones y sueños recónditos fueran distintos de todos lo demás. Te daré la verdadera razón de ello, pero no puedo asegurarte
su comprensión. Tu alma es singular y diferente a la del resto de los mortales. Brota de la fantasía, nace en la imaginación y crece con la ilusión y la fascinación. No necesita certezas para vivir, porque la magia es el maná que la alimenta en este vagar de existencias lúgubres. El poder de soñar impulsa la sangre en tus venas y bombea tus sentimientos. Con el tiempo descubrirás que los niños iluminan tu mundo, y que la incredulidad y la indiferencia ametrallan tu ser. También encontrarás nuevas miradas que lean más allá de los iris. Ellos te recordarán que en un pasado conociste amantes, amigos y enemigos que cruzan tus huellas sobre el frío asfalto de la ciudad hasta escondidos en el anonimato para de nuevo descubrirlos. Sé que todo esto te resulta extraño, que desearías rechazarlo y huir, pero debes aceptarlo, porque es parte de ti y no puedes negarte a ti misma. Nunca
olvides que mis ojos observan las mismas rarezas que los tuyos, incluso algunas más, y que podrás confiar eternamente en mi ente, que se encuentra unido al tuyo desde que ambos nacieron de un mismo sueño mortal de amor. Si me necesitas, ya sabes dónde encontrarme, déjate guiar por tu yo feérico.
Muchos besos.
JACK"
La carta finalizaba entonces. Vera se levantó del asiento y apoyó sobre la mesa la hoja doblada. Parte de su ser reprimía la aceptación que la otra mitad trataba de imponer sobre su mente. Aquello no era precisamente lo que esperaba que el futuro le deparara. Rondó el salón de su casa varias veces hasta chocar con su reflejo en el espejo de cuerpo completo que había en la entrada. En un primer momento conocía la imagen, pero ésta fue cambiando. Su cabello había crecido hasta alcanzar su cintura y había virado hasta presentar un color cobrizo y plateado irreal. La camiseta y los pantalones que llevaba puestos se habían difuminado y convertido en una túnica de raso blanca asimétrica. Sus facciones se habían alargado, y sus orejas se transformaron en puntiagudas. Los ojos le resplandecían ahora como un cielo estrellado de verano y sobre su pecho colgaba una joya de zafiro en forma de lágrima. Un bostezo y un impulso irreprimible de estirarse acometieron su cuerpo, que no se resistió. Mientras sus brazos se desperezaban, dos nuevos miembros se desplegaron desde su espalda. Dos alas se abrían, y con ellas las musas de las pinturas policromadas. Cuando sus ojos retornaron al espejo, Vera se sorprendió. La imagen impactó en su memoria visual como una flecha. En un instante la reconoció. Esa silueta, esos colores, esas líneas que dibujaban una misma fotografía eran conocidas para ella. La criatura que contemplaba en la superficie pulimentada era la misma que había nacido durante un mes, noche tras noche, en sus sueños vigilados por la luna. Era ella. Ella misma.
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