La caja de los Secretos: primera parte


      Una historia inspirada en Changeling, el juego de rol, por Jorge Arredondo


      Parte 1: Los actores

      Bob cogió la carta una vez más, con una expresión de sorpresa en su rostro, mientras echaba un vistazo a la pequeña caja de madera y bronce que asomaba de su envoltorio de cartón y papel sobre el escritorio de la sala de los apartados de correos. Lentamente y con atención releyó el anacrónico pergamino quimérico que venía junto con una mundana e intrascendente carta en papel real.

      "Mi querido pupilo Baeth

      No tengo mucho tiempo para contarte lo que está pasando. Sólo te diré que te envío un pequeño tesoro: la Caja de los Secretos. Sé que hay fuerzas ocultas buscándome y buscando la caja. Sé que a mí me vigilan en todo momento, así que deduzco que la caja estará más segura en tus manos.

      Voy a abandonar Chicago por un breve período de tiempo, para ver si puedo perder de vista a mis perseguidores y conseguir ayuda de mis importantes aliados. Sólo te pido que protejas este tesoro durante una semana. Deberás estar en guardia, no obstante, porque es muy posible que las mismas fuerzas que me buscan hayan empezado a seguir el rastro de la caja. Confío en tu inteligencia, mi joven changeling.

      Me pondré en contacto contigo tan pronto como pueda. No te preocupes por mí, sé cuidarme muy bien. No habría llegado a gruñón en otro caso, ¿o no?

      Tuyo afectísimo, tu mentor Arthus"

      "Mierda" musitó Bob "esto apesta a problemas".

      Bob dejó la carta sobre el escritorio y se rascó su peludo mentón de pooka mientras sus orejas de conejo descendían a un nivel peligrosamente bajo de ánimo. Volvió a mirar la caja, sintiendo una leve pulsación de glamour que emanaba de la misma.

      Bob era un pooka, pero no era idiota. Aunque Arthus era su mentor, también era un pooka, así que no sabía qué partes de la carta podría creer y cuáles no. Conocía a Arthus bastante bien, el cual era uno de los pocos pookas oscuros respetados de la estirpe, y relativamente conocido en Chicago, el Ducado del Viento Gélido. Por su continua relación mentor-pupilo, sabía que Arthus era difícil de seguir en sus conversaciones. Era uno de los pookas más sutiles que jamás había conocido. Lo que decía siempre podía ser verdad, aunque podía fácilmente omitir detalles importantes o exagerar otros, con una maestría que haría ponerse verde de envidia a la mayoría de los pookas de Concordia.

      Tanteó la caja con sus dedos recubiertos por un suave pelaje. El glamour se sentía mucho más intenso cuanto más se acercaba uno a la caja, hasta el extremo de cosquillearle los dedos al acariciar su superficie. La caja no era muy grande, apenas un cubo de unos 10 centímetros de lado, de madera de roble tallada con grabados celtas, con los cantos reforzados en bronce viejo. Tenía un pequeño cierre de palanca para mantener la tapa cerrada.

      "Bueno" dijo "la caja es un tesoro sin duda, eso lo puede ver hasta un gruñón inexperto como yo. Y un tesoro de esta magnitud, porque con ese glamour tan fuerte debe ser un tesoro de los gordos, es muy probable que esté siendo buscado por alguien..."

      Bob resistió la tentación de abrir la caja, sin mucha dificultad. Aún no estaba muy habituado a su verdadera naturaleza, y al ser un pooka inexperto adolecía de los defectos de estos. Al menos, con su misma intensidad...

      "Bien... el manual del pooka inteligente dice: 'si va a haber más problemas de los que puedas manejar, asegúrate de estar a cubierto cuando eso suceda'" pensó, y miró a su alrededor. "Sería conveniente coger algunas cosillas de casa y desaparecer del mapa... me han dicho que Toronto está preciosa en esta época del año."

      Cogió la caja y la introdujo de nuevo en la caja de cartón, y abandonó la tremendamente fría y banal oficina de correos con la caja bajo el brazo. Tomó un taxi, aprovechando que aún no había anochecido en la fría ciudad de Chicago y aún había taxistas arriesgándose a salir, y se dirigió a su apartamento, con multitud de preguntas rondándole por la mente.

      En su aspecto faérico Bob era un pooka gruñón. Era un changeling de mediana estatura, midiendo sobre 1'75 sin contar con la longitud de sus orejas de conejo. Tenía grandes y expresivos ojos castaños, una graciosa nariz de conejo y un cabello corto moreno, con vetas grises en sus sienes y algunas canas dispersas reflejando su condición de changeling gruñón. Curiosamente el resto de su cuerpo estaba recubierto por un corto y suave pelaje marrón, esta vez sin canas. A pesar de su obvio aspecto animal, tenía una cierta aura que le hacía atractivo. Quizás fuera su aspecto de conejo que le hacía parecer lindo como un peluche.

      Su escaso velo consistía en una capa cuya mitad superior era de un brillante color rojo, y cuya mitad inferior era de color marrón oscuro, recortada en largos picos formando colas rematadas por anillos de plata; además llevaba una especie de pantalones cortos, más una especie de taparrabos amplio que otra cosa.

      Como mortal Bob compartía algunos rasgos comunes. Era un hombre aún joven, de unos 30 años, con más o menos la misma estatura, el pelo negro y los ojos castaños, y era también bastante atractivo, con una agradable y casi perpetua sonrisa en su cara, aunque ahora había desaparecido por la preocupación. Vestía un elegante (y caro) traje con corbata y chaleco, y una gabardina, todo ello recuerdo de los años que había pasado como programador en una importante firma de software, hasta que despertó a su verdadera naturaleza y en un arranque creativo y alocado se pasó al mundo de los videojuegos.

      Su apartamento estaba situado en una zona residencial elegante (pero no excesivamente cara) de las afueras de Chicago. Chicago era una ciudad oscura, fría, corrupta, banal. Un lugar inhóspito para la mayoría de la población changeling que la habitaba, aunque pese a ello se resistían a marcharse, principalmente por no tener otro sitio a dónde ir.

      Al irse acercando a la dirección de su apartamento, el taxista aminoró la marcha lo cual sacó a Bob de su ensimismamiento. Echó un vistazo a la calle por la ventanilla y vio algo que le heló la sangre en las venas.

      Un coche negro acababa de aparcar en la puerta del edificio. Un coche negro del que se bajaron tres changelings. Vestidos de negro, pero sin velo aparente, sólo con ropas mortales. Con traje y corbata y camisa blanca. Impecables. Parecían copias los unos de los otros, los tres con el pelo rojo llameante y gafas, casi trillizos. Tres redcaps rebeldes que abandonaron el vehículo y entraron en el edificio sin prisa, con ligeras sonrisas en sus aviesas caras.

      "Errr... Me bajaré aquí mismo, gracias" le dijo Bob al taxista "o mejor" añadió rápidamente, "he olvidado algo en la intersección de Michigan con la 41, por favor."

      El taxista frunció el ceño y sospechó algo malo, lo cual no era muy extraño en esa caótica ciudad "primero veamos el color de tu dinero, no voy a estar haciendo recorridos turísticos gratis ¿vale?"

      Bob frunció el ceño a su vez y pasó un billete de 100 dolares al taxista "tengo un aval presidencial" añadió "y ahora si es tan amable" añadió comenzando a desesperar.

      El taxista sonrió y se guardó el billete "de acuerdo vicepresidente". El taxi dio la vuelta y se alejó del lugar.

      Bob empezaba a estar muy preocupado. No vivía ningún changeling más en su edificio, por lo que suponía que aquellos inquietantes redcaps habían ido a verle a él. ¿Pero cómo se habían enterado tan deprisa? A no ser que simplemente estuvieran indagando sobre todos los conocidos de Arthus.

      "Mierda" dijo Bob "el contestador."



      Los tres redcaps se miraron entre sí y sonrieron. Uno de ellos llamó de nuevo a la puerta del piso de Bob, sin recibir contestación como en las veces anteriores. El glamour del joven changeling se intensificó levemente, y con los ojos brillantes susurró un par de palabras a la puerta. Acto seguido se volvió a sus dos compañeros "El conejo ha abandonado la madriguera, señor Smith".

      "Vaya" dijo otro de los redcaps "lamentable... teníamos que hablar con él... quizás deberíamos pasar y esperarle dentro, ¿no cree, Señor Smith?" añadió, mirando al tercer redcap.

      "Una excelente idea, Señor Smith" dijo el tercero, sonriendo y sacando una ganzúa de un pequeño estuche. Acto seguido empezó a manipular diestramente la cerradura de la puerta, y en un par de minutos un leve 'clac' indicó el éxito de su intento. Sonriendo, los tres redcaps entraron en el apartamento.

      Los Smith entraron sin prisa y examinaron levemente la entrada y el salón. Incluso en la misma entrada había un caos de juguetes en la mesa del recibidor, rodando por el suelo, en el paragüero, etc. Por no hablar del sofá del salón, repleto de peluches de distintos tipos, formas y colores pero con una característica común: todos muy lindos.

      Uno de los Smith sonrió y dijo "creo que me voy a divertir mucho con este trabajo". Otro levantó la mano pidiendo silencio, y rebobinó la cinta de mensajes del contestador automático. Tras una serie de sonidos inarticulados la cinta llegó a su comienzo y entregó su mensaje de nuevo.

      "Hola Bob, soy yo, Arthus. Te he mandado un paquete urgente a tu apartado de correos. Es muy pero que muy importante que lo recojas. Dentro hallarás más instrucciones. Ten cuidado. Adios."

      Los redcaps se miraron entre sí y volvieron a sonreir "Busquemos ese apartado de correos señores".



      La baronesa Lenora Ellan ni Eiluned despidió con un gesto casual a su espía sluagh y con un gesto de fastidio que no estropeó en absoluto sus rasgos perfectos asintió al sidhe recién llegado.

      "¿Qué nuevas os traen, caballero Eanar, tan importantes como para interrumpir los asuntos de mi corte?" dijo con frialdad al caballero sidhe, el cual brillaba con una euforia que no se vio afectada por las duras palabras de la baronesa.

      "Está aquí, mi señora, en Chicago" contestó con una sonrisa.

      "¿Quién?"

      "No quién, mi señora. Qué" replicó Eanar, sonriendo con excitación.

      "Por el amor de Dana, ¿qué?". La baronesa empezaba a desesperar con los rodeos del caballero.

      "El mayor tesoro de la fundadora... la Caja" terminó el caballero, un poco apabullado por la impaciencia de su señora.

      "¿La Caja de los Secretos?" dijo la baronesa para sí más que para Eanar, rotundamente sorprendida como estaba.

      "Sí mi señora... nuestros agentes nos han informado de su llegada al Ducado, pero le perdieron la pista apenas entró en la ciudad"

      "El mayor tesoro de la Fundadora..." musitó la baronesa, ensimismada por unos segundos "Rápido!" añadió "¡Hay que movilizar a todos los agentes de la Casa para recuperar lo que por derecho nos pertenece!"

      Eanar asintió con orgullo.

      "De momento utilizaremos sólo los recursos de los que disponemos en el Ducado... no... no sería apropiado involucrar a toda la Casa a nivel del Reino, o a nivel general... si no es necesario" agregó la baronesa.

      Eanar parpadeó un poco sorprendido pero asintió lealmente a su superiora. "¡Gloria a la Casa Eiluned!" exclamó el joven caballero.



      Mientras tanto la espía sluagh que la baronesa Lenora se había apresurado a despachar abandonó su escondite en un pasillo lateral de la gran sala de recepciones del palacete. Sin hacer el más mínimo ruido se alejó fundiéndose en la sombras, musitando para sí en un susurro inaudible "un secreto muy interesante para comentar en la siguiente reunión del té..."



      Jorge Arredondo dungeonero < at > gmail com (c) Marzo 2000

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