Título: LA SOMBRA BLANCA DE CASARÁS
(LA SOMBRA BLANCA DE CASARÁS; 1931)

Autor: JESÚS DE ARAGÓN

Colección: AVENTURAS Nº 60

Editorial: JUVENTUD

Portada: LONGORÍA

Páginas: 128

Formato: 210x140 mm, rústica

Edición: 1931

 

La vista que presenta el valle desde aquellas alturas es algo que sólo puede verse descrito en los cuentos de hadas. Al pie del monte se extienden las casitas de Balsain, rodeando las agudas y elegantes torres de su antiguo palacio, que fué en tiempos remotos morada de reyes, con sus altos torreones Y sus magníficas portadas, en las que se ven aún esculpidas las armas de Castilla. Más lejos, las casitas de La Pradera como un pueblecito americano cubren un rectángulo perfecto, frente al cual humea la enorme chimenea de su fábrica de maderas y, por último, asomando por un rep1iegue del terreno, se ven las agudas agujas de La Granja y sus techos pizarrosos, bajo los cuales, un soberano de gustos refinados, quiso copiar las maravillas de los palacios versallescos.
De noche, el aspecto del paisaje varía por completo. Las cumbres contempladas desde aquellas alturas sugieren la ilusión de sombríos gigantes que amenazan al valle agazapados sobre los frágiles caseríos. El viento que silba por entre las gargantas, mueve a un mismo tiempo las copas de los pinos, ob1igándolas a inc1inarse todas a la vez como sombría procesión de encapuchados y el ruido de las rocas al rodar por los precipicios pone en el alma de los escasos viajeros que por allí se aventuran, continuos sobresaltos.
Yo que he hecho repetidas veces el camino de noche por aquellos lugares solitarios, he tenido ocasión de experimentar todo el terror de tales emociones, pero no he de negar que estós viajes los hacía en las ya algo alejadas épocas de mi adolescencia; es decir, cuando sentía en toda su grandeza el verdadero culto por la montaña, y desde luego, ignorando todavía las espantosas leyendas que la voz popular acumula sobre aquellas misteriosas ruinas y algunos episodios más de la vida real, cuyo alucinante relato he tenido ocasión de conocer después y que han servido -preciso es confesarlo- para atenuar muchísimo el placer que sentía en recorrer aquellos lugares.


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