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Tras el chasquido del interruptor...

Relatos Dreamers

Un ligero estremecimiento le recorrió la espina dorsal cuando escuchó el inconfundible chasquido del interruptor. Lo conocía muy bien, sabía perfectamente a que hora sonaba, tras aquellas cándidas palabras de su madre deseándole buenas noches, y lo esperaba casi con impaciencia.Añadir Anotación
Las luces desaparecieron del cuarto, dejando tras ellas una profunda oscuridad en la que sus ojos se perdían, sin encontrar nada en donde asirse ni ningún resquicio o amago de luz en donde poder refugiarse.

Agarrando con fuerza las sábanas, aguantó unos minutos mirando aquella oscuridad espesa y sofocante, lo suficiente como para obligar a sus pupilas a adquirir el tamaño necesario para poder ver en la negrura. Las formas fueron marcándose poco a poco en el negro espesor, formando siluetas macabras de lo que en día fueron su escritorio, su armario, sus estanterías, sus muñecos… Pero que ahora ya no lo eran. Ahora eran trampas. Todo era una trampa.Añadir Anotación

Cuando por fin consideró que veía lo suficiente, comenzó a examinar inquieta la habitación, “la cueva”, como la solía llamar por las noches, buscando nerviosa lo que inevitablemente tenía que venir. Lo que llegaba todas las noches. Lo que siempre la acosaba en la negrura.Añadir Anotación
Pasaron varios minutos. Sus pupilas dilatadas registraban nerviosas cada palmo de la cueva, deseando que apareciera ya, que se diera el ansiado pistoletazo de salida. Pasaron varios minutos sin que las sombras se movieran, y a cada segundo que pasaba, ella apretaba con más fuerza las mantas, hundiendo su cabeza en la almohada, impaciente.Añadir Anotación

Y entonces, apareció.

Fue muy leve, casi imperceptible, pero ella ya estaba lo suficientemente entrenada y sus pupilas perfectamente adaptadas como para detectarlo. No la volverían a engañar. No la pillarían por sorpresa nunca más.
Rápidamente, tiró con fuerza de las sábanas y se deslizó bajo ellas, cerrando con las manos el hueco que pudiesen dejar las mantas en la cabecera de la cama, formando así su refugio, el refugio que cada noche la ocultaba de ellos. De las trampas. De todos.
Ya había comenzado. Ahora solo le quedaba esperar.

Las figuras y sombras que cada noche aparecían fue algo que la sorprendió hacía algún tiempo, cuando no esperaba ver que aquello que conocía se volviese en su contra. No sabía por qué la odiaban, por qué disfrutaban con su sufrimiento, pero los hechos demostraban que siempre que ellos la descubrían, la torturaban sin ningún tipo de miramientos. Se ocultaban bajo las mesas, en el armario, tras la puerta, en las estanterías… y todas las noches vagaban por su cuarto, por la Cueva.Añadir Anotación

Al principio ella pensó que la buscaban para saciar su sed de tortura, pero pronto descubrió que no exactamente así: a ellos simplemente no les gustaba que ella se metiese en sus asuntos. No les gustaba que los mirase.
Ella era una intrusa en la Cueva. Y a los intrusos, se los eliminaba. O mejor, se les hacía sufrir.
Pero, en el fondo, ella sabía que tan solo se cebaban con una persona, ya que mil veces entró su madre o su hermana en la Cueva, y no les hicieron nada.
Era solo a ella.
La odiaban.

Escondida bajo las sábanas, procuró adoptar una postura fetal, que formase un bulto en las mantas poco pronunciado. Comenzó a respirar pausadamente, muy despacio. El más mínimo movimiento haría que ellos la viesen, y si eso ocurría ni la amplia capa de sábanas la salvarían de su ensañamiento.Añadir Anotación
Notó como comenzaban a invadir su cuarto, como ocupaban la Cueva, como algunos se ocultaban en las trampas, acechándola, incluso llamándola con palabras amables para que saliese a la luz.
Trampas.
Todo eran trampas.
Pero ella había aprendido a ignorarlas, a quedarse quieta en el refugio, a respirar sin emitir el más leve sonido. Había aprendido a ignorar.

Oculta entre las sábanas, con los músculos agarrotados y empapada de sudor pese a que estaba en pleno noviembre, recordó con una oleada de miedo cuando consiguieron engañarla.
Fue en primavera. Su madre le había quitado casi todas las mantas, con lo cual había destruido inconscientemente su refugio, dejando tan solo una fina manta en la que era imposible ocultarse.
En épocas o estaciones de calor era mucho más complicado ocultarse, mas ella había comprobado que, mientras no se moviera, no la verían. Pero cuando no puedes ocultar tus ojos bajo las mantas, es realmente difícil mantener la frialdad y no sucumbir al miedo.
Así pues, lo que solía hacer cuando faltaban las mantas era disponer el almohadón de costado y ocultarse tras él, formando una pequeña barrera entre la Cueva y ella. Generalmente, se acurrucaba de tal forma que su cuerpo quedaba totalmente oculto tras la almohada. Pero aquello dejó de ser funcional cuando empezó a crecer.Añadir Anotación
Siempre la veían.

Pero aquella noche de primavera, al menos, contaba con la fina sábana, así que se arropó bien y se giró de tal forma que quedase mirando a la pared con la que se juntaba su cama, dándoles la espalda, intentando no verlos.
Los engaños comenzaron a sucederse entonces a lo largo de toda la noche.
Trataban de convencerla para que ella se girase, que se moviera, que los viera. Trataban de acceder a ella. Necesitaban divertirse. Necesitaban burlarse. Necesitaban torturarla una vez más.
Pronto comenzó a notar como la tocaban, como la instaban a mirar. Las manos recorrieron su espalda, dándole un macabro masaje, como si quisieran desgarrar su piel sin poder alcanzarla. No podrían hacerle daño. No si ella no se giraba.

Pero cuando escuchó las voces, su desesperación comenzó a instarle a mirar. Las manos decidieron retirarse entonces, dando paso a la trampa que la haría caer. Ellos lo sabían. Sabían desquiciarla lo suficiente como para romper todas sus defensas y hacerla caer entre sus cuchillos.Añadir Anotación
Aquellas voces la instaban a confiar, a unirse a ellos, a ser una más. La acogían, le aseguraban que podía mirar, le aseguraban que podía integrarse en su comunidad. Le daba la bienvenida.
Ella comenzó entonces a estremecerse. Deseaba fervientemente poder mirar, poder confiar, poder dejar el terror de lado, aunque solo fuera por una noche.
Las voces sonaban felices, cantando canciones infantiles, riendo.
Ella giró un poco su cuerpo, y miró por el rabillo del ojo. Los ubicó enseguida. Estaban todos bajo la mesa, reunidos, sonriendo y cantando canciones que ella conocía, invitándola a unirse. Ella susurró con voz entrecortada aquellas canciones, insegura, uniéndose, aun dudosa, al compás que ellos le marcaban. Uniéndose a la trampa.Añadir Anotación
La canción acabó.
Pero ellos entonaron otra.
Esta vez, ella no se la sabía.
Las voces comenzaron a entonar cada vez más deprisa, hasta llegar a una frase que comenzaron a repetir insistentemente, aumentando cada vez la velocidad del cántico.

Ya está aquí, ya está aquí, ya está aquí

Ella no entendía aquello. No podía seguirlos.
La señal de alarma se activó de pronto en su interior.
¡no mires!
La canción había perdido ya toda melodía. Tan solo aquella frase retumbaba ahora bajo la mesa.

Ya está aquí, ya está aquí, ya está aquí

Y ella se giró.
Y la trampa culminó.
Petrificada por el terror, observó la figura que la aguardaba a su espalda, esperando su mirada. La esperaba con aquella sonrisa terrible y esos ojos burlones y sedientos, con el brazo bien alzado sobre ella, sujetando el cuchillo que pronto comenzó a bajar rápidamente.
Aterrorizada, ella se giró con rapidez de nuevo hacia la pared, pero ya era tarde.
Aquella noche, la habían descubierto.Añadir Anotación


Mirian Frías Ferrer (Mirian F2)

ENLACES
Gothic Paranoid
Deedlit, 16 de Junio de 2005
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