El tercer holocausto

por Ricard Ibáñez


Sentí un dolor agudo en la base de la nuca. Una manera como otra cualquiera que tienen los demonios de avisarte de las noticias  urgentes, en especial cuando son esclavos tuyos y andan a la que salta para ver si se libran de ti y pueden quemar el contrato. Me apreté los ojos con las manos, aparté de un empujón el cadáver de la desgraciada que había compartido cama, lágrimas y sangre conmigo. Me incorporé y me miré al espejo, un tipo alto y delgado, cubierto de sangre que no era la suya. Pero eso tenía que cambiar. Suspiré, encendí el incienso, arrojé las hierbas y uno de los ojos de la chica (uno tiene que aprovechar lo que tiene a mano). Luego me hice una herida en la palma de la mano izquierda, y susurré las palabras. Podría haber usado una invocación más amable, pero tenía ganas de vengarme del desgraciado de Sarcoy. Así que atraje hacia mi persona a mi familiar de tal manera que se presentó jadeando, pues durante unos segundos había sentido como la carne se le separaba de los huesos. Un pequeño efecto secundario de este hechizo, que atrae los cuerpos según la densidad de los componentes que están hechos. Sin efectos secundarios, pero duele un montón. Y es que lo de Sarcoy y yo era prácticamente una historia de amor...

 

Me miró con sus ojos amarillos cargados de rencor. Y yo le devolví la mirada, un instante más de lo necesario. Y luego le pregunté qué noticias eran esas que hacían que me llamara con tanta urgencia.

 

Sarcoy se pasó la lengua por los labios. Bueno, hizo el equivalente demoníaco de pasarse la lengua por los labios... En realidad sacó una lengua trífida de metro y medio y se churrupeteó toda la cara, cuernos incluidos. La primera vez que lo hizo me dio asco y le dije que la próxima vez se la metiera por el culo... y claro, me obedeció. Aún tengo arcadas cuando lo recuerdo.

 

-          Se trata del viejo Maestro, Amo. Ya no está. Me dijiste que te avisara cuando sucediera –añadió con rencor.

 

¡Así que el viejo indecente se había ido al Infierno, donde debía haber ido hacía varios siglos! ¡Por fin! ¡Nada ni nadie le impediría ya alcanzar el octavo círculo, y ponerse a la cabeza del cónclave, y recibir como tributo una parte del poder de todos los hermanos menores!

 

Vio entonces el rostro de Sarcoy, y se fijó en que se reía por lo bajo. Por supuesto. Estaba Falndag. En otro lugar, en otro tiempo. Pero estaba allí. Y le disputaría el cetro del poder. Si llegaba a poder reclamarlo, claro...

 

-          ¿Cuánto hace que el Maestro ha muerto? –le dijo a Sarcoy, que estaba, mientras tanto, ocupado royendo un brazo de la chica. El demonio se giró, con la boca llena, masticó y tragó frenéticamente antes de contestar.

 

-          Se acaba de ir, amo. Y he venido a decírtelo a ti primero. En este aquí y en este ahora, nadie más lo sabe.

 

Buen chico, buen perro... Más le valía serlo, claro está... Maquinalmente me dirigí a la cocina, a prepararme mi primera taza de café del día. Lo primero que hacía al levantarme, desde que dejé de ser humano. Es curioso, pero el café era uno de los pocos vicios no pecaminosos que aún conservaba...

 

Pero no. Había demasiadas variables. Había que moverse, y deprisa.

 

Sarcoy seguía atragantándose en el dormitorio. Esa chica, se llamara como se llamara, ya no me servía. Necesitaba otra muerte... Por suerte, uno siempre ha apreciado vivir rodeado de buenos vecinos.

 

Así que cinco minutos más tarde estaba llamando a la puerta de la vecina del ático, esa abuelita encantadora cuya amistad tanto y tanto me había cuidado en alimentar, regándola con atenciones y gentilezas como una delicada florecilla temprana. Sonreí con la mejor de mis sonrisas cuando abrió la mirilla, corrió los cerrojos, abrió la puerta... y le hinqué un cuchillo de cocina en las tripas, mientras la empujaba hacia dentro. No murió en el acto, por supuesto que no. Necesitaba toda su desesperación, todo su dolor, toda la certeza de que iba a morir...

 

Y es que los profanos creen que la magia negra, la magia poderosa de verdad, se nutre de sangre y sacrificios. ¡Qué equivocados que están! La verdadera energía procede del miedo, del dolor, de la impotencia. Cuando descubrí eso, me hice médico de urgencias. Lamentablemente, no siempre tienes un agonizante a mano, y has de apañarlo tú mismo.

 

Y en el piso de la vieja (después de haberle reventado la cabeza al mierdaperro que no paraba de lanzar ladridos histéricos) cubierto de vísceras, con la vieja aún agitándose mientras la penetraba, invoqué al Guardián de las Puertas, al que vigila los senderos del Tiempo y del Espacio, y usé las viejas fórmulas para ofrecerle en holocausto toda la sangre, todo el miedo, todo el sufrimiento. A cambio de un camino de ida... y otro de vuelta.

 

Y Baal Zardoz aceptó (raro... normalmente se hace rogar más). Fui engullido por las corrientes, las barreras dejaron de tener poder sobre mí, y fui donde quise ir.

 

A la torre de magia de Falndag. Su torre de hechicería, protegida por brillantes guerreros cubiertos de cota de malla, por sus poderosos hechizos y por cosas que nunca habían sido humanas, ni siquiera infernales. Pero todas sus defensas lo protegían de lo que quisiera entrar, no de lo que ya estuviera dentro. Había, yo bien lo sabía, muchas puertas y muchos pasillos que recorrer antes de llegar a Falndag. En cada uno de ellos se perdía una parte de uno mismo, en cada uno de ellos se pagaba un precio. Y al final, al llegar ante mi rival, no se era ni la sombra de lo que uno había sido.

 

Pero siempre hay caminos secretos y puertas traseras, como decía ese hacker amigo mío cuyo cerebro roí la semana pasada.

 

Así que aparecí en el Santuario Secreto de Falndag. Donde él siempre reposaba tras hacer gran hechicería. Donde estaba débil como un niño. Y él estaba allí, pues esa había sido mi petición, y mi petición había sido concedida.

 

Se giró lentamente, me miró con ojos de sorpresa, y luego el brillo de la comprensión empezó a anidar en ellos. Abrió la boca para hablar...

 

Y su sangre salpicó la pared.

 

Me hubiera gustado ser más lento, pero la muerte de un mago poderoso, en especial si es uno de la antigua escuela, como Falndag, suele desencadenar una serie de sucesos poco agradables para el que ha sido partícipe directo de su descenso a los Infiernos. Así que me fui por el camino de vuelta antes que Baal Zardoz cerrase el portal.

 

Y volví a la casa de la vieja, que por cierto, aún gemía por lo bajo. Estaba débil como un niño. Me arrastré hacia la ducha, me lavé, le di una patada al cuello de la vieja al pasar (conviene asegurarse de que tus víctimas mueren antes de hacer confesiones inoportunas) y bajé a mi casa. Por suerte para mis vecinos, no tropecé con ninguno de ellos en la escalera.

 

Llegué a casa tambaleándome. A juzgar por los ruidos que llegaban del dormitorio, Sarcoy aún estaba desayunando. Cuando recuperara las fuerzas tenía que ajustarle las tuercas a ese cabrón. Ahora mismo, lo que necesitaba era una taza de café. Una gran taza de café cargado...

 

Cuando puse la mano en la cafetera lo noté. Una distorsión en el tiempo y en el espacio. Algo estaba allí. Algo que antes no estaba.

 

Y me giré despacio, para enfrentarme con la Bestia. Con la Bestia que tenía los ojos de Falndag.

 

Todo pasó muy deprisa, pero es cierto lo que dicen los sabios, el tiempo se vuelve más lento cuando estás apurando las últimas gotas. Vi, tras el hombro de la Bestia, la figura satisfecha de Sarcoy, aún masticanto un pedazo de carroña. Y junto a él, vi al Viejo. Él lo había preparado todo, él había instruido a Sarcoy, que no me podía mentir, sobre lo que tenía que decir exactamente. Y había sido él el que había hecho un tercer holocausto para reforzar el de Falndag y el mío. Baal Zardoz estaría ahíto de almas, sangre y lágrimas.

 

No me resistí al golpe de Falndag. Sabía que él quedaría tan agotado como yo, y desde el pasado ya me había vengado en el futuro.

 

Ahora estamos en el Infierno, Falndag y yo, al servicio de Sarcoy, nuestro amo. Y el Viejo...

 

El Viejo mira a sus dos acólitos más cercanos, y éstos envidian su poder. Y lo odian por ello. Pero se odian más entre sí.

 

Y tanto Falndag como yo sabemos que él bien que lo sabe...


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