El Viaje al otro lado

por Enric Grau


La calle era estrecha y oscura. Sus antiguos edificios se alargaban hacia arriba donde parecían querer unirse, dejando sólo una estrecha rendija por la que se podía ver el cielo grisáceo y mortecino de una tarde lluviosa. En la base de las negras paredes, desgastadas por el tiempo y la humedad, la oscuridad de los portales se alternaba con las franjas de luz amarillenta de las tiendas.

Yo avanzaba, perdido y con pasos inseguros, mientras una sensación de urgencia me atosigaba. Tenía que encontrar la calle, era importante, lo sabía. Pero, ¿dónde estaba?.

¿Y si preguntaba en uno de esos comercios?. Sus mostradores, con las viandas bien ordenadas de aspecto apetitoso a la cálida luz de las bombillas, parecían invitarme. Esas tiendas tenían la presencia de las cosas viejas. Como si  hubieran estado allí desde siempre. Con sus tenderos de sonrisa amable, la bata gastada y el lápiz empequeñecido por el uso colgado de la oreja.

Estaba dudando qué hacer cuando oí una voz cascada por la edad que me preguntaba:

            - ¿Le puedo ayudar en algo, joven? – Me giré y vi al típico viejecito amable con el pelo ralo totalmente encanecido de ese color plata de pálidos reflejos.

- Si, gracias – dije, y le pregunté por la calle que buscaba.

Pensó un rato acariciándose la barbilla, el ceño fruncido, la mirada hacia arriba y luego dijo:

- No, esa calle no me suena, lo siento. Pero quizás en la tienda de al lado sepan algo – y empezó a llamar a gritos, con las palmas de las manos apoyadas en la cara haciendo bocina. Su voz tenía ese tono que se utiliza para los amigos o conocidos de toda la vida.

Al poco salió una viejecita por la puerta de atrás del mostrador. Su pelo estaba recogido en un moño discreto y funcional. La bata, aunque pulcramente limpia, se notaba que había conocido tiempos mejores. Tenía varios remendones y arreglos, como si fueran las medallas al trabajo de toda una vida.

- Oye vieja –empezó él en tono cariñoso - ¿sabes donde está la calle que busca este señor? – empezó. Y se enfrascaron en un diálogo plagado de recuerdos. Calles, plazas, monumentos y demás puntos de referencia pasaron revista a su memoria hasta llegar a la conclusión de que esa calle no estaba en el barrio.

- Debe estar en el otro barrio – comentó el tendero con gesto pensativo - ¿verdad vieja? – añadió dirigiéndose a su amiga en busca de aprobación.

- Si, carcamal – contestó ella en juguetona venganza al apelativo de “vieja”. Y, luego, dirigiéndose a mí en un tono más correcto pero no menos amistoso - ¿Por qué no prueba usted uno de éstos? – dijo señalando los pastelitos que tenía delante – No se preocupe que no le cobraré nada. Sólo quiero que me dé su opinión – añadió.

De nada valieron mis protestas, su hospitalidad le obligaba. Las costumbres de otro tiempo habían echado raíces en ese lugar conservando con ellas una isla de recuerdos así que probé un pastelito. Su sabor me trajo imágenes de mi infancia. Aquellos recuerdos que uno tiene encerrados en el fondo de la mente y que emergen como trozos de hielo en el agua, flotando en la conciencia como boyas de señales. Le dije que estaban buenísimos.

Ella sonrió halagada. - Pruebe en el otro barrio – dijo mirándome a los ojos – ya verá como tiene más suerte.

- Y, ¿cómo se llega al barrio ese? - pregunté

- Es fácil – contestó – solo ha de seguir esta calle hasta el fondo, allá donde las sombras se juntan, y llegará a una plaza. Entonces vaya por la calle más angosta. No tiene pérdida.

Mis pasos resonaban en el silencio, un silencio absoluto. Era como si el mismo aire se hubiera detenido. Llegue a la plaza y miré alrededor para localizar la calle que tenía que tomar pero no había ninguna otra salida. La plaza estaba rodeada de altos edificios y sólo se accedía por donde había entrado.

Había un pozo en el centro. A pesar de la oscuridad se veía como iluminado por alguna luz indirecta cuyo origen no podía ver. Y bajo esa extraña luz se podían ver todos sus detalles. El aro metálico, algo oxidado por la humedad, del que colgaba la cuerda que caía a un lado, con el cubo en el suelo. Las piedras, que hacían las veces de ladrillos, redondeadas y unidas por argamasa. Algunas tenían ese color verdoso del moho que aparece en las zonas más húmedas. Otras parecían pulidas, con un brillo nacarado y la suavidad del esmalte.

Me acerqué para ver mejor. A medida que me aproximaba crecía la visión de la oscura curva del túnel que se perdía en las profundidades. Y fui tomando conciencia de una idea absurda pero que me atraía por su simplicidad: Esta plaza no tiene más salida. ¿No será ésta la “calle angosta” a la que se refería la vieja?

Me asomé al borde y miré su interior. Oscuridad, silencio. Dije “hola” en voz alta y el sonido rebotó con la sonoridad de los espacios huecos, prolongándose un rato en mis oídos antes de morir.

Por su lado interior, la pared del túnel tenía bastantes protuberancias ya que las piedras que lo formaban no encajaban bien. Dejaban múltiples salientes que hacían fácil la escalada. Sujetándome con ambas manos levanté una pierna y la pasé al otro lado. Luego pasé la otra pierna y empecé a bajar, colocando un pie tras otro en los rebordes, sujetándome con fuerza a la resbaladiza superficie.

Mi descenso era lento pero constante y pronto sólo quedó un círculo de luz en lo alto. Única prueba de que estaba en un pozo y que bajaba por su túnel. Rodeado de una oscuridad cada vez más intensa, parecía cómo si el círculo de luz que se perdía en lo alto fuera la luna de una noche sombría. Era una sensación difícil de evitar. Yo escalaba un muro infinito en una noche cerrada y sin nubes con la luna como único testigo.

De pronto perdí pie. Sin poder agarrarme a la resbaladiza superficie me vi cayendo boca arriba rodeado de oscuridad, mirando a esa luna en el cielo que se iba empequeñeciendo poco a poco. La luna se convirtió en estrella y la estrella en nada. Ya no tenía referencias, solo oscuridad y silencio.

Me invadió un sopor creciente. Sólo existía mi cuerpo y apenas lo sentía. Cerré los ojos casi sin querer. En medio de la nada absoluta, daba lo mismo tener los ojos abiertos o cerrados. Al final caí en la somnolencia de un sueño sin imágenes.

 

La caverna

 

Cuando desperté estaba extendido en el suelo boca abajo. La oscuridad era total pero al menos podía notar el frío de la tierra bajo mi cuerpo. Ese contacto me daba la sensación de realidad que necesitaba. Existía algo, más allá de mis pensamientos. Tenía un cuerpo y había un suelo. Aunque estuviera helado.

Me incorporé lentamente y extendí los brazos para evitar golpearme contra el techo. Pero pude levantarme del todo sin tocarlo. Salté lo más alto que pude, intentando llegar a tocarlo con las manos, pero no lo conseguí. Si había un techo estaba muy lejano. Grité pero mi voz se perdió en el vacío. Sólo tenía un suelo y nada más. El resto era oscuridad.

Decidí moverme y buscar la salida o, al menos, algún lugar más iluminado. La oscuridad era tan absoluta que ni siquiera podía verme las manos. Quizás estaba ciego y no lo sabía. De cualquier forma tenía que moverme.

Como no tenía ningún punto de referencia decidí escuchar un rato atentamente... Nada, ningún ruido, solo mi respiración. Intenté percibir alguna corriente de aire... Quietud absoluta. Avancé pues en una dirección cualquiera.

No sé cuanto tiempo pasó, quizás sólo unos minutos, pero hubo un momento en que conseguí escuchar, muy débilmente, un apagado murmullo. Era uno de esos sonidos que notamos, más que oímos, en el umbral de nuestra capacidad auditiva de forma que hasta dudamos de su existencia. ¿Realmente lo oía o era algo producido por mi mente en un intento de llenar el vacío?.

Me arrastré gateando en esa dirección y mi avance se convirtió en una rutina hipnótica. Un paso y luego otro y otro. Siempre lo mismo, de forma regular. Avanzando hacia la fuente del sonido más por intuición que por un sentido claro de su origen.

El sonido dejó de ser una sensación apenas percibida, una imaginación del subconsciente, para convertirse en algo claro y real. Ya se podía identificar, hacer coincidir con un recuerdo sonoro y obtener una imagen: Era el característico ruido del agua. El resonar lejano de una cascada y el sonido de las gotas cayendo desde una cierta altura. Un gotear con reverberaciones cavernosas cuyos ecos alargados se repetían infinitamente.

El suelo, suave y fino como el mármol, dio paso a una gravilla arenosa, con algunas piedras de varios tamaños dispersas aquí y allá. Hundí mis pies en la húmeda arena notando cómo se adhería a mi piel y seguí avanzando. Me imaginaba en una playa grande y extensa. Al final llegaría a la costa de algún lago subterráneo.

Enterrando un pie tras otro, llegué por fin a notar el helado contacto del agua. Su superficie estaba calmada, sin apenas oleaje. Proseguí por la orilla, acercándome a la cascada que había oído.

Al poco tiempo, volví a notar la rudeza de la roca bajo mis pies. Pero esta vez la superficie era rugosa y afilada. Como la piedra, erosionada por el viento, cuyo grano penetrante se hunde en la piel dejándola marcada. Aquí el terreno empezaba un suave ascenso, alejándose de la superficie del lago. Quizás allá arriba encontraría alguna salida al exterior, pensé.

La pendiente era cada vez más acusada hasta que me vi escalando por un risco, apoyando los pies en la oscuridad y tanteando cada movimiento de subida. No sabía si la dirección era correcta pero, ¿qué importaba?, ya no podía volver.

Subí fatigosamente, descansando de vez en cuando para recuperar el aliento. No podía tenderme en el suelo o sentarme ya que estaba en lo que debía ser la pared de un precipicio. Sólo podía descansar de pie y empezaba a notar el cansancio. Las piernas me dolían por el esfuerzo excesivo. Me preguntaba, ¿porqué había sido tan estúpido?, ¿cómo se me había ocurrido empezar a subir en estas condiciones?. Ahora ya no podía parar. Había de llegar a alguna plataforma donde pudiera descansar.

Con mucho esfuerzo seguí subiendo pero mis piernas flaqueaban y empecé perder pie en los asideros. Caía unos centímetros hasta que conseguía detenerme, sujetándome con dificultad.

Me encontraba descansando, recuperando el aliento después de uno de esos deslizamientos, cuando me di cuenta que podía ver un poco de lo que me rodeaba. Sólo eran sombras mezcladas con más sombras. Formas oscuras contra un fondo negro. Pero podía distinguir el contorno de mi mano, quizás más adivinada que vista. Miré hacia lo alto y allí la oscuridad parecía menor. Por fin estaba llegando a la salida.

Con renovadas fuerzas continué escalando observando que la oscuridad empezaba a menguar. Al poco volví a mirar hacia arriba y vi que había un ligero resplandor en lo alto. Era de una tonalidad verdosa que recordaba la vegetación de un bosque o de una selva.

A medida que ascendía, la luz se fue haciendo más intensa, hasta que pude distinguir sin esfuerzo el contorno de las rocas a mí alrededor. Vi entonces que estaba ascendiendo por una pared rocosa con una cierta curvatura. Parecía como si fuera un túnel de un diámetro enorme del que sólo podía ver el lado en que estaba. Pensé que debía estar subiendo por un pozo. Un pozo gigantesco eso sí. Quizás rehacía el camino de mi caída, ascendiendo en vertical por ese túnel que subía hasta la boca por donde se filtraba la luz.

Después de un rato llegué hasta el borde de un agujero inmenso abierto en el suelo. Acabé de salir y quedé extendido cuan largo era, totalmente exhausto. Estaba dentro de una cueva y tenía frente a mí la abertura que daba al exterior.

 

 

El bosque

 

Asomé la cabeza protegiéndome los ojos. La luz era demasiado intensa para mí, con la vista ya acostumbrada a la oscuridad. Enfrente se extendía un bosque espeso y lleno de vida.

Un sinnúmero de pequeños sonidos reemplazó el silencio. El canto de los pájaros, el sonoro discurso de las cigarras, la suave brisa agitando las copas de los árboles. Y también las fragancias de las flores, la húmeda esencia del musgo, la frescura del aire libre. Era como una bendición. Me sentía como el preso que recobra la libertad después de varios años. Volvía a vivir.

Empecé a caminar por ese bosque maravilloso, atravesando una sinfonía de colores, sonidos y perfumes.

Me sentía eufórico y avancé con una sonrisa beatífica en el rostro. Allá donde mirara el espectáculo era magnífico. Hongos gigantescos que se agrupaban como las casas de un pueblo de gnomos. Flores de colores nunca vistos y olores desconocidos pero que evocaban recuerdos subconscientes. Árboles como torres de castillos medievales, con huecos que parecían ventanas o puertas. Maravilla tras maravilla a cada paso.

Al cabo, llegué a un claro en ese bosque de fantasía. En el centro se alzaba un árbol inmenso cuyas ramas se curvaban por el peso de sus extraños frutos hasta casi alcanzar el suelo. Al pie del árbol, una viejecita lo regaba con movimientos lentos y cuidadosos. Tenía el aspecto desaliñado, el pelo enmarañado, la ropa arrugada. Toda su atención se centraba en el árbol. Lo recorría con pasos cortos, arreglando sus hojas, quitando la maleza, cuidándole con cariño. Estaba tan concentrada en su trabajo que no se dio cuenta de mi presencia.

Yo me quedé observando fascinado los frutos del árbol que colgaban a poca distancia del suelo. No sólo por lo inverosímil de su naturaleza: libros, macetas con flores, vajilla, cuadros, muebles; si no porque me traían recuerdos de un pasado remoto. Recuerdos olvidados, momentos felices, cariños perdidos, cosas que se van, que se alejan en el tiempo. Objetos que nos atan por el significado que les damos, como si enterráramos parte de nuestra alma con ellos.

En ese momento la anciana reparó en mí y preguntó:

- Hola, ¿quién eres?, ¿cómo te llamas?

Fui a responder y me di cuenta que no podía. No recordaba mi nombre. No sabía quien era. Lo único que recordaba era la urgencia que me guiaba. Tenía que llegar a un sitio. Era preciso. Se lo dije, esperando alguna ayuda, pero ella me miró a los ojos con una mirada bondadosa y preguntó:

- ¿Estas seguro?, ¿no prefieres quedarte aquí, entre los frutos de este árbol? ¿Es que no los reconoces?

Volví a mirarlos y, sí, había algo en ellos que me era familiar. Como si me hubieran pertenecido en el pasado. Notaba el cariño que les tenía pero sólo eran objetos, útiles unos, simples adornos otros. Pero objetos al fin y al cabo. ¿Es que quizá me devolverían mi pasado?, ¿podrían devolverme la vida que ya no recordaba?. ¿Eran esos fragmentos todo lo que quedaba de mí?. Sabía que no. Sólo eran recuerdos de un pasado que ya no existía. Yo tenía que llegar a mi objetivo. Le respondí que no podía quedarme, que tenía que proseguir mi búsqueda.

- Entonces has de continuar tu camino – dijo con una sonrisa – has de seguir por allí – y señaló un sendero que se perdía entre la maleza. – Continúa hasta llegar a la playa y quizás entonces encontrarás lo que buscas.

Se dio la vuelta y siguió con su eterna tarea, como si yo ya no estuviera allí. Como si de hecho nunca hubiera estado.

 

La playa

 

Avancé entre los árboles siguiendo el sendero que me había indicado. Pasé a través de arbustos y lianas que se cruzaban en medio del camino, apartando los obstáculos que me iba encontrando y dejando a los lados muros de espesa vegetación. La luz del sol me llegaba en franjas que se alternaban con la sombra de las ramas. Calidez y frescura de forma intermitente.

Cuando aún estaba a una buena distancia escuché el sonido del oleaje. Aquél ir y venir de las olas en avance y retirada. Me llegó el olor del agua salada con su mensaje de espacios abiertos, de la arena y del mar. Aparté las últimas ramas y arbustos y allí estaba la línea azul oscuro del horizonte dividiendo cielo y mar de oriente a occidente. Ante mí, como esperándome, la playa inmensa y dorada, de arenas limpias, sin marcas, inmaculada y virgen.

Me quité la ropa y la dejé a un lado del camino. Prefería la desnudez de mi cuerpo. Pisé con decisión aquella superficie alisada por el viento y las mareas dejando las huellas de mi paso atrás. La arena era caliente y mis pies se hundían en ella con un cosquilleo.

Llegué al límite señalado por la línea húmeda de la arena mojada y levanté los brazos al aire y al sol. Sentí la brisa recorriendo mi cuerpo como una suave caricia. Una felicidad que ya no recordaba me llenó. Me tendí boca arriba, con la espalda aguijoneada por miles de pequeños granos y el pecho expuesto al cálido sol del mediodía. Cerré los ojos y dejé pasar el tiempo.

El mediodía se convirtió en tarde y la tarde avanzó hacia la noche. El sol descendió desde su cenit hasta el mar. Empezaba a refrescar y abrí los ojos. El cielo se había oscurecido pero el resplandor rojizo de la puesta del sol incendiaba el horizonte.

Me incorporé y observé el espectáculo. El brillante círculo solar se había vuelto rojo y descendía lentamente acercándose a la línea del mar. Todo se veía nítido. El círculo perfecto. El mar en calma, sin olas y con la superficie inmóvil, formando una línea clara y precisa. El borde del círculo llegó a tocar la línea del horizonte y, durante un instante, línea y círculo se unieron en un punto.

El sol prosiguió su curso atravesando la línea y hundiéndose en el mar. Sin embargo aún podía verse su parte sumergida a través de ese océano cristalino, prosiguiendo su curso hacia las profundidades.

Al final, todo él estuvo sumergido y la luz disminuyó sensiblemente. Las estrellas empezaron a salir como joyas colgadas del tapiz azul oscuro del cielo. Una franja luminosa aún permanecía sobre la línea del horizonte mientras el sol, un circulo rojizo de luminosidad apagada, proseguía su viaje hacia el fondo del mar.

Me incorporé y caminé hacia el borde del agua, donde aún se podía ver el círculo solar, y entonces supe lo que tenía que hacer.

Tomando impulso salté y me sumergí, notando el choque frío del agua mientras me hundía. Nadé hacia el fondo buscando el sol, braceando con vigor, abriéndome paso en dirección al abismo, bajando más y más, alcanzando profundidades imposibles.

El sol recobró su brillo rodeándome con una luz espectral y entonces recordé. Recordé la vida pasada, los amigos, el amor. Caí en un túnel de luz que me llevó a gran velocidad.

Y, mientras me disolvía fundiéndome con la luz, acudieron a mí las olvidadas presencias de antaño. Aquellos compañeros de la vida que ahora se me unían de nuevo en el viaje al otro lado.


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