El Espejo

por Enric Grau


El timbre del despertador sacudió el dormido aire de la mañana. Apagué perezosamente el ruido con la mano y el silencio volvió a la habitación. La persiana, a medio bajar, dejaba filtrar una luz azulada y triste. Una noche había pasado y un día, como tantos otros, despertaba.

Aún en la cama pensaba en lo monótona y aburrida que era mi vida. Trabajando como dependiente en una tienda de comestibles y asistiendo por las noches a clases nocturnas. Éstas representaban el salvavidas de las ilusiones que siempre había albergado.

Llegaron a mi mente las caras de los clientes, ¡parecían tan amigables!, Quién sabía los pensamientos que albergaban tras su aspecto. Siempre con sus eternos problemas que tan fácil les era de contar. De hecho la tienda parecía más un consultorio que un lugar de venta. Sabía cientos de historias de todas clases: unas tristes, otras alegres, unas increíbles, otras, cosas de todos los días. No había historia que no llegara a mis oídos y sabía de todas las desgracias que ocurrían al poco tiempo que éstas sucedieran. Era tal el fervor que esas mujeres ponían en sus disertaciones que parecía que venían a la tienda sólo para contar sus historias y no me extrañaría que compraran por compromiso. Podría, si quisiera, escribir un periódico local.

Pero para mí no se había hecho tanto chismorreo y cotilleo. Aunque eso aún lo podía aguantar. Lo peor de todo era el dueño, con su paternalismo y su superioridad, siempre dando órdenes, mandando esto y aquello y lo de más allá. Yo, claro, todo lo hacía mal y siempre acababa el día cansado y triste, con ganas de lanzarlo todo por la borda. Pero no lo hacía y pasaba todos los días igual, uno tras otro, soportando el aburrimiento que me consumía, el cansancio que me dejaba sin fuerzas y con una oscura rabia contenida que dejaba mi mente vacía de pensamientos agradables, muerto para la poesía y para todo aquello que hubiera deseado ser.

Se parecía tanto esta mañana oscura y fría a las demás. Encerrado entre las cuatro paredes de mi cuarto, era como el prisionero entre las paredes de su celda. Conocía cada rendija, cada sombra...

Mis padres no querían comprenderme, yo necesitaba algo que alimentase aunque sólo fuera un poco mi alma. Algo que diera un sentido a mi vida. Esta vida que no vivía, que simplemente dejaba transcurrir, sin destino ni final.

Había intentado pintar, pero claro, luego vinieron las críticas: que si esta mancha no queda bien aquí, que si la perspectiva esta mal, que si esto, que si lo otro y lo de más allá. Ya sabía que no era un buen pintor pero al menos al pintar expresaba mis sentimientos y me liberaba de las tensiones del día. A mis diecisiete años la vida no había cambiado nada y no parecía que fuera a cambiar en el futuro.

Estaba enfrascado en tan tristes pensamientos cuando llamaron a la puerta de la habitación. Mi madre me apremiaba, como todos los días, para que no me durmiera, no fuera a llegar tarde al trabajo.

-          Si mamá, ya voy – contesté.

-          Date prisa o llegarás tarde, ya son las seis – insistió ella.

-          De acuerdo, enseguida salgo.

De mala gana decidí levantarme de la cama, esa cama que me unía al mundo de los sueños y a una libertad irreal. Era tan agradable el sueño. Sin embargo mi conciencia seguía hostigándome y, como siempre, la necesidad se impuso y el temor a llegar tarde fue más grande que mi pereza. Reuniendo toda mi voluntad, aparté la manta con desgana y me levanté con un esfuerzo que me hizo pensar en mil protestas. Medio tambaleante y con los ojos semiabiertos, busqué mis siempre escondidas zapatillas que encontré, como todos los días, en el lugar de siempre. Me vestí de cualquier manera y salí al largo pasillo, decorado con aquel empapelado de tan mal gusto que ya estaba viejo y ruinoso el primer día que lo pusimos. Abrí la puerta del lavabo y entré con paso cansado, arrastrando los pies, mirándome casi por reflejo en el viejo y oxidado espejo.

Entonces me di cuenta de que había algo raro. Justo a mi izquierda se alzaba un espejo tan alto que abarcaba toda mi figura. El espejo estaba enmarcado con un complicado y trabajado armazón de hierro, totalmente negro, de un negro intenso.

El hecho era sorprendente, mi familia nunca había tenido un espejo así. Por un momento se me pasó por la cabeza la idea imposible de un despilfarro caprichoso pero enseguida la deseché. Mis padres eran muy mirados con el dinero, que siempre escaseaba, y nunca hubieran gastado ni un céntimo en un objeto tan ostentoso. Lo más probable era que un vecino lo hubiera encargado y, al no encontrarse en casa en el momento de la entrega, se lo hubieran dejado a mi madre hasta que llegara. Sí, eso debía ser, pero era extraño que no me hubieran dicho nada, aunque sólo fuera para advertirme que tuviera cuidado, no fuera a romperlo.

Ya iba a volverme para preguntarle a mi madre, cuando algo captó mi atención. –juraría que he visto un movimiento- pensé, -pero no, no puede ser, habrán sido imaginaciones mías-. Sin embargo me quedé para examinar más de cerca el espejo.

Me fijé en el reflejo de mi cara, en los ojos principalmente. Tenían un tono rojizo, de sangre, como si estuvieran irritados. Intrigado me observé en el otro espejo, el que siempre habíamos tenido. En él, el blanco de mis ojos era tan claro como de costumbre, sin ningún rastro rojizo. Luego volví a mirar el otro espejo y, para mi sorpresa, vi que, debajo de los ojos, había unas bolsas grandes y muy pronunciadas, como si estuviera mucho más cansado de lo que sería razonable. Di un rápido vistazo al otro espejo. –No hay arrugas- musité sin querer. Ciertamente la cosa era extraña y comenzaba a sentirme asustado, pero, a pesar de todo seguí observando.

Me pareció que la figura reflejada hacía un ligero movimiento por su cuenta, uno de esos movimientos que más se intuyen que se ven - pero eso es imposible, no se puede mover sólo - pensé - Sin embargo hubiera jurado que...

Me fijé en la extraña mirada del reflejo. Era una de esas miradas intensas, de las que podían expresar sentimientos sin cambiar el gesto de la cara. Parecía suplicante, como si quisiera decirme algo.

De repente el reflejo movió un brazo y se quedó con la mano apretando la línea divisoria que se podría suponer separaba un lado del espejo del otro. Sentí cómo el frío del miedo se apoderaba de mi cuerpo, dejándome helado por dentro. El pánico me inmovilizó.

La figura del espejo movió la otra mano y empezó a golpear con los dos puños el límite que lo separaba. El aspecto de su rostro era realmente repugnante. Gesticulaba y hacía las muecas más asquerosas que se puedan imaginar. Parecía estar gritando pero no se oía absolutamente nada.

De pronto, el reflejo comenzó a sangrar sin motivo aparente por la nariz y el rostro se le volvió de un rojo intenso, como si estuviera iracundo o ahogado.

Yo no podía mover ni una pestaña. Mi  cuerpo no me respondía a pesar de mis esfuerzos por salir corriendo. Mi vista permanecía fija en la figura al otro lado del espejo y no me quedaba más remedio que ser espectador del dantesco espectáculo que tenía lugar frente a mí.

El ser comenzó a golpear con más frecuencia y desespero que antes, alcanzando una velocidad increíble. Era evidente que un ser humano no podía moverse con tanta rapidez. Hasta la misma silueta de sus brazos y manos se confundía en una línea continua.

En ese momento se oyó un ruido como el que produce una grieta en un edificio a punto de derrumbarse. El crujido continuó y continuó, amplificándose en sonoros ecos y profundas resonancias. Aparecieron una serie de grietas que iban creciendo lentamente desde el centro del espejo, mientras el ser del otro lado continuaba golpeando frenéticamente y el estruendo crecía hasta volúmenes que hacían vibrar los mismos cimientos de la casa. Pero, a pesar de todo, yo era incapaz de hacer otra cosa que observar y ver cómo las grietas iban creciendo hasta llenar toda la superficie del cristal.

Súbitamente el cristal cedió, rompiéndose con estrépito. Yo esperaba ver saltar sobre mí al ser del otro lado pero me di cuenta de que ahí no había nada. Donde había estado el reflejo ahora sólo se podía ver profunda e intensa oscuridad. Como si hubiera un gran y enorme espacio vacío al otro lado del marco.

Seguramente – penséserá el color negro del fondo- Pero algo me decía que no era así, que más allá había un vacío infinito, de intensa oscuridad. Aunque eso era imposible. El espejo no estaba empotrado en la pared, en realidad se hallaba bastante separado de ella. Era increíble que un espacio tan enorme surgiera del poco grosor del marco.

Un silencio absoluto se había adueñado de la habitación. Tan sólo oía mi respiración agitada. Entonces algo me impulsó a acercarme y tantear en la negrura. Di un paso. Me sorprendí ya que no quería acercarme a ese recuadro negro y profundo. Di otro paso. Todos mis instintos me impulsaban a salir huyendo y, sin embargo, no podía. Di otro paso. Ahora el marco quedaba a pocos centímetros. Pensé que era absurdo lo que ocurría pero, y pese a todos mis esfuerzos por hacer lo contrario, me incliné lanzándome con los brazos extendidos al espacio abierto.

Era imposible pero allí no había nada, nada más que el vacío, un enorme y oscuro espacio por el que caía y caía, dando vueltas lentamente. De vez en cuando veía arriba, en la distancia, el recuadro de luz que salía del marco del espejo por el que había entrado, que se iba haciendo más y más pequeño a medida que me alejaba.

Poco a poco la oscuridad más profunda me rodeó en medio de un silencio absoluto. Una total ausencia de sonido  desconectó mis sentidos. Pronto no hubo nada. Ni siquiera la sensación de arriba o abajo.

Sin sonidos, rodeado por total oscuridad, sin apenas noción del tiempo transcurrido. Podrían haber pasado segundos, minutos, horas... ¿quien sabe? Quizás años o toda una eternidad.

Un extraño sopor se apoderó de mi cuerpo y la somnolencia hizo presa fácil de mi mente hasta que, al final, me dormí con un sueño sin imágenes. Quizás el extraño sueño de la muerte que es el no ser, el no pensar, el infinito sueño de la inexistencia.

Después de un lapso de tiempo indeterminado en ese espacio sin límites, oí de pronto un sonido: El timbre del despertador sacudió el dormido aire de la mañana...


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