Deterioro progresivo
por Ricard Ibáñez
Abrió los ojos, y solamente vio oscuridad. Alargó a tientas la mano, hasta que encontró un interruptor. Una luz amarillenta y sucia se derramó débilmente desde la bombilla que colgaba del techo, adornado por un laberinto de grietas salpicado, aquí y allá, por manchas de humedad. Una habitación de hotel vieja y barata, que había conocido tiempos mejores. ¿Cómo había acabado él aquí?
Se frotó los ojos para despejarse, se sentó en la cama, puso los pies sobre la alfombra raída con una mueca de asco, se obligó a pensar. ¿Quizá había venido con alguna chica? No se acordaba nada de la noche anterior. Se esforzó más, exprimiendo la memoria hasta que ésta soltó una gota de recuerdo. Había ido a tomar unas copas con unos compañeros de trabajo... ¡Claro! Debía ser eso. Habría bebido más de la cuenta, y los chicos, en lugar de llevarle a casa, lo habían metido en este hotel infecto. Esforzándose mucho, podía llegar a recordar como, en un instante, se sintió mareado y cayó... ¡Cabrones! Esto no se hace con un amigo. ¡Que ya no tenían ni veinte ni treinta años, y pronto ya no tendrían ni cuarenta. Seguro que en casa estarían preocupados. ¡Menuda bronca le iban a meter!
Cogió el teléfono de la mesita, para llamar a recepción que le dieran línea con el exterior, y tranquilizar a su mujer y sus hijos. Del otro lado del auricular le llegaron pitidos y voces lejanas. Joder. Encima, en recepción se habían dejado el teléfono descolgado. Tiró el aparato al otro extremo de la habitación y rebuscó entre sus ropas el móvil. Evidentemente, como siempre pasa cuando más necesitas estos cacharros, estaba sin cobertura.
Suspiró. Iba a tener que dar muchas explicaciones en casa y ¡el trabajo! ¡Joder, el trabajo! ¿Qué hora era? Miró su reloj. Parado. Meneó la cabeza. Bien es cierto que hay días torcidos, pero éste estaba hecho un nudo ¡y acababa de empezar! Intentó mirar el lado bueno de las cosas... A partir de aquí, las cosas solamente podían mejorar.
Fue a la ventana, tiró de la correa de la persiana para que la luz del día entrara en la habitación y le ahuyentara los malos pensamientos. Además, esa dichosa bombilla del techo parpadeaba. La correa no se movió. Sólo le faltaba eso. Atascada. Suspiró de nuevo, contó mentalmente hasta diez, y luego tiró con todas sus fuerzas de la correa. Y claro, cuando algo puede salir mal, seguro que saldrá mal. La correa se partió con un chasquido seco, y él se quedó dándole puñetazos de pura rabia a la persiana cerrada.
Evidentemente, lo único que logró fueron unos nudillos despellejados y ponerse a sudar. “Calma, tranquilízate”, se obligó a pensar. ¿No te dijo el médico que no te convenían ni la excitación ni los sobre esfuerzos? Que ya no eres un chaval...
Una ducha. Eso era. Una buena ducha era lo que necesitaba. Luego se vestiría, bajaría a la recepción de este puto hotel, pensión o folladero de mierda, saldría por la puerta con la cabeza bien alta y se acabó.
El cuarto de baño tenía el mismo aspecto decrépito y ajado que la habitación. Algunas baldosas hasta se habían caído, y se podían contar con los dedos de una mano las que no estaban rotas. La luz, además, no funcionaba bien. Parpadeaba, y al poco terminó por apagarse. En la semioscuridad provocada por la puerta abierta a la habitación, donde la madre de todas las bombillas seguía luchando valientemente contra la diosa electricidad, miró la bañera, y un mal presagio le recorrió la espina dorsal. Sin meterse dentro abrió la llave del agua. Las cañerías protestaron, indignadas, y una cucaracha salió a toda prisa por el grifo, antes que un chorrillo de agua con menos fuerza que un meado (y algo más oscura de color) escupiera en el fondo de la bañera antes de extinguirse por completo.
Se echó a reír. Jolines, era una situación tan patética que daba hasta risa. Se vistió con sus ropas arrugadas, arrojadas aquí y allá por toda la estancia. ¡Por lo menos, los cabrones podían habérsela dejado un poco mejor! ¡Se iban a enterar! Fue hasta la puerta, puso la mano en el pomo... y se quedó con él en la mano. Lo miró por unos instantes, sin comprender, hasta que la rabia lo inundó como la espuma de la leche, cuando hierve y desborda el recipiente en el que la calentamos. Los golpes que le dio antes a la persiana de la habitación no fueron nada comparados con los que le atizó ahora a la puerta, con acompañamiento de gritos y de patadas. Nada. La puerta debía ser lo más nuevo de la habitación, porque no cedió.
Empezó a tener miedo, a respirar con ansiedad. Estaba encerrado. Volvió al teléfono. Al otro lado de la línea, oyó nuevamente pitidos, voces. Parecían excitadas, se daban órdenes unas a otras, a gritos, pero no parecían discutir. Chilló, aulló al otro lado del auricular. Nadie le hizo caso.
La luz empezó a parpadear, y empezó a decrecer en intensidad... Las piernas dejaron de sostenerle y cayó de rodillas. Se echó a llorar. “No, por favor, ahora tú no, aguanta... Por favor, aguanta...”
Pero ése no era el mejor día de su vida, y la bombilla no le escuchó. Se fue debilitando, y finalmente se apagó, sumiéndolo en la oscuridad más completa.
Entonces se abrió la puerta de la habitación, y una luz resplandeciente se desbordó del umbral. Casi sin darse cuenta de lo que hacía, se puso en pie, caminó tambaleante como un borracho y se sumergió en ella...
Tras aplicar las palas de reanimación, el residente interrogó con los ojos al jefe médico. Tampoco hacía falta hablar. El monitor mostraba una línea totalmente plana. El equipo de paros se apartó del paciente que había ingresado pocos minutos antes, con diagnóstico grave por fallo cardíaco. Un varón de casi cincuenta años, con problemas cardiovasculares agudizados por el estrés y la vida sedentaria. A las arritmias había seguido un paro respiratorio, un paro cardíaco y finalmente la muerte cerebral. Un caso típico de deterioro progresivo.
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