En la oscuridad

por Ricard Ibáñez




La madre da el beso de buenas noches, la puerta se cierra, y con ella la luz desaparece de la habitación. Quedan las sombras, y apenas se oye el tic tac del reloj y la respiración nerviosa del niño. Pues el niño lo sabe. Sabe que, más allá de la oscuridad, vivimos los monstruos.

La grieta que conecta nuestro mundo con el vuestro puede estar dentro del armario, o debajo de la cama, o tras algún mueble. Siempre en el punto más oscuro de la habitación, donde la penumbra gris que da la luz de la calle filtrándose por la ventana entreabierta se convierte en una negrura tan profunda que los ojos no pueden taladrarla.

El niño se da una vuelta, inquieto, en su camita. Una astilla de ruido, sutil y quebradiza, rompe el silencio. Puede ser debida a mil cosas: Desde el crujir del mueble al soportar el giro hasta el susurro del viento filtrándose por la ventana. Hasta puede ser debida a su fértil imaginación. Todo esto lo dirían los padres, si el niño les preguntara. No es lo importante. Lo importante es que ese sonido, real o imaginarilo, me despierta. Y el niño deja de respirar por un instante, pues el niño lo sabe.

Abro un ojo de pupila amarilla, y lentamente voy creando zarcillos, tentáculos con los que voy reptando por el laberinto que conduce desde mi realidad hasta vuestra realidad, hasta ese niño que me teme pero que me espera, guiado por su ansiedad, orientado por su miedo. A veces, simplemente siguiendo el rastro que dejan sus pesadillas, o esa asfixiante sensación que experimenta cuando tiene un nudo de lágrimas en la garganta, y piensa en lo injusto que es ser un niño en un mundo donde son los adultos los que establecen las reglas. Lo mejor de todo es cuando llora, pues entonces encontrar el camino es mucho más fácil.

Finalmente, uno de mis apéndices logra llegar a la habitación, y solamente me resta seguirlo arrastrándome hasta allí. Lentamente. Tengo mucho, mucho tiempo. Toda una noche. Y permanezco agazapado, en el umbral de la grieta que conecta mi mundo con el suyo. Siempre, al llegar, el niño se da cuenta de mi presencia. Despierto o dormido, respira más deprisa. Si duerme tendrá pesadillas, y es lo peor, pues en ellas puede verme. Y si puede verme puede huir, y aunque no escapará de mí y la angustia es en extremo satisfactoria, tampoco podré alcanzarle, y mucho menos devorarle. Si está despierto se tapará la cabeza con la almohada, cerrará con fuerza los ojos, negará la evidencia, la seguridad que siente de que estoy allí. Y eso es lo mejor, pues su miedo aumentará al negarlo, y nada se opondrá a que me acerque a él.

Hay niños valientes que tienen una linterna, y con ella taladran las sombras buscándome. Es muy divertido, mostrar apenas una garra, una sombra entre las sombras, dejarme ver apenas un instante, para luego desaparecer por completo cuando el haz de luz me enfoca directamente. Es un juego que el niño no puede ganar... y él lo sabe.

A veces, el niño escapa. Reúne suficiente valor para salir de la cama, abre la puerta y va a cobijarse en la seguridad de sus padres. Es molesto, pero es un mal menor. Tarde o temprano sus padres se cansarán de que invada su cama y su intimidad, y le prohibirán que vuelva con ellos.

El niño también puede gritar, llamar a sus padres, decirles que me ha visto, aunque no puede o no sabe decirles que no lo ha hecho con los ojos, sino con el corazón. Es lo mejor de todo. Llega su padre, o su madre, con los ojos cargados de sueño y fastidio, y arropan al niño con gestos más o menos bruscos, susurrando palabras tranquilizadoras mientras mastican en sus mentes aullidos de fastidio. Encienden la luz, cogen al niño y lo pasean por la habitación, se asoman debajo de la cama, abren la puerta del armario. Si tuviera lengua, se la sacaría con una mueca burlona, pues los adultos nunca pueden verme. Lo único que hago es permanecer invisible, mientras abro y cierro las garras, y de mis colmillos gotea la baba, anticipándome al festín.

Y tarde o temprano los padres se van, llevándose su fastidio y arrastrando su cansancio. Y la falsa seguridad se desvanece, y todo vuelve a empezar.

Hay niños que me ahuyentan durante un tiempo, pidiendo dormir con la luz encendida. No puedo acercarme a él bajo la luz, aunque puedo hostigarle en sus pesadillas, sobresaltarle con ruiditos o aterrorizarle con la certeza de que, aunque no puedo salir de mi escondrijo, tampoco me voy a ir de su habitación. Es un periodo que acepto con resignación, pues tarde o temprano termina. Sus padres son en esto mis mejores aliados. Tarde o temprano hay una charla firme, un discurso en el que se pronuncian las dulces palabras de que “ya eres mayor”. Y finalmente, la luz se apaga.

Y queda por fin el dulce momento. El niño, la oscuridad y yo. Y arrastro lentamente mis tentáculos, me deslizo como una mancha de aceite, despacio, hacia el niño. Solamente tengo que tocarle. Solamente rozarle un instante la piel para sorberle el alma, para devorarlo, para que sea mío...

Es entonces, maldita sea, cuando suelen intervenir esos bastardos de los Guardianes.

Agarran con fuerza el tentáculo que se extiende y lo arrancan de mi cuerpo por pura fuerza bruta. Normalmente esperan desde la cama del niño, a veces saltan desde lo alto de las estanterías o de los armarios. A veces solamente hay uno, pero lo normal es que sean varios. Y contra ellos, poco puedo hacer. Tengo que batirme en retirada, mientras me acosan por todas partes, golpeándome con sus duros puños de peluche, arrancando pedazos de mi carne cartilaginosa con sus sonrisas cosidas.

El icor que mana de mis heridas se disuelve sin dejar rastro, mientras me arrastro de regreso a mi mundo. Los muñecos vuelven a colocarse en sus puestos de guardia, vigilando el sueño de su amigo. Y el mejor de ellos, el más fuerte, volverá a meterse en la cama, y el niño lo abrazará confiadamente. Durmiendo un sueño tranquilo, libre de mí.

Los odio, pero se que, con el tiempo, yo venceré. En cada batalla sufro heridas, pero ellos también. Envejecen, se deshilachan, se estropean. A veces son reemplazados por guerreros aún más temibles. Pero llega un día en que desaparecen. Nuevamente, son los padres los que acaban convenciendo al niño de que ya es demasiado mayor para dormir con peluches, o para tenerlos repartidos por la habitación.

Esa noche, los peluches son tirados a la basura, o encerrados dentro de una durísima caja de cartón y abandonados en un trastero. Esa noche, golpean la caja hasta sangrar, pero es inútil, esa noche es por fin mía. Ya nada se interpone entre el niño y yo, y puedo lanzarme sobre él, sorberle la inocencia, devorarle la ilusión, destruir su fantasía, ahogar su risa. Matarlo.

Por la mañana, el cuerpo que fuera un niño abre los ojos. Miro a través de ellos. Por fin estoy vivo. Y los que ahora son mis padres dirán que por fin he crecido.


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