La calavera

por Ricard Ibáñez




Que si lo haces, que si no lo haces, que si eres hombre, que si no eres hombre… Cosas de críos, dicen los adultos ¡Qué saben ellos!

Éramos amigos desde la infancia, nos habíamos metido en la pubertad por la puerta de atrás y empezábamos a entrar en la adolescencia. Ya sabéis, todas esas cosas… Las primeras litronas, los primeros porros, los primeros intercambios de saliva con las chicas… Y ése era el problema. Carlos y yo habíamos sido los mejores amigos del mundo… Hasta que llegó Rebeca.

Rebeca tendría una quincena de años, era pequeña y menuda, con unos ojos siempre pícaros y una sonrisa siempre incitante. Llevaba el pelo  muy corto, casi rapado, un piercing en la nariz y un tatuaje en el tobillo. Nos volvía locos a todos. Y la muy p… lo sabía. Y nos metió en una competición de machadas, según su capricho del momento, en la que nos metimos de cabeza como locos, sabiendo que el que ganara, la ganaría a ella. Todo ello, evidentemente, coreado por el resto del grupo, que lo encontraba divertido y muy guay.

Y ahí estábamos, aquella noche. Ante las puertas del cementerio. Para cumplir la última prueba ideada por Rebeca: saltar la tapia, correr hacia el osario a oscuras, encontrar una calavera y devolvérsela. Los del grupo se daban codazos y soltaban risitas nerviosas, pasándose unos a otros la litrona, mientras nos registraban en busca de linternas o cerillas, a Carlos y a mí. Nada de luz. Esas eran las reglas del juego. Con esa sonrisa perversa tan suya, que tanto prometía, Rebeca levantó las manos, y las dejó caer con gesto dramático. Era la señal, y mi amigo y yo echamos a correr como posesos, saltamos ágilmente la tapia y nos hundimos en la negrura del cementerio.

Oí un golpe y un gruñido de dolor a mi derecha. Carlos se había estampado contra una lápida. Mejor. Reduje el ritmo, evidentemente, pero me obligué a ir a paso rápido, dejando que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad. Quizá mejor no lo hubiera hecho, pues empezaron a jugarme malas pasadas. Las sombras se retorcían y se movían, como manos sarmentosas que alargaban sus dedos hacia mí. El viento, al pasar por las lápidas, se convertía en gemidos, y al agitar las ramas de los cipreses, se convertía en murmullos, en palabras inteligibles. Casi sin darme cuenta fui deteniéndome, hasta que me encontré caminando muy, muy despacio, con el cuerpo cubierto de un sudor frío, la respiración jadeante y el corazón a punto de reventar las costillas en el pecho. Pero logré llegar a la puerta del osario. La oscuridad fue un alivio, pues mis ojos se ahorraron la visión de los huesos mezclados, de las calaveras sin ojos mirándome. Pero nada podía evitarme oler el hedor a carne podrida. Una parte de mi mente me dijo que era imposible, que los huesos son sacados de sus tumbas cuando están ya limpios, que era solamente mi imaginación. Pero era una vocecita muy pequeña, y los silenciosos aullidos de histeria que resonaban en mi cráneo la hicieron enmudecer. Alargué la mano, palpé los montones de huesos, polvorientos, terrosos, secos, algunos astillados… y tuve que hacer esfuerzos para no orinarme en los pantalones. Más, si cabe, cuando una voz lejana gritó mi nombre, allí fuera, en el cementerio. Me giré bruscamente, tropecé y caí sobre la pila de huesos. Por un instante me pareció que los muertos me sujetaban, me revolqué de pura histeria, luché… Volví a oír el grito, y esta vez reconocí la voz. Era Carlos. Le pasaba algo.

Me levanté, y apoyé la mano en una piedra redonda… ¿Una piedra? La palpé sin creer en mi repentina buena suerte. Dos oquedades, una un poco más abajo, y varios dientes que aún no se habían desprendido ¡Tenía la calavera!

La apreté con fuerza contra mi pecho, como haría un jugador de fútbol con el balón y como él salí para marcar el touchdown. La sangre latía en mis sienes, tenía temblores involuntarios por todo el cuerpo y me sentía mareado y febril, pero tenía la calavera, estaba saliendo, lo iba a conseguir…

Y entonces, noté como una mano me agarraba, con fuerza, de la parte de atrás del jersey.

Lancé un aullido, y eché a correr. Crucé el cementerio, que ahora estaba más claro, mejor iluminado. Quizá habría salido la luna, quizá mis ojos se habían acostumbrado, por fin, a la oscuridad. Sorteé las tumbas sin tropezar ni una sola vez, esquivando a la gente que estaba de pie en ellas, y que me miraba. No me paré a mirarlos. No me paré a pensar. Solamente corría y corría.

Crucé la tapia (no recuerdo haberla saltado) y me planté delante del grupo, me planté, triunfante, con la calavera en la mano delante de Rebeca. Pero algo iba mal. Algo iba muy mal. Los del grupo miraban a través de mí, como si no me vieran. Se les veía nerviosos, preocupados, ya no reían. No me vitoreaban, no se pasaban la calavera unos a otros. Uno de ellos comentó en voz alta que Carlos y yo llevábamos mucho tiempo ahí dentro. Que ya tendríamos que haber salido.

Entonces, les juro por lo más sagrado que Rebeca se giró y me miró. Y me sonrió de la manera más perversa y malévola que puedan imaginar. Y de pronto, ya no me pareció hermosa. Y dí un paso atrás de puro terror, pues me di cuenta que, si la seguía, iría a sitios donde prefería no estar. Así que me aferré allí, a ese tiempo, a ese lugar. Rebeca se encogió imperceptiblemente de hombros, como si yo le importase menos que una mierda seca, , antes de girarse y decir, en voz alta, que Carlos y yo nos deberíamos haber cagado ahí dentro, y que debíamos haber saltado el muro por otro lado, para que no les llamaran maricones. Y todos se tranquilizaron con esta explicación, pues esto ya no era divertido, y querían irse de allí.

Y se fueron a tomar una copa decente, y me dejaron allí, a las puertas del cementerio, con la calavera en la mano, sin saber qué hacer ni donde ir. Así que volví al cementerio ¿Dónde podía ir, si no? Y aún sigo allí..

Me han dicho mis nuevos amigos que los guardias del cementerio nos encontraron, a Carlos y a mí, por la mañana. Carlos había tropezado y se había torcido el tobillo, y el miedo lo paralizó. Gritó mi nombre, pero yo no acudí en su ayuda, y pasó toda la larga y fría noche acurrucado entre las tumbas. Me dicen los que les gusta moverse que ya no soporta la oscuridad, y que duerme siempre con la luz encendida.

Por lo que parece, yo no tuve tanta suerte. Encontraron mi cuerpo al lado de un árbol seco. Una de las ramas se enganchó con mi jersey, y ese susto… fue un susto de muerte. El corazón simplemente no resistió más. Eso sí, en mis manos aferraba, con tanta fuerza que tuvieron que romperme los dedos para quitármela, una calavera…


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