Satanás lleva perilla

por Manuel Jim



Yo no estoy aquí por que quiero. Estoy aquí por su culpa, porque oscuramente él lo ha querido, era su voluntad.

Al principio no percibí de su maldad, pensé que sólo era un tipo normal y corriente con un poco de mala leche, pero a medida que pasaba el tiempo, empecé a sospechar que guardaba algo oscuro y secreto muy dentro de sí, que su risa no podía ser sana y que siempre comía la carne cruda. Vale, lo de la carne es una manía mía, pero hay que reconocer que da asco.

Su acercamiento a mí fue tan progresivo y liviano que cuando me quise dar cuenta nos habíamos emborrachado un par de veces y habíamos acabado durmiendo en casa de unas universitarias con ganas de marcha. No merece la pena lamentarse ahora de que no debí seguirle la corriente, que tenía que haber hecho caso a mi ex-novia... no merece la pena nada, así que no lo voy a hacer. Voy a relatar los hechos que me han demostrado que mi jefe es Satanás caminando por la tierra.

Mi trabajo era simplemente administrativo en un laboratorio médico, aunque es indiferente para la historia, porque sólo hay que centrarse en la persona en cuestión, mi jefe, un tipo alto, moreno, con perilla tornasolada, mirada penetrante y una bocaza enorme en la que su voz rebota y rebota para salir de ella impulsada por las fuerzas del averno.

La primera vez que me habló sentí como si me conociera de toda la vida, como si fuese mi vecino y me hubiera visto crecer, que me hubiese dado bollitos para merendar mientras yo le contaba cosas de mis padres y le dibujaba gallinitas en un papel de donut...

Me hacía creer que era un tipo estupendo, que me merecía más en absolutamente todos los campos de la vida en los que se pudiera merecer más: trabajo, amistades, compañía femenina, dinero, casa, coche... Y yo me lo creí. Dejé a mi novia, vendí mi casa, empecé a gastar dinero a espuertas, hasta conseguí un puesto de trabajo mejor pisoteando a tres o cuatro de mis amigos... todo era muy fácil. Es fácil ser malvado, ser ambicioso, es muy sencillo destruir.

 

II

 

Supe que me estaba equivocando un día que tuve un accidente por exceso de velocidad con mi A6 de tres meses... me encontré echando de menos a mi frágil y regordeta novia en una cama de una clínica con una enfermera joven que susurraba “Simpathy for the Devil” mientras revisaba mi expediente.

Mi jefe vino a mí acariciándose la perilla clamando al cielo por mi desgracia, sintiéndose realmente afectado, y el velo de la realidad se corrió un poco, lo suficiente para verle con tez roja, cuernecillos y perilla... supe que era Satanás que me estaba pervirtiendo y que se iba a apoderar de mi alma. Me decía que yo le gustaba, que era un tipo con talento, con las ideas claras (si alguna vez lo fui, dejé de serlo cuando le conocí a él), que él cuidaría de mí y que juntos llegaríamos lejos.

No lo dudé un solo instante, estaba dolorido y contusionado, pero la seguridad del A6 me había salvado de lesiones mayores. Cogí una jeringuilla que había en la mesilla, se la clavé y le inyecté un buen chute de aire para su corazón, y éste no lo aceptó muy bien. Mi jefe se quedó con los ojos abiertos como platos y la boca en una mueca contradictoria. Me había librado de Satanás, le había devuelto al Infierno matando su cuerpo terrestre.

Lo he pagado caro, y ahora estoy en una institución psiquiátrica estatal, pero estoy libre de su presencia. Ya no tendré a Satanás a mi lado. La policía me dijo que estaba alucinando, que era un asesino y un loco, que había matado a una persona inocente. Ellos no tenían ni idea. Cuando Satanás quiere un alma, la consigue, pero yo le he vencido. YO me he reído de él.

 

III

 

Institución Psiquiátrica Santa Catalina, un doctor con gafas de montura dorada, gordo y calvo, arrastra los pies por un pasillo que hiede a medicina, mientras un par de “pacientes” gritan como posesos. Va acompañado por una enfermera vieja y gruñona.

Entran en una sala donde están reunidos y sin ánimos se presentan al nuevo dueño de la clínica, alguien que viene precedido por su fama de tipo emprendedor, impulsivo, codicioso... un individuo grande, bien peinado, vestido impolutamente, de voz rígida y grave, y una hermosa y gran perilla rodeando a su boca de labios rojos como las llamas del infierno.


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