Vidas Grises

por Ricard Ibáñez



 

Era uno de esos días grises, en los que el sol se niega a dejarse ver, en los que cielo adopta un tono lechoso, nuboso y pesado, y la luz se filtra, tamizada por la humedad, haciendo que los contornos de las cosas sean más suaves, fundiendo lo real con lo irreal. Uno de esos días grises en los que cualquier cosa puede suceder...

 

Fancy cruzó gozosa la sala de la clínica, desoyendo los gestos de la sra. Prescott, que la chistaba para llamar su atención, para que avisara a la policía, pues nuevamente se había amanecido confundida y pensaba que la habían secuestrado. Se detuvo un momento para comprobar el colector del viejo Coronel Jones, que le sonrió con su media cara no paralizada, mientras un chorrillo de baba se le escapaba por la comisura de los labios, y prosiguió su avance hacia la ventana de la sala de estar, donde estaba el doctor, leyendo bajo la tibia luz de ese oto¤o tardío. A Fancy le caía muy bien el viejo doctor, ese ancianito pulcro, muy educado, que nunca alzaba la voz y que era famoso en la residencia geriátrica por sus elocuentes silencios. Quizá antaño, en los días de su juventud, fuera grande y fuerte, pero la edad, las enfermedades y los excesos habían reducido su cuerpo a un montoncillo informe de piel y huesecillos quebradizos, hundidos en el fondo de una silla de ruedas... "se me achicó el cuerpo junto con el alma", se le oyó murmurar una vez...

 

     - ­Tiene carta, doctor! -exclamó risueña Fancy mientras le alargaba el sobre. El viejo doctor alzó los ojos, cerró con movimientos exasperantemente lentos el libro que estaba leyendo y fijó su mirada en la carta que Fancy agitaba ante su nariz. Algo llamó su atención, pues un brillo de interés estalló en sus mortecinos ojos, y sus manos rasgaron torpemente el sobre con movimientos impacientes. Leyó largo rato, con avidez, y finalmente dejó el escrito sobre su regazo, cerró los ojos... y lloró.

 

     - ¿Son malas notícias, doctor? -preguntó Fancy al verle de esta manera, cuando volvía de acomodar en el sillón a la doliente y ulcerada señora Smiley...

 

     - Es... de una amiga. De una vieja amiga. Me habla de un conocido común. De alguien a quien creía ya muerto. Está muy enfermo.

 

     - ¿Un amigo, doctor? -preguntó Fancy mirándole con ojos muy abiertos.

 

     - Supongo que sí... Un amigo. Quizá sea mejor decir un compañero del destino... Escuche, Fancy, tengo que ir a verle... pero no podré hacerlo solo... ¿Me acompañaría?

 

Fancy protestó, vaciló, dudó... pero el viejo doctor desplegó una energía inusitada, tanto frente a ella como frente a la dirección de la clínica y los médicos. Finalmente les dejaron marchar, de mala gana, con la promesa de que sería solamente por unas horas.

 

Luego, cuando le preguntaron a la pobre Fancy sobre a dónde fueron, no pudo contestar, respondió con monosílabos. ¿Cómo si no hablar de ese extraño viaje en taxi, rodeados por la niebla, durante un período de tiempo indeterminado, pues se le detuvo tercamente el reloj... ¿Cómo explicar sensaciones y sonidos? La sensación de estar en un coche de caballos y no en un taxi, las voces como de extranjeros que llegaban más allá de la niebla, el olor a campo... Y lo más importante, la ausencia. La ausencia de los ruidos y olores habituales de la ciudad...

 

Y sin embargo, el hospital en el que entraron era tranquilizadoramente familiar, asépticamente blanco, con enfermeras y médicos corriendo de un lado para otro, todos ellos demasiado ocupados para demostrar humanidad. Muy erguido en la silla de ruedas, el viejo doctor la guiaba por el laberinto de corredores, como si hubiera estado toda su vida frecuentando el hospital. O como si intuyera la presencia de su amigo, y fuera atraído hacia él...

 

Finalmente, llegaron a la sala. Fancy estaba acostumbrada al olor acre y dulzón de la orina humana, a los vómitos fecaloideos, al pus de las sondas infectadas... pero aquello era demasiado. Era la sala de los HIV terminales... los que agonizaban por el SIDA. Cuerpos consumidos, algunos con los brazos esqueléticos cubiertos de pinchazos, otros con tatuajes, algunos con horribles eccemas por todo el cuerpo, todos con esa expresión entre desesperada y serena de los que han perdido toda esperanza, la mayor parte de ellos concentrando sus últimas energías simplemente en respirar. Y, al igual que en la clínica geriátrica, todos ellos absoluta y desesperadamente solos...

 

El viejo doctor no vaciló, y empujó las ruedas de su silla hacia una cama, donde bajo un amasijo de sábanas arrugadas un hombre ni viejo ni joven lo miró, primero con indiferencia, luego con sorpresa al reconocerlo. Sus facciones se suavizaron en una sonrisa, y Fancy pensó que, en ese rostro, una sonrisa y una expresión amable parecían extrañamente fuera de lugar...

Apenas oyó al viejo doctor, que saludaba al enfermo diciendo:

 

     - Buenas tardes, señor conde...

 

     - Grracias por la visita -dijo el enfermo con un marcado acento extranjero- herr Van Helsing...

 

Era uno de esos días grises, brumosos e irreales, en los que todo puede suceder...


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