La noche del destripador

por Ricard Ibáñez



Las manos le temblaban ligeramente, pero él bien sabía que era de excitación. Como los temblores involuntarios que experimenta un caballo, segundos antes de la carrera, o la casi imperceptible ansiedad del lebrel que, quieto como una roca, señala al cazador dónde se encuentra la presa.

 

Se puso sus guantes blancos y, con reverencia, examinó uno a uno sus instrumentos: Los afilados bisturís y escalpelos  que usaba para su trabajo. La gente sabía ya de su sagrada misión. Los periódicos no paraban de hacer eco de sus hazañas. No, no eran hazañas. Ni siquiera hechos de guerra, aunque hubiera víctimas. Su trabajo nocturno era una necesidad social. Simplemente, había demasiadas putas por las calles, y el barrio de Whitechappel era una cloaca abierta,  donde las únicas que estaban gordas eran las ratas. Las mujerzuelas que malvendían sus cuerpos eran inocentes. Le había costado mucho entenderlo, le había costado mucho superar la ira, las ansias de venganza, pero cuando el fuego pasó, solamente le quedó una calma sosegada, fría… y lógica. Absolutamente lógica. Era médico, y un buen médico, además. Aunque se dedicaba a la medicina general, que encontraba mucho más tranquila y agradecida, había tratado a pacientes vivos, muertos y agonizantes. No en vano había servido a la Reina en Afganistán, donde le quedó esa maldita herida que le hacía renquear. Durante años tuvo pesadillas sobre aquella época: sus pacientes eran soldados cubiertos de sangre, a veces ajena, a menudo propia, normalmente mezcladas. Él y el resto de los médicos del hospital de campaña realizaban sobre todo amputaciones: Cortaban brazos y piernas, cortaban hemorragias, daban morfina a  los que tenían heridas mortales. Sus días y sus noches eran un coro de gemidos y lamentos. Y aún los oía. Por ello, ahora, degollaba antes que nada a esas pobres infelices. Para que no gritaran. No porque le fuera a pasar nada, pues no tenía miedo de lo que le pudiera suceder, sino porque sabía que no sería capaz de soportar un chillido más.

 

Su mujer. Su mujer había gritado. De puro dolor, de pura histeria. Cuando el hijo de ambos se suicidó. Un joven brillante, el mejor hijo que unos padres pueden desear. Un joven que, como tantos otros, calmaba los ardores de la juventud de la mejor manera que podía y sabía. ¡Era tan joven! Estudiaba medicina, como su padre, por eso fue capaz de detectar los primeros síntomas: Sífilis. Le quedaban años por delante antes que lo peor de la enfermedad se manifestara, pero fue muy valiente. Se lo explicó todo en una larga carta: sus visitas al peor barrio de Londres, su adicción hacia la hez de la sociedad, hacia esas mujeres sucias y famélicas que se dejaban alzar las faldas por pocos chelines. No las culpaba a ellas, sino a sí mismo. Había pecado, y había recibido del Hacedor el castigo por sus pecados. Y se sabía incapaz de reprimirse. Por ello, antes que infectar a otros y extender su enfermedad, prefirió poner fin a su joven vida volándose la tapa de los sesos. Con el revólver de su padre. Ése revólver que él tantas veces había usado defendiendo la justicia.

 

La mente de su mujer se quebró. Gritaba y gritaba en su celda acolchada, en el sanatorio para locos de South Essex en el que tuvo que recluirla. Lloraba, gritaba, se golpeaba de puro dolor la cabeza… Había que tenerla atada, había que tenerla drogada. Veinticuatro horas al día, siete días a la semana. Hubo que operarla. Se resistió a ello, aferrándose a la débil esperanza de que, algún día, recobrara la razón. Hasta que al final la realidad se impuso. Solicitó, y le fue concedido, ser él mismo el que le practicara la lobotomía. Ahora era un ser balbuceante, lloroso, incapaz de controlar sus esfínteres, pero al menos ya no era un peligro, ni para sí, ni para los demás. Iba a verla todas las semanas, le hablaba, la arrullaba como si fuera una niña, y ella, a veces, parecía reconocerlo.

 

Y él quedó solo. Solo con su llaga interior. Y la llaga se convirtió en absceso, y finalmente el pus reventó.

 

No odiaba a las putas. No más de lo que odiaría a las ratas si se declarara una epidemia de peste bubónica. Las ratas, bien que lo sabía, eran solamente las portadoras de la enfermedad. Al igual que las putas. Al igual que su hijo. Había que atajar la epidemia. Había que eliminar a las portadoras. Bien sabía que no podría matarlas a todas, del mismo modo que no podía matar una a una todas las chinches de los perros callejeros. Pero podía infundir terror. Podía matarlas y mutilar los cadáveres, destripar a las víctimas, dejarlas donde fueran encontradas. Hacer que esas pobres mujeres se escondieran, se recluyeran donde no pudieran tentar a otros jóvenes puros y limpios. Como su hijo.

 

Cerró el maletín con un golpe seco, tragando la pena que trepaba por su garganta, se puso el bombín, se echó la capa sobre los hombros. Miró instintivamente a la puerta. Había luz por debajo. Estaba despierto. Seguramente se habría vuelto a drogar. Últimamente lo hacía con mucha frecuencia. Conocía a su amigo desde hacía suficientes años para saber que lo sabía. Por ello no abrió la puerta para despedirse. Porque se sabía incapaz de soportar esos ojos inteligentes y tristes, empañados por la cocaína, que le mirarían fijamente mientras decía:

 

-         ¿Vuelve a salir esta noche, doctor Watson?

 


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