El último judío de Berlín

por Ricard Ibáñez



 

Enséñame tu camino, Yahveh, guíame por senda llana, por causa de los que me acechan no me entregues al ansia de mis adversarios pues se han alzado contra mí falsos testigos que respiran violencia…

 

Tras recitar el salmo el viejo judío retiró la mano de la copa de vino, y se la bebió. Con ello terminaba el Habdalah, el ritual que marca el final del Sabbat, el día consagrado a Yahveh. Cerró el libro sagrado, lo besó y lo colocó con reverencia en el escondrijo secreto, donde estaban también el Torah, el Talmuth y el Zohar. Luego se quitó lentamente el Talit, el manto santo de las celebraciones, y plegándolo cuidadosamente lo dejó encima de los libros. Mientras cerraba el escondrijo se oyó un retumbar lejano, y el techo tembló. Sonrió con tristeza. Se podía engañar a sí mismo, pensando que era un trueno, pero bien sabía lo que era: la artillería soviética, machacando un poco más su amada ciudad de Berlín. Antes, hace algún tiempo, aún se atrevía a salir de éste sótano donde se refugiaba, a pasear por las calles, evitando las miradas de los alemanes, viéndolos sin ver, pues bien sabía lo que leería en sus ojos: Desesperanza, miedo, hambre, terror… todo ello se hubiera troncado en el odio más absoluto si hubieran sabido que era judío. Juden… Y es que, como a un perro bien adiestrado, se le había enseñado al pueblo alemán a odiar esa palabra, y todo lo que significaba.

 

Y sin embargo, no siempre fue así. En el pasado los alemanes no habían odiado a los judíos mucho más que los otros pueblos de la tierra: Es más, en tiempos pasados fueron el rosario de pequeños reinos y principados alemanes tierras de refugio para los que huían de naciones más sanguinarias: Rusia y sus perros cosacos, España y sus inquisidores, Inglaterra, que ya ordenó la expulsión de los judíos a mediados del siglo XIV, Francia, Italia, los países musulmanes, en muchos de los cuales los judíos solamente podían salir descalzos de los barrios en los que estaban confinados. Que aunque la memoria del hombre es débil, no fueron los alemanes los primeros en separar y aislar a los judíos, y no es ghetto palabra alemana, sino italiana…

 

Claro que… no podía ser de otra manera. El pueblo elegido siempre estuvo rodeado de enemigos. Así había de ser, pues el Dios de Israel es colérico y celoso, y no acepta otros dioses que Él, ni otra ley que la Suya propia. Y la estirpe de Judá pecó, y el pecado fue grande. Si un instante de duda, si adorar a un becerro de oro unos días se había castigado con cuarenta años de peregrinar… ¿Cuánto duraría el castigo, cuántos siglos por haber cedido a las tentaciones extranjeras? ¿Cuántos por ser un pueblo castrado, por haber olvidado su herencia guerrera, por haber traicionado a Josué, a Sansón, a David, a Salomón?

 

Parpadeó la luz, y alzó la mirada hacia la única bombilla del sótano. En verdad llevaba mucho tiempo escondido en ese subterráneo. Se estaba preparando para la muerte, y la sabía cercana. Por eso hacía tiempo que practicaba el Teshuvá (ayuno) en secreto. Los que velaban por él lo imaginaban enfermo, cansado, falto de vida y de esperanza. Y sin embargo, en el fondo de su humildad estaba henchido de gozo y orgullo. Pues el tiempo de la expiación estaba cerca. Hubiera sido gran pecado considerarse el Meshiaj del que hablaron los antiguos profetas, tanto más cuanto que nadie sabría nunca de su obra. Pero gracias a ella el pueblo de Israel renacería de sus cenizas, y ganaría nuevamente el favor de Yahveh. Pues la deuda se había pagado con sangre, y se había pagado muy cara. Los alemanes, esos perros bien entrenados, se habían encargado de ello. Una raza falta de imaginación, solamente apta para trabajos serviles, pues al carecer de iniciativa, se limitaban a hacer de la manera más eficaz posible la tarea que se les había encomendado. Y la tarea había sido: matad a los judíos. Y a eso se habían dedicado. Con toda la eficacia que les fue posible, que en verdad fue mucha. Intentando conquistar el mundo entero para exterminar la raza. Tarea imposible, evidentemente, que ni siquiera un pueblo tan disciplinado como el alemán había sido capaz de llevar a cabo. Solamente había servido para que el resto de naciones hicieran coalición contra la nación alemana. Y tras las victorias llegaron las derrotas, y al no haber soluciones diplomáticas (que él bien que se encargó de ello) llegó la guerra total, la invasión y la masacre. Y el descubrimiento de los campos de exterminio.

 

Ahora, todo se había consumado. Las atrocidades causadas al pueblo judío eran demasiadas para que la comunidad internacional las ignorara. Y los supervivientes, purificados por la sangre y el sufrimiento, se darían cuenta de que tendrían que reclamar la tierra que era suya, la tierra prometida por Yahveh. Inglaterra tendría que ceder, quitarle su patria a los Palestinos y crear un estado artificial, que se llamaría, no podía ser de otro modo, Israel. Y su capital sería Jerusalén, y a ella llegarían los judíos perseguidos y despreciados, para con raíces de odio girarse hacia el único lugar donde aún podían ir: la fe de Yahveh. La fe en un Dios guerrero, destructor, que carece de piedad incluso para su pueblo. Sonrió un poco para sí mismo, mientras se ajustaba el uniforme, pensando en pobres de aquellos que se interpusieran en el camino del pueblo elegido. Pues sin duda serían destruidos. Quien no ha conocido la piedad, no ha de dar piedad. El hijo de la ira será iracundo, pues de nada más sabe. El que ha sido escupido y despreciado no ha de mostrar la mano abierta hacia los pueblos vecinos, sino cerrada en un puño. Tras tantos siglos de sumisión y servilismo, los judíos habían aprendido, por fin, que no podían vivir con los gentiles. Tras tantos siglos de Diáspora, el pueblo judío volvería a ser fuerte, guerrero, y sembraría de cadáveres las tierras de sus enemigos. Pues eso es del agrado de Yahveh.

 

Él era el primer judío de esa nueva Era, del nuevo amanecer de Israel. Como nuevo Adán, se había unido a una Eva, aunque había simulado impotencia para no copular con una gentil, y sobre todo para que no descubriera su circuncisión, la señal de su alianza con el Único Dios. Pese a no haber tenido hijos de su carne y de su sangre, sabía que tendría muchos en espíritu. La nueva raza de Israel sería como él la había forjado. Todas las siguientes generaciones de judíos nacidos libres y fuertes serían hijos suyos. Nacidos para sojuzgar y esclavizar a los pueblos no creyentes. A los impíos que negaran el nombre de Yahveh.

 

Esta noche cometería su último pecado, con el suicidio. Y que su Dios juzgara su obra, pues había sido hecha para enaltecerle.

 

Salió al pasillo, y el oficial de la Gestapo que estaba de guardia ante ella se cuadró al punto, alzando la mano y gritando con voz estentórea el saludo que él mismo les había enseñado, el saludo que esta raza de esclavos había repetido mil y una vez, el saludo que llevaba su nombre:

 

-         ¡Heil, Hitler!


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