Realidad Virtual

por Enric Grau


 

 

            La sala estaba iluminada por una cálida luz amarilla que se reflejaba en el ostentoso y refinado mobiliario de madera noble. El despacho parecía sacado de una película antigua, de esas en las que un abogado o un empresario recibía a sus clientes y les ofrecía una bebida muy cara, coñac, whisky escocés o algo por el estilo. Y luego un puro. Sí, un buen habano de los de antes. De los que ahora era imposible encontrar.

            Estaba sentado en una silla, también de estilo antiguo, y tenía ante sí el documento que tenía que firmar. En frente, al otro lado de la mesa, había un joven ejecutivo, todo sonrisas, que esperaba a que acabara de leer.

            - Esta es la última firma, Don Enrique –le decía- después de esto podremos iniciar el proceso. Ya sabe que todos estos documentos y firmas son necesarios. La ley lo exige. Pero puedo asegurarle que todo esta en orden. El sistema ha sido probado miles de veces sin ningún fallo desde su creación en el …

            Y siguió hablando de forma imparable. Pero ya no le escuchaba. Tenía noventa años y la vida para él solo eran recuerdos de cosas pasadas, cosas perdidas en la zozobra del tiempo. Recordó a Helena, a sus amigos, todos habían muerto ya. Solo él había llegado a esta época de maravillas técnicas y vida regalada en la que las máquinas se encargaban de todo y los hombres habían sido relegados a la simple función, inútil por otra parte, de supervisores.

Ya se veía venir, pensó. En sus tiempos la organización de las empresas había empezado a simular un sistema que, en realidad, sería el seguido por las máquinas de ahora ya que los hombres no serían capaces de hacerlo tan bien como ellas. Era un sistema tonto, en realidad. Se basaba en hacer las cosas de una misma manera a escala global, mundial de hecho. No porque fuera la mejor manera sino porque todo el mundo lo haría así. Sin necesidad de pensar. Como máquinas. Y cuando éstas se perfeccionaron lo suficiente, el proceso de cambio no pareció tan extraño. Además como las empresas se sostenían por el margen de beneficios y la agresividad comercial, las que adoptaron el nuevo sistema antes pudieron machacar a las otras fácilmente.

Pero, bueno, la cosa no había sido tan mala después de todo. Los hombres realizaban un período de trabajo de cuatro años en las pocas funciones que aún les quedaban, abogados, técnicos, etc. y luego se retiraban. La humanidad vivía por vivir, sin una motivación real. Eso había incrementado el número de suicidios pero ¿a quien le importaba?. Mientras pudieran tener la tele y los demás medios de diversión nada importaba. Pero él no se acostumbraba a esta sociedad. Él estaba anclado en la de antes, donde todo tenía un sentido, un valor. Y ahora había surgido esto.

Acabó de leer las condiciones legales y firmó en la casilla señalada. Parecía mentira que una de las pocas cosas que aún seguía igual fuera esto de la firma. Aunque en realidad el papel estaba conectado a una central de datos de forma que lo que se inscribía en él pasaba al ordenador. Pero parecía papel de verdad, como el de los documentos de antaño.

El hombre revisó el papel, como para cerciorarse de que de verdad había firmado, y lo guardó en un dossier junto con otros papeles. Se levantó y le dijo con su mejor sonrisa comercial.

-Muy bien, Don Enrique, le aseguro que no se arrepentirá. Acompáñeme por favor.

Le indicó con un gesto la puerta mientras esperaba que se levantara al lento ritmo que imponía su avanzada edad. Pasaron por elegantes pasillos con papel estampado, moqueta y lámparas antiguas colgando de las paredes hasta llegar a una puerta diferente a las demás. Una puerta metálica, de acero bruñido, que se abría colocando la palma de la mano en un pequeño panel en el lado izquierdo.

La puerta se deslizó suavemente con un zumbido sibilante, y pasaron a otro mundo. Allí la luz blanca se reflejaba en paredes blancas, inmaculadas. El suelo era brillante y muy limpio, aséptico más bien. Recorrieron varios pasillos cruzándose con algunos enfermeros vestidos, como no, de blanco de la cabeza a los pies, hasta llegar a otra puerta metálica que se abría con el mismo sistema. Y entraron en una amplia sala llena de instrumentos y con una especie de sarcófago en el centro. En la sala había dos enfermeras, muy bonitas por cierto, que iniciaron la tarea de desvestirle de forma amable pero eficiente, demostrándole con sus gestos que el pudor estaba fuera de lugar. Cuando lo tuvieron completamente desnudo le ayudaron a subir al sarcófago. A sus años la ayuda tuvo que ser que prácticamente le llevaran en volandas colocándole dentro con suavidad. Afortunadamente, pensó, él ya no pesaba mucho.

El interior era muy cómodo, cálido incluso. Una de las enfermeras se le acercó y le dijo.

-Bueno, Don Enrique, ¿preparado?. Ahora le vamos a conectar toda una serie de cables y tubos pero no se preocupe que no duele. Cuando todo este listo le dormiremos y pasaremos a trasladar su mente a la máquina. Para usted será sólo como si se durmiese, tranquilo.

No se porqué me repiten tantas veces las cosas, pensó, ya sé de que va la historia, por eso he venido. Estaba tan nervioso que dudaba le pudieran hacer dormir y esperó con impaciencia a que terminaran de conectarle todo. Al final, la enfermera se acercó y le dijo: -Ya empezamos-, e inyectó una jeringa en uno de las bolsas de suero que le habían conectado.

 

***

 

No recordaba cómo se había dormido. Simplemente ahora estaba ante la entrada de un parque de atracciones. Y se encontraba bien, muy bien. Por primera vez en muchos años su cuerpo no se quejaba, es más, se sentía ágil y fuerte. Se miró las manos. Eran perfectas, sin arrugas ni manchas. Las manos de un joven de dieciocho años que era lo que había señalado en el cuestionario. Una extraña felicidad le embriagó y se dirigió feliz a la casamata de entrada.

El empleado le pidió con aire aburrido que le presentara el pase. ¿Qué pase?, se preguntó, pero empezó a registrarse los bolsillos y encontró una pequeña tarjeta de plástico. Parecida a las antiguas tarjetas de crédito. La sacó y se la mostró indeciso diciendo -¿es esto?- El hombre la cogió, le miró y contestó: -si, es esto, pase, pase- dijo mientras se la devolvía.

 Entró feliz y se acercó a un gran cartel con un mapa del lugar. Le recordaba a un sitio al que había ido de pequeño, hacía muchísimo tiempo. Al igual que en aquel sitio aquí también dividían las cosas de forma temática: estaba el oeste americano, el imperio chino y las islas de Hawai. En todos esos sitios había montañas rusas, grandes toboganes, trenes veloces, autochoques, etc. Y también cines, espectáculos de circo y todo ese tipo de cosas.

Se dirigió rápidamente a las montañas rusas recordando que, según los panfletos de propaganda, el vértigo y todas las fobias estarían anulados. Pasó por un pueblo que simulaba el oeste americano mejor aún que la propia realidad y se sorprendió de que todo estuviera lleno de gente. No podía saber si eran otros visitantes como él o un aspecto más de la simulación pero no importaba. Todo era tan real. Pasó por un gran portal a través de la “Gran Muralla” y llegó a la base de una gigantesca montaña rusa. Allí había una gran cola de espera pero cuando llegó empezó a moverse y no paró hasta que él hubo entrado. Otra de las ventajas, no tienes que esperar.

Fue fantástico, tremendo. Nunca se lo había pasado tan bien. Cuando salió tenía ganas de repetir pero se obligó a probar las otras atracciones así que se fue hacia los toboganes. Luego le tocó el turno a los autochoques y otras montañas rusas, con un recorrido a través de montañas, valles enormes, cascadas y grutas subterráneas que estaban débilmente iluminadas por candiles.

Después de recorrer todo el parque, probando casi todas las atracciones y degustando de los refrigerios que se servían en pequeños tenderetes, se notó realmente cansado. Los músculos le dolían de solo moverlos. Esa era otra de las cosas que anunciaban: sufrir el cansancio de un ejercicio agotador y un ligero dolor muscular. El cansancio y la modorra también eran cosas para disfrutar. Ese cansancio, después de un ejercicio duro, con una mezcla de euforia y relax.

Decidió ir a ver una de las películas que echaban en los cines. Le había atraído la atención una de ambientación histórica. Se titulaba “El Último Correo” y la acción transcurría durante la segunda guerra mundial.

Entró en el cine y lo primeo que hizo fue adquirir una bolsa grande de palomitas y un refresco. Para ello sólo tuvo que enseñar el pase, gran invento. Entró en la sala que ya estaba en semipenumbra guiado por un amable revisor y se apoltronó en una butaca de la tercera fila. Mejor verlo todo a lo grande.

La película empezó con la música de la banda sonora a todo volumen y los nombres de los actores pasando por la pantalla en la que se veía un desierto helado que se sobrevolaba rápidamente, como si el espectador estuviera en un avión. Pasaron por encima de valles y montañas cubiertas de nieve hasta llegar a una extensión plana que se perdía en el horizonte. La cámara hizo un zoom acercándose a una línea oscura que resultaron ser las trincheras del ejército donde militaba el protagonista. Y allí empezaba la historia, relatada más con imágenes y gestos que con palabras, como era normal en las películas.

Pero estaba cansado y le fue entrando un sueño irresistible a pesar de que la película era buena. Apenas pudo seguir el hilo de la acción. Al joven sargento Muller, junto con cuatro de sus hombres, le enviaban en una misión casi suicida para pedir ayuda. Tenía que atravesar las líneas enemigas, que habían cercado a su compañía, y, en el intento, todos sus hombres morían y a él le herían en una pierna. Intentó mantenerse despierto pero tenía demasiado sueño y notaba cómo sus párpados se cerraban poco a poco.

 

***

 

Frío, un frío espantoso. Yo estoy boca abajo, escondido tras una acumulación de nieve y no me atrevo a moverme porque la pierna me duele cuando lo hago. Al menos ya ha dejado de sangrar, el apresurado torniquete ha hecho su efecto. Pero sé que he de moverme si no moriré congelado.

Con precaución miro por encima de la nieve, intentando ver algo en el páramo helado. Nada, ni un movimiento. Solo veo la carretera, una línea recta que sigue por millas y millas hasta perderse en el lejano horizonte. Pero yo sé que están allí, en algún sitio, escondidos como yo. Solo que ellos pueden esperar y yo no.

Oigo un ruido e intento aguzar el oído. Es un vehículo, probablemente un camión. Si pudiera saltar y agarrarme a la parte trasera. He de intentarlo.

Me muevo sigilosamente. La pierna empieza a doler pero no puedo hacerle caso, he de seguir, llegar a la carretera. Así que me concentro y aparto el dolor de mi mente. El dolor no existe. No existe. No existe.

¡Ahora!, me digo. He de correr, saltar, agarrarme. Corro y corro. Ya veo la parte de atrás, al alcance de mis manos, falta tan poco. Suena un disparo pero no me ha dado. Suenan más disparos y yo salto, me agarro. Intento pasar adentro y entonces lo noto. El impacto me ha dado en la espalda y la bala sale por el pecho. Caigo y todo parece ir a cámara lenta. Yo cayendo, la sangre saliendo a borbotones de la herida abierta. Es curioso, no duele tanto…

 

***

 

            -¡Eh!, ¡despierta!, marmota

            Oigo la voz de Helena y poco a poco me desperezo. Ya han encendido las luces. Estoy en el cine y Helena esta a mi lado

            -Te has dormido en lo mejor- dice ella sonriendo. Me gusta su sonrisa. Es tan luminosa.

            -No es verdad –intento protestar- solo he hecho una cabezadita.

            Pero es mentira y ella lo sabe. Me mira con gesto de burla y dice- si, si, dormido del todo. Si hasta roncabas y todo.

            -Bueno, quizás me he dormido un poquito –concedo. Luego la miro y confieso- vale, vale. Dormido del todo. Hasta creo que he tenido un sueño.

            Salimos junto con la otra gente. El cine estaba tan lleno que casi no pudimos encontrar un sitio donde estar juntos.

            -Y ¿Qué soñaste?-me pregunta.

            -No me acuerdo muy bien –digo- algo relacionado con la película o, no, espera, había un parque de atracciones y yo lo tenía todo gratis y… y había algo más pero no lo recuerdo.

            -Y tú que decías que solo había sido una cabezadita –se ríe con ganas.

            Salimos a la calle y nos abrigamos. Ella se coge de mi brazo y se apretuja contra mi cuerpo. Y yo pienso que en este momento sé lo que es la felicidad. Paseamos por las calles solitarias bajo un cielo estrellado. Miro arriba, a las estrellas, que me responden con su mudo mensaje y no puedo evitar decir.

            -Me gustaría poder ir alguna vez allí.

            -Y ¿para que? –replica ella- ¿Dónde encontrarás un sitio mejor que este?.

            Es verdad, tiene razón, como siempre. La miro y siento la ternura de sus ojos en esa cara bonita que tanto quiero y pienso, me gustaría ser eternamente joven y tenerte a mi lado para siempre, por toda la eternidad...

 

***

 

            Las enfermeras colocaron el cuerpo inerte en la cámara frigorífica. Era una operación rutinaria y la realizaban sin emoción. Sabían que sería incinerado por la mañana. Uno más de tantos miles.

            -Era simpático el ancianito, ¿no? –dijo una de ellas- ¿cuantos años tenía?

            -Noventa –contesto la otra

            -Ya, no me extraña que eligiera la eutanasia.

            -Si, y con este nuevo programa de la realidad virtual la gente se apunta más fácilmente.

            -Ya, he oído la propaganda. Sé joven una vez más y luego paf. Te mueres sin enterarte.

            -Pero sigue siendo la muerte. A mi no me verán por aquí.

            -No, claro, ni a mí tampoco.

            Cuando salieron, la sala quedó silenciosa. Sólo se oía el zumbido mecánico de la gran computadora, que seguía con sus sueños eléctricos, como siempre.


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