
Durante la época de máximo poderío turco (primera mitad del siglo XVI) Solimán el Magnífico envió una carta a Francisco I (rey de los franceses, con el cual estaba en excelentes relaciones). En dicha carta el Sultán se autodefinía como “emperador de los emperadores, príncipe de los príncipes, repartidor de las coronas del mundo, sombra de Dios sobre ambas partes del globo y soberano de mares de Asia y Europa”. Solimán no hablaba por hablar: al fin y al cabo, poseía más de treinta reinos y casi ocho mil millas de costa. Frente a él, la Europa cristiana era una confusa amalgama de odios, rencores, mezquindades e intrigas. La supuesta “unidad en Cristo” con la que se esperaba detener el avance de la media luna se había resquebrajado lentamente, parta finalmente hacerse pedazos con el triunfo en Alemania de la Reforma Luterana. Es por eso que el denominador común de los pueblos fronterizos con EL TURCO es el miedo: Miedo a acostarse libres y despertar esclavos o muertos.
Tras la toma de Rodas, Argel y Túnez, el Mediterráneo se convierte en un mar truco, un hervidero de piratas que con sus flotas de galeras rápidas y ligeras realizan sin descanso múltiples acciones desmoralizando al enemigo: desde atacar las naves comerciantes hasta asaltar los pueblos costeros, a los labradores del campo o incluso a los soldados de las torres fortificadas. Estos golpes de mano tienen siempre dos denominadores comunes: rapidez y terror. El negocio ha de ultimarse en pocas horas, y debe dejar tras de sí un rastro de fuego, sangre y destrucción, que mantenga vivo el terror que impide cualquier tipo de defensa organizada.
A principios del siglo XVII los frailes mercedarios componen una lista de las costas e islas de la península más atacadas por los turcos: de mayor a menor son: Cartagena, Málaga, islas Baleares, islas Canarias, Alicante, Cádiz, Valencia, Cataluña, Portugal, Galicia y Asturias. Estos ataques no son tan limitados ni puntuales como se podría creer: en Junio de 1556, frente a las costas de Málaga, los turcos capturaron de una sentada veintiocho navíos vizcaínos. Más o menos por estas fechas una fuerte incursión (apoyada al parecer por moriscos andaluces) produjo en tierras granadinas un botín de más de 4.000 cautivos.
Pero la piratería turca no se detiene aquí, sino que realiza incursiones por los mares Adriático, Egeo, Jónico, Negro y Tirreno, llegando en ocasiones hasta los mares del Norte y Báltico, asaltando pueblos costeros de la península escandinava. Tampoco eran desconocidos en las costas guineanas, a donde se dirigían para capturar cargamentos de esclavos negros. Según parece, incluso, en varias ocasiones, rondaron por el Atlántico para cazar barcos procedentes de América.
Para frenar a los piratas, la Corona Española fortifica (infructuosamente) las costas, levantando cientos de pequeñas torres de vigilancia, y también expende numerosas patentes de corso a particulares, muchos de los cuales se convierten así en piratas con una cierta base legal.
Los prisioneros que se rinden o que capturan los piratas son enviados a los grandes mercados de esclavos: Constantinopla, Tánger, Túnez y Argel, centros donde se ponían a la venta diariamente no menos de 1.000 esclavos. Se calcula que la población esclava fija en estas ciudades no bajaba de 25.000 individuos.
El precio de cada cautivo dependía de sus características, entre las que destacaban su edad, sexo, salud, oficio, docilidad, fuerza y apariencia. Determinados esclavos podían ofrecerse a subasta, pero lo normal era que dueño y comprador regatearan sobre el precio durante horas y a veces durante días. Los excautivos solían quejarse de que se les trataba como “animales de feria”. Como ellos, los llevaban en rebaño, y debían desnudarse íntegramente ante los compradores, que los examinaban buscando taras o defectos. El posible comprador podía hacerle abrir la boca para ver sus dientes, palpar sus miembros en busca de llagas disimiladas, incluso hacer correr o saltar al esclavo u obligarle a cargar con algún peso para comprobar sus fuerzas.
Normalmente, un esclavo se compraba para hacer negocio con él: según la ley, un amo podía hacer trabajar a su esclavo para un tercero y cobrar íntegro el sueldo que éste ganara. Las ocupaciones más habituales de los esclavos eran: Trabajar en talleres artesanales, como hilados, forjas o sastrerías y zapaterías si sabían el oficio; realizar trabajos de campo, como cuidar la tierra y recoger la cosecha, o (más duro) trabajar como acemileros o en los molinos manuales de trigo (donde grupos de seis esclavos hacían rodar gigantescas piedras de moler)
Las muchachas y las niñas solían ir a parar a los harenes de los poderosos. No todas ellas eran concubinas. Las más se dedicaban a servir a las favoritas, como criadas o encargadas de trabajos menores (lavar ropa, limpiar, arar los jardines, coser, hilar). Aunque era un destino mejor que el de muchos hombres, no era ninguna maravilla: los harenes eran pequeños nidos de intrigas , traiciones y celos, donde abundaban las luchas internas para acaparar el favor y las atenciones del amo.
Los chicos jóvenes y bien parecidos también podían terminar en algún serrallo, pero a los niños se les reservaba un destino especial: eran obligados a circuncidarse y a renegar de su fe, siendo educados en las más férreas doctrinas islámicas. Se les adiestraba como soldados profesionales, infundiéndoles desde pequeños el orgullo por pertenecer a una casta guerrera y a una minoría privilegiada. Les estaba prohibido casarse, y se fomentaban las relaciones homosexuales entre ellos. El mundo los conoció como los Jenízaros, y se convirtieron en los mejores defensores del Imperio Otomano.
Con todo, el destino más terrible que podía sufrir un cautivo de los turcos era ser enviado a galeras. La vida en ellas era espantosa, y muchos de los forzados liberados la describieron como la antesala del Infierno, sino el Infierno mismo. La comida, siempre insuficiente, se reducía a un pedazo de “galleta” (torta pequeña de pan medio fermentado, hecho con harina de salvado, cocido dos veces para evitar que se secara y evitar así su fermentación en las largas travesías), o a un puñado de “mazamorra” (galleta desmenuzada, a veces con un chorro de vinagre). En ocasiones especiales podían repartirse entre los galeotes escudillas de arroz y lentejas con aceite y/o vinagre, y muy raramente algo de carne. En verano el calor y la sed conducían a extremos desesperados, como beber agua de mar o los propios orines. Aunque se repartía agua cada cierto tiempo, muchas veces era insuficiente, y eran numerosos los cautivos que morían deshidratados. En las noches frías otro rigor que tenían que soportar eran las bajas temperaturas, ya que dormían amarrados a los bancos sin otra ropa que un taparrabos, salvo los privilegiados que contaban con un calzón o una camisa no demasiado harapientos. Muchas veces los galeotes no tenían otro lugar donde hacer sus necesidades que en la escudilla en la que comían o el banco sobre el que se sentaban, por lo que la suciedad y el hedor de una galera era algo espantoso, proliferando las ratas, que muchas veces eran cazadas y devoradas crudas por los hambrientos cautivos. Aparte de todo ello, estaban sometidos a la férrea disciplina del comitre, encargado de la dirección de la boga, que ayudado por los sotacomitres, (en las naves grades) se encargaba con su látigo de que no se rompiese el ritmo de la remada. En caso de que algún cautivo se negara a remar, fuera perezoso (según el comitre) u osara realizar algún acto de rebeldía era castigado en el acto. Lo más común es que se le azotara, pero en casos determinados se les cortaba orejas y nariz para que sirviera de ejemplo a los demás. En caso de que algún cautivo cayera exhausto sobre el remo se le azotaba hasta que “recobraba” las fuerzas. Si no volvía en sí, simplemente se le arrojaba al mar.
Ante este estado de cosas, el cautivo de los musulmanes sólo tenía tres vías de esperanza: abjurar de su fe y hacerse mahometano, esperar a ser rescatado, o intentar escapar.
Lo primero era razonablemente fácil, bastaba con abjurar públicamente de la fe en Cristo y aceptar la de Mahoma. Pero en la práctica no garantizaba la libertad inmediata. El renegado tenía que demostrar que era más musulmán que los musulmanes de nacimiento, y muchas veces era “para tal fin” destinado a vigilar y castigar a los esclavos cristianos. La mayoría de los comieres y verdugos de las galeras eran renegados.
Por lo que respecta al rescate, se trataba de una cantidad fijada de antemano, que proporcionaba la familia del cautivo o las órdenes religiosas y por la cual se podía dejar al cautivo en libertad. En el caso de personajes nobles y de familia influyente, los corsarios podían someterle a vejaciones suplementarias para obligarle a escribir constantemente suplicando a su familia y amigos que pagasen el rescate, por alto que fuese. Rescate que, en ocasiones, podía ser aumentado en el último momento según el capricho del dueño del cautivo. De los trámites del rescate solían encargarse varias órdenes religiosas. En Argel la más importante era la catalana Orden de la Merced, que entre 1520 y 1655 salvó a un total de 11.531 cautivos solamente de Argel, lo que no deja de ser una minoría, teniendo en cuenta que según cronistas de la época llegaban mensualmente 2.000 nuevos esclavos a la ciudad.
El último recurso para un cautivo era, por supuesto, la huída. Algo nada fácil, por no decir imposible, en un país enemigo y separados de su patria por un mar infestado de piratas turcos. No obstante, en ocasiones se realizaban con éxito fugas individuales, e incluso llegaron a fugarse pequeños grupos, que al llegar a la cristiandad eran considerados héroes. No se sabe el número de desgraciados que cayeron en el intento, pero si del fin que se les reservaba: la más atroz de las torturas, y finalmente, la liberación de la muerte.
Volver a la página principal