Érase una vez un Diablo y muchos Demonios




Origen de la idea

Si hay que buscarle un padre al Diablo, yo me quedo con Akenathón, ése faraón barrigón y de cabeza grande que reinó en el país de Kemi (mal llamado Egipto) allá por la XVIII dinastía (sobre el 1380 antes de Cristo, por si les interesan más datos). El amigo se planteó montarse la revolución cultural en su tierra, convirtiendo el cómodo politeísmo del país del Nilo en una tiranía monoteísta basada en un único dios (Atón) del que “casualmente” él era su primer sacerdote y (al parecer) el único al que hacía caso. A los sacerdotes de los demás dioses (que por otro lado controlaban buena parte del poder del país) eso no les gustó, y al pueblo tampoco. Tras una revuelta más o menos sangrienta y la instauración de Tutankamon en el trono (sí, si, el de la tumba, la maldición y lo demás) las cosas volvieron a su cauce... Desgraciadamente, un pueblo de trabajadores temporeros que corrían por allí en esas fechas se quedaron con la copla del monoteísmo... y les gustó. Evidentemente, eran los hebreos, que luego, ante el Aparheid a lo bestia que les iban montando los Egipcios dijeron muy bien, gracias, pero nos volvemos a casa.

¿Y a qué viene esto? A que una religión politeísta siempre creará una mentalidad abierta: Una única verdad (el concepto de la divinidad) puede tener múltiples realidades, múltiples interpretaciones: los numerosos dioses. Por extensión, cualquier tópico puede verse desde diferentes puntos de vista, y todos ellos pueden ser válidos y verdaderos: a base del dialogo (y con mucho buen rollo) se puede llegar a un entendimiento.

Por el contrario, una religión monoteísta provocará una mentalidad cerrada, intransigente: hay una único Dios, del mismo modo que hay una única Verdad, y todo lo que no se ajuste a esa verdad, o es blasfemia y herejía (si quiere matizar esa verdad), o es directamente mentira. Y los otros dioses de los otros pueblos, son sin duda los ángeles caídos, restos sobrantes de cuando la revuelta de Lucifer. Una idea bastante reafirmante, a la que (si se quiere) se le puede dar otra vuelta de tuerca: el “bien” de los enemigos (sus supuestos dioses tutelares) es en realidad su peor mal (pues adoran a criaturas maléficas que no les protegerán, sino que buscarán su perdición). Una religión algo neuras, para mi gusto, pero era justo lo que un pueblo oprimido que quería hacerse un lugar en el mundo necesitaba, mientras se abría paso a codazos por el Cercano Oriente (deporte que siguen practicando). Y como de su libro sagrado, la Biblia, deriva la cultura occidental, pues así nos ha ido a nosotros...


Antecedentes: malos espíritus y peores dioses

Ya desde nuestro tatata(...)tarabuelo de Atapuerca han existido representaciones del Mal. Así, con mayúsculas. Los malos espíritus de las tradiciones animistas del hombre primitivo se convertirán en la serpiente mostruosa egipcia Apep, los siniestros espíritus asirios Rabisu (El que acecha) y Ahazut (El que agarra). Pero la región  que se lleva la palma en lo que a dioses malvados se refiere es sin duda Mesopotamia, tierra original de los hebreos (antes que se fueran de excursión con el compadre Abraham) y país al que tuvieron que ir de vacaciones forzosas cuando Nabucodonosor les destruyó el templo y se los llevó (otra vez de temporeros) a su Babilonia natal... Allí los hebreos (aparte de reforzar su integrismo religioso para no disolverse como pueblo) entraron en contacto con criaturas francamente divertidas, de formas monstruosas, mitad hombres, mitad animales, que viven en el subsuelo pero que de tanto en tanto se dan un paseito por la tierra para hacer el mal (¿les suena la idea?): Ekimú, el espíritu nocturno; Ilú Limmu, el dios malévolo; Alu, el mutilado, Labartu, la devoradora de hombres...

Ya solamente faltaba el nombre para designar a toda esta “troupé” de macabros (y falsos) dioses. Y, como en casi todo, lo aportaron los griegos (¡Qué habríamos hecho nosotros sin la cultura griega de los compiladores de la Biblia!. Los griegos, decíamos,  creían en unos espíritus benéficos, que actuaban de intermediarios entre los dioses y los hombres. Los llamaban agathos daimon, y los representaban diminutos, sentados en el hombro y susurrando consejos e instrucciones al humano de turno. Los hebreos se quedaron con el nombre de Daimon, al que llamaron Demonio, y con la idea del ángel de la guarda. Y a otra cosa.


Demonios hebreos

Aquel que busque demonios en el Antiguo Testamento se sentirá defraudado, pues poca información aparece de ellos: vagas referencias en los Salmos a espíritus maléficos que caminan en la oscuridad y poca cosa más...Por cierto, que talmente parecen servidores de Yahveh y no enemigos suyos, y si no mírense las referencias a Satán (el Adversario) que aparecen en el Libro de Job, y que lo describen como uno de los Hijos de Dios (Job 1, 6)...  Se diría que para los antiguos hebreos de este periodo Yahveh era fuente tanto del Bien como del Mal, pero como esto ya lo dijo Arrio de Alejandría en el siglo II (y así le fue) mejor me callo, no sea que un día de estos nos salga un Papa fundamentalista, reinstaure la Inquisición y monte una barbacoa con vuestro diseñador de juegos favorito (ejem).

Algo (poco) más sacamos de los textos hebreos no absorbidos por la tradición cristiana. En el Talmud se describen bastantes criaturas maléficas, que reciben diferentes nombres (“los que hieren”, “los falsos”, “los nocturnos”). En la Mishnna se añade que estos seres se crearon poco antes del sabbat. Su creación quedó interrumpida por el descanso sagrado, son pues criaturas incompletas, que odian al hombre y a todos los seres vivos en general, seres “completos”.

Más motivos de la hostilidad de los demonios frente a los hombres las encontramos en los apócrifos, los textos considerados por los patriarcas falsos, o simplemente “no inspirados”... (Lo que nos hace mucha gracia a los que sabemos algo de griego y traducimos literalmente apocryphon, que no significa falso... sino oculto. Un conocimiento falso... ¿o simplemente una verdad secreta no accesible para todos?).

Encontramos muchas explicaciones: desde los que dicen que los demonios son los constructores de la torre de Babel, convertidos en seres grotescos por la ira de Dios, hasta que son los vástagos de Lilith, la primera mujer de Adán, que se lo hizo con Satanás a raíz de un cabreo con su (ahora cornudo) marido. Así que demonios consideran a los hombres hermanos bastardos, hijos de otra mujer (Eva). (Lo del mito de las tres mujeres de Adán, ya os lo contaré en otra ocasión)

En la Vida de Adán y Eva, se dice que el conflicto vino cuando Dios le dio al hombre la facultad de dar nombre a las cosas. Tan maña chorrada lo es menos cuando pensamos que la cábala judía se basa en el poder de los nombres verdaderos. Dar nombre a las cosas, conocer el nombre de algo, significa ser su amo. Y claro, los más orgullosos de los ángeles no podían estar de acuerdo en ello. Los dos libros de Enoch hablan de la rebelión y la caída de los ángeles rebeldes, y de cómo sedujeron a las hijas de los hombres, creando razas de monstruos.


Diablo Cristiano

En las tradiciones hebreas los demonios aparecen como un colectivo, aunque a veces se citen algunos de sus jefes: Azazel, Beliar, Asmodeo, Satán... Pero no es hasta el cristianismo en que se perfila la personalidad del principal entre ellos: el Diablo (diablos eran en las tradiciones hebreas los jefes de los demonios), que se enfrenta a Jesús, el hijo de Dios  hecho hombre, lo tienta, se ríe de él, le ataca donde más le duele: su lado humano, intentando excitar por un lado su ambición, y por otro negar su divinidad. Todos conocemos la historia. Jesusito de nuestra vida no solamente se pasa por el forro las tentaciones del mismísimo cornudo en persona, sino también el complejo ritual de exorcismo hebreo, expulsando a los demonios con una simple orden.... para desesperación de los fariseos, que no dudan en llamarlo “hijo del Diablo”, inaugurando una tradición que será posteriormente bien aprendida por la Iglesia cristiana: si se tiene poder sobre los demonios, sin duda es un poder infernal.

La imagen del Diablo enfrentado al Hijo de Dios (y por extensión a sus seguidores, los cristianos), tentador y dueño de todas las naciones de la tierra perdurará desde entonces (y si no, que se lo pregunten a esos Testigos de no sé qué secta que aporrean mi puerta cada sábado por la mañana)


Emperador del Mundo Medieval

Y así entramos en la Edad Oscura por excelencia, con un paganismo latente en el mundo rural (que pagano viene de pagus, aldea) y un cristianismo que solamente era fuerte en las ciudades. Y siguiendo con la vieja idea hebrea de que todo rito no autorizado era diabólico... la Iglesia parió a la brujería y al culto satánico.

Claro que pruebas de que los demonios pululaban por ahí no le faltaban al sufrido cristiano medieval, precisamente: injusticia social, hambre, peste, guerras... ¿acaso el Diablo no es presentado en las Escrituras como emperador del mundo? ¿Acaso Dios no disfrazó a Jesús de judío para esconderlo de su enemigo? (sin comentarios) ¿Acaso Jesús no dijo “mi reino no es de este mundo”? Todo ello confirma machaconamente la teoría de que el que corta el bacalao en este “valle de lágrimas” es el Diablo. Pues se vive en la Aurora del Fin de los Tiempos descrita en el Apocalipsis de San Juan, el imperio de la Injusticia que ha de durar mil años, hasta la derrota definitiva del Maligno, el retorno de Jesús y (de propina) la masacre de toda la humanidad (menos los cien mil hombres justos, que se salvarán a  última hora).

Y así están las cosas. Frente las engañanzas del Maligno, los hombres justos designados por Dios tienen las riendas de la sociedad, guiándola como el pastor lleva las ovejas. Y es blasfemia y herejía siquiera pensar en cambiar las cosas, y alzarse contra el mal señor, pese a que cargue sus vasallos de tributos, se soliviante a las campesinas o practique una ley injusta. Pues las malas acciones son sin duda obra del Diablo: él despierta la lujuria del señor feudal, él le ciega a la hora de juzgar. Y en lo que se refiere al clero, él es el que engorda al cura, pese a que guarde ayuno, él hace ruiditos como de ronquidos, para que los crédulos crean que se ha dormido en mitad de la misa, cuando en realidad debe estar sumido en un profundo trance de meditación...  Así que frente a las injusticias del mundo (que las hay, y muchas) lo que hay que hacer es rezar, y rezar mucho, para debilitar el poder del Demonio (y de paso, por la salvación del alma de los que se dedican a jod...bueno, dejémoslo)

Y, claro, de cuando en cuando sale la criadita respondona y alguien empieza a hacer preguntas tontas, como un tal Pedro Abelardo (padre putativo de los goliardos y del libre pensamiento, por si no lo sabían) que allá en la universidad de París se preguntaba por qué, si los demonios estaban encerrados en el Infierno, podían salir a pasearse por la Tierra... La respuesta la dio su gran contrincante en las discusiones teológicas, Tomas de Aquino, cuando explicó que Dios permitía las argucias del Diablo para que los hombres pudieran adquirir virtud rechazando sus tentaciones... A Tomás lo hicieron santo, a Pedro lo castraron y pasearon sus mutiladas partes por todo París, pinchadas en una lanza... Cada cual tiene lo que se merece ¿no?


Conflicto de intereses: el Renacimiento

Pero claro, los libre pensadores son como las moscas: a la que matas una, se te aparecen cien más. Y un grupito de amantes de la cultura clásica se pusieron de acuerdo, trajeron un poco de luz a la cerrazón medieval y crearon esa cosa tan bonita que se llamó Renacimiento.

Y como buenos filósofos... filosofaron: Jacob Boehme argumenta que el demonio fue el verdadero creador del mundo, mientras que Dios, falto de imaginación, se limitó a reformarlo... Al bueno de Jacob (que era zapatero) le dio un coscorrón la incipiente jerarquía protestante, diciendole que no dijera tonterías, y que “zapatero, a tus zapatos”. Peor suerte tuvo Marsilio Ficino, traductor de Platón y de Hermes Trimegisto, que se hizo la p... un lío y mezclando a ambos autores argumentó que los demonios eran en realidad ¡inteligencias cósmicas! Algunos seres planetarios, otros elementales de tierra, fuego, aire, etc... Parece ser que su obra incluía una serie de invocaciones muy divertidas, pero pocas han llegado hasta nuestros días: quemaron todos los ejemplares que pillaron junto con su autor.

Y es que el Renacimiento es también la época de la Inquisición española, de la quema de herejes en la plaza mayor tras lancear a los toros. Y de los grandes descubrimientos. Y de las grandes conversiones de paganos.

La conversión de los paganos (es decir, de los adoradores del Diablo, porque todos los que no adoren a Dios adoran al Diablo) en los territorios americanos merece un pequeño comentario: Se suponía que los salvajes ignorantes nunca habían oído hablar sobre la palabra de Dios, así que las respectivas (y muy católicas)  monarquías se preocuparon muy mucho de especificar que había que predicarles los principios básicos del cristianismo, así como notificarles que, según el papa, ahora eran súbditos de la monarquía hispánica.

Y se les decía, claro...

En latín.

A continuación, ya no había excusas para no atacarles y tratarles como rebeldes y disidentes del poder real, porque por un lado se revelaban contra su legítimo soberano, y por otro no aceptaban la Palabra de Dios por maldad... ya que el mensaje de Dios es tan diáfano y preclaro, que cualquier mente inteligente se convencerá al oírlo que la única verdad posible...


Adoradores y “negadores”

En este rápido recorrido del Diablo a través de la historia llegamos al siglo XVIII. Nace un culto al Maligno sofisticado, reservado para la clase elegante. Es considerado chic entre los aburridos aristócratas organizarse en cónclaves satánicos, realizar adoraciones orgiásticas y sangrientas en honor a Lucifer. Se dice que la famosísima Madame de Pompadour prestó su cuerpo, totalmente desnudo, como altar improvisado sobre el que se derramaba la sangre caliente de las muchachas más o menos vírgenes que eran raptadas en los arrabales de París para ser sacrificadas al Diablo, que a cambio tenía que devolverle a la amante del rey su ya marchita belleza...

Y mientras crece este culto sofisticado, las monjitas de Loundún se ponen de acuerdo y dicen que el jovencísimo párroco que les viene de tanto en tanto a escuchar la confesión, las ha hechizado, prostituido y endemoniado. Urbain de Grandier morirá en la hoguera, quemado vivo por la Inquisición francesa, pero morirá sentado porque los huesos de sus piernas y pies han quedado astillados durante los interrogatorios...

Y se encienden las hogueras en el Lauburd, destruyendo ritos ancestrales anteriores a la llegada de los romanos. Por aquí, al otro lado de los Pirineos, también podemos sentirnos orgullosos de nuestros Zugarramurdi y Cangas de Morrazo, el proceso inquisitorial gallego mucho menos conocido (y que le costó la vida a María Soliña, entre otras “meigas”)

Paralelamente a esto, pensadores medianamente serios empiezan a decir que muy bien, gracias, pero analicemos las cosas con lógica: el teólogo protestante Bekker niega la magia, la brujería y los cultos diabólicos, al afirmar que es imposible la interacción entre el mundo físico y el mundo de los espíritus.

Voltaire, aunque en sus obras critica a Bekker, está de acuerdo con él en que el Diablo no existe, y se dedica a ridiculizarlo, a él y a sus seguidores. Otro tanto hará Diderot, que odiaba la superstición, fuera del tipo que fuera, y Kant, por supuesto. No se podría esperar menos del padre del racionalismo.


Héroe romántico

En el siglo XIX, la imagen del Diablo cambiará una vez más: Chateaubriand y sobre todo Milton, en su poema épico "El Paraiso Perdido", ven en él al héroe romántico por excelencia, al ser enfrentado a poderes muy superiores por sus ansias de libertad. No en vano la frase más memorable del Satán de Milton es “Es mejor ser rey en el Infierno que esclavo en el Paraiso”.

Charles Baudelaire publica en las Flores del Mal una serie de letanías a Satán:

Príncipe del destierro, con quien se ha sido injusto

y que vencido siempre, se yergue más robusto

...que encuentran eco en el Himno a Satán de Giosué Carducci:

Loor a ti, Satán, Señor de rebelión

Fuerza vindicativa de humana razón

Es decir, que no deja de ser curioso:  el Diablo, cien años atrás ridiculizado por los pensadores, y considerado el sumum de la superstición, es ahora considerado el abanderado de la libertad y de la razón frente a la irracionalidad de la intransigencia...


Y hoy... ¿Mascarada?

No hablaremos del (en psicoanálisis) famoso estudio de Sigmund Freud sobre el pacto diabólico de Haitzmann porque el cuatro ojos austriaco siempre nos ha caído gordo, pero no se podría poner punto y final a un texto sobre el Diablo histórico sin citar la monumental obra de Giovanni Papini “El Diablo”.

Papini no negó la existencia del Diablo. Al contrario. La justificó:

“Satanás es el adversario, pero sin adversario no habría lucha, y sin lucha, no habría victoria ni gloria”

Tanto el abyecto vicio como la inmaculada mojigatería no son más que extremos, exageraciones. La auténtica virtud, quizá esté en el término medio...

Y Papini, como buen lombardo que era, nos dejó un par de perlas, que no dejan de tener su gracia para terminar de una puñetera vez con esta extensa parrafada:

El Diablo siempre jugará con ventaja, porque al final de los tiempos, si Dios es Dios y Jesucristo es Jesucristo, ambos aceptarán el arrepentimiento de Demonios y pecadores, y los perdonarán. Nadie que afirme ser cristiano puede pensar de otro modo

De todos modos, el mejor truco del Diablo, hoy en día, ha sido conseguir QUE SE NIEGUE SU EXISTENCIA...

Dulces y tranquilos sueños, para esta noche...


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