
Hace un tiempo recibí un mail comentando mi artículo sobre los Dragones. En él me decían (con cierto cachondeo) cuán crédulos debían de ser los antiguos, para creer a pies juntillas en dragones y otros monstruos, sin tener ninguna prueba de su existencia...
Bueno, eso no es cierto. En la antigüedad se creía en la existencia de los Dragones y otros seres míticos, del mismo modo que hoy mucha gente cree en la existencia de los ovnis: debido a testimonios de terceros y a pruebas físicas... No es que entonces hubiera fotos más o menos borrosas de esos bichos (estilo la que aparece un Verano sí y otro también de la pobre Nessie) sino por sus huesos y restos momificados... Que en realidad se trataba de hábiles falsificaciones llevadas a cabo en Oriente. Un lucrativo negocio, ya que los crédulos occidentales los pagaban a precio de oro (y más caro aún).
Ya Marco Polo avisa en su libro sobre la falsedad de los supuestos “hombres diminutos” de la India, cuyos cuerpos momificados era moda poseer entre los excéntricos potentados italianos. Las falsificaciones se realizaban en la lejana Sumatra, a partir de cadáveres de pequeños monos que eran cuidadosamente rasurados y manipulados.
Sobre los Dragones, se confeccionaban con el esqueleto de una variedad de raya llamada “Guitarra” (ver ilustración que encabeza el texto). El vientre de este animal suele presentar rasgos que recuerdan un rostro humanoide. Relleno, recortadas sus enormes aletas, con el añadido de una columna vertebral erizada de espinas, secada al sol y disecada luego, el conjunto pasaba por el de una cría de Dragón muerta... De modo similar llegaban hasta Europa ejemplares de Basilisco. No se me sonrían, que el tráfico de estas porquerías duró hasta bien entrado el siglo XIX...
El cuerno del Unicornio, del que hasta el siglo XVIII se tenían por ciertas sus virtudes curativas y mágicas, solía ser un colmillo de Narval del mar del Norte, o un cuerno de Orix o Rinoceronte. Animales exóticos, pero no míticos...
Las sirenas estuvieron un tiempo de moda... y los japoneses las fabricaban cosiendo la mitad superior de pequeños monos (desollados, claro) a las colas de peces grandes. El conjunto no medía más de 60 cm., pero secado y salado resistía un análisis superficial.
Sin embargo, los comerciantes sin escrúpulos no se limitaban a manipular cadáveres de animales... también lo hacían con seres humanos, tanto vivos como muertos. Está registrado en las crónicas que al emperador romano Claudio, en el siglo I d. C, le trajeron el cuerpo de un pequeño centauro conservado en miel. Por las descripciones que se conservan del monstruo, debería tratarse del cuerpo mutilado de un niño de ocho o diez años, cosido a la parte inferior de un borrico.
A finales de la Edad Media y principios del Renacimiento se pusieron de moda en las cortes europeas los enanos. Seres deformes y contrahechos que servían para resaltar la belleza de las damas con su absoluta fealdad, y el ingenio de los hombres con su estupidez. Lo más cruel, sin embargo, no era que su vida y sustento se basara en la burla... sino que en muchos casos habían nacido perfectamente sanos. Eran robados o comprados a las familias pobres cuando eran niños, y encerrados en cajas y cubículos angostos para que crecieran deformes, las más de las veces entre intensos dolores que los enloquecían, y privados del más mínimo contacto humano. La “moda” se mantuvo hasta bien entrado el siglo XIX.
Y es que, y no me cansaré de repetirlo, los monstruos más terribles no están en nuestra imaginación... sino en el interior de nosotros mismos.
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