Masticar barro
De un tiempo a esta parte se ha puesto de moda entre damas y doncellas el masticar pedacitos de barro, con el fin de mantener en el rostro esa mortal palidez que en estos tiempos barrocos consideramos tan atractiva. El barro se vende en búcaros, pequeñas cajitas metálicas muy decoradas. Los más caros y prestigiosos se fabrican en Estremoz (Portugal), donde la familia de alfareros de los Maia fabrica con tierra colorada y algunas esencias un barro perfumado, muy del gusto de las damas de la corte. Esta afición se ha hecho tan popular que nuestros poetas satirizan sobre ella, en especial Quevedo, que ha compuesto recientemente un madrigal titulado "A una moza hermosa que comía barro."
El vicio de la nieve
El vicio por excelencia en la Castilla del siglo XVII no es comer caliente, sino el beber frío. En los primeros años se empezó enfriando el agua y el vino, y algunos dicen que en los últimos se tomará todo helado, hasta el caldo. Y no se piense el lector que la nieve se consume solamente en Verano, que también se gasta, y mucho, en invierno. Para abastecer de tan frío elemento a la Corte un avispado comerciante llamado Pablo Xerquies ideó hacer unos profundos pozos, donde el frío elemento se conserva fácilmente, tanto en estío como en invierno. (N. del A: El paraje, llamado "de los pozos de nieve", estaba situado cerca de donde hoy está la glorieta de Bilbao). Una persona humilde podía gastar hasta una libra diaria de nieve, que no es cara, pues cuesta apenas 8 maravedíes. Los poderosos llegan a consumir hasta una arroba diaria.
Se inventan constantemente nuevas bebidas que pueden ser tomadas frías: la aloja (agua, miel y especias), la limonada con vino, y últimamente hace furor el sorbete, que consiste en tomar directamente la nieve endulzada con esencias de anís, jazmín y guindas. Un cuartillo de sorbete se vende a dos reales.
Las cámaras de maravillas
Otra de las excentricidades de los poderosos es la de atesorar, a la manera de los reyezuelos orientales, mil y un objetos que su dueño tiene por preciosos y curiosos, que colecciona con afán digno de mejor causa y que no se cansa de enseñar a propios y extraños. En estas cámaras artísticas y de maravillas pueden encontrarse tanto obras del ingenio humano (denominadas artificialia) como curiosidades producidas por la Naturaleza (y que reciben el nombre de naturalia). Todo tiene cabida en estas cámaras: desde calaveritas de enanos hasta fémures de gigantes, desde ídolos precolombinos hasta cristales de Venecia. Los autómatas se mezclan con las estatuillas romanas, los relojes astronómicos con las conchas marinas de mil colores y formas, obras de arte junto a simples piedras moldeadas por el agua y el viento con formas caprichosas...
Algunos se limitan a coleccionar objetos que les llaman su atención, otros son más selectivos, y organizan sus cámaras de maravillas entorno a un único tema: Instrumentos musicales, joyas, estatuas, autómatas, monstruos y fieras disecados... incluso libros y objetos mágicos, aunque en este último caso la colección ha de ser necesariamente secreta, no sea que asome su negro hocico el Tribunal de la Inquisición.
Los coleccionistas más importantes de la Corte son el duque de Monterrey, el marqués de Leganés, el conde de Benavente, el marqués de la Torre, Jerónimo Villafuerte Zapata, Jerónimo Funes Muñoz, Suero de Quiñones y, sobre todos, don Juan de Espina, cuya colección de objetos preciosos fue alabada entre otros por Gracián y Quevedo.
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