Bodegas y Bodegones
En la villa, las tabernas también reciben el nombre de Bodegas. Son locales poco iluminados, tanto más oscuros cuanto peor sea la fama del barrio donde se encuentran. Así, los recién llegados deben pararse en el umbral, y esperar a que sus ojos se aclimaten a la penumbra. Un tiempo precioso para que los de dentro puedan observarlos discretamente, y quizá desaparecer silenciosamente por la puerta de atrás. Hay dos tipos de bodegas en la Villa: las que venden vino caro y de renombre, (y que no pasan de diez o doce) y las que venden vino barato, bastardo y anónimo, que serán unas cuatrocientas en todo Madrid. Está absolutamente prohibido que una Bodega venda los dos tipos de vino. El Bodeguero tiene, pues, que decidirse por una u otra clase a la hora de solicitar permiso para abrir su establecimiento (lo que no quiere decir que no venda el otro tipo de vino de tapadillo). Los bodegones no tienen más decoración que los pellejos y las botas de vino que cuelgan del techo. Hace las veces de barra un par de tablones puestos sobre algunos barriles. El acre olor a vino es tan intenso que anula completamente el hedor del patio trasero, que es costumbre que los clientes usen de letrina.
El vino ha de tomarse de pie, pues las autoridades de la Villa prohíben que las bodegas tengan bancos o sillas, posiblemente para evitar las reyertas que suele provocar la ingestión de bebidas espirituosas. No obstante, algunas tabernas grandes cuentan con algunas mesas de madera basta en un rincón, y largos bancos para sentarse, conseguidos posiblemente a base de llenar la bolsa de la autoridad competente.
Vinos caros y famosos son los de Yepes, Toledo, Ocaña, Alanís o Pinto. Los tipos realmente duros suelen trasegar el Mosto de Toro, un vino blanco, casi dorado, áspero pero reconfortante. Los que prefieren vinos más suaves pueden pedir el Clarete de Ojo de Gallo de La Sagra, o el nuevo vino andaluz de Pedro Ximenez de Montilla, creado en 1604 a raíz de unos esquejes de uvas alemanas que el soldado Pedro Ximenez se trajo de tierras del Imperio. Pero el mejor vino de España (según Fray Antonio de Guevara) es el San Martín de Valdeiglesias, denominado popularmente vino del santo. Es un vino blanco, que en verano se suele tomar enfriado con nieve.
Pero si lo que se busca es llenarse bien la barriga, el visitante tendrá que dirigirse a uno de los numerosos Bodegones (también llamados Mesones) de los que tan bien surtida está Madrid, pues en una Bodega está absolutamente prohibido servir nada de comer.
Un Bodegón es un buen negocio, pues más de la mitad de la población de la Corte es cliente habitual de ellos. Los platos habituales que pueden degustarse en ellos son la Mano (Pezuña cocida) de Ternera, el Carnero Verde (aderezado con especias y verduras), el Mirrauste (Carne con especias, almendras, canela, limones y nueces), el Jigote de Carnero (Pierna de carnero adobada con limones, vino y especias), la célebre Gallina en Pepitoria (guisada con pimienta y yema de huevo) y especialmente la Olla Podrida, plato siempre presente en los Bodegones, y que es antepasado del actual Cocido madrileño. Bolsillos escasos de recursos deberán contentarse con los llamados platos baratos, aunque no por ello menos sabrosos: Callos cocidos, Albondiguillas y Grosura (despojos fritos como sesos, lenguas, bofes o criadillas).
Recomendamos al forastero la Taberna de los Cien Vinos, propiedad del italiano Lorenzo Apoloni, proveedor de Su Majestad, en la que pueden degustarse, además de los vinos antes citados, delicadezas como el vino de guindas, el vino de Candía, de Lucena, y sus famosos vinos compuestos (mezclas de vinos, a los que a veces añadía frutas y aguardiente, formando algo parecido a nuestra sangría de hoy en día). Una bodega más al uso y más modesta es la Taberna de Lepre, una de las más famosas y mejor abastecidas de la Villa, entre cuyos ilustres clientes se cuenta nada menos que don Francisco de Quevedo, el cual la cita en uno de sus famosos poemas (ver Personajes...). Para comer bien, puede uno dirigirse al cercano Bodegón de Maese Pedro, situado en la calle del Lobo.
Corrales y Comedias
Las obras teatrales (llamadas genéricamente comedias, aunque se trate de dramas, para diferenciarlas de los Autos Sacramentales) son especialmente apreciadas en Madrid, Sevilla, Valencia y Barcelona. Al principio, la temporada teatral empezaba el día de la Pascua de Resurrección para terminar el último día de Octubre (más o menos como la temporada taurina actual), pero pronto se amplió a todo el año, excepto durante la época de Cuaresma.
La Villa es una de las ciudades de Europa donde se disfrutan de más y mejores representaciones escénicas. Esto debe agradecerse al comediante toledano Naharro, que a mediados del siglo XVI realizó numerosas innovaciones tanto en la escena ("efectos especiales" como nubes, truenos relámpagos, etc, mejorando el acompañamiento musical a las obras, quitando barbas y máscaras a los actores, etc) como en las obras en sí mismas (introducción de nuevos argumentos y personajes, y situaciones emocionantes y espectaculares, como batallas y desafíos singulares a espada).
Las representaciones se realizan en los patios interiores de las manzanas de casas, que muchas veces suelen usarse como almacenes y corrales (de ahí su nombre). Posteriormente, se habilitarán edificios destinados exclusivamente a ese uso, y se popularizará el nombre, más culto, de Teatros.
La forma y disposición de estos Corrales es la siguiente: Se entra a ellos por un zaguán estrecho, techado, que desemboca en un patio al aire libre. La escena está al fondo. En los laterales y sobre el zaguán de acceso hay unas galerías de tres pisos, con palcos y barandillas. El acceso al patio cuesta medio real por persona, y da derecho a ver la obra de pie. Si se quiere una localidad más cómoda, hay que pagar un suplemento: un real por una localidad de asiento, o seis reales por un balcón, en el que caben hasta cuatro personas. Las localidades de asiento son las gradas, dispuestas a los lados y al fondo del patio. Suelen ser ocupadas por la gente de clase media (artesanos, comerciantes, etc) y las dos filas de bancos, reservadas normalmente a catedráticos, intelectuales y literatos. Están situadas justo frente al escenario y sirven de separación física entre éste y el patio. Los balcones (o aposentos) tienen celosías de madera, de manera que se puede ver sin ser visto. Eso da lugar, muchas veces, a que sean usados para citas galantes, y que sus ocupantes se preocupen bastante poco del espectáculo.
En caso de que el espectáculo no guste al público, éste no tiene el menor reparo en silbar a los cómicos, o arrojarles frutas u objetos, llegando incluso a invadir la escena (a la manera de los Holligans de nuestro fútbol actual)... para lo que, por supuesto, pasan previamente por encima de los doctos y atribulados intelectuales de los bancos. Los espectadores del patio (llamados Infantería porque están de pie) también pueden intentar asaltar la escena porque determinada comedianta los entusiasme demasiado, o porque les haya gustado tanto la obra que quieran sacar a hombros a los actores. Para que esto no se produzca con excesiva frecuencia los comediantes suelen tutelarse con Cofradías o Hermandades Religiosas, cuyos miembros, a cambio de una parte de los beneficios, ejercen de guardias de seguridad durante la función. Dos de las principales Hermandades religiosas que se dedican a esto (y con mucho entusiasmo por su parte) son la Cofradía de La Pasión y la de La Soledad. Se rumorea que, de hecho, aquel grupo de comediantes que no se procure los buenos servicios de una Cofradía tendrá problemas... serios problemas. (Posteriormente, en 1624, los cómicos crearon su propia cofradía, la Cofradía de la Novena).
En el siglo XVII hay en Madrid ocho Corrales:
- Corral de la Pacheca, frente al convento de Santa Ana (donde hoy se encuentra el Teatro Español).
- Corral de la Cruz, en la calle de la Cruz.
- Corral de la calle Príncipe.
- Corral de la calle del Sol.
- Corral de la calle del Lobo.
- Corral de Antón Martín, a beneficio del Hospital de lasBubas.
- Corral de la calle Toledo.
- Teatro de los Caños del Peral. (Hoy Teatro Real).
La representación se inicia a las dos de la tarde durante los meses que van de Octubre a Abril, según normativa gubernamental, para evitar que se salga del teatro de oscurecida, ya que la Villa carece de alumbrado público. En Primavera el horario se retrasa hasta las tres, y en Verano hasta las cuatro. Anteriormente los días de comedia eran los domingos y los días de fiesta, pero en la actualidad los habitantes de la Villa y Corte disfrutan de dos sesiones a la semana, además de los domingos. Solamente se cierra por Cuaresma, desde el Miércoles de Ceniza hasta la Pascua de resurrección, aunque para no privar completamente al público de diversión suelen organizarse funciones de títeres.
Según la norma implantada por Lope de Vega, el espectáculo empieza con una loa, un pequeño poema en la que el recitador se congracia con el público elogiando la belleza de la ciudad, al mismo tiempo que recita la introducción de la obra que se va a representar, presentando a los personajes y explicando su situación. La comedia en sí consta de tres jornadas (actos).
Entre el primer y el segundo acto, para distraer al público mientras se cambian los decorados, se representa un entremés, pieza cómica de una media hora de duración, en la que intervienen a lo sumo dos o tres personajes y que suele tratar sobre temas de actualidad. Muchas veces son improvisados a partir de los chismorreos de los Mentideros.
Durante el segundo entreacto se hace un baile, a menudo de carácter exótico. Los bailarines van vestidos de indios, turcos, pastores griegos, etc. La música se hace con vihuelas, tamboriles, sonajas y arpas, y se cantan coplas referentes al argumento. El baile es muy celebrado entre la Infantería, pues les permite entrever las piernas de las bailarinas.
Tras la última jornada de la obra se puede rematar el espectáculo con otro entremés, aunque lo más frecuente es representar una jácara o una mojiganca. La jácara es una representación parecida al entremés, pero en la que los actores hacen el papel de pícaros o rufianes, y que se interpreta en el llamado lenguaje de germanía, (argot propio de las gentes del hampa). Una Mojiganca, por el contrario, no es una forma de representación teatral, sino un desfile de personajes disfrazados grotescamente con motes colgados de sus espaldas.
Durante tan largo espectáculo el espectador puede entretener el estómago comiendo avellanas nuevas o ciruelas de Génova, o beber algunos cuartillos de vino. Varios vendedores ambulantes se pasean entre el público, ofreciendo silenciosamente su suculenta mercancía por algunas monedas de cobre.
Según Agustín de Rojas Villandrado, ocho son las formas de agruparse y representar de los cómicos del siglo XVII:
- Budulú: "Es un representante solo, que camina a pie, y pasa su camino; entra en un pueblo, habla al cura y dícele que sabe una comedia y alguna loa, y que reúna al médico y al boticario y se la dirá. Súbase sobre un arca y va diciendo: Ahora sale la dama y dice esto, y esto, y va representando, y después pide limosna en un sombrero... Y el cura le da un plato de sopa y duerme en el pajar."
- Ñaque: "Es dos hombres; éstos hacen un entremés, algún poco de un acto; llevan una barba de zamarro, tocan el tamborino y cobran a ochavo; duermen vestidos, caminan desnudos, comen hambrientos, y espúlganse el verano en los trigos, y el invierno no sienten con el frío los piojos."
- Gangarilla: "Son tres o cuatro hombres, y un muchacho que hace la dama. Buscan saya y toca prestada (y algunas veces se olvidan de devolverla), hacen dos entremeses de bobo, cobran a cuarto, pedazo de pan, huevo y sardina, y todo género de zarandajas..."
- Cambaleo: "Es una mujer que canta y cinco hombres que lloran; éstos traen una comedia, dos autos, tres o cuatro entremeses, un lío de ropa que lo puede llevar una araña. Cobran a seis maravedises."
- Garnacha: "Son ya cinco o seis hombres, una mujer que hace la dama primera y un muchacho que hace la segunda. Ya este grupo duerme en las posadas, alquilando una cama para cada dos o tres, y llevan un burro para transportar el hatillo escénico."
- Boxiganga: "Lleva dos mujeres, un muchacho y seis o siete compañeros. Ya éstos alquilan un patio, montan un escenario, y cobran en la puerta la entrada a los espectadores."
- Farándula: "Es la víspera de la Compañía, y en ella hay toda clase de tipos, el enamorado, el celoso, el tímido, y teniendo que convivir con el trabajo y en los viajes y hospedajes, no es raro que surjan entre ellos rencillas y peleas."
- Compañía: "Es la más completa y numerosa, pero solamente actúa en las ciudades importantes. En ellas hay toda clase de gusarapas y sabandijas; entrevan cualquier costura, saben de mucha cortesía, y hay gente muy discreta, hombres muy estimados, personas muy conocidas y hasta mujeres honradas (que donde hay mucho es fuerza que halla de todo). Traen cincuenta comedias, trescientas arrobas de hato, dieciséis personas que representan, treinta que comen, uno que cobra y Dios sabe el que hurta..."
La diferencia entre la Compañía y la Farándula no reside en la calidad de la representación ni en el repertorio, sino en que las primeras disponen de una patente real para actuar. Esta licencia limitaba la cifra de las compañías para evitar que la excesiva competencia entre ellas obligara a disminuir los precios por representación y empobreciera la calidad del espectáculo. En las Españas solamente pueden haber ocho compañías (a partir de 1615, doce). Evidentemente, coexisten con varios cientos de farándulas.
Pasear y darse un verde.
Pasear es la distracción de moda de la nobleza madrileña, que, aunque vestida con ropas severas de tonos graves, gusta de exhibirse. Evidentemente no lo harán a pie, en una villa de escasísimas calles empedradas y de cloacas casi inexistentes, sino en carruaje, auténtico símbolo del rango social que ostenta su ocupante: Cuando más suntuoso es el modelo del coche de caballos (o mulas) que se usa para dar el paseo, de más rancio abolengo y distinción ha de ser el que viaja dentro. Aquellos pícaros y farsantes que hacen ostentación de una nobleza que no tienen se arriesgan a sufrir un severo castigo por parte de las autoridades, así como padecer el escarnio público, lo que equivale a su muerte en la vida social de la Villa y Corte.
Solamente los Príncipes, Duques o Arzobispos pueden llevar coches de cuatro caballos. Los demás han de contentarse con carruajes tirados por dos animales, sean caballos o mulas, y si el capital o la nobleza no alcanzan para tanto, tienen que conformarse con una silla de mano o palanquín que lleven dos sufridos criados. Por otra parte, aquellos que no puedan permitirse tener coche propio, pueden alquilarlo por unas horas o días en la plaza de los Herradores.
El coche es de gran importancia en los asuntos amorosos, ya que una dama que se precie como tal no puede salir a la calle sin ir acompañada de dueña, escudero y paje. Al cruzarse dos carruajes, es obligado parar para intercambiar saludos, y si los ocupantes de uno de los coches son galanes y las del otro damas solas a los saludos pueden seguir los galanteos. Como bien nos dice el viajero francés Herrault, las buenas costumbres indican que, cuando un hombre se encuentra con un carruaje en el que viajan damas solas, debe decirles algo alegre y con doble sentido, a lo que las damas le han de responder con mucha vivacidad, si no con descaro.
Es normal que los amantes acuerden encuentros casuales de esta guisa... e incluso que se produzca un rápido trasvase de ocupantes de un vehículo a otro. Estas paradas galantes pronto provocaron que los paseos dejaran de realizarse por las calles y plazas de la Villa, trasladándose a las (más discretas) zonas verdes que rodeaban la ciudad: La Alameda del Prado, llamada Paseo porque Felipe II solía pasear por ella; La Huerta de Juan Fernández; y los jardines del Palacio de El Buen Retiro. De ahí la expresión "darse un verde", que puede significar dar un paseo... o tener un escarceo amoroso (y a menudo, ambas cosas a la vez). Estas aventuras, por otro lado, no están extentas de riesgos, ya que si a los amantes se les va el santo al cielo y les coge la oscurecida en los descampados, pueden ser presa fácil de los ladrones, pícaros y valentones que toman al asalto dichos lugares al abrigo de la oscuridad...
Pero con todo, el lugar favorito de los madrileños, al menos durante el verano, es el río Manzanares. Durante el estío disminuye tanto su cauce que por sus arenas pasean las carrozas de los poderosos. De todos modos, poca o mucha, hay agua, y los humildes acostumbran a aliviarse de los agobiantes calores de Julio y Agosto bañándose en él, aunque muchas veces para ello hay antes que excavar en el lecho arenoso del río para que salga agua suficiente. Evidentemente, tanto hombres como mujeres se bañan desnudos, para escándalo de los moralistas y regocijo de los curiosos, ante lo cual han empezado a instalarse desde hace algunos años balnearios de madera, donde por pocas monedas tanto el natural como el extranjero pueden refrescarse al abrigo de miradas indiscretas.
En la Alameda del Prado y a lo largo del río Manzanares se instalan con el buen tiempo vendedores ambulantes, que ofrecen a los paseantes agua fresca, fruta o dulces (como tortitas de leche).
Los Autos de Fe
Otro de los grandes espectáculos que ofrece la Villa y Corte son los solemnes Autos de Fe que periódicamente organiza la Inquisición en la Plaza Mayor, y a los cuales acude la nobleza y el populacho como si de cualquier otro festejo se tratara. Es posible que el extranjero, en especial si no es de las Españas, encuentre el Auto de Fe trágico, incluso cruel. Se ha llegado a decir de la Inquisición que nació con los Reyes Católicos, fue apenas consentida por Carlos I, apoyada por Felipe II, secretamente combatida por Felipe III y protegida hasta la exaltación por Felipe IV (ˇel más frívolo de los Austrias!). Sea como fuere, y pese a que jurídicamente la Santa Inquisición no es más que un organismo de la monarquía de igual título que los demás Consejos, en la práctica se trata de una casta superior, con poder sobre toda la jerarquía social, y que a menudo se enfrenta (y con éxito) con los demás Consejos e Instituciones. Pero sigamos el viejo proverbio popular (Con la Inquisición, chitón), no sea que alguno de los 20.000 familiares del Santo Oficio se tropiece con este escrito. (Para los que deseen saber más sobre tan espinoso tema, les remito al capítulo correspondiente de Rinascita).
Sobre los Autos de fe en sí, nos ceñiremos a la descripción (bastante objetiva) que de ellos hiciera en su día el viajero francés Barthelemy Joly, limosnero del rey de Francia y adjunto del abad general del Císter:
"El Auto de Fe se produce una vez efectuadas ya las pesquisas, detenciones, interrogatorios y torturas, cuando el reo ha confesado y se ha dictado sentencia. Entonces se lleva a cabo esta curiosa ceremonia, destinada a reconciliar a la oveja descarriada con el único Dios verdadero.
Sacan a los presos de amanecida, cuando se dicen las primeras misas y los comercios aún no han abierto. Para ello se forma una procesión encabezada por el estandarte blanco y negro de la cruz, al que siguen otros estandartes similares mostrando cruces o imágenes de Jesucristo. Los que llevan los estandartes son todos ellos gente noble y principal, y van vestidos con austeros ropones negros. Tras ellos, vestidos de igual guisa, van la gente del pueblo, portando grandes cirios encendidos, y tras ellos los religiosos, sea cual sea la orden en que militan. Tras ellos, los condenados, vestidos con la túnica del sambenito, con una coroza (especie de mitra) en la cabeza, con los pies descalzos y con una pintura al cuello representando la pena que van a sufrir. Van escoltados por dos familiares de la Inquisición, uno a cada lado, y están atados con una cuerda al cuello. Tras ellos cierran la comitiva los funcionarios de la Inquisición: oficiales, secretarios, fiscales... y finalmente los Señores Inquisidores junto al Obispo de la ciudad, que estará presente representando al Papa.
La procesión, cantando (en latín) el Credo en voz baja, se encamina hasta una gran plaza pública elegida de antemano (en Madrid, normalmente la Plaza Mayor). Allí se ha preparado con antelación un gran tablado de madera, con tres graderías de bancos a los lados y al fondo, alzados progresivamente, a la manera de las aulas de la Universidad. Inquisidores y reos suben a las graderías centrales, sentándose los reos en las graderías más elevadas: Los condenados a muerte arriba, los condenados a galeras abajo, los que han de ser azotados en las gradas inferiores, casi al mismo nivel que los Señores Inquisidores y el Obispo, sentados bajo un rico dosel. El resto de los funcionarios de la Inquisición (incluidos los Familiares que vigilan a los reos), se acomodan en los bancos libres. En las graderías de la derecha se acomodan los canónigos de la ciudad y el clero en general; en la izquierda, los miembros de la justicia. De pie en la plaza se agolpa la multitud, silenciosa y sombría.
En el tablado hay un altar también de madera, donde se encuentra la Biblia, unas llaves grandes que representan las del Paraíso y una imagen del Cristo crucificado. El obispo del lugar (o a veces, un dominico) se coloca frente al altar y lanza un agresivo sermón destinado a provocar el horror y el terror a los castigos inquisitoriales, que no son nada comparados con los castigos que esperan a los pecadores en el Infierno. Terminado el sermón, uno de los secretarios lee uno a uno los nombres de los condenados, el crimen que cometieron y su propia confesión (voluntaria o no, poco importa), así como el castigo que les va a ser impuesto. El reo debe escuchar todo ello de pie en mitad del tablado central, encima de un taburete y con un cirio en cada mano. Al finalizar, se hacen cargo de él los representantes de la justicia secular, que ejecutan la pena en el mismo instante, según el orden prescrito: las de muerte primero, luego las demás. En ocasiones, esta macabra ceremonia se prolonga durante varios días..."
Corridas de Toros
No es conveniente que el viajero abandone la Corte de las Españas sin antes contemplar, al menos una vez, el espectáculo de las corridas de toros, antes único en el mundo, aunque ahora, con la expansión del Imperio Español, se está importando a otros lugares. Con todo las de la Villa de Madrid son, de largo, las de mayor renombre y fama, quizá debido a la asistencia Real.
Dicen los entendidos que ya los musulmanes andalusíes practicaban, desde antiguo, el arte de lancear a los toros, y enseñaron su costumbre a los cristianos, los cuales pronto se aficionaron a ella, pues era un deporte viril que les permitía a la vez impresionar a las damas y ejercitarse con las armas. Las corridas se llevan a cabo en la Villa siempre el lunes, ya que el Domingo era el día del Señor, y no estaría bien que se dedicara Su Sagrado Tiempo a ejercicios frívolos.
Este curioso deporte se puede practicar de dos maneras: a caballo o a pie. El primer modo suelen emplearlo los nobles, que, acompañados de una cuadrilla de media docena de criados, parientes o amigos, se enfrentan con un toro bravo montados en rápidos y resistentes caballos, armados con lanzas largas, que llaman garrochones, o "rejones de muerte". Los jóvenes aristócratas se dedican a este deporte para probar su destreza con el caballo y también como ofrenda amorosa a su dama, aunque todos coinciden en que hay escaso riesgo para los caballeros, ya que entre todos aturden al toro, distrayéndolo si consigue destripar algún caballo con sus cuernos. Es un espectáculo vistoso, en el que sobre todo destacan los buenos jinetes. Los caballeros suelen ir disfrazados de manera extravagante, ya sea "a la cazadora" (con tonos verdes), "a la turca" (con turbantes y ropas de aspecto oriental), "a la italiana" (con calzas, calzones cortos, camisas anchas y coletos -chaquetillas- muy ajustados)... o simplemente visten el traje oscuro, habitual de la corte, pero adornado con bordados de plata y oro.
Pero el correr (o burlar) del toro también puede hacerse a pie, vestido con blusa o casaca suelta y calzón, y armado con cuchillo o espadín y rodela. Los que así justan con el toro reciben el nombre de toreadores de banda, y lo esperan a pie firme, esquivándolo en el último momento y asestándole la cuchillada cuando pasa por su lado. Hay quien cambia la rodela por la capa, enrollada en el brazo izquierdo, que es de color rojo para excitar al toro y burlarlo en el último segundo. Otros (los menos) prescinden de defensas y se enfrentan al toro armados con pesados montantes (espadas a dos manos), golpeándoles en la testuz cuando la bajan para embestir. Burlar al toro de esta manera se considera de segunda categoría, y ningún noble con un mínimo de dignidad se aviene a ello. Por el contrario, entre el pueblo llano y sobre todo entre los rufianes de la Villa es deporte muy celebrado, y es común que salten a la plaza uno o más ventureros, individuos que, (a la manera de nuestros espontáneos de hoy) se lanzan sobre el toro sin previo ajuste o acuerdo con la autoridad. Los accidentes fatales suelen ser comunes, pero si el venturero se porta bien es costumbre darle algo de dinero, y quizá lo contraten como toreador de banda.
Se celebran esporádicamente corridas de toros en varios puntos de la Villa: Los cortesanos del Rey y los aristócratas suelen lancear toros de tanto en tanto en la explanada del Campo del Rey, situada junto al Alcázar (más o menos donde hoy está la plaza de la Armería). También, en ocasión de fiestas reales, se suele improvisar una plaza en los jardines del palacio del Retiro.
El pueblo llano también disfruta con este deporte, y para ello el Ayuntamiento de la Villa suele habilitar tres plazas: la de Antón Martín y la de la Cebada (que cierran con carros) y, cómo no, la socorrida Plaza Mayor, en la que se celebran corridas de mayor categoría, a las que asiste muchas veces la nobleza madrileña y en ocasiones hasta la familia real. Algunos nobles, muy aficionados al lanceo de los toros, disponen de sus pequeñas plazas de gradas de madera, privadas, como es el caso de la del Duque de Lerma. (Situada donde hoy está la plaza Neptuno, en el Sitio del Prado).
Como complemento a las corridas de toros suelen realizarse juegos de cañas. Se trata de una transformación de los torneos medievales, y consiste en una carrera entre varias cuadrillas de jinetes, que se asaetean unas a otras con lanzas de caña. El jinete debe, en todo momento, mantener su caballo a galope tendido. La mitad de los caballeros suelen vestir a la mora, y la otra mitad, de cristianos.
Como detalle curioso no podemos dejar de mencionar que el afortunado poseedor de un balcón que dé a una plaza donde se celebre un espectáculo de toros no puede disfrutarlo para él y su familia: está obligado a cedérselo a quien la autoridad disponga (normalmente cortesanos o gente influyente)... sin percibir nada por ello, aunque los más espabilados suelen preparar refrescos y un aperitivo para conseguir así alguna propinilla... ˇy quien sabe si no un favor cortesano!
Fiestas populares
No podemos finalizar este largo parlamento sobre el ocio en la Corte sin citar, aunque sea brevemente, las muchas fiestas, romerías y verbenas de que disfruta la Villa de Madrid. En ella solamente se trabaja 272 días al año, ante las quejas de beatos y moralistas, que afirman que tanta diversión no es buena, y que recuerda más al viejo panem at circenses de los paganos romanos que a otra cosa. Sugieren los pesimistas y cenizos que las cosas no van como debieran, que el Imperio está en decadencia y que tanta fiesta y tanta bulla es solamente una manera (eficaz pero costosa) de taparle ojos y boca al pueblo.
La fisonomía de la Villa cambia con la fiesta, que suele durar varios días: se engalanan con colgaduras los edificios, se tapizan con ramas verdes los barrizales de las calles, se colocan arcos triunfales por toda la ciudad... ˇy muchas veces el rey o el municipio pagan el vino!
Los regocijos populares más típicos del Madrid del siglo XVII son:
Enero
- Nochevieja: Se acostumbra a celebrar una suculenta cena familiar (dentro de la medida de las posibilidades de cada uno) y al terminarla, ir a escuchar la misa de medianoche en alguna iglesia o convento de los que tan bien surtida está la villa. (Lo del reloj de la Puerta del Sol no será hasta el año 1860). En estas fechas es costumbre comer dulces caseros, unas tortas de almendras y piñones, posiblemente herencia morisca. También son muy celebradas las rosquillas, en especial las de Fuenlabrada.
- Romería de San Antón (17 de Enero): En esta fecha las gentes del campo y de la ciudad se reúnen, mezclados en alegre confusión, en el cerrillo del Altozano, al lado del cementerio de San Jerónimo (donde hoy se encuentra la fuente con la estatua del ángel caído, en el Retiro). Allí se alza la ermita de san Blas. Los del campo llevan sus animales para que sean bendecidos en la ermita, y así librarlos de enfermedades durante todo el año. Por ello se juntan centenares de cabezas de ganado de todo tipo, en especial cerdos, pues aunque San Antón es patrón de todos los animales, en este siglo se le relaciona especialmente con el cerdo. Entre los porquerizos se celebra una costumbre bárbara y pagana, elegir un rey de los cochinos. Como el vino corre como el agua, el festejo suele terminar en escenas irreverentes y riñas sangrientas, que las autoridades (y en especial la Iglesia) no ven precisamente con buenos ojos...
Febrero
- Romería del Cristo y los tres santos (3 de Febrero): Se celebra también en la ermita de San Blas. Al lado de la ermita está el manantial de Santa Polonia, cuyas aguas se consideran milagrosas, por lo que es buena y santa costumbre beberla en estas fechas (aunque no por ello las buenas gentes se olvidan de la bota de vino, el tasajo, el torrezno y la tortilla). (Hoy la ermita ya no existe, pero las imágenes del Cristo, de san Blas, de santa Polonia y del santo µngel que se guardaban en su interior se encuentran en la iglesia de San Jerónimo).
- Carnaval: Antes de la Cuaresma se celebra esta fiesta de locos, quizá la más importante porque en ella participa literalmente toda la población. Carece de fecha fija, aunque termina siempre la víspera del Miércoles de Ceniza. En ella se festeja la libertad de poder comer carne antes de Cuaresma, pero además se ridiculiza a las jerarquías, pudiendo durante esos días liberarse del grupo social en el que uno está inmerso: Todos salen a la calle vestidos de la manera más grotesca y extravagante posible: los aristócratas y los ricos vestidos con trajes de fantasía, siguiendo la moda impuesta en Venecia durante los siglos XV y XVI y paseándose por las calles en sus lujosas carrozas. Otros prefieren ridiculizar a instituciones o personalidades públicas vistiéndose de Mojiganca, a la manera de los actores de los corrales (ver Corrales y Comedias). Los pobres acostumbran a vestirse con ropas viejas, muchas veces del sexo contrario, tiznándose la cara con carbón o porquería, o colocándose un pañuelo viejo en la cabeza. Las algaradas de Carnaval suelen terminar con borrachera... y muchas veces a puñaladas, cuando se excitan los ánimos. Bromas típicas de Carnaval son arrojar cáscaras de naranja rellenas de uvas machacadas, mantear a algún incauto, poner cuerdas disimuladas en las callejuelas para que tropiecen los desprevenidos, arrojar sobre la muchedumbre agua sucia o gatos enrabietados... etc El fin de la fiesta llega cuando se ahorca al pelele (una figura de trapo vestida con ropas de hombre). Entonces los ánimos vuelven a su cauce y se inicia la Cuaresma.
Nota del autor: recomiendo comparar esta fiesta con la descripción de las fiestas de Carnestoltes catalanas (Dracs, pág. 15).
Marzo
- Cuaresma: Durante estos días en la Villa de Madrid se acostumbra visitar la cara de Dios, retrato auténtico de la faz de Cristo que se guarda en la capilla de la plaza de losafligidos.
Abril
- Romería del Trapillo (25 de abril). Se tiene la costumbre, en esta fecha, de ir a la ermita de San Marcos, cercana a la puerta de Fuencarral (cerca de la actual Glorieta de Quevedo). La tradición exige que se vaya con la ropa más vieja y usada que se tenga (es decir, prácticamente con andrajos).
Mayo
- Fiesta de Santiago el Verde (Santiago el Menor, 1 de Mayo). Se celebra en el Sotillo, una isla del río Manzanares cercana al puente de Segovia, junto a las ruinas de la ermita de San Felipe y Santiago. (Esta isla ha desaparecido hoy en día debido a la canalización del Manzanares).
- Fiesta de las Mayas (3 de Mayo). La Maya es la reina de mayo (Maya: "guapa de mayo". Hay quien dice que de ahí viene el nombre de "maja"). Se elegía una Maya por cada barrio de la villa (al estilo de los actuales concursos de belleza). Aparte de su hermosura, era requisito indispensable el ser doncellas (en teoría, claro).
- Fiesta de San Isidro (15 de Mayo). Este santo fue beatificado en 1620 y canonizado en 1622, pero siempre ha sido objeto de la devoción popular de los madrileños (21 años antes de su canonización Lope de Vega había compuesto ya su poema El Isidro). La gente venera al santo visitando sus restos en la capilla que lleva su nombre, y en estas fechas yendo de romería a su ermita, situada más allá de los puentes de Toledo y Segovia.
Junio
- Corpus (primer o segundo jueves de Junio). Al igual que en otros lugares (ver Dracs, pág. 16), en la Villa la principal característica de esta fiesta en honor de la Eucaristía es la Procesión. Pero en Madrid no hay una, sino tres:
La víspera de la fiesta recorre las calles principales de la Villa el Mojigón, un cortejo que anunciaba la fiesta, y que estaba formado por un personaje vestido como un fantoche, con ropas anchas y sueltas, de color rojo. Se le llama Cachidiablo (en otros lugares de Castilla, Moharracho) y se dedica a asustar a los niños. Junto a él recorren las calles una docena de tambores y clarines, normalmente soldados de alguno de los regimientos acuartelados en la ciudad, y un niño vestido de arcángel, que de cuando en cuando obliga al Cachidiablo a arrodillarse ante él, como símbolo del poder de Dios frente a las fuerzas del Infierno.
El día del Corpus por la mañana tiene lugar la Procesión propiamente dicha, en la que intervienen representantes de la municipalidad, del ejército, cofradías, hermandades religiosas y las comunidades religiosas de todos los conventos y parroquias de la ciudad, con sus cruces y pendones. Las calles se cubren de toldos, el suelo se tapiza con retama. Un espectáculo grandioso y solemne, como solamente pueden serlo en esta nuestra Villa, Corte de los Austrias españoles. Espectáculo que, como en otras partes, no carece de elementos paganizantes: tras el Santísimo desfila una figura llamada Tarasca, que representa a la meretriz de Babilonia citada en las Sagradas Escrituras. Tiene el aspecto de una especie de reptil, que se dedica a cazar con la boca los sombreros de los espectadores de la procesión. Detalle curioso también, y que suele sorprender al forastero, es que a la procesión del Corpus solamente pueden asistir hombres: las mujeres han de contentarse con verla desde las ventanas o balcones.
Por la tarde del mismo día del Corpus hay una tercera procesión, mucho más modesta, que sale del barrio de San Andrés recorriendo la Plaza de la Cebada, las Visitillas, los Terceros y la plazuela de los Carros. La llaman la Procesión Minerva, y según cuentan es una procesión antiquísima, en la que se celebra la consagración de un templo de Minerva (que por allí se encontraba) en templo cristiano. Hay quien dice que esta procesión no es lo que parece, y que quienes la realizan practican en realidad cultos extraños, quizá judaizantes o brujeriles. Pero hasta ahora, las pesquisas que haya hecho o haya dejado de hacer la Inquisición no han dejado nada en claro.
El acontecimiento más sonado de la fiesta del Corpus es, sin embargo, la representación de los Autos Sacramentales, piezas teatrales de carácter sacro y alegórico, cuyo fin último es, evidentemente, exaltar y enaltecer el sacramento de la Eucaristía. Las diferentes compañías teatrales compiten entre sí para ser encargadas de representarlos, ya que ello les da la fama de ser la mejor. Se dice, y con bastante razón, que los mejores son los que escribe don Calderón de la Barca. El día del Corpus se realizan dos representaciones de los Autos Sacramentales: Una en Palacio, para la familia real y los cortesanos, y otra en la Plaza Mayor, para el pueblo llano.
Julio
- Verbena del Carmen (15 y 16 de Julio). Se trata de una fiesta nocturna popular que se celebra ante la iglesia de San José de la Orden Carmelitana. En ella se baila, se bebe, se canta y se ríe, y más de una vez el Diablo mete el rabo, provocando alguna riña... o algún embarazo.
Nota: Las verbenas de San Antonio (12 de Junio), de Santiago (25 de Julio) y de la Paloma, (15 de Agosto), de gran tradición en Madrid, son posteriores a la época.
Septiembre
- Feria de San Mateo (25, 26 y 27 de Septiembre). Se tiene por una de las ferias más antiguas de la península ya que el privilegio de su celebración fue expedido nada menos que por Juan II, padre de Isabel la católica, en los primeros años del siglo XV. Se trata de una feria de ganados, que abarca toda la calle de Alcalá, y en ella pueden comprarse puntas de ganado, vacadas enteras o piaras de cochinos. ˇQue no es feria de pedazos de animales muertos, sino de animales vivos y enteros! Alrededor de la feria, como en todas partes, pululan los vendedores de vinos y refrescos, las busconas, los matasietes, los mendigos y los pícaros, siempre sensibles al olorcillo del dinerillo fresco
- Feria de San Miguel (28, 29 y 30 de Septiembre). Se celebra en el mismo sitio y tiene el mismo carácter. No se trata más que de una maniobra astuta de los ganaderos de la Mesta, que así prolongan la feria ganadera toda una semana, burlando el precepto de que una feria solamente puede durar tres días.
Noviembre
- Romería de San Eugenio. (15 de Noviembre). Esta romería se realiza en el monte del Pardo, al que normalmente el pueblo llano no tiene acceso, por ser sitio real. Según se cuenta, el Pardo había sido antiguamente propiedad del municipio de la Villa, que lo cedió al rey conservando el privilegio de disfrutarlo un día al año. Por ello ese día es tradición pasarlo en el campo, visitando la ermita del santo y comiendo luego (si el tiempo lo permite) bajo las encinas del lugar.
Diciembre
En este mes no hay fiestas populares, pues se acerca la Navidad, y se entiende que es una fiesta estrictamente familiar. No obstante, no estaría de más citar la curiosa costumbre que se tiene en la Villa y Corte de no comer carne por Nochebuena, habiendo de contentarse con pescado. La costumbre exige que los que puedan permitirselo se regalen con un buen besugo guisado, pescado que se paga a precio de oro ya que se trae expresamente desde la costa en recuas de mulas pocos días antes y después de Navidad, para satisfacer la demanda.
A esta larga lista de fiestas populares y entretenimientos habría que sumar las fiestas privadas, costeadas por la aristocracia, y en las que en ocasiones se invita al pueblo, las fiestas inesperadas debido a acontecimientos de la familia real (como bodas o bautizos) y las Mascaradas, festejos nocturnos que los nobles realizan por capricho, y en los que, a caballo y vestidos con ropajes y libreas vistosas, recorren la Villa y Corte cabalgando por parejas, portando en alto antorchas encendidas, en una alocada competición que a menudo termina en accidente. Se dice que el propio rey Felipe IV ha participado en alguna ocasión en estas competiciones.
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