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No han sido unas semanas fáciles estas últimas, pero no he dejado de leer, casi no he hecho otra cosa, además de ver la primera temporada de la serie de televisión Los Soprano, y al menos la mitad de otra serie de televisión, más vieja, de ciencia ficción que se llama Babylon 5 y que no puedo recomendar porque junto a algunos episodios muy buenos y entretenidos me he encontrado con un montón de episodios que me aburrieron más que una novela de Belén Gopegui.
Este es un listado casi completo de lo que he estado leyendo estas últimas semanas que he estado sin estar en ningún lado:
El diario El País, por los cupones que trae para conseguir una vajilla muy chula de Chillida. Con lo que era este periódico y en qué se ha convertido (hace unos años, pensar que El País tendría como promoción una vajilla era algo inconcebible; lo de los cds de cantantes acabados y viejos como Sabina y Serrat sí te lo imaginabas, pero lo de los platos no). No he podido dejar de echarle un vistazo al contenido: el suplemento cultural de los sábados me parece el más esnob de la prensa española (y mira que hay competencia para el primer puesto), y los artículos y crónicas referidas a un reciente encuentro de escritores jóvenes celebrado en Sevilla fueron un interesante ejercicio de odio y rencor por parte del periodista que los firmaba. Vale que considerar a Es(tu)pido Freire o a Juan Cabezón de Prada escritores jóvenes es una pasada enorme, pero tal cosa no justificaba tanta mala leche.
La Dalia negra, de James Ellroy. Otra historia de policías corruptos y mafiosos ambientada en los años 50 en Los Ángeles. Mucha gente dice que es la mejor obra de Ellroy. Yo creo que su final, es decir, ese giro argumental inesperado que quedan bien en novelas negras más clásicas pero no en una de Ellroy y que supuestamente ata a todos los cabos sueltos de la historia y explica el errático y desconcertante comportamiento del policía-boxeador que vivía con la estudiante de arte, hace que el otro policía-boxeador parezca idiota por no haberse enterado de lo que sucedía al menos cien páginas antes, y que el otro parezca aún más idiota. Lástima de final, porque el resto es magnífico, y no llevaba muchas páginas leídas cuando dejó de importarme quién era la Dalia negra, quién la mató y por qué, así de buena me pareció casi hasta el final.
Jazz blanco, de James Ellroy. Más de lo mismo, cierra la serie de novelas que empieza con la anterior (los otros dos títulos son la conocida L. A. Confidencial y la no tan conocida El gran desierto). Repiten personajes de otras novelas de la serie, su argumento es otra variación sobre la corrupción policial y su relación con el hampa, y la única novedad, por llamarla de alguna forma, es que en esta ocasión hay una especie de guerra en el interior de la policía entre un grupo que quiere aparentar que combate contra ella (sólo aparentarlo por intereses políticos), y otro que no quiere que las cosas cambien. En esta novela se encuentran algunos de los personajes más pasados y ridículos de Ellroy, por cierto. El jazz del título hace referencia a uno de los protagonistas, músico blanco frustrado, pero también se menciona a otro músico de jazz imaginado por Ellroy para esta novela, y al buenazo de Art Pepper, que es un tío cuya música nunca me ha parecido gran cosa a menos que, como en el disco Getting Together, por ejemplo, esté acompañado en el bajo y la batería por Paul Chambers y Jimmy Cobb, dos de los genios que acompañaron a Miles en su Kind of Blue. No me ha entusiasmado, todo se ha visto en otras novelas de este hombre y aburre un poco.
La visita al maestro y Zuckerman desencadenado, del también norteamericano Philip Roth. Siento mucha vergüenza por haber descubierto ahora, a mi edad, a este escritor. Llevaba 100 páginas de la primera de estas novelas cuando ya sabía que acababa de descubrir, muy tardíamente y con una novela escrita en los años 70, a uno de mis tres escritores favoritos. Me han gustado mucho, mucho, mucho, mucho, mucho, mucho, mucho, y ya les dedicaré por aquí mas tiempo y comentarios más detallados a estas y a las otras novelas de Roth que sin duda leeré.
La verdadera historia del club Bilderberg, de Daniel Estuli, es el libro más malo que he leído en mi vida, más aún, es tan malo que mis malos favoritos, esos de los que siempre me burlo en cuanto surge la más mínima ocasión (Grandes, Lindo, Somoza, Gopegui, Delgado, Cruz, etc) a su lado son unos genios. Es un libro de no ficción, una especie de reportaje periodístico muy mal escrito y peor ordenado, confuso como los dos minutos siguientes al ataque a las torres gemelas de Nueva York, sobre una organización secreta mundial que domina el mundo y que quiere instaurar una especie de gobierno mundial de corte socialista fabiano, dirigida por los hombres más ricos y los más influyentes del mundo. Algunos de los españoles mencionados en el libro como miembros del club son Esperanza Aguirre, presidenta de Madrid, y Felipe González, expresidente del Gobierno y lacayo del mexicano que le ha quitado a Bill Gates el título de hombre más rico del mundo recientemente.
Mi parte favorita de este libro es esa en la que el autor está en un hotel siguiendo a varios miembros del club y llaman a la puerta de su habitación. El tío cree que es la policía o algún servicio secreto que viene a detenerlo, pero en realidad al abrir la puerta se encuentra con una mujer muy guapa y atractiva que se desnuda en dos segundos y le pide que la deje entrar porque va a hacer que se lo pase como nunca antes se lo ha pasado en su vida. El periodista, incorruptible, le cierra la puerta a la mujer e ignora sus súplicas para entrar porque está seguro de que la mujer ha sido hipnotizada por una de las ramas del Club Bilderberg y programada para saltar al vació desde su habitación para que lo acusen de asesinato o, en el mejor de los casos, destruir su reputación. Tras leer esto llegué a la conclusión de que el autor tiene 14 años.
Jamás perdonaré al señor Ende que no me impidiera comprar este libro en el Carrefu de su pueblo. Estábamos juntos y no hiciste nada para impedirlo, cacho cabrón.
Y esto es todo. Intentaré escribir de forma regular a partir de ahora.
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