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¿Qué te cuentas?
Nada, aquí en casa estamos de obras.
Eso no le importa a nadie.
Estamos de obras en la cocina y en la terraza, y no veas cómo está el salón, con todas las cosas de cocinar puestas donde sea rodeadas por sacos con polvo blanco y sacos con polvo gris y ladrilos apilados y cajas con la nueva solería
¿Y a mí que me importa?
Pues es que estaba abriendo la puerta del frigorífico, que ahora está al lado de la vitrina del salón, y de repente se cayó un potito grande de frutas y me dio en el pie.
¿Un potito?
Se nota que no vives con niños pequeños y que no sabes lo peligrosos que son esos botes de cristal. Me dio en todo el pie, el pie de la pierna buena, para joder más las cosas, y en seguida se me hinchó el pie y no podía apoyarlo en el suelo y aunque en principio decidí que no pasaba nada y que sólo se trataba de un golpe estúpido, acabé yendo al hospital de Bormujos antes de la cena porque seguía muy hinchado y de un color muy raro y me dolía una barbaridad.
¿Hospital de Bormujos? Vaya, vaya. ¿Estaba la celadora pelirroja guapa en la puerta de Urgencias?
No, había un tío con barba y bigote. Pero lo que quería decir es que sabiendo como funcionan estas cosas porque me tengo muy conocido el hospital gracias a mi madre, me llevé una lectura para la espera.
Déjame adivinar. A ti lo que te gusta llevarte a los hospitales, vete tú a saber por qué, es algo de Raymond Carver.
Bueno, sí, es una especie de recuerdo a mi padre, que murió en un hospital mientras yo esperaba en la sala de espera con un libro de Raymond Carver, pero en esta ocasión no me llevé a Raymond Carver, sino a Quim Monzó.
¿Quién?
Se nota que eres catalanofobo o como quiera que se diga. Me llevé mi ejemplar recién comprado de Ochenta y seis cuentos.
Ah, ya me acuerdo, uno de esos libros fetiches tutyos que te dejaste en Madrid, en casa de la ex señora Ego.
Sí, sólo que antes lo tenía en tapa dura (es un decir, la tapa era bastante flexible) y ahora lo tengo en bolsillo. Ese fue el libro que me llevé al hospital mientras esperaba que me atendiesen como seguramente no merezco. Son cuentos cortos, de no más de tres páginas la mayoría de ellos, lo mejor que existe para pasar un buen rato en las circunstancias en que me encontraba o en cualquier otras, porque es absolutamente fantástico, muy, muy, muy divertido, y sus relatos tienen, además de mala leche, siempre al menos cinco niveles de lectura.
Pues vale, ¿algo más?
No, sólo decir que aún me duele el pie, pero que sólo era el golpe, no me rompí nada, y que los albañiles me han dejado sin agua durante los últimos dos días y empiezo a oler muy raro, y que mi segundo equipo favorito de fútbol ha ganado otra competición europea y yo no pude hacer el cafre por la calle por culpa del pie.
Que te den, imbécil, deja de hacerme perder el tiempo y búscate un trabajo nuevo o una vida nueva o ambas cosas.
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