Edad : 25 años.
Experto en luchas callejeras. Es el hombre de lo cuchillos.
Nacer en el seno de una familia humilde es bueno... y malo. Por una lado no tienes alimento que echarte a la boca. Por otro eres espabilado... muy espabilado. Miguel se crió en un barrio de Granada demasiado pobre y conflictivo. En estos sitios, tienes al diablo como mejor compañero... y siempre es bueno que el diablo te saque las castañas del fuego. Si estás en el lado de los malos todos te temen. Salvo la poli, claro. La policía es un caso aparte. Miguel fue huesped suyo desde que tenia 6 años. Robo, asalto a mano armada, luchas callejeras, y demás delitos menores. Conocía bien al Jefe Álvarez y a todo su séquito de chupapollas, como él los llamaba.
Cuando no tienes qué robar... puedes pelear. Las luchas callejeras son lo que mantienen alto el orgullo, cuando no se tiene lleno el estómago. Y como el orgullo era lo principal, Miguel lo alimentaba bien. Sabía que salir airoso de toda pelea, consistía en elegir bien las cartas. Y las cartas en este caso eran compañeros de puños. No era bueno tener a un "nena" entre los tuyos, más que nada porque éstos recibían más que daban. Y un número amplio de compañeros era algo a tener en cuenta y demasiado interesante. Siempre pegan más diez puños que dos. Asi que Miguel eligió bien, el mejor grupo del barrio. No había pelea que no ganen. Bueno, hasta ese momento.
Un día llegaron unos tipos demasiado raros al Barrio. Ya sabeis, de esos con chupas de cuero, pelo largo, y nada de navajas. ¡¡Qué listos eran!! ¿Cómo pensaban luchar sin navajas? Dio la casualidad de que no las necesitaban.
El primero en palmarla fue Iván, el jefe del grupo. Ni una pelea perdida. Allí perdió un brazo, una pierna, y su cuello no paraba de echar sangre. Esto sería sorprendente si no lo fuese más el hecho de que uno de los raritos estaba sorbiendo sangre como un demente. Uno tras otro empezaron a caer... y bueno, como Miguel era inteligente se quedó para el final, no por nada... es que aquel día le dolía la cabeza y no le apetecía demasiado luchar; ya sabeis, una especie de regla mental.
En fin, antes o después... como la consulta del dentista.... tu turno toca, y sólo quedas tú contra un puñado de hijoputas con sangre hasta las patillas y que parecen tener unas jodidas bombillas detrás de sus pupilas. Pero lo raro para Miguel no fue la presencia de esos tipos que iban en contra de cualquier ley física que escribiera un capullo erudito del siglo XVIII. Lo realmente raro era que esa panda de maricones con cara de bueyes le miraban riéndose sin intención de comérselo.
Al principio no lo entendió. Luego sí. Con todos sus antecedentes y como único superviviente de una lucha donde murieron todos... y sin pruebas que lo defendiesen... buff, chungo, muy chungo. Y esa sirena que se escuchaba a lo lejos no era muy tranquilizadora. El Jefe Álvarez le miró... A los tres meses cumplía condena por un asesinato múltiple que nadie, absolutamente nadie, sabía explicar... ni el propio Miguel.
Más sorprendente fue la noche en que se abrió su celda y apareció un individuo que desde luego no era el alcaide de la prisión. ¿Cómo había llegado allí, sin despertar sospechas?
Quien sabe. Sólo supo que se llamaba Logan y que venía a reclutarle para no sé qué mierda de una guerra contra otros seres. Al principio no tragó... pero bueno, maldita sea, le debía la libertad a ese tipo... y, aunque fuese por unos días, le seguiría el juego. Han pasado años y Miguel sigue con Logan... Siempre ha pensado en dejarlo... Pero, qué cojones, esto de matar chupasangre mola cantidad.