![]() |
|
|
|
Reseña
de |
THOR vol. IV nº 26 al 28
|
|
|
Una de las
ventajas de ser un dios, es que los milagros forman parte de tu vida
cotidiana. Condición que se cumple en el mundo del Cómic, donde la
colección que recoge las aventuras de El Dios del Trueno lleva camino
de convertirse en uno de los epítomes más gloriosos de la milenaria
existencia de este personaje divino. Tras
los primeros veinticinco salmos, en los que el celestial trabajo de John
Romita Jr había dotado a la imaginería de la serie del tono empíreo
que las andanzas de un dios entre dioses merece; muchos fueron los
filisteos que preconizaron el advenimiento de siete años de plagas y
sequía sobre los páramos creativos en los que mora el personaje. La
continuidad de Dan Jurgens al frente de la escritura de los versículos,
no garantizaba el mantenimiento de la calidad en la obra, en un medio en
el que es tan necesaria la comunión entre el espíritu (guión) y el
cuerpo (dibujo). Afortunadamente, una vez más en la colección, la
palabra se hizo imagen y anidó entre nosotros; y, durante los tres cánticos
en que Erik Larsen ilustró las gestas de Thor, se mantuvo el tono mesiánico
de la serie. Y
es que, felizmente, el eremita Larsen abandona ocasionalmente el
santuario de Highbrow Enterteiment –perteneciente a la congregación
Image, donde glosa las aventuras de Savage Dragon, apóstol de los
diferentes, al que sus fieles españoles no olvidamos en nuestras
oraciones– para volver a la cofradía Marvel, donde devocionarios como
Amazing Spiderman o Lobezno se han visto engrandecidos con su arte epifánico. En
estos tres episodios la conjunción de Jurgens y Larsen produce una obra
que amalgama lo mejor de las confesiones dragonianas y asgardianas.
Frescura, agilidad y una sensación de que todo vale con tal de contar
bien una historia, desbordan estos pasajes. Gráficamente nos
encontramos ante un Savage Thor en el que las fortuitas desproporciones
y los regates a la perspectiva más elemental ayudan a humanizar al
dios. Las escenas ambientadas en Asgard nos acercan un reino dorado
deudor de Jack Kirby, con encuadres imposibles y decorados
indescriptibles. Erik muestra su impronta en detalles como el intentar
reflejar la fugacidad del tiempo en personajes como Frigga, que pasa de
lucir un aspecto juvenil en su primera intervención, a mostrar un aire
ajado pasadas pocas viñetas. ¡Ah
los caprichos del dios Cronos, que afectan tanto a dioses como mortales!
; ¿o es que acaso, estimado lector, no has sufrido alguna vez la
experiencia mística de yacer con mujer de piel tersa e hidratada, para
levantarte junto a un ente de dermis deslucida y tono macilento?. Esa máxima
de tempus fugit afecta a gran parte del elenco de la obra. Y es
que tanto El hombre absorbente como El grupo destructor han vivido
tiempos mejores; pero claro tras múltiples combates traducidos en
derrotas, y vivir ocultos, mal alimentados y alejados del sol es lógico
que presenten un aspecto desmejorado. Tras
la etapa en que Romita Jr. nos acercó una imaginería poluta y ecuménica,
muchos pueden hallar prosaico el trazo de Larsen. Simplemente nos
encontramos ante una capacidad diferente y una técnica distinta
aplicada al mismo propósito: intentar contar una buena historia,
utilizando personajes y situaciones cuyo origen se pierde en el origen
de la Era Marvel. Aunque, en estos episodios de The Mighty Dragon, es
imposible no apreciar la impronta de un Erik que se las apaña para
dejar su muesca en aspectos que trascienden el apartado gráfico. Los
personajes sufren la desgracia de vivir en un país donde no existe
cobertura sanitaria universal, con lo que se ven obligados a delinquir
para conseguir asistencia médica. Thor alterna con sus compañeros de
correrías, pero dada su condición de príncipe heredero no cae en la
vulgaridad de llevar dinero, con lo que son sus colegas plebeyos los que
pagan las copas. Las mujeres siempre han sido mostradas por Larsen como
iguales al hombre; a falta de una escultural Sharona con la que
deleitarnos los sentidos, Erik lleva este concepto a Asgard, donde Lady
Sif es elegida portadora de El Anillo Imperial mientras Odín concilia
su sueño reparador. Jurgens
mantiene su línea, lo cual conlleva todas las ventajas y desventajas
apreciadas a lo largo de su larga presencia en la serie. Su habilidad
para recuperar tramas soterradas en el relato, su pericia para recurrir
a argumentos clásicos esmaltándolos de un vidriado novedoso, o su
destreza para combinar acción y la narración no nos hacen olvidar sus
deficiencias a la hora de caracterizar algunos personajes y situaciones,
máxime en el aspecto de la identidad humana de Thor, donde ciertos
caracteres y circunstancias hacen agua. En un tiempo de integrismo
religioso, Dan no duda en alejarse de problemas, dejando clara la
existencia de un Dios superior. En un mundo marcado por el deseo, el
asgardiano despierta lujuria donde antes sólo suscitaba admiración. Klaus
Janson se ocupa del entintado de estos episodios, al igual que había
hecho con la mayor parte de los desarrollados por Romita Jr. ; pese a
que Janson tiende a marcar los contornos más que Larsen, su trabajo no
desvirtúa el trazo del dibujante. La
condición de estrella invitada de Larsen, permite al guionista y al
dibujante algunas licencias. Si bien es clásico el utilizar rótulos y
carteles urbanos para homenajear a artistas y compañeros que han
trabajado en una serie, no lo es tanto hacerlo reproduciendo el título
de una colección editada por la Distinguida Competencia
–Walter Simonson, Orion–. Conviene destacar que Mike Mignola realizó la portada del número 26, y que a Larsen lo sustituyó Andy Kubert. Esperemos que la etapa Jurgens-Kubert sea tan satisfactoria como la recién comentada. Aunque es tal el poder de El Dios del Trueno, que pese a los intentos de algunos de sus exegetas herejes por deslucir sus gestas, su gloria siempre acaba venciendo todo sacrilegio. |
|
|
![]() |
||
|
FIRMAS ddLV POR NÚMEROS ddLV POR SECCIONES NOTICIAS E-MAIL |
||