Reseña de
Yexus

ORION
de
Walt Simonson
publicado por
DC Comics

El avance de esta serie iniciada en junio del pasado año no solo confirma el talento que Simonson nos brinda con una generosidad más bien parca sino que delimita el terreno donde el autor despliega su maestría sin trabas. El del drama épico, revestido de la grandiosidad más cósmica posible. Y nada mejor para ello que desarrollar las posibilidades de ese Cuarto Mundo infrautilizado en su día y apenas planteado por un incomprendido Kirby. Ya que Simonson nunca ha sido un gran creador de personajes; la fama de aquel Manhunter dibujado en los 70 no ha perdurado y sus interesantes Starslammers pasan desapercibidos. No, el barbado pelirrojo está destinado a devolver su grandeza a los clásicos más rutilantes, caso de Thor, Los 4 Fantásticos en menor medida o este Orion también hijo de Kirby. Simonson es, desde luego, digno sucesor del Rey pero nunca imitador, conserva su espíritu aunque no sus maneras gráficas: donde Jack era sintético, rayando en lo geométrico, Walt es preciosista y barroco; si el primero ostentaba un trazo depurado y metálico, el del segundo es tosco y en todo caso, orgánico

            Con todo, esta serie es un relevo confeso de los 20 números del Jack Kirby's Fourth World realizados por John Byrne entre 1997 y 1998, un estimable trabajo de otro revisitador de mitos dentro del impasse creativo que sufre. Igualmente encastrado en la esencia de Kirby, recreó la génesis de su mitología y extendió sus consecuencias hasta límites espectaculares. Con su gusto por el homenaje, también aportó unas Tales of the New Gods reminiscentes del propio Asgard que, a base de breves anexos, cimentaban las bases de la cosmogonía que nos ocupa. Simonson ya había dibujado algunos de ellos, además de casi todas las portadas, antes de acometer la continuación de la saga tras el cierre de Byrne. Halló entonces un vasto campo sembrado en el que cosechar el fruto más apetitoso: el insano enfrentamiento entre el irascible y torturado Orión, titular de la serie, y el dios oscuro conocido como Darkseid, su progenitor. También plots tan relevantes como el nebuloso origen del protagonista o la desaparición del Gran Padre, sustituido por Takion al frente de Nuevo Génesis. Y Simonson opta por el continuismo, la integración en un clasicismo pleno en vez de la revisión tan al uso. Utiliza, por tanto, al elenco tradicional de villanos y héroes más o menos divinos además de crear a otros nuevos, como Lady Mortalla o el colosal Clockwerx, guardián del Eje de la propia existencia. Incluso recupera personajes tan clásicos de Kirby como la Newsboys Legion o el Jimmy Olsen que diera lugar a la tetralogía. Tanto la Tierra como Nuevo Génesis, Apokolips, la Galaxia Prometea o el Plano Abismal son escenario de magnas hazañas. Destaca un antológico combate de Orion con Darkseid que ocupa todo un número doble, una lección de narrativa visual solo comparable en su explosiva grandeza con el del propio Thor contra la serpiente Midgard. Hay sorpresas y muertes, descubrimos las tenebrosas entrañas de Apokolips y el jardín oculto en su núcleo.Y el guerrero nato que protagoniza la serie halla finalmente la Ecuación de la Anti-Vida, leit-motif de tantos episodios de Kirby, fuente de poder absoluto y, por tanto, de corrupción infinita. Por lo que, básicamente, la trama incide en la duda existencial de Orion, el héroe torturado, y su confrontación incesante en un doble plano: a nivel personal, contra el demonio del poder, la sed de batalla y la oscura semilla paterna; y a nivel general, contra los sucesivos complots de los herederos y afines a Darkseid, amén de otras amenazas cósmicas. Como punto álgido de ambos, el viaje al oscuro abismo, trasunto meridiano del alma, y el sacrifico definitivo.

            Tan intenso serial, por supuesto, cobra su verdadera dimensión en el dibujo de Simonson -interrumpido por un Byrne que recuerda mejores tiempos en dos números como artista invitado-. Espectacularidad y vigor definen sin duda su quehacer gráfico. Espectacularidad en encuadres y diseño, de viñeta y página; planificación y storytelling que devuelven a la palabra acción ese sentido trepidante tan a menudo ausente del comic-book. Y vigor en el trazo áspero, la potente mancha negra y el rayado; su estética es contundente, como sus ya famosas onomatopeyas. Y sumando ambos factores, sus escenas destilan energía cruda y poder desatado. Lo que unido a una escenografía propia de Cecil B. De Mille y a un oportuno sentido de las proporciones hace que las splash page de Simonson adquieran su verdadera razón de ser. Hablamos de un dibujo donde la tensión prima en las hercúleas batallas tanto como en los acerados diálogos pero que igualmente es capaz de transmitir la melancolía mortal del guerrero divino o la extraña lírica del mundo abismal y su Árbol. A todo ello contribuye, desde luego, el entintado del propio dibujante, a excepción de escasos números terminados por un Bob Wiaceck más inspirado que en su etapa del soporífero Factor X. Y justo es igualmente reseñar la labor de Sherilyn Valkenburg y de Tatjana Wood con sus apropiados y climáticos colores. En Orion, por añadidura, continúan las historias cortas de apoyo, servidas por autores de lujo como Miller, Chaykin y Gibbons o por auténticos hot artists como Jim Lee, Eric Larsen o Rob Liefeld.

            Todo lo mencionado, sin embargo, no es óbice para su escasa comercialidad. O al menos así opina la editorial DC, que prevé cancelar esta serie a la altura del número veinticinco.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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