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Reseña
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ORION
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El
avance de esta serie iniciada en junio del pasado año no solo confirma
el talento que Simonson nos brinda con una generosidad más bien parca
sino que delimita el terreno donde el autor despliega su maestría sin
trabas. El del drama épico, revestido de la grandiosidad más cósmica
posible. Y nada mejor para ello que desarrollar las posibilidades de ese
Cuarto Mundo infrautilizado en su día y apenas planteado por un
incomprendido Kirby. Ya que Simonson nunca ha sido un gran creador de
personajes; la fama de aquel Manhunter dibujado en los 70 no ha
perdurado y sus interesantes Starslammers pasan desapercibidos.
No, el barbado pelirrojo está destinado a devolver su grandeza a los clásicos
más rutilantes, caso de Thor, Los 4 Fantásticos en menor medida o este
Orion también hijo de Kirby. Simonson es, desde luego, digno sucesor
del Rey pero nunca imitador, conserva su espíritu aunque no sus maneras
gráficas: donde Jack era sintético, rayando en lo geométrico, Walt es
preciosista y barroco; si el primero ostentaba un trazo depurado y metálico,
el del segundo es tosco y en todo caso, orgánico Con
todo, esta serie es un relevo confeso de los 20 números del Jack
Kirby's Fourth World realizados por John Byrne entre 1997 y 1998, un
estimable trabajo de otro revisitador de mitos dentro del impasse
creativo que sufre. Igualmente encastrado en la esencia de Kirby, recreó
la génesis de su mitología y extendió sus consecuencias hasta límites
espectaculares. Con su gusto por el homenaje, también aportó unas Tales
of the New Gods reminiscentes del propio Asgard que, a base de
breves anexos, cimentaban las bases de la cosmogonía que nos ocupa.
Simonson ya había dibujado algunos de ellos, además de casi todas las
portadas, antes de acometer la continuación de la saga tras el cierre
de Byrne. Halló entonces un vasto campo sembrado en el que cosechar el
fruto más apetitoso: el insano enfrentamiento entre el irascible y
torturado Orión, titular de la serie, y el dios oscuro conocido como
Darkseid, su progenitor. También plots tan relevantes como el nebuloso
origen del protagonista o la desaparición del Gran Padre, sustituido
por Takion al frente de Nuevo Génesis. Y Simonson opta por el
continuismo, la integración en un clasicismo pleno en vez de la revisión
tan al uso. Utiliza, por tanto, al elenco tradicional de villanos y héroes
más o menos divinos además de crear a otros nuevos, como Lady Mortalla
o el colosal Clockwerx, guardián del Eje de la propia existencia.
Incluso recupera personajes tan clásicos de Kirby como la Newsboys
Legion o el Jimmy Olsen que diera lugar a la tetralogía. Tanto la
Tierra como Nuevo Génesis, Apokolips, la Galaxia Prometea o el Plano
Abismal son escenario de magnas hazañas. Destaca un antológico combate
de Orion con Darkseid que ocupa todo un número doble, una lección de
narrativa visual solo comparable en su explosiva grandeza con el del
propio Thor contra la serpiente Midgard. Hay sorpresas y muertes,
descubrimos las tenebrosas entrañas de Apokolips y el jardín oculto en
su núcleo.Y el guerrero nato que protagoniza la serie halla finalmente
la Ecuación de la Anti-Vida, leit-motif de tantos episodios de Kirby,
fuente de poder absoluto y, por tanto, de corrupción infinita. Por lo
que, básicamente, la trama incide en la duda existencial de Orion, el héroe
torturado, y su confrontación incesante en un doble plano: a nivel
personal, contra el demonio del poder, la sed de batalla y la oscura
semilla paterna; y a nivel general, contra los sucesivos complots de los
herederos y afines a Darkseid, amén de otras amenazas cósmicas. Como
punto álgido de ambos, el viaje al oscuro abismo, trasunto meridiano
del alma, y el sacrifico definitivo.
Tan intenso
serial, por supuesto, cobra su verdadera dimensión en el dibujo de
Simonson -interrumpido por un Byrne que recuerda mejores tiempos en dos
números como artista invitado-. Espectacularidad y vigor definen sin
duda su quehacer gráfico. Espectacularidad en encuadres y diseño, de
viñeta y página; planificación y storytelling que devuelven a
la palabra acción ese sentido trepidante tan a menudo ausente
del comic-book. Y vigor en el trazo áspero, la potente mancha negra y
el rayado; su estética es contundente, como sus ya famosas
onomatopeyas. Y sumando ambos factores, sus escenas destilan energía
cruda y poder desatado. Lo que unido a una escenografía propia de Cecil
B. De Mille y a un oportuno sentido de las proporciones hace que las splash
page de Simonson adquieran su verdadera razón de ser. Hablamos de
un dibujo donde la tensión prima en las hercúleas batallas tanto como
en los acerados diálogos pero que igualmente es capaz de transmitir la
melancolía mortal del guerrero divino o la extraña lírica del mundo
abismal y su Árbol. A todo ello contribuye, desde luego, el entintado
del propio dibujante, a excepción de escasos números terminados por un
Bob Wiaceck más inspirado que en su etapa del soporífero Factor X. Y
justo es igualmente reseñar la labor de Sherilyn Valkenburg y de
Tatjana Wood con sus apropiados y climáticos colores. En Orion,
por añadidura, continúan las historias cortas de apoyo, servidas por
autores de lujo como Miller, Chaykin y Gibbons o por auténticos hot
artists como Jim Lee, Eric Larsen o Rob Liefeld. Todo lo mencionado, sin embargo, no es óbice para su escasa comercialidad. O al menos así opina la editorial DC, que prevé cancelar esta serie a la altura del número veinticinco. |
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