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PROFESIONAL
... MUY PROFESIONAL
Una de las cosas que creo que no están muy definidas, para bien
o para mal, en la industria del cómic es cuando un crítico/articulista/analista,
o cómo se quiera llamar, es un profesional o no.
Este tema daría, no para una, sino
para un buen montón de columnas. Y es que se podría hablar de la
necesidad de la crítica, la función que cumple, la que debería de
cumplir, la preparación que deberían de tener, etc. Lo cierto es que
es un tema tan complejo que no lo voy a tratar aquí, pero de lo que sí
voy a hablar es de lo que, según mi criterio, marca la diferencia entre
un profesional de la crítica y un simple aficionado.
Esta diferencia, aunque suene a
perogrullo, consiste en que un profesional sabe de lo que habla basándose
en datos, teniendo un criterio definido y una capacidad de análisis
importante. El no profesional no analiza ni se basa en datos, sólo
expone sus opiniones. Y, desgraciadamente, creo que muchos
autodenominados profesionales caen en esto último. Es muy fácil leer
en diferentes revistas artículos y reseñas donde una determinada
persona escribe sobre un cómic y reflexiona sobre él. Puede compararlo
con otras obras relacionadas por temática, por formato o por distribución.
Puede situarlo dentro de la evolución artística de sus autores. Puede
estudiar su formato y periodicidad. En fin, puede analizar la obra, y
decir que le parece buena, mala o regular. Hasta aquí perfecto, por
poco que se haya documentado, el articulista nos está brindando una
información, que si bien podemos estar de acuerdo con ella o no,
siempre tendrá su utilidad. El
problema surge cuando el articulista intenta ir más allá. Y sin
conocer la opinión de los lectores, el tipo de distribución del
producto, las ventas, el perfil del cliente ni las características del
proceso de producción, emiten juicios de valor tales como este producto
no llega a los jóvenes, nadie entiende porque se utiliza ese tipo de
papel o no entiendo como cierran esa colección. Es aquí donde los
supuestos profesionales dejan de serlo. Confunden sus opiniones, o las
de sus amigos, con los hechos. Y
lo que es peor confunden a los aficionados que leen sus textos. Así
emiten verdades absolutas que en realidad son mentiras disfrazadas de
verdades. En lugar de analizar seriamente un tema, se prefiere decir una
serie de tonterías porque así el articulista gana imagen de progre, de
combativo, de conectar con el público, de decir las verdades como son,
de ir un paso más allá o quién sabe qué. Penoso. En
cualquier caso, afortunadamente, cada vez más la profesionalidad se va
imponiendo. Pues eso. Hop! |
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