por  FRANCISCO NARANJO

Borges en PERRAMUS de J. Sasturain & A. BrecciaHa entrado ya el otoño, pero el sol aún calienta en la espalda, se derrama sobre la mesa donde se amontonan descuidadamente los folios llenos de frases tachadas, repetidas, tachadas otra vez. El cuento no avanza, las piezas no acaban de encajar. Hay también una novela de Haruki Murakami, de quien Tusquets editó antes del verano la colosal “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo”, un volumen titulado “The Peanuts Treasury” y la segunda entrega de “Slow News Day”, el nuevo serial de Andi Watson. 

El sol calienta, en fin, y a lo mejor una cerveza fría ayuda a aclarar las cosas en mi cabeza, o sobre el papel, o qué sé yo. Vamos a ver, a mí quién me manda meterme en estos jardines? ¿Por qué escribimos, qué impulsa a alguien a intentar construir una trama, desarrollar unos personajes, enredarse en los diálogos y quedarse, en el mejor de los casos, a medio camino de donde quería llegar?Borges en PERRAMUS de J. Sasturain & A. Breccia

Como lector, necesito consumir historias. Necesito mi dosis diaria de ficción, aunque la realidad la supere a menudo con creces, como volvió a demostrarse el pasado mes de septiembre.. Pero, si miro lo que hay sobre la mesa, si reflexiono un poco antes de continuar con este texto que vuelve a ser, me temo, muy poco específico, tengo que llegar a la conclusión de que no son los argumentos lo que me interesa, no es la peripecia narrada lo que busco en las páginas de una novela o en las planchas de un tebeo. Lo que de verdad me atrapa son los personajes.

Tampoco hay que llamarse a engaño y hacer de todo esto una especie de credo personal: un buen guión de Bruce Jones me seguirá admirando siempre por la matemática de su construcción, y la magia de Borges es tan abstracta, tan estilizada, que hasta sus tangos son fríos como el hielo. Pero, como aprendiz de creador que a veces quiero ser, no puedo dejar de envidiar la oportunidad que la tira de prensa norteamericana, por ejemplo, ofrece a sus autores de desarrollar unos personajes, de relacionarlos, hacerlos respirar, vivir, durante un tiempo indefinido. 

Jaime HernándezSi leo a Murakami es porque sus chicas son tan tiernas y extravagantes como las de Jaime Hernández, porque sus protagonistas se paran a comer rodajas de pepino con salsa de soja, o beben un vaso de agua después de hablar por teléfono. Si me interesa la obra de Schulz es, entre otras muchas cosas, porque conozco a cada niño como si hubiera crecido entre ellos. Si leo a Andi Watson o a Dupuy y Berberian es porque me creo a la gente que puebla sus tebeos. No porque sean más o menos reales: porque son creíbles, porque transmiten familiaridad, cercanía.

Todo lo cual no me acerca ni un poquito a la pregunta del principio: ¿por qué escribimos? El bueno de Charlie Brown contestaría que lo hace para la muchacha pelirroja de su clase. No es la peor razón que a uno se le ocurre.

Al hilo del pepino y el vaso de agua... pensé durante un tiempo en escribir un libro sobre manga que fuera más allá de saquear los datos de Frederik L. Schodt y Alfons Moliné. Aún anoto cosas que podrían servirme si algún día me decidiera a intentarlo. Por ejemplo, ¿no se ha dado cuenta nadie deRANMA 1/2  por Rumiko Takahasi que sólo en la Historieta japonesa se habla de comida? Sus personajes sí comen y beben, sí le dan importancia a ese tipo de detalles cotidianos, incluso en títulos tan descabellados como los de la Takahashi. 

Puede que parezca una apreciación un poco banal, no sé... ¿alguna idea?

 Francisco Naranjo, octubre 2001

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