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UN COMPROMISO ACADEMICO CON LOS COMICS
Los cómics en el marco cultural de las sociedades modernas han sufrido
muchas veces una desventurada trayectoria crítica represiva. Los estudiosos
del cómic en los Estados Unidos suelen mencionar la figura del psiquiatra
Fredric Wertham y su libro The Seduction of the Innocent de 1954 donde criticaba abiertamente a los cómics al señalar que ejercían una nefasta
influencia sobre los niños. Para Wertham existía una estrecha relación entre
el consumo de cómic de temática policiaca y criminal, y la delincuencia
juvenil. Esto originó un profundo debate en los Estados Unidos que generó la
imposición de una especie de censura a través del Comic Code que debía
aprobar antes la publicación de cualquier ejemplar. Dicha autorización
aparecía en el margen derecho de la cubierta del cómic e indicaba que el
ejemplar había pasado las barreras de control.
Los cómic en el momento que aparece el libro de Wertham eran algo inherente
en la sociedad norteamericana y producían grandes beneficios. Se vendían
unos 90 millones de copias al mes y desarrollaban múltiples temáticas entre
las que destacaban las de misterio, crímenes o terror. La sociedad norteamericana mostraba a través de la crítica de Wertham una doble moral al
reducir la violencia juvenil a una simple equivalencia con el fenómeno de la
lectura de los cómics, sin analizar la problemática real de su sociedad que
incluía en su constitución el derecho a poseer un arma -este derecho continua todavía en vigor-. Tampoco se preocupaba esa sociedad americana de
los años cincuenta de reflexionar sobre la incidencia que podía tener en los
adolescentes las situaciones de extorsión y asesinatos de la mafia -cabecera
de los principales periódicos-, los delitos de odio racial en estados en
donde la desigualdad estaba reconocida por la ley o la violencia doméstica
tan poco tratada entre los sociólogos del momento y tan común en muchos
hogares.
Esta preocupación por los niños que leían cómics surgió en mi opinión porque
el radio de lectura se amplió. Con ventas millonarias significaba que ya no
eras sólo los hijos de la clase trabajadora los que los leían sino que
también los hijos de la próspera clase media disfrutaban de sus viñetas. La
reacción en contra de los cómics significaba una reacción contra una nueva
forma de cultura de masas que se les había escapado de su control a las
élites culturales y a los organismos políticos relacionados con dichas
élites.
El cómic tenía tan buena acogida de publico que si no se vigilaba de cerca
su contenido existía el riesgo de que desarrollase temáticas poco apropiadas
para los códigos morales, políticos y culturales de su sociedad. En el caso
español es interesante destacar como el personaje de Carpanta creado por
Escobar tuvo serios problemas con la censura y estuvo a punto de desaparecer
a finales de los cincuenta porque alguien presionó en la redacción de Bruguera afirmando que en la España de aquel momento nadie pasaba hambre.
Afortunadamente el tema no transcendió y el popular personaje continuó
apareciendo. Sin embargo este no fue un caso aislado, otro personaje de Escobar, Doña Tula, que era una suegra de carácter endiablado fue prohibida
por atentar contra la sagrada unidad del matrimonio.
A muchos estudiosos de los cómics nos gusta trazar la genealogía de su
historia, delimitar sus comienzos y establecer una detallada descripción de
su relación con los diferentes ámbitos de la sociedad. Los dos ejemplos que
he mencionado sirven para ilustrar la complejidad de este espacio expresivo
que tanta importancia ha tenido en el siglo veinte como voz cultural masiva
de su época. Que Doña Tula fuese un personaje subversivo es un dato muy
importante que nos ayuda a reconstruir la mirada fascista de la época, a
imaginar de forma más certera la intransigencia del universo político y
social de la España del momento.
Pero el estudioso de los cómics no sólo se limita a trazar su genealogía o a
insertar su historia en un contexto social y político. El estudioso del
cómic reivindica un espacio de análisis cultural propio para el cómic. Es
decir que no quiere que el conocimiento de los cómic dependa sólo de otros
espacios críticos que lo incluyan o lo mencionen. La historia y la sociología han aportado muchísimos ensayos sobre el tema, también los
estudiosos de la comunicación y los lingüistas han desarrollado importantes
labores analíticas de indudable calidad. Por ejemplo los trabajos de Eco de
los años sesenta sobre los cómic son conocidos incluso por los desconocedores del cómic. Sin embargo a esa perspectiva desde otra ciencia
que toma como objeto de estudio el cómic le falta otra que convierta su
objeto de estudio en ciencia. Desde mi perspectiva académica de estudio los
cómics entran en diálogo con los espacios de lo canónico, y desde su contexto socio-histórico construyen una narrativa de de representación, y
en este esfuerzo por reescribir la narrativa de representación de cada cómic
están contenidas numerosas posiciones ideológicas adscritas a la historia
cultural de su momento.
Insertar a los cómic en el espacio de lo canónico nos permite un diálogo
fluido con las disciplinas intelectuales. Pero no sólo eso, sino que da
autoridad al cómic para que en ese esfuerzo por reescribir su narrativa, se
puedan descifrar los tipos de miradas que cada sociedad ofrece en su momento, y se pueda percibir el pulso revolucionario, contestatario,
represor, crítico, fantástico que cada sociedad esconde bajo la aparente
uniformidad de un medio masivo. Personalmente tengo un compromiso académico
con los cómics que me lleva a reivindicarlos como área autónoma de estudio
que dialoga con otras áreas. Eso hace que muchas veces me sienta invisible
porque casi nadie toma en serio en la academia ni a los estudiosos de los
cómics ni a los poetas. Sin embargo, ni dejo de estudiar los cómics reivindicando su espacio académico ni dejo de escribir poemas. Merino
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