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JAIME DELANO |
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El
horror Así que durante dos años has estado trabajando con un editor para
desarrollar un concepto, una línea de personajes y una ambientación
que pueda mantener una serie regular de cómics, por lo que esperas que
sea un tiempo ilimitado. Te
has esforzado heroicamente en escarbar la demente realidad en la que
vives, extrayendo y redefiniendo las vagas esperanzas, temores e ideas
que nutrirán tu imaginación; has intentado atrapar tus conceptos en
frases que muestren un fuerte potencial comercial y una estructura dramática
lo suficientemente sólida como para convencer a la editorial de que
invierta el dinero necesario para realizar tu trabajo. Sabes que el 90% de lo
que has escrito es pura basura; que la sólida estructura dramática está
construida sobre las arenas movedizas de la ilusión; que las
cuidadosamente planeadas “ideas de presentación de la serie”, son
en realidad una sucesión de memeces, y que con toda seguridad
cualquiera puede darse cuenta de que la maravillosa creación que
propones nunca podrá ser viable en la realidad. Pero los mamones confían
en ti. Lo compran. Se contrata a un
dibujante que comienza a planear como mantendrá a su familia con los
beneficios que tu locura promete generar. Se planifica la publicidad
previa. Se disemina el título de tu obra maestra entre la comunidad artística.
El trabajo se convierte en una realidad en la mente de lectores y compañeros
de profesión antes de que hayas escrito las primeras indicaciones de
trabajo para el dibujante o realizado una vacilante copia que aclare tus
ideas. Cuanto más te retrasas,
más aumenta el peso de todas esas esperanzas sobre ti. Tienes que
empezar. Tienes que acercarte a esa fea y cruda masa de barro que te
planta cara, sumergir en ella tus torpes y brutales dedos y moldearla de
manera adecuada, dotarla de vida, ponerla a caminar y hablar, a
interactuar con el mundo... Pero primero debes
responder a tus mensajes electrónicos, liar los cigarrillos, preparar
un litro de café. Después debes despejar tu mesa, actualizar el
antivirus de tu ordenador, regar las plantas, redecorar tu despacho, dar
un paseo por el parque, poner a punto el coche, gastar la mayor parte de
tu cuenta bancaria en proporcionarte los últimos estímulos necesarios. Una semana más tarde, el
barro mantiene su monstruoso aspecto incoherente, el archivo de tu
procesador de textos al que cuidadosamente habías puesto un nombre
continúa vacío y El Horror se pone en marcha. La idea es inabordable.
La trama es una masa pegajosa de spaghetti. Tal vez hubo un tiempo en
que atesoraste cierto talento, pero ahora mismo estás quemado. La
Palabra que te daba poder te ha abandonado, para poblar una mente más
privilegiada. Eres un fraude. ¡Admítelo!. ¡Olvida el orgullo!. ¡Retírate
arrastrándote y muérete!. Pero fue por este momento
de desazón, experimentado tantas veces con anterioridad, que escribiste
las palabras de James Joyce en la parte baja de la pantalla de tu
ordenador. Las lees ahora, mientras prendes un cigarrillo e inhalas una
resolutiva calada, cargada de nicotina: “¡Escribe, maldito!.
¿Para qué coño más vales?”. Obedeces. Tus temblorosos
dedos se acercan furtivamente al teclado, sigilosamente acaricias y
besas las teclas, desarrollas seguridad, saboreas las palabras y las
masticas en palabras, enrollándolas con tu lengua. Inconscientemente te
deslizas en tu historia... y ésta se desliza en ti. War Baby arde mientras corre desnuda cruzando una
cortina de napalm. Es hermosa. Billy Bad News sale a atraparla. A 10.000 millas de
distancia, el arcano corazón maligno de su padre late a un ritmo
acompasado al de Billy. Diez pies a su espalda, bajo el cobijo de un
arma de fuego, Huey Kid Gloves carga el arma mientras le atrae, cual
reptil, hacia su ejecución. War Baby sigue corriendo,
dejando jirones de piel enredados en las manos de Billy; restos de
virginal pergamino demasiado pequeños para escribir en ellos, aunque
quedara algo por decir. Tras releer estas
primeras frases, te das cuenta que el barro se ha apiadado de ti, adentrándose
en la crudeza de la vida e identificándose mediante el discurso... Tu
primer personaje cobra vida y alarga su mano, ofreciéndose a guiarte
por las infinitas posibilidades de su historia... ¿Qué podría ser más fácil?.
Arrojas tus mapas y le sigues a donde él, y los otros personajes que te
presenta, te llevan. No necesitas una trama. No necesitas ceñirte a tus
absurdas promesas. La historia ya existe en su propia realidad. Solo
necesitas descubrirla, desplazarte por ella esperanzado, tomando notas
mientras avanzas. ¿Cómo pudiste haber
dudado?. ¿Cómo pudiste haber olvidado que La Palabra es tu amiga?.
Confía en ella. No te extraviará, no te dejará solo y mudo en una
torre de Babel sin sentido... Ahora todo irá bien. De
verdad, lo hará... |
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