EXTRAÑO EN TIERRAS DARONIANAS
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Llegaremos a Khan en un par de horas – dijo Draug -. Y bueno, no creo que a la
gente le haga mucha gracia ver a tu amiga hada rondando. La gente no cree en
ello y te podrían acusar de ser un brujo o algo así.
Aun confuso por lo que ocurría, Link no tenía más remedio que seguir a aquella persona que le había recogido la noche anterior. No recordaba que existiese alguna ciudad llamada Khan, pero sus sospechas de que la ocarina le hubiese llevado más allá de Hyrule de lo que se imaginaba se iban confirmando. Fëadraug ya le explicó a Link que seguramente aquellos orcos no andaban lejos si buscaban algo más que una yegua y una ocarina para robar y que en Khan podrían conseguir más información. Eso hizo que el muchacho se sintiese un poco más aliviado.
El gran letrero que vieron dos horas después de ir caminando y donde se leía “"Bienvenido a Khan, donde encontrará TODO lo que quiera" les anunciaba la llegada a aquella ciudad. Una urbe grande y que a Link le recordó mucho el mercado que había cerca del castillo de la princesa Zelda, pero de un tamaño unas cien veces mayor. Mucha gente iba de un lado para otro, cargando con todo tipo de objetos, ya fuese para vender o para llevárselos a casa tras una buena compra. Link observó la variedad de seres que había en la ciudad. Había gente que no tenía orejas puntiagudas y eran los más numerosos del lugar; luego vio a otros seres bastante más bajos y robustos, con grandes hachas y largas barbas de diversos colores. También le parecieron curiosos aquellos rechonchos personajes de baja estatura y pies grandes y velludos. Fëadraug se dio cuenta de cómo Link observaba la presencia de humanos, enanos y medianos como algo nuevo para él.
- Seguramente en el lugar de donde procedes sólo haya elfos – comentó Fëadraug.
- ¿Elfos? – Link también parecía desconocer aquella palabra, y esto dejo a Draug algo confuso.
- Er... bueno, ya sabes, gente como tú y yo...
- Es decir, que tú eres uno de esos... hmm... elfos, ¿no? Pero yo no soy elfo, yo soy un Hyliano.
- Oh, ya veo – Draug se rascó la sien, algo confundido -. Entonces parece que sí que es cierto eso de que no eres de Daron... pero ya te dije que te ayudaría a volver a Hyrule para que siguieses con tu misión. Preguntemos por si han visto a esos orcos por los alrededores.
Durante algo más de una hora, Draug visitó todas las tabernas de Khan. Nadie le dio información exacta acerca de algún grupo de orcos que estuviese por la noche en los bosques cercanos a Khan ni si habían visto a una yegua o una ocarina. Poco a poco parecía que Link perdía toda esperanza de encontrara su yegua, pero un rugido de su estómago lo interrumpió.
Recordó que en todo el día no había probado bocado y decidió separarse de su compañero elfo para buscar algo que comer. Llegó a un pequeño puesto donde pudo ver gran cantidad de frutas: manzanas rojas y apetitosas junto a sabrosas peras y pequeñas mandarinas le hacían la boca agua. Aunque estaba dudando un poco, al final decidió comprar unas cuantas manzanas. Antes de que el tendero le dijese el precio, Link sacó de la bolsa que colgaba de su cinto lo que parecía una gema alargada y de color azul oscuro, que poseía un brillo increíble. Al tendero se le abrieron los ojos de par en par, pero pronto se recuperó de la impresión de aquella joya.
- Esto, chico... son siete coronas por las manzanas, y creo que tu rubí es, es...
- ¿Coronas? – se quedó extrañado Link -. Lo siento, de eso no tengo, pero espero que estas cinco rupias sean suficientes.
Al oírlo, el tendero comenzó a reír de forma escandalosa. Los demás comerciantes se quedaron mirando a donde estaba el puesto de frutas y algunos no pudieron ocultar su sorpresa ante la gema que Link aún tenía entre sus manos.
- Oye, chico, ¿por quién demonios me has tomado? – dijo al fin el tendero -. Venga, la broma ha estado muy bien. Ahora ya puedes estar largando esas siete coronas.
- No iba en broma, señor. Verá, yo es que de donde procedo sólo tenemos rupias...
- ¿Y no sabes lo que son las casas de moneda, muchacho? Cambia tus infectas rupias por coronas, pero hasta que no vea lo que tienes que darme, no tendrás manzan...
Dos monedas de cobre, una de cinco coronas y otra de dos, cayeron sobre el mostrador, enfrente del tendero. Aquel hombre alzó la vista y observó a Fëadraug justo detrás de Link.
- Disculpe a mi amigo, señor – dijo Draug -, pero no tuvo tiempo de cambiar sus rupias. Acepte mis coronas pues.
Refunfuñando, el tendero le dio las manzanas al elfo, quien sonreía ante lo divertido de aquella escena. Él y Link se fueron del puesto y caminaron hacia una de las posadas de la ciudad. El sol ya estaba poniéndose y las calles de la ciudad se vaciaban poco a poco.
- Me cogió sorprendido lo de las... monedas - comentaba Link, tratando de disculparse -. El hambre... bueno, ya sabes.
- No pasa nada, hombre. Te entiendo, en ese momento no podías pensar en otra cosa que no fuese comer y no caíste en la cuenta de que no estabas en Hyrule. No te culpo de ello, aunque la próxima vez avísame cuando tengas que comprar algo.
- Oh... bueno, lo haré.
Tras pagar las dos habitaciones de la posada, Draug y Link subieron las escaleras. El lugar parecía rústico, pero acogedor. A Link el sitio le parecía estar muy bien, y más tras haber estado días por los campos de Hyrule, siempre con todos sus sentidos en alerta por si le atacaban, ya fuese de día o de noche. Saber que estaría una noche durmiendo sin que nadie le molestase le sonaba bien.
Pero otra vez volvió a su mente lo que aún tenía pendiente por hacer: debía encontrar a Epona y recuperar la Ocarina del Tiempo. Se imaginó lo que Ganondorf podría estar haciendo en esos momentos, lo que podría estar pasándole a Zelda. Se quedó mirando a su alrededor; estaba tan acostumbrado a que Sheik apareciese de repente cuando él no sabía qué hacer que creyó que incluso las barreras entre los mundos se romperían a voluntad de aquel misterioso personaje. Pero Sheik no apareció, aunque alguien ya suplía su carencia con creces.
- No has de preocuparte, mañana iremos de nuevo al bosque a buscar a esos orcos – las palabras de Fëadraug sacaron a Link de sus pensamientos -. Confía en mí, encontraremos a Epona y tu ocarina.
Sin saber que decir, Link asintió. Fëadraug abrió la puerta de su habitación y le invitó a entrar.
- Charlaremos un rato – dijo el elfo – y de paso Navi podrá estar un poco a sus anchas – y señaló el gorro de Link, que no dejaba de moverse.
Cuando entraron en la habitación y cerraron la puerta, al fin la pequeña hada salió de su escondrijo de forma tan violenta que casi hacía que el gorro de Link saliese despedido hacia una de las estanterías de la habitación. El hada miró a su alrededor. Una habitación mediana con paredes de color beige y una cama individual. También había un escritorio y una silla, ambos de madera.
- ¡Uf, ya estaba un poco harta de no hacer nada! – refunfuñaba el hada.
Link y Draug rieron. Navi parecía un poco molesta, pero se unió a las risas mientras revoloteaba alrededor de sus compañeros.
Mientras se comía su manzana, Link escuchaba atentamente a Fëadraug acerca de aquel mundo en el que estaba. Aquella mañana, mientras iban a Khan, Link le había explicado a Draug todo lo que creía que debía saber el elfo acerca de Hyrule y de lo que había acontecido. Confiaba de alguna manera en aquel elfo, aunque la verdad era que si había confiado en Sheik, que era un completo desconocido, ¿por qué no en alguien que se decidía a darse mejor a conocer?
Escuchaba los nombres diversos que salían de los labios de Draug. Se enteró de que el Imperio Soldeví, donde se encontraban ahora, no era más que un reino dentro de un gran continente llamado Salk. Oyó varios nombres de ciudades y Fëadraug fue haciendo pequeños comentarios sobre cada una. Sabía que la capital del imperio era Solderai, que Milgazzia la seguía en importancia y ya se sabía los nombres de las cinco ciudades mágicas más importantes. Draug también le habló del Reino Élfico, de donde él procedía, y también sobre un reino en las llamadas Tierras Orientales que permanecía aislado del resto del mundo.
- Vaya, debe haber una gran diversidad de gentes en este mundo, si ya en un solo continente existe tantas peculiaridades – dijo Link sorprendido por lo que escuchaba -. Espero que más o menos me oriente con esa información.
- Yo creo que es suficiente, Link – respondió Navi, acercándose al muchacho -. Puede que nos sirva para pasar desapercibidos mientras la gente crea que eres un... esto... un elfo. Pero yo sigo pensando que no debería estar oculta a la vista de todos, ¿no?
- Siento decirte que no, Navi – Fëadraug miró a la ventana y luego al hada -. La gente piensa que las hadas no son más que una leyenda. Además, su descripción es distinta a la tuya. Y cualquiera diría que eres un espíritu invocado por algún brujo malvado. Muchos dedos apuntarían a Link y no quiero que tengáis problemas mientras tratáis de volver a Hyrule.
- Eso me recuerda – Link se incorporó y se acercó al elfo -, ¿qué información has conseguido exactamente de las gentes de esta ciudad, Draug?
Fëadraug suspiró antes de comenzar a hablar:
- Nadie dijo nada de haber visto anoche a una yegua, pero sí que vieron orcos internarse en los bosques. Un par de exploradores trataron de seguirles, pero perdieron de inmediato su rastro. Al parecer, ya ha habido avisos de orcos en esta zona y la información disponible apunta al clan orco del Demonio Azul como el posible grupo que se haya instalado en la región. Si mi estudio sobre los orcos no me falla, son de los más fieros guerreros orcos del continente, así que debemos andar con cuidado – miró la espada de Link atentamente -. ¿Eres buen espadachín?
Link sacó la espada de su funda mientras se apartaba de Draug. Hizo un par de movimientos rápidos y algunas florituras. Luego guardó de nuevo la espada y sonrió satisfecho.
- Un arma de gran poder, por lo que he podido sentir – confesó Draug -. Así que ésa es la prodigiosa Espada Maestra de Hyrule. Si de verdad un gran héroe de tu reino ha de portarla, puede que el destino haya hecho bien en elegirte.
El elfo estuvo tentado de sacar la espada que él llevaba a la espada, pero decidió que no era buena idea.
Le pidió una manzana a Link y los dos continuaron hablando. Esta vez trataban de idear buenas estrategias para evitar que se les escapasen los orcos en cuanto tratasen de seguirlos. Fëadraug, aun diciendo que él era un druida, había sorprendido a Link con sus conocimientos como explorador. También las ideas de Link y los consejos de Navi dejaron un buen sabor de boca al elfo. Los tres esperaban a que pronto fuese de mañana y poder partir en busca de Epona y la Ocarina del Tiempo.
CONTINUARÁ...