EL ENCUENTRO CON LA LEONA

            Tal y como habíamos acordado, a las nueve y cuarto estábamos frente a la armería. Maese Julius había llegado cinco minutos antes, con aquel paquete entre sus manos. Tenía curiosidad por saber qué llevaba ahí, pero preferí no interrogar al mediano en ese momento.

Nos guió por las calles hasta un pequeño almacén. Entramos y vimos a un hombre sentado cerca de unas cajas, que nos miraba con cierta desconfianza a Tursk y a mí.

Maese Julius hizo un pequeño gesto y alzó el paquete. El hombre apartó varias de las cajas y mostró una trampilla en el suelo. La abrió y se podían ver unas escaleras de bajada por el hueco. Seguimos a Maese Julius, que tras dar las gracias al hombre había comenzado a bajar las escaleras.

Y allí estábamos los tres, Maese Julius, Tursk y yo, dirigiéndonos hacia lo que debía ser el camino a la guarida del gremio de asesinos de Mant. Recorrimos un amplio pasillo subterráneo. Dos hombres con trajes ajustados negros salieron a nuestro encuentro. Su piel, casi carente de color, y sus fríos, negros y opacos ojos me produjeron un pequeño escalofrío al verlos. Maese Julius y Tursk no estaban en absoluto intimidados. El mediano saludó amablemente a aquellos hombres, los cuales se inclinaron como respuesta al saludo.

Al fondo, una puerta se abrió y una luz más intensa llegó al pasadizo, dejando ver más detalles de las paredes de piedra, que de todas formas no eran muchos, aunque sí variados. Pequeñas runas enanas, algunas inscripciones élficas e incluso caracteres orientales se podían observar tallados en la piedra. Desconocía por completo qué decían aquellos símbolos. Sólo se me dan bien los idiomas del Caos y algunas lenguas muertas… lo que una cazadora de brujos debe conocer para tratar con sus presas.

Entramos en la siguiente habitación. Una estancia muy amplia, donde se podían ver gran cantidad de velas encendidas. Varios personajes de aspecto siniestro nos miraban. Cuando se fijaban en Tursk o en mí, se notaba en ellos cierta desconfianza; en cambio, si miraban a Maese Julius, lo hacían con gran respeto.

 

Pronto se nos acercó una figura femenina. Las luces dejaron ver que aquella mujer era una félida, en concreto una mujer-lince. Tenía unos penetrantes ojos dorados que brillaban intensamente con la luz de las velas. No era muy alta y vestía con ropas ajustadas y oscuras. Se fijó en nosotros tres y parecía sonreír.

- Me alegra verle por aquí, señor Sereg – dijo la mujer-lince -. Sekhmet le está esperando.

- Espero que no se haya impacientado mucho, querida Xenirr – le respondió el mediano, y luego nos miró a Tursk y a mí -. Por cierto, éstos son...

- Les conozco – le interrumpió Xenirr y la mujer-lince se quedó mirándome -. Sandra Jenet, la Dama del Pueblo... he oído hablar de ti en boca de varios juglares – luego miró a Tursk -. Y tú eres Tursk, del Clan del Wyrm. Un gran guerrero, según se cuenta.

Creí ver que Tursk se ruborizaba cuando Xenirr le dijo aquello. La verdad es que nunca se esperaría que más de una persona lo valorase tan positivamente. En cierta manera, a mí también me afectaba un poco el estereotipo de ver con malos ojos a los semiorcos.

La mujer-lince nos llevó hacia una de las muchas puertas de la sala, una robusta puerta de madera, como todas las demás. Pero la diferencia que había era la figura de una leona grabada en la madera, una leona acechando, mirando directamente a quien estuviese frente a la puerta. Era tan real ese dibujo que casi podría decirse que aquella leona ficticia podría saltar de la pared hacia delante, para cazar a quien tuviese enfrente.

Xenirr abrió la puerta. Ella se quedó fuera mientras nosotros pasábamos a una habitación amplia, pero bastante más pequeña que la que acabábamos de dejar. Había unas cuantas velas encendidas, las suficientes para iluminar toda la estancia. Una cama, una mesita de noche, un armario, una mesa y una silla eran los únicos muebles que podían verse en la habitación. Y frente a nosotros se encontraba la mujer que buscábamos.

La imponente figura de Sekhmet nos observaba con una mirada decidida. Los ojos cobrizos de la mujer-leona no se perdían detalle alguno de nosotros ni de su alrededor. Era muy alta, aunque no consiguiera superar a Tursk en altura, pero incluso entre las de su raza superaba a la media. Aunque no parecía muy musculosa, se sabía que Sekhmet poseía una gran fuerza bajo ese aspecto no tan hercúleo. Sus ropas, de color verde muy oscuro, eran parecidas a las de Xenirr, pero las de Sekhmet eran más anchas. Su cola se movía lentamente, de un lado a otro, como indicando el estado de ánimo de aquella félida. Y según podía adivinar, debía estar muy tranquila y, tal vez, contenta.

En todo momento, la mano izquierda de la mujer-leona, cubierta por un grueso pelaje y con unas extrañas pinturas que parecían ser alguna especie de runa, acariciaba el muñón de su brazo derecho, algo por debajo de su codo. Nunca supe que Sekhmet hubiese perdido casi todo el antebrazo derecho. Siempre había oído que era una formidable guerrera usando sus propias manos, unas letales zarpas herencia de su naturaleza leonina. Pero me dejó confusa el verla manca. De todas formas, pensaba que tal vez supiera pronto el motivo de la pérdida de su antebrazo derecha.

Sekhmet miró a Maese Julius y se inclinó. Quedaba algo ridículo ver a una félida de aproximadamente metro noventa inclinarse hacia una persona tan pequeña como Maese Julius.

- Mis respetos, Maestro Julius – dijo Sekhmet, con una voz bastante más suave y tranquila de lo que se podía esperar y esbozando una leve sonrisa inimaginable en el rostro de la que llamaban “La leona furiosa” -. ¿Venís con mi encargo?

Maese Julius le mostró el paquete a Sekhmet. Ella lo cogió y lo puso sobre la mesa, indicándole que lo vería más tarde.

- Os lo agradezco mucho, Maestro – prosiguió la mujer-leona, volviendo a inclinarse -. No esperaba que vinieseis acompañado.

- Pues sí, ellos son Sandra Jenet y Tursk del Clan del Wyrm.

- Sandra Jenet... – dijo lentamente la félida, mirándome con curiosidad -. He ido hablar bastante de ti. Una mujer decidida que lucha por la igualdad. Alguien así también merece mis respetos.

La verdad es que no sabía qué decir: una félida que parecía tan fría y distante, muy al estilo de cualquier asesino estándar, se mostraba tan abierta y educada. Su voz era tranquila, incluso tenía cierto efecto relajante. Y yo no sabía qué decirle a aquella félida: pensaba que nosotros íbamos a pasarnos todo el tiempo alabándola a ella y ¡yo era la que merecía sus respetos!

- Gra... gracias – respondí tímidamente -. El honor es mío por estar ante una notable guerrera como usted.

- Noble… nadie diría que un asesino es noble – dijo lentamente Sekhmet -. Pero los asesinos tenemos nuestro código de honor, luchamos con honor. Somos nobles, sí,  y a nuestra manera, pero la mala fama del asesino le precede.

            Las palabras de aquella mujer me sorprendían poco a poco. Hablaba con total tranquilidad y su mirada nos hacía sentirnos también tranquilos. A veces miraba el paquete que estaba colocado en la mesa y se llevaba la mano al muñón. Parecía estar impaciente por abrirlo.

            - Discúlpenos – dije apresuradamente al ver que la mujer-leona estaba más centrada en el paquete que en nosotros -. Volveremos cuando pueda recibirnos.

            Ella cogió el paquete con la mano y nos miró. Ella insistió en que no interrumpíamos nada, pero yo me sentía mal, muy mal al respecto.

            Maese Julius me dio un pequeño golpe con el codo en la pierna. El mediano me hacía señas para que hablara con la félida… que hablara con ella lo que debía contarle. Me costó un poco poder hablar:

            - Bueno… ya que no interrumpimos, podría explicarle un asunto que nos ha llevado hasta aquí.

            - ¿De qué se trata? – me preguntó Sekhmet, bastante curiosa por saberlo.

            Estuve explicándole a Sekhmet todo lo que nos había pasado a Tursk y a mí desde que detuvimos a Arghèson hasta que, por así decirlo, huyó. Ella escuchó el pequeño relato con bastante interés, y se quedó sorprendida cuando conté lo del ataque de la drow.

            Pero algo le había interesado aún más que el hecho de que por poco me matase una elfa oscura.

            - Souledge… - murmuraba la félida -. Hacía días que no sabía de él.

            - ¿Cómo? ¿Lo conoce? – preguntó Tursk, que estaba tan intrigado como yo.

            Sekhmet asintió y dijo: - Por desgracia, así es. Souledge es uno de los nigromantes más buscados de la región, pero muy pocos conocen su existencia – me miró y prosiguió -: Muchos cazadores de brujos como tú, Sandra, no saben quién es Souledge, pero los que trabajamos en las sombras le conocemos de sobras.

            “ No sólo el gremio de asesinos de Mant, sino también los ninjas del clan Makoto han tratado de averiguar su paradero y detenerlo. Ese tipo no es precisamente de los que hacen obras de caridad, como supondréis. Se dice que nadie que haya encontrado a Souledge ha vivido para contarlo… pues dejadme deciros que Xenirr y yo somos la excepción.

            Sekhmet en ese momento alzó un poco el muñón y lo observó con tristeza e ira.

            - Luchamos contra él. Estaba solo y había dejado a Xenirr fuera de combate. Yo seguía luchando contra él, la furia al ver a mi compañera, a mi amiga, en el suelo inconsciente me sobrevino y peleaba con todas mis fuerzas. Souledge no era un rival para mí… o eso creía.

            La mujer-leona alzó más el muñón, mientras con la mano izquierda aún seguía portando el paquete. El rostro de Sekhmet mostraba cierta tensión.

            - Sus viles trucos no podían afectarme gracias a las runas protectoras tatuadas en mi cuerpo, pero por mucho que resistiera sus conjuros, nunca pude imaginar que jugara sucio aún sin magia – volvió a mirar el muñón y siguió hablando -: Bajo su túnica guardaba una bolsa de ácido que me lanzó a la cara, pero puse el brazo antes de que lograra su objetivo. Las heridas fueron terribles y Souledge me arrancó el antebrazo con un tajo de su espada. A pesar de la sangre y el dolor, yo seguía de pie, con mi único brazo sano tratando de arrancarle el corazón a ese mal nacido. Pero consiguió huir…

            Xenirr despertó justo cuando yo estaba empezando a sentir el mareo ante tanta sangre perdida. Ella consiguió aplicar un torniquete y llevarme hasta la ciudad. Conseguí sobrevivir, pero perdí mi brazo. Y la magia curativa no me afecta debido a mis runas. Pero gracias a lo que me ha traído el Maestro Julius, es hora de seguir la búsqueda…

 

            Finalmente desenvolvió el paquete y mostró lo que había en su interior. Un guantelete plateado con largas garras y varias runas grabadas sobre él era lo que el mediano le había entregado a la mujer-leona. Pero me fijé bien en aquel guantelete: era para la mano derecha. ¿Qué sentido tenía aquello, cómo se lo pondría si no tenía mano derecha?

            - Te dolerá un poco al principio, pero sabiendo cómo eres, te acostumbrarás pronto – le dijo Julius a Sekhmet.

            La mujer-leona miró lo que debía ser el hueco para meter el brazo, pero en vez de ese hueco observaba unas pequeñas púas, que Sekhmet miró detenidamente antes de probarse aquel guantelete. Las púas se iban introduciendo en el muñón, hasta yo podía sentirlo. Tursk simplemente observaba desconcertado lo que ocurría. No esperaba ver al semiorco así, pero ciertamente no era muy normal ver aquella escena.

            Sekhmet gruñó cuando el guantelete parecía estar fijo al muñón. Sekhmet alzó el brazo y miró el guantelete. Misteriosamente, y esto me dejó realmente sorprendida, los dedos del guantelete empezaron a moverse. Sekhmet sonrió satisfecha.

            - Una garra mágica – dijo Tursk -. ¿Cómo es posible que las runas no la rechacen?

            - Una magia tan poderosa que no puede ser rechazada ni tan siquiera por los tatuajes protectores de los félidos, ésa es la razón – explicó Sekhmet -. El Maestro Julius me prometió que me conseguiría esta garra mágica para poder continuar buscando a mi presa, a la presa que el Imperio Soldeví quiere que capture.

            - Un artículo de coleccionista, si me permitís decirlo, un tesoro del mundo antiguo bendecido con la poderosa magia arcana – dijo el mediano tranquilamente -. Según el viejo hechicero que me la vendió, ahora el sistema nervioso de Sekhmet es capaz de controlar esta garra encantada. Yo de magia no sé mucho, pero la verdad es que si ella puede usarla y sacarle provecho… ¡que tiemblen sus enemigos!

            Sekhmet sonrió y luego movió la zarpa de un lado hacia otro y luego hizo como si desgarrara el aire. Eran movimientos rápidos y precisos. Me alegraba de no ser rival de aquella mujer, porque no viviría para contarlo.

            - Os ayudaré con vuestros asuntos – nos dijo finalmente la félida -. Nuestros caminos se han cruzado y es mejor que nos ayudemos mutuamente. Pero quiero que todo esto permanezca en secreto. Es el único pago que aceptaré: vuestro silencio.

            Aquella frase nos dejó un poco confusos, pero dimos nuestra palabra de que mantendríamos el secreto sobre Souledge. Sekhmet nos comentó que necesitaban que el secreto sobre Souledge siguiera siendo eso, un secreto. Yo pensaba que si tanto secretismo había alrededor de ese hombre, debía haber varias razones de peso, y estaba claro que Sekhmet no nos las iba a decir. ¿Tal vez esté aliado con los drows? Sonaba descabellado, pero era una posibilidad.

 

            Xenirr entró en la habitación y se inclinó. Miró a Sekhmet con la garra mágica ya colocada y la mujer-lince también parecía contenta.

            - Eso significa que continúa la caza, ¿cierto? – preguntó Xenirr.

            - Así es – respondió la mujer-leona -. Y vamos a tener un par de valiosos aliados que también están metidos en esto.

            Xenirr nos miró a Tursk y a mí un poco sorprendida, pero luego miró de nuevo a Sekhmet con rostro serio y asintió. Hablaron sobre las preparaciones para la partida en busca de Souledge y aunque Xenirr decía que necesitaban varias personas más, sobre todo sabiendo que los drows serían un problema a considerar, Sekhmet insistió en que no podía mandar a más de los suyos a una muerte segura.

            - ¿Ya había tenido encuentros antes con Souledge? – no pude evitar preguntar.

            - Varios de mis hombres y mujeres fueron a investigar su paradero, pero ninguno volvió con vida. Sólo encontramos sus cuerpos destrozados perdidos en el bosque mientras los animales los devoraban. Xenirr y yo fuimos las únicas que realmente encontramos a Souledge… Y ahora…

            - Van a tratar de recuperar el rastro y capturarle – terminé yo la frase -. Entiendo su preocupación, Sekhmet. Pero ¿seremos suficientes para detenerle? ¿No podría venir Maese Julius con nosotros?

            - Alguien debe quedarse como reserva – contestó el mediano con seriedad -. No podemos lanzarnos todos en una misión suicida. Yo me encargaré del gremio de asesinos y mantendré los contactos con el clan Makoto mientras estáis fuera.

            - Maese Julius, me sorprende que a pesar de no dedicarse más a las luchas, siga aún en activo en cierta manera.

            - Joven Sandra… los medianos somos así de inquietos – respondió Maese Julius sonriente -. No estaré por ahí ensartando a mis enemigos, pero tener algo más que hacer además de mantener la armería me distrae.

            Una respuesta bastante extraña, pero no exenta de lógica. Maese Julius echaba de menos los tiempos de aventuras y de alguna forma esa colaboración con los asesinos y los ninjas de la ciudad lo mantenían vivo y de buen humor.

 

            Salimos de la habitación junto a Sekhmet y Xenirr. Las oscuras figuras de la sala se reunieron alrededor de su líder. Algunos no pudieron ocultar su sorpresa al ver la garra mágica supliendo el antebrazo derecho de Sekhmet, pero pronto volvieron a mostrar rostros serios, casi apáticos.

            La mujer-leona se dirigió a los suyos:

            - ¡Escuchadme bien, compañeros! La leona volverá a la caza y mientras esté fuera, responderéis ante el Maestro Julius. Recordad que en el pasado él fue nuestro mentor, así que espero que cumpláis y le obedezcáis.

            Todos gritaron al unísono “¡Sí, mi señora!” y se fueron incorporando. Sekhmet nos miró a Tursk y a mí.

            - Esta noche partiremos hacia las afueras de la ciudad – decía la félida -. Os quedaréis aquí hasta entonces. Me temo que los aliados de Souledge os deben estar buscando y puede que vuestro rastro les haya conducido hasta la ciudad. Aquí estaréis a salvo hasta que nos vayamos.

            Y dicho esto, Sekhmet volvió con Xenirr, mientras ambas comenzaban a planear lo que nos esperaría aquella noche.