LA REUNIÓN DE MALKADIAN

“Un grupo ha de estar siempre equilibrado: no puede haber más espada que brujería ni viceversa. El acero y la magia deben equilibrar la balanza" SYLVESTER ELADAMRI, héroe de la Gran Guerra

MALKADIAN, 3 de mayo del año 3287 después de la Gran Guerra

Una taberna como cualquier otra de la bulliciosa Malkadian. Decenas, o tal vez centenares, de personas venidas de todos los rincones del Imperio Soldeví cumplían su promesa de irse de juerga a esta ciudad de la Nación de Gunmar. Todo un contraste con Gunmar, la capital de esta nación soldeví, ya que la ciudad mágica era un pueblo fantasma comparada con esta explosión de jolgorio.

De vuelta a la taberna... Era de noche, el momento idóneo, como ya se sabe, para las buenas celebraciones, y la iluminación era abundante en su interior. El tabernero lanzaba por la barra una jarra bien llena de cerveza que iba a parar a la mano de un enano corpulento, que vació de un trago el vaso, mientras pedía a gritos otra jarra. Un par de guerreros de las Tierras Bárbaras compartían experiencias, aunque en algunos momentos parecía un concurso de fanfarronerías, compitiendo por ver quién de los dos soltaba la estupidez más gorda e increíble. Un grupo de enanos mineros, que se encontraba haciendo una pausa en su expedición hacia un filón de hierro en unas montañas cercanas, pasaba el rato jugando a las cartas o bien retándose unos a otros a echarse unos pulsos, mientras vaciaban varias pintas.

 

Una mediana se acercó a una mesa. La muchacha era un poco más baja de lo que solía ser un mediano, midiendo algo así como un metro diez; llevaba el pelo, castaño y largo, recogido en una larga cola de caballo. Respecto a la indumentaria, llevaba una camiseta de color azul oscuro, conjuntada con pantalones negros. Dos detalles destacaban en esta mediana. El primero era el hecho de que llevara botas, muy grandes debido al tamaño de los pies de los medianos, en vez de ir descalza como hacían muchos de sus congéneres; el segundo detalle es la espada aserrada que lleva a la espalda, una espada hecha a la medida de su dueña. Podría decirse que a pesar de ello, esta mediana no podía cargar con semejante arma, pero su aspecto no era tan frágil como podía aparentar.

 

En la mesa le esperaba una semielfa, vestida con una camiseta de manga larga, que dejaba los hombros al descubierto, negra; minifalda también negra y botas altas también oscuras.  Su pelo, de una extraña tonalidad rojiza, no era muy largo y estaba peinado hacia atrás. Una felpa aseguraba el peinado. La semielfa se fijó en la escena, serena. Su ojos, de tonalidades rojizas, revisaban todos los rincones mientras con una mano acariciaba la empuñadura de una de sus ninja-tô, las espadas de los asesinos y espías que supuestamente procedían de Oriente, un lugar que muchos consideraban una tierra primitiva, de escasos pueblos sedentarios y gobernada por la absoluta anarquía... ¡si ni tan siquiera acercarse a las fronteras! También era cierto que los habitantes de aquellas tierras se habían aislado del mundo exterior y no permitían que los extranjeros llegaran hasta dichas fronteras.

Ella fue hace tiempo una kunoichi, una mujer ninja. Tras unos segundos inmersa en sus pensamientos, la semielfa observó a su compañera mediana acercarse a la mesa. La invitó a sentarse.

 - ¿Cómo va eso, Replicante? – preguntó la semielfa a su compañera.

- Si te refieres a los ingresos, Akasha – respondió la tal Replicante -, el tipo ese nos ha prometido pagarnos todo lo que nos debe. ¡Lo desplumaste en esa partida a los dardos!

- Bueno, cuando una utiliza constantemente los shuriken...

- ¡Y nos salió modesta la ladrona! Ja ja... Parece que aún tienes apego a tu antigua vida como ninja.*

- Ha sido mi vida durante mucho tiempo, Replicante, entiéndelo.

- ¡No, si lo entiendo, de veras! – se detuvo y vio a una de las camareras acercarse a donde estaban ellas -. ¡Eh, camarera, tráenos el mejor licor que tengáis en este sitio!

- A mí tráigame sake, por favor – dijo Akasha.

 

La camarera tomó nota y se dirigió a la barra. Ambas amigas miraban la concurrida taberna, observando la diversa fauna del lugar.

- Bueno, ¿para cuándo el próximo golpe? – preguntó al fin Replicante.

Pues sí, tal y como sonaban estas palabras, estaba claro a qué se dedicaban ambas: Akasha y Replicante eran mercenarias, ladronas y asesinas.

Akasha fue en su tiempo miembro del clan ninja Yojimbo, que precisamente se encontraba en Malkadian. Aunque los lazos que la unían al clan parecían haberse roto, si bien la semielfa aún esperaba tener noticias de los suyos. Por su parte, Replicante había pasado por muchas profesiones: luchadora de torneos, aprendiza de bruja y ahora asesina, una asesina de gran agilidad y frialdad.

Ambas se conocieron porque iban a robar, por casualidad, la fortuna de un mismo ricachón a quien le habían puesto el ojo... a sus pertenencias. Se conocieron y desde entonces son inseparables.

Aunque la verdad es que se habían reunido por otro asunto: les llegaron noticias de que un compañero suyo, un semielfo llamado Bodhisattva, aunque ellas le conocían como Dhis, había muerto. Según un juramento los demás miembros de aquel peculiar trío deberían reunirse. Una suerte que Akasha y Replicante ya estuviesen juntas; ambas pensaban cómo habría ido todo si estuviese con ellas Dhis. Estaban convencidas de que no habría corrido tan fatal destino.

 

Akasha se puso a mirar por todo el local por tercera, aún ignorando la pregunta de su compañera. En la barra, se fijó en una persona que, por alguna extraña razón, le inquietaba. Una persona bastante alta, con una capa de color verde oscuro, con un broche formado por varias esferas doradas, y con la capucha echada hacia delante. Aquel personaje hizo un movimiento y dejó caer la capucha. Desde la espalda sobresalía la empuñadura de una espada, con rayas rojas y negras. Akasha también vio la guarnición ** de la espada, alargada y paralela a la hoja: era dorada y con varias joyas. El extraño volvió a echarse la capucha encima, ocultando la empuñadura baja ésta, como tratando de hacer que nadie se fijara en su descuido. Pero Akasha sí que había estado atenta: había visto una auténtica mina de oro en el extraño.

“Si tiene una espada con esa empuñadura, deberá tener montones de oro en su cinturón”, pensaba la semielfa.

Con sigilo, Akasha se iba alejando de la mesa, no sin antes advertir a Replicante de sus intenciones, como respuesta a la pregunta que antes había formulado la mediana. La semielfa aprovechó un pequeño revuelo provocado por un par de enanos y un semiorco para acercarse más al misterioso personaje. En el camino, un enano bien borracho intentó pellizcarle el trasero, pero Akasha se apartó rápidamente, dejando al enano con las ganas, refunfuñando y dándole una patada a una mesa.

Tras otro par de intentos por parte de varias personas por tocar el cuerpo de la semielfa, Aksaha consiguió al fin llegar hasta el extraño. Se puso a la izquierda de él, como si hubiese confianza entre ellos. Una camarera que le resultaba familiar a la semielfa, había reconocido a Akasha.

- Su sake, señorita – dijo la camarera.

- ¡Ah, gracias! – Akasha intentaba mostrarse natural, mientras iba sacando el dinero -. Es que nos impacientábamos un poco, ¿sabe? Mi compañera me dijo que viniera a la barra a por las bebidas. Si quiere pago también por el licor de mi amiga mientras lo trae.

La camarera cogió el dinero de Akasha y se fue en busca de la botella de licor para Replicante. Akasha cogió un pequeño vaso y lo llenó con el licor de arroz. Miró con el rabillo del ojo al extraño. Sólo se vio la fina nariz de esa persona y un largo y grueso mechón de pelo castaño que supuestamente caía sobre el lado izquierdo de la cara. Miró lo que está bebiendo: un licor de frutas del bosque, sin alcohol. Era lo que decía la botella junto al vaso del hombre misterioso.

Tras pensar que aquel hombre era una nenaza por tomar un licor sin alcohol, que más que licor era un zumo para ella, Akasha volvió a centrarse en la espada del extraño, ahora oculta bajo la capucha de éste, y ello le recordó su objetivo: quitarle el oro a ese tipo. Con sigilo, fue moviendo el brazo derecho, esperando tocar alguna bolsa de oro del cinturón del desconocido.

 - ¿Le gusta el sake, señorita? – preguntó el extraño, sin volverse.

Akasha bajó rápidamente la mano. Temía que aquel hombre hubiera sospechado, o incluso la hubiera descubierto, y disimuló:

- Pues... sí, me gusta mucho.

- A mí no me hace mucha gracia – siguió diciendo el extraño -. Prefiero los licores, a ser posible sin alcohol. No es que sea menos hombre por ello... tengo una pequeña mala experiencia con el alcohol como para repetir algo similar. Además, no abuso de la bebida.

- Errr...

- ¿Por qué no está con su compañera?

- ¿Cómo? – Akasha se quedó algo confusa, pero recordó lo que había dicho antes a la camarera -. Oh... ya... bueno, Replicante puede cuidarse sola. Además, ella sabe que no voy a dejarla tirada, y...

- Un nombre muy raro, ¿no? – se volvió hacia Akasha.

Bajo la capucha, Akasha pudo observar dos ojos almendrados y verdes con algunas tonalidades grises. La capucha dejaba ver un poco la oreja izquierda del extraño, adornada con dos aros dorados: era más puntiaguda y larga que la suya. Y viendo los finos rasgos de la cara, Akasha no tardó en comprobar que su interlocutor es un elfo. Una razón más para considerarle una nenaza...

- ¡No, si es un apodo, nada más! – se apresuró a responder Akasha -. Es que su nombre real no le gusta y no quiere que nadie le llame por ese nombre. Yo sé qué nombre es, pero no me atrevo a llamarle por otro apelativo que no sea Replicante. Es muy amiga mía y lo menos que quiero es enfadarla.

- Hmmm... Entonces yo también le llamaré Replicante – dijo el elfo, sonriendo.

Akasha no entendía nada. ¿Tantas confianzas, así sin más? ¿Qué clase de tipo era éste? Tal vez no fuese una nenaza... tal vez fuese simplemente un elfo loco y mujeriego. Y Akasha que pensaba que los elfos puros eran de la otra acera...

            - Bueno, señor elfo...

            - Fëadraug.

            - ¿Cómo? – pregunta Akasha, extrañada.

            - Me llamo Fëadraug Turmellyrn – dijo el elfo, extendiendo la mano, embutida en un guantelete negro, con una placa metálica sobre el dorso de la mano y que dejaba sólo los dedos desnudos.

            Al oír el nombre del elfo, un hombre que estaba pasando por allí justo en ese momento se acercó a un compañero y ambos empezaron a cuchichear. Pronto, el rumor se extendió a otras personas, hasta que varios curiosos se situaron cerca del elfo.

            - Oh... Un placer... Esto... yo soy Akasha – se presentó la semielfa, dándole la mano al elfo -. ¿Por qué será que su nombre...?

            - Tuteémonos – dijo Fëadraug -. Y si el nombre se te atraganta, puedes llamarme Fëad, o Draug. Como te guste.

            - Bueno, Draug... Yo... Hmmm... He pensado que mejor me vuelvo con Replicante. En fin, un placer haberte conoc...

            - ¿No os importaría que yo os acompañase?

 

            Akasha empezaba a mosquearse, aunque no lo exterioriza. “¿Será uno de esos pocos elfos heterosexuales y ligones que quieren llevarse a todas al huerto?”, se preguntaba de nuevo la semielfa pelirroja mientras cogió el sake. Pero algo le decía que podía confiar en el elfo.

            - Supongo... – Akasha tardó un poco en continuar -: Supongo que no, un poco de compañía masculina no vendría mal.

            Fëadraug, tras pagar su bebida, acompañó a Akasha hasta la mesa donde estaba Replicante. La mediana no parecía mostrar mucha confianza. Pensaba que Akasha iba a desvalijar a aquel elfo y finalmente se lo había llevado a la mesa, como si fuesen colegas.

            - ¿Ya has encontrado un nuevo amigo, Akasha? – bromeó de mala gana Replicante -. ¿No se supone que le ibas a birlar el dinero?

            Akasha, en ese momento, tenía ganas de estrangular a Replicante por largarse de la lengua. Por muy amigas que fuesen, ese chivatazo había desconcertado a la semielfa y, quién sabía, a lo mejor desconcertaba aún más a su acompañante. Pero Draug reaccionó de una manera distinta a la esperada:

            - Je... Bueno, Akasha, tu amiga también se ha dado cuenta de lo que me ibas a hacer...

            - ¡No, si ella me lo había dicho antes de ir contigo, tío! – respondió la mediana -. Pero, ¿cómo que también yo lo sabía?

            - Estaba claro que me iba a robar – continuó Fëadraug -. Me di cuenta del movimiento de su mano. Ha sido... intuición.

            - ¡Un tipo como éste nos vendría bien para nuestras tropelías! – exclamó Replicante. Con el alboroto, aquella frase no se habría distinguido del cúmulo de gritos, insultos, eructos, rumores y canciones que se escuchaban en la taberna.

            - Creo que tengo algo mejor para vosotras que vuestras tropelías – dijo Draug -. ¿Os apetece una aventura?

 

            Akasha y Replicante arrimaron la oreja. ¿Una aventura? Habían oído hablar del dinero y la fama que se conseguía yendo por ahí a matar orcos, cazar brujos malvados y hacer todo tipo de encargos raros tan vistos en varios cuentos o incluso en partidas de rol.

El elfo se quitó la capucha. La oreja derecha del elfo, a diferencia de la izquierda, no tenía adorno alguno. El pelo era totalmente castaño y largo, recogido en una largo cola, y el flequillo era desordenado, con un largo y grueso mechón sobre la parte izquierda de la cara. En la frente lleva una cinta negra. Y bajo la capa, lo único que se vía es un trozo de cota de mallas sobresaliendo por el cuello de una camiseta y lo que parecían unas placas de armadura sobre el pecho del elfo.

            - Bueno, como os decía, es una misión que me acaban de encargar los magos de Gunmar – prosiguió el elfo -. He reunido a varios aventureros, algunos ya los conocía... pero me faltaba encontrar a alguien que tuviese ciertas aptitudes de explorador. Soy druida e hijo de un explorador, aunque de esto último todavía tengo que aprender. Y veo que una ladrona y una...

            - Asesina – finalizó Replicante, sin vergüenza alguna de reconocer su profesión. Es más, le llenaba de orgullo.

            - Bien, una ladrona y una asesina son perfectas para...

            - Ladrona y kunoichi... vamos, ladrona y ninja – recalcó Akasha -. He sido miembro del clan ninja Yojimbo y ahora vivo como puedo junto a Replicante.

            Esperando no ser molestado otra vez, Fëadraug continuó:

            - Pues bien, con vosotras el grupo está bien equilibrado. Tenemos suficiente espada, suficiente agilidad y suficiente magia para luchar contra cualquier cosa.

            - Interesante proposición, extraño elfito – dijo Replicante -, pero no sé si podremos aceptar. ¿Cómo está la paga?

            - Los detalles de la misión se darán en Gunmar – respondió Draug -. Si os montáis en el carro de mañana, aceptando así la misión, vale; si no, si queréis seguir con vuestras propias vidas y desentenderos de lo que os he dicho, pues también vale. Seguramente habrá alguien que esté más interesado en esto.

            Cuando se iba a marchar, el elfo escribió algo en un pequeño papel y lo dejó en la mesa. Se despidió de las chicas y abandonó la taberna.

 

            Akasha cogió el papel y leyó:

            “5 de mayo, 10 de la mañana, fuente de la plaza principal de Malkadian, junto a la iglesia. Elfa con gafas rojizas, elfo oscuro sariano, enano de largas barbas, elfo guerrero y yo.”

 


 

MALKADIAN, 5 de mayo del año 3287 después de la Gran Guerra

            A las diez menos diez, Akasha y Replicante llegaron a la fuente de la plaza principal de la ciudad. A su alrededor, el bullicio nocturno de Malkadian se disipaba, mientras los basureros recogían los desperdicios de las bolsas de basura enfrente de los locales o bien los recogían del suelo. Los negocios más típicos, como armerías, sastrerías y librerías, llevaban abiertos hacía algo más de una hora. Poca gente era la que salía a la calle a realizar sus compras. Desde luego, Malkadian era una ciudad de actividad nocturna...

            Un par de minutos después de su llegada, apareció un elfo de largos cabellos rubios y una resplandeciente armadura élfica, una sabia combinación de la cota de mallas y unas semiplacas hechas con la plata de los elfos. De su cintura colgaba una espada larga, pero no de las creadas por los elfos, sino la variante impuesta por soldevíes, la manejada a dos manos. El elfo se sentó en el borde de la fuente y se quedó mirando el reloj del campanario de la iglesia y luego, con un poco de desconfianza, a las chicas. Ellas le ignoraron.

 

            A menos cinco llegaron un elfo oscuro y un enano.

El elfo era como los demás elfos oscuros de Salk, nada que ver con los drows de las leyendas procedentes de Eldör. De piel clara y pelo oscuro, además de orejas menos picudas que sus otros parientes élficos; su piel contrastaba con la denominación de "oscuro", apelativo referido a la malvada naturaleza espiritual de estos elfos. Su pelo llegaba por los hombros, cayendo sobre su capa oscura. Baja esta capa podía adivinarse los contornos de una armadura. Se podía ver un guantelete negro cogiendo un casco también oscuro. Replicante supuso que aquel elfo podía ser un Sirviente del Caos, pero ya no podía especificar a qué orden podía pertenecer. De todas formas, ¿un druida teniendo en su grupo a un ser como éste? Realmente iba a ser interesante fijarse en lo variopinto que sería esta reunión de extraños personajes.

            El enano era más normal. Tenía una larga barba pelirroja y su larga cabellera estaba peinada hacia atrás. Tenía varias trenzas tanto en la cabellera como en las barbas. A ambos lados de su cintura colgaban unas hachas de guerra, bastante grandes y bien trabajadas. Llevaba puestas unas semiplacas y a la espalda cargaba con un escudo alto, que casi medía lo mismo que el propio enano de alto.

            - Creo que éste es el sitio – murmuraba el enano, mientras se quedaba de pie, esperando. El elfo oscuro se quedó quieto y se puso a mirar a su alrededor.

 

            Antes de que dieran las diez, Fëadraug apareció junto a una elfa, tal vez más joven que Draug, aunque se sabía que las elfas conservaban mejor su juventud y vivían más tiempo que sus congéneres del sexo opuesto. Ésta tenía el pelo castaño y largo, y los ojos también marrones. Vestía una gabardina larga y azul bajo la cual se veía una camiseta rosada de cuello alto. Llevaba pantalones vaqueros y botas marrones. En su mano llevaba un báculo, con escrituras élficas inscritas en él, y de su cinturón colgaba una cimitarra. La elfa tenía unas gafas rojizas sobre su cabeza y, aunque no se le notara mucho, una fina cota de mallas bajo su ropa.

            - Bien, veo que estamos todos – dijo Draug. Se acercó a Akasha y Replicante -. Bueno, os presentaré a todos.

 

            Se acercó primero al elfo guerrero.

            - Éste es Serandel, guerrero élfico y descendiente de nobles de Kemenkáno – dijo Draug.

            - Un honor, muchachas – se levantó e hizo una reverencia ante las dos. Akasha y Replicante intentaron no dejar escapar una carcajada.

            - Éste de aquí es Jaas Thërin, un guerrero berserk – el elfo señaló al enano.

            - Mucho gusto, chicas – y Jaas les dio la mano a Akasha y Replicante; luego le dio la mano también a Serandel, a la elfa de la gabardina. El elfo oscuro se limitó a observar al enano, sin estrecharle la mano.

            - Y él es Yuu – ahora señalaba al elfo oscuro, quien no se inmutó cuando su nombre fue pronunciado.

            - Espero que no tardemos mucho en irnos... el sol me molesta – dijo Yuu, sin cambiar de expresión.

            - No te preocupes, no tardaremos – contestó Fëadraug, mientras la última componente se acercó a Akasha y Replicante.

            - Y por supuesto no podéis olvidaros de mí – la elfa extendió una mano a Akasha -. Mi nombre es Deedlit, maga de Mellyrnram. ¡Encantada de conoceros!

 

            Una vez todos se habían presentado convenientemente, lo que tardó un par de minutos, Fëadraug se dirigió al grupo:

            - Muy bien, ya hechas las presentaciones, vamos a lo que vamos. La caravana partirá en breve, así que hemos de darnos prisa.

            - Hemos de ser rápidos, sí – dijo Serandel -. Por cierto, no nos irás a meter en un lío más propio de un héroe como tú que de un grupo de... aventureros noveles, ¿cierto, druida?

            - ¿Cómo que héroe? – preguntó Akasha.

            - ¡Por las barbas de mi abuelo, que en paz descanse! ¿No sabes quién es Fëadraug Turmellyrn, niña? – exclamó Jaas, sorprendido.

            - Bueno, él me dijo que se llamaba así y que... – Akasha se queda pensativa -. ¡¡Maldita sea, sabía que me sonaba de algo!! ¡¿Cómo no he caído antes?! – miró a Draug -. ¡¡Tú eres uno de esos Héroes de Salk, druida!! – miró a su compañera mediana, que parecía no estar tan alterada como su amiga -. ¡Ay, en la que nos hemos embarcado, Replicante...!

            - No pienso echarme atrás – contestó Replicante -. Ya que hemos llegado hasta aquí, hemos de avanzar, no podemos mirar hacia atrás. Además, si es tan héroe este elfo, ganaremos más dinero, tendremos más emociones y los Dioses sabrán qué otras cosas interesantes encontraremos.

            Akasha sonrió ante la contundente respuesta de su compañera. Tenía razón y sus dudas se habían despejado: ésta iba a ser toda una señora aventura.

            - Entonces será mejor correr – les dijo Fëadraug, al ver que las dos chicas están decididas a correr aventuras -, o nos quedaremos sin caravana.

 


            * Nota del autor: En el Imperio Soldeví, se llama ninja (o shinobi) tanto a los ninjas propiamente dichos como a las kunoichis, no así en las Tierras Orientales, donde se diferencian ambos géneros. En la narración de "Leyendas de Daron" se van a usar indistintamente "ninja" y "kunoichi" para las mujeres dedicadas a esta profesión, aun sabiendo que no es lo más correcto, pero será más sencillo para lectores no familiarizados con la cultura oriental.

            ** La guarnición de la espada es la parte entre la empuñadura y la hoja. A veces se la llama “empuñadura”, cuando se habla de ésta en general, aunque esto no es del todo correcto.