LA LLEGADA
“Intenté ser amable... Pero usted me obligó a usar la espada. Disfrute su estancia en el Infierno." SANDRA JENET, mercenaria matabestias
GHIDNAAR, 12 de septiembre del año 3287 después de la Gran Guerra
Una
figura observa la ciudad de Ghidnaar desde una posición bastante lejana, en una
colina. La totalidad de esta gran ciudad, casi en su totalidad un enorme
monasterio, se presenta ante los oscuros ojos del elfo de armadura negra.
Una
armadura de la Orden de Alanster, con varias púas y runas adornándolas y que
emanan un fulgor rojizo. A pocos metros descansa un casco, de aspecto parecido
a la cara de un demonio matador.
El elfo
oscuro, como los de su raza, nada más que es oscuro de pelo, ojos y alma,
contrastando con su blanquecina piel. La maldad ha dominado desde siempre a
estos elfos, llamados Elfos Oscuros precisamente por su perversidad.
Sopla
un pequeño viento que hace que los cabellos del elfo, que le llegan hasta los
hombros, se muevan en el aire, como si los manejaran hilos invisibles,
descubriendo las poco puntiagudas orejas de esta clase de elfo.
De
pronto, una corpulenta figura de más de tres metros de alto va subiendo la
colina. De impresionante armadura y aún más increíble espada, el demonio
matador se acerca al elfo.
-
Elegido – dice el demonio -, ¿cuándo crees que llegarán ARGOH y los suyos?
El elfo
se vuelve y mira al demonio.
-
Llevamos aquí cuatro días y nada, no aparecen – vuelve a mirar a la ciudad y
otra vez al demonio -. Esto no me gusta nada... ¿acaso juegan con nosotros?
¿Disfrutan haciéndonos esperar? Yo la verdad es que me aburro.
- Tal
vez esperarán hasta que llegue el ejército...
- Por
eso, que se divierten haciéndonos esperar. Pero... ¿por qué?
Aún
preguntándose por lo que pasa, aunque sus pensamientos en verdad estén
dirigidos a otro sitio, YUU sigue observando la ciudad.
ARKAN
pasea por los muros de la ciudad. Gracias al aviso de RAGNUS, casi no hay
civiles en Ghidnaar. Éstos se han desplazado a las ciudades costeras,
preferiblemente las más cercanas a Milgazzia y Solderai. Los únicos civiles que
quedan son los propietarios de la herrería y de la tienda de provisiones, que
se encarga de abastecer a los futuros combatientes, en su mayoría clérigos y
sacerdotisas.
El
llamado Templario Negro observa los muros. Ve que los vigías siguen sin dar
señal de movimientos enemigos. Se detiene unos minutos.
“Seguramente
lo del sueño de ese elfo sea todo una patraña”, piensa para sí ARKAN. “Faltan
tres días para esa supuesta profecía... aunque si contáramos los dos meses como
cincuenta y seis días, la predicción seguiría pareciéndome estúpida. Este
RAGNUS y sus compañeros... ¡creerse esa tontería!”.
Pero
algo lo saca de sus pensamientos:
-
¡¡Ejército a la vista!! – grita uno de los vigías.
- Ahí
están.
El demonio
matador señala a la heterogénea formación. Goblins, hobgoblins, orcos, trolls,
ogros, guerreros de diversas razas, Agentes del Caos y, sobretodo, demonios
alados. Un largo desfile de maldad pasea bajo los ojos de YUU y su acompañante.
Los
gritos de los trolls se pueden escuchar con claridad desde lo alto de la
colina. Los pesados pasos también se escuchan nítidamente e incluso el tintineo
del acero se puede oír a pesar de la distancia. Este ejército impaciente va
avanzando poco a poco hacia la Ciudad Santa.
Pronto
se ve la gran figura de este ejército. Un ser descomunal cubierto por una
impresionante armadura de color gris oscuro, portando una espada también
enorme. Su rostro permanece oculto bajo un casco y dos alas cubiertas
totalmente por metal sobresalen de su espalda.
- Será
mejor alejarse un poco por el momento – dice YUU, y los dos se alejan de la
cima de la colina, justo por el lado opuesto al del ejército del Caos.
Los
gruñidos de los orcos, los ogros y los hobgoblins hacen entender que están
impacientes por machacar cráneos. Los goblins sólo pueden preparar sus espadas
cortas y sus arcos. Los demonios observan a ambos lados, como buscando algo o
alguien. Los Agentes del Caos avanzan con paso firme, algunos subidos en
corceles negros, robustos y de mirada diabólica, mientras hordas de bárbaros
renegados, enanos del Caos y brujos pertenecientes a los elfos oscuros avanzan
con cierto desorden. En el barullo se observan algunos ninjas, todos ellos con
una extraña “Y”.
Ante el
ejército, a poco más de medio kilómetro, se levanta la maravillosa Ghidnaar,
con su impresionante monasterio, una edificación sobre una colina que lleva
miles y miles de años en pie. Este ejército piensa tirar esos miles de años en
cuestión de días, u horas si es preciso.
DREADLIN
sonríe satisfecho.
- Al
fin hemos llegado – comenta el archidruida, mirando primero a HERUWATH, que
sigue siendo tan hermosa y tan oscura como siempre, y luego a URDUS, quien
tiene la barba bastante más clara que antes: había dejado de ser negra y ahora
es de color gris oscuro -. Te agotas, ¿no, URDUS?
El
enano observa a su mentor.
- Es el
sacrificio por conseguir el poder, mi señor – responde URDUS -. Pero con tal de
aguantar hasta acabar con ese maldito MAGNUS...
- Ten
paciencia, URDUS, ten paciencia – DREADLIN mira a la enorme figura de su padre,
del Señor de los Demonios Alados.
Los
efectivos del Caos se detienen. Las puertas de Ghidnaar se abren. Los
goblinoides esperan con auténtica impaciencia, esperando saber qué va a
ocurrir. Los caballeros caóticos son más pacientes.
-
Caerán... al igual que cayeron muchas ciudades... Lass, Malkadian, Gunmar... ¡Lástima que Sandria aún siga en pie! – gruñe URDUS.
- Nunca
será tarde para cumplir mi venganza – responde DREADLIN -. De todas formas,
Sandria aún mantiene una dura batalla con varios de nuestros guerreros, nada
que ver con el patético ejército de hace casi dos meses – y mira a HERUWATH.
La
joven archibruja observa a DREADLIN, llena de ira.
-
¿Cuánto crees que durarán los tuyos, viejo? – dice al fin HERUWATH -. Tarde o
temprano caerán, está claro, el ejército que se encontraba en Sandria superaba
a tu ejército en número y en potencial bélico.
- Tu ejército
también se creía superior, jovencita – contesta, sonriendo, DREADLIN.
ARGOH, en
todo este tiempo, ha permanecido en silencio, fijándose en la puerta de la
ciudad. Cientos de soldados, guerreros santos y sacerdotes empiezan a salir de
la ciudad. Bajo su yelmo, el Señor Demonio sonríe.
-
Infelices – dice, con su grotesca voz, ARGOH -. ¡No durarán mucho! – y levanta
su espada, apuntando a la puerta de la ciudad -. ¡¡A llegado la hora, mis
valientes, acabemos con esto...!! – mientras lo dice, todos los efectivos
tienen las armas listas y los brujos empiezan a sacar sus grimorios y pergaminos.
Los goblins tensan sus rudimentarios arcos, aunque todavía no han de disparar.
-
¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Yaaaaaaaaaaaa...!!!!!!!!!!
El
terrible grito de ARGOH no sólo provoca una marabunta de goblinoides y
guerreros del Caos, sino que produce cierto estremecimiento entre los soldados.
Los clérigos comienzan sus salmos, mientras los elfos oscuros arrancan con sus
letanías llenas de maldad.
Los
clérigos levantan unos muros sagrados e invisibles delante de ellos, mientras
los soldados, paladines y Templarios salen al encuentro de las hordas que
corren, movidas por la sangrienta lucha, hacia la ciudad. Hay más seres del
Caos que luchadores santos, pero la fe en ellos mismos, la esperanza de acabar
con el Caos les da ánimos suficientes para poder luchar ante tan descomunal
ejército.
Los choques de las armas sólo
indican el comienzo de la terrible batalla.
YUU lo
observa todo, una vez ha recuperado la posición sobre la colina.
- La
lucha ha comenzado – y mira al demonio matador, quien también ha subido la
colina para presenciar la batalla -. Dentro de nada será todavía más
sangriento...
En el
interior de la ciudad, ARKAN monta un caballo que estaba abandonado en una
cuadra. Golpea con fuerza las espuelas y el caballo sale al galope, llevando a
su pesado jinete, quien desenvaina su Mandoble del Templario en el avance hacia
las puertas de la ciudad.
“¡Al
final ese orejudo tenía razón!”, piensa ARKAN. “Aunque se han adelantado un
poco, ya han llegado y eso no me gusta para nada... Pero... ¡¡hemos de
resistir!!”
El
caballo de ARKAN está a punto de llegar a las puertas, pero una sombra se
interpone y con un rápido movimiento de espada, decapita al caballo. Si no
llega a ser por su agilidad, a pesar de su tamaño, ARKAN también habría
perecido ante este ataque.
ARKAN
cae al suelo y sale rodando hacia delante. La cadena que sujeta su espada con
la armadura se rompe y el Mandoble del Templario queda a varios metros de él.
El Templario Negro se da cuenta y pretende coger la espada, pero la figura
levanta el mandoble y lo lanza por los aires, lejos de ARKAN. Y todo con una
sola mano, lo cual deja a ARKAN muy sorprendido.
Levanta
la cabeza y observa a este personaje. Un hombre muy alto, podría medir tres
metros incluso, de rasgos finos y piel blanca, muy blanca, con ojos rojos y de
pupila vertical, y de pelo oscuro y no muy largo, aunque parte de éste cubre
parte del lado izquierdo de su cara. Su impresionante armadura negra está
cubierta de grabados caóticos y púas. Una espada de gran tamaño y de filo
oscuro, con runas del Caos brillando con un rojo intenso, todavía tiene sangre
fresca del caballo.
Con la
punta de la espada señala a ARKAN.
- ¿Tú
te haces llamar Templario de Ghidnaar? – dice el extraño -. Te he derribado en
nada, patético hombre de hojalata negra.
ARKAN
se levanta, sin pensar en que el extraño le está apuntando con su espada y que
no dudará clavársela en el medio de la frente o incluso hacer que mira de forma
idéntica que el caballo.
-
¿Qui... quién eres tú? – pregunta ARKAN -. Detecto un mal muy intenso en ti...
Dudo de tu humanidad, si es que alguna vez la has tenido.
-
¿Quién soy, preguntas? – el extraño ríe -. Humanidad tuve, pero no me gustó y
ahora soy un demonio. Y te daré el gustazo de decirte mi nombre antes de
mandarte al Infierno... - el extraño levanta su espada –. Yo soy... - pero es
sorprendido por ARKAN, quien le embiste y lo tira al suelo. Aprovechando la
ocasión, corre a por su mandoble. Pero es detenido de nuevo por el extraño.
Pero esta vez nota un cambio en él: dos alas membranosas a su espalda. El extraño
ha aterrizado justo delante de él.
- ¿No
te dije que ahora soy un demonio? ¿Crees que con tu juguetito podrías
derrotarme?
ARKAN
retrocede unos pasos mientras de nuevo el demonio se dispone a matarle, esta vez
sin intención de decirle quién es. Pero de nuevo ARKAN reacciona y sobre el
pecho del ser impacta una Lanza Milagrosa. Debido a la naturaleza blanca del
hechizo, el extraño queda algo indispuesto. ARKAN corre a por la espada, la
coge y se aleja del extraño.
- Los
papeles se invierten – y agarra con fuerza su mandoble -. ¡Ha llegado tu hora,
demonio!
Pero el
demonio se levanta y mira a ARKAN. La carne y la armadura dañadas por el
hechizo del Templario se regeneran. El demonio sonríe.
- Ha
escocido... porque era Magia Blanca – y de nuevo levanta su espada. Con un
potente movimiento de sus alas, se eleva y se dispone a caer sobre ARKAN, en
picado.
“¡Debería
haber traído el arcabuz, maldita sea!”, piensa ARKAN.
El
Templario empieza a decir unas palabras, como un salmo, en voz baja. El demonio
no escucha estas palabras y sigue en su descenso hacia ARKAN. El Templario no
termina de susurrar cuando la espada de ARKAN le atraviesa el abdomen.
ARKAN
observa, incrédulo, la espada clavada en su abdomen. Luego mira, con mayor
incredulidad, al demonio, quien le observa sonriente.
- ¿Qué
hacías tú, Templario? – dice el demonio -. ¿Creías que tu rezo se terminaría a
tiempo? Lo que se ha terminado ha sido tu vida – y remueve la espada, aún
clavada en ARKAN, mientras éste grita de dolor, agonizante.
El
extraño levanta la espada, violentamente, varios centímetros, elevando a ARKAN
del suelo. Un rápido movimiento y el Templario se libera de la espada, volando
por los aires. Cae al suelo y no se levanta de allí, mientras la sangre sigue
fluyendo de su herida.
El
demonio lame la sangre de la espada.
- Nadie
desafía a Fiedrich von Hausser... Nadie se atreve con PHALNAX... – y se va
acercando paso a paso hasta el monasterio, donde se supone que hay muchos
clérigos defendiendo el lugar...
YUU
observa la batalla.
- Ahora
sólo esperaremos a que todos estén ya en el campo de batalla - comenta el elfo
oscuro, mientras mira a su espalda -. Volveré con los demás.
- ¿Con
tus compañeros humanos? - pregunta el demonio matador -. Ahora mismo tu misión,
Elegido, dirigir el ataque, acaba de comenzar...
- Dije
que esperaría a que todos estuvieran en el campo de batalla, y los Cuatro
Ejércitos todavía no han llegado. Además, entiende que no voy a dejarles solos.
Se han molestado mucho en venir a acompañarme, y eso que me negué, sabiendo lo
que les podría pasar – YUU parece estar revelando el pensamiento que tenía
además de la duda sobre la llegada del ejército caótico -. Tengo que ver que
están bien.
- ¿A
qué viene ese cambio de actitud, Elegido? Antes estabas impaciente porque
empezara la batalla, pero ahora te veo menos decidido. ¿Qué preocupación...?
- ¡Deja que haga lo que quiera! ¡Suficiente tengo con esta carga de ser un Elegido del Caos!
YUU
baja por la colina, hacia un pequeño campamento que hay montado en el pie de
ésta, mientras aprieta entre sus manos el medallón que desde pequeño llevaba.
El demonio matador refunfuña y observa la batalla.
Además
de la preocupación por su amigo el posadero y sus acompañantes, YUU tiene otro
pensamiento en mente, la auténtica razón por la cual estaba tan impaciente
porque llegara el ejército de ARGOH.
“HERUWATH
HERUGURTH... ¡Lamentarás el día en que me odiaste!”