ZOROASTER, 22 de julio del año 3287 después de la Gran Guerra

 

A la atención de aquél que esté leyendo esto:

Como siempre se dice, es mejor empezar desde el principio. Si no me conoces, aunque lo dudo ya que si has cogido la carta debes ser Akasha o uno del grupo al que he pertenecido hasta hace poco, sólo decirte que mi nombre es Lambert Barnable, aunque yo prefiero autodenominarme Lambert "El Mordaz·". Ciertamente, mucha gente, sobre todo en las tabernas, me conoce como "El Mentiroso", "El Vividor", "El Tramposo" y otros motes más. Todo aquél que sepa más o menos de mí, sabrá que soy un juglar, un bardo, una persona que vive de contar las antiquísimas epopeyas, desde la antigua Käledrdrûg hasta la Gran Guerra, pasando por numerosos poemas elfos, poesías de amores imposibles entre valientes caballeros y nobles damas, alguna que otra canción pícura y versos de algún inspirado enano.

Ahora es cuando, tras la introducción, debo relatar la historia que ha motivado que abrieras la carta. Esto que ves aquí es mi historia, mi vida, lo que nunca conté ni a aquellas personas que han viajado conmigo, a las que debo dedicar grandes canciones e incluso componer algunas sobre sus hazañas; una historia que nunca he contado, ni aunque tuviera la mayor de las cogorzas.
A partir de aquí podrás leer sobre mi vida, tan triste que no la puedo recitar en versos, pero que conmueve sin necesidad de ellos. Hela aquí:

 

Yo, Lambert Barnable, nací en el seno de una familia que llevaba cinco generaciones sirviendo a la casa Degerjais (pronúnciese Deyeryé). Unos dos siglos antes, el caballero Oskar Degerjais había recibido unas tierras en pago de los servicios prestados al gobernador de Sandria de aquellos tiempos, entrando así a formar parte de la "baja nobleza". La pequeña población que se encontraba dentro de los límites de estas tierras, llamada Degeria (pronúnciese Deyeria), pasó a depender de los Degerjais, que en cierta forma adquirieron el papel de jueces o representantes del gobernador en este pueblo.

Udo Barnable fue el primer Maestro Mayordomo de la casa Degerjais, y sus descendientes habían continuado a su servicio hasta llegar a mí, Lambert, quien ocuparía el cargo de mi padre cuando él se retirase. Como hijo del Maestro Mayordomo, yo tenía pleno acceso (bueno, hasta cierto límite) a todas las estancias y dependencias de Dercetus, la gran mansión de los Degerjais, que se alzaba austera en una pequeña colina a las afueras del pueblo, dominando toda la comarca.
Ningún rincón se había escapado a mi curiosa e inocente mirada durante mi infancia y adolescencia, jugando con el resto de niños de la servidumbre, y yo era quien conocía los mejores escondites, ya fuera en los establos construidos a poca distancia, o en cualquiera de las habitaciones de la casa, incluídas las estancias "prohibidas" de la familia Degerjais, de las que más de una vez mi madre me había sacado tirándome de la oreja y repitiéndome que no podía entrar allí.

 

Pero una gran parte de mi tiempo lo pasaba haciendo compañía a Lysben-Ingala Degerjais, la hija única del que fuera el Señor Degerjais. La madre de Lysben-Ingala había dado a luz a su hija un año antes de que yo naciera, y era lo último que había hecho. Los duelos por la muerte de la Señora de Degerjais se habían prolongado durante meses, y en aquella época los criados tenían prohibido sonreír o mostrar cualquier tipo de alborozo delante del Señor Degerjais. Durante ese tiempo, además, la vida de la única heredera había pendido de un hilo, pues la niña había nacido débil y enfermiza, y había sido llamada una vieja matrona del pueblo para que atendiese al bebé las 24 horas del día, junto a mi madre, quien también se ocupó de ella hasta que nací yo.

Finalmente, pasó el peligro y la niña fue creciendo. A pesar de su naturaleza débil, todo el pueblo se hacía eco de los comentarios de las criadas, que hablaban de sus preciosos rizos aurirrojos y de su pálido tono de piel, que contrastaba vivamente en su ovalado rostro, donde unos profundos ojos de brillo rojizo parecían contener todo el brío y toda la vitalidad que le faltaba a su enfermizo cuerpo (es decir, que según los avances en Medicina, la señorita Lys era albina). Aunque al principio me advirtieron que dejase tranquila a la señorita Lys, pronto olvidé las recomendaciones y comencé a dedicar más y más tiempo a  observar desde uno de mis escondrijos a esa extraña y hermosa muchacha que se pasaba los días encerrada en la casa, al calor de la lumbre, fuese cual fuese la estación del año.

Lysben-Ingala me descubrió y fue ella quien me pidió que me acercase para hacerle compañía. Desde ese momento fuimos amigos, y pasábamos mucho tiempo hablando, aunque de lo que más hablábamos era de lo que yo hacía fuera, cuando cumplía algún encargo y no estaba con ella, y de mis travesuras y juegos con el resto de niños de la casa. La vieja matrona, que se había convertido en una especie de institutriz de la niña, me vigilaba atentamente para que no cansase demasiado a la señorita Lys con mis increíbles historias, o trataba de no reírse demasiado al ver y escuchar las imitaciones de los borrachines de la taberna que yo tan bien para mi querida amiga Lys

A medida que fueron pasando los años, como ya se veía venir, nos enamoramos, pero era una especie de sentimiento secreto, del que nunca hablábamos pero que sabíamos, de una forma inexplicable, que ambos compartíamos. La vieja matrona murió finalmente, y un nuevo tutor fue nombrado para continuar con la educación de la señorita: su nombre era Kyer Dergist.

Este misterioso hombre, llegado de un largo periplo por las Tierras Orientales, de donde dijo haber adquirido grandes conocimientos en Medicina, fue ganando más y más poder en la casa, sobre todo aprovechando que el Señor Degerjais nunca había vuelto a ser el mismo tras la muerte de su esposa, y poco a poco había ido delegando las responsabilidades y el gobierno de la villa a su Maestro Mayordomo. Los criados empezaron a quejarse del trato que les daba el Doctor Dergist, como hacía que le llamasen, y también de los inquietantes sonidos y extraños olores que en ciertas noches parecían provenir de sus habitaciones, situadas en el extremo del ala derecha de Dercetus. La gente del pueblo empezó a comentar entre asustados susurros unos hechos y desapariciones misteriosos que comenzaron a darse por entonces... Hay quien sospechaba que el Doctor Dergist era un brujo o un sectario, o algo peor.

Después de ir debilitando a base de presuntas medicinas (pócimas más bien) la salud del Señor Degerjais, el Doctor terminó dominando su voluntad, y a través de su nueva posición empezó a realizar extraños hechizos, esperando crear hordas de esclavos no-muertos, utilizando como conejillos de Indias a los habitantes de Degeria. Eso es de lo que me enteré, una noche que fui a llevarle la cena, pero él no estaba. Allí descubrí sus planes. No había duda: los aldeanos tenían razón, Dergist era un Nigromante.

En la víspera de mi vigésimo primer cumpleaños, decidí que era hora de escapar de allí, así que lo hablé con Lys y con mi padre. Él estuvo de acuerdo conmigo, pero se negó a abandonar a su Señor, y me hizo prometer que protegería a mi madre y a la señorita Degerjais. El plan era que mientras mi padre preparaba las monturas y reunía todo lo necesario para poder viajar durante unos días sin tener que acercarse a ninguna población para buscar alimentos, mi madre recogería a Lysben-Ingala y la llevaría, tapada para no ser descubierta ni para que se constipara (debo recordar que su salud nunca fue buena), al punto de encuentro acordado, a las afueras del pueblo...

 

Todavía lo recuerdo...

 

Noche cerrada. Negros nubarrones se cernían en el horizonte. Yo esperaba, nervioso y con la atención centrada al máximo en percibir el menor ruido que anunciara la proximidad de mi madre y mi amada. El tiempo transcurría muy lentamente. Finalmente, cuando ya había pasado casi una hora desde el momento previsto para el encuentro, oía un sonido, como si un animal se arrastrase. Un débil murmullo: "Lambert... Lambert... ¡hijo mío...!".

Era mi padre. La sangre, procedente de una fea herida en su costado, le empapaba el blusón de su uniforme.

Me dijo que Dergist sorprendió a mi madre y a Lysben-Ingala en la escalera del primer piso. Adivinaba que iban a huir, así que les cortaba el paso. Mi padre oyó los gritos y acudió en auxilio de las mujeres. Tumbó de un puñetazo a Dergist y gritó a las mujeres para que huyeran lo más rápido posible. Dergist, en ese momento, empezó a realizar algún tipo de hechizo en un acento terrible, tal y como me contó mi padre, y todas las velas de la mansión se apagaron simultáneamente, como si una misteriosa corriente de aire hubiese atravesado la casa.

 

La oscuridad. Y la voz de Dergist, siniestra, que continuaba con su profana letanía.

Una especie de vórtice de oscuridad aún más profunda que aquella en la que estaba sumida la casa comenzó a formarse en el centro del rellano, y se escuchó algo más, como una especie de zumbido inhumano que recitaba las mismas palabras que Dergist. De repente algo golpeó a mi padre, atravesándole el costado izquierdo. El impacto fue tan fuerte que lo levantó del suelo y lo arrojó violentamente hasta el piso inferior, delante de las puertas principales. Se desmayó.
Y cuando recobró el conocimiento, apenas podía moverse, y la oscuridad lo envolvía completamente. Unos escalofriantes alaridos resonaban en la casa, desde el ala derecha. Haciendo un esfuerzo terrible, mi padre abrió la puerta y se arrastró con manos y pies en busca de donde yo le esperaba, ignorante aún de la tragedia que ya había empezado a desencadenarse.

Un lívido terror recorría mi cuerpo en cuanto lo escuchaba. Después de que la voz de mi padre se desvaneciera en agudos estertores y dolorosos gemidos, llorando su muerte, tardé unos segundos en reaccionar. Arrojé todo lo que llevaba encima y me avalancé corriendo hacia Dercetus.

Al entrar, encuentré todo tal y como lo había descrito mi padre. Me encaminé hacia las habitaciones de Dergist, y por el camino encontraba el cuerpo de varios de los sirvientes, horriblemente mutilados.

No tardó mucho en darse mi confrontación con Dergist. Se produjo en la sala principal de sus aposentos, presidida por un altar sacrílego donde descansaba, en el plato de una fúnebre balanza, la cabeza del Señor Degerjais. Un horror volvió a recorrer mi cuerpo, pero esta vez acompañado de ira.

Sólo pude decirle que iba a pagar lo que había hecho. Él sonreía. "No tienes ni idea del poder al que te enfrentas, joven", me respondió él, en un diálogo como los de una de esas típicas historias en las que el bueno y el malo, después de tanto tiempo, se enfrentan al fin. Yo pretendí acabar con él. Pero él seguía sonriendo... y en ese momento apareció una figura vestida con unas vestiduras de intenso azabache que cortaban el hipo.

Mis ojos no podían creer lo que veían: era Lysben-Ingala. Pero era una Lysben-Ingala como nunca antes la había visto: vital, sensual, con una especie de aura de poder y maldad que parece envolverla. Ha sido "vampirizada", si se me permite el término, aunque no sé si algún experto en Nigromancia podría llamarlo así, por las artes de Dergist.

 

Desesperación, odio, locura... todo se mezclaba en mi mente.

 

Lys me pedía que me uniera a ellos, que compartiría un poder inimaginable y una vida inmortal; me sentí tentado a aceptar, noté lo fácil que sería dejarse seducir, pero haciendo un gran esfuerzo, sabiendo que esto era un engaño, la llamé por su nombre, le pedí que resistiera, que volviera a ser ella, que luchara por su amor.

En un momento dado, al hablarle de una experiencia importante de nuestro pasado común, esa escena, hizo que recobrara un poco su propia voluntad. No pudo olvidar el momento en que murió su ruiseñor; aquél pájaro era el otro ser vivo, además de la institutriz, del bastardo Dergist y de un servidor, que le había hecho compañía en su solitaria vida... y tampoco podía olvidar cómo yo la consolaba y le hablaba de una vida mejor tras la muerte, la importancia de vivir una vida mortal llena de felicidad para poder una vida más allá donde seguiría con una felicidad aún mayor.

Cogiendo la espada de su padre, el señor Degerjais, la vieja espada de Oskar Degerjais, la reliquia y "espada de gala" de la familia, a los pies del altar, me la tiró pidiendo que yo la matara y acabara con su sufrimiento. Cogí la espada... pero no me veía capaz de usarla, la amaba y la sigo amando demasiado, y cuando ella se me acercaba, otra vez como una "vampiresa", no pude resistir y empecé a retroceder.

Retrocediendo tropecé, y al caerse hacia atrás descubrí a mi madre, con los ojos en blanco y cubierta de sangre, recostada contra una pared. Esta nueva visión de la muertre hizo que de mí se apodera un horror irracional, lo que hizo que yo saliera corriendo de la casa. Corrí víctima de la locura durante kilómetros, en cualquier dirección, era lo mismo, lejos de aquel espanto terrible en que se había convertido mi hogar. Finalmente, ya exhausto, me cobijé en una vieja casucha, la cual en realidad era cuatro paredes desvencijadas, que una vez tuvieron techo, a juzgar por los restos que aún cubrían una pequeña parte, y que servía para que los pastores se guareciesen en caso de tormenta. Me dormí del cansancio.

 

No me desperté durante tres días y medio. Cuando lo hice, me di cuenta de que estaba perdido y hambriento, sin saber siquiera si estaba cerca de alguna ciudad y lo único que tenía, además de las ropas, era aquella espada, la espada de los Degerjais.

Durante más de un día, deambulé por unas tierras baldías que me eran desconocidas, hasta que finalmente el cansancio y la hambruna pudieron conmigo y caí desfallecido a la orilla de un río.

Cuando recobré el conocimiento estaba en la parte de atrás de la caravana de un comerciante, que me encontró cuando llevó las dos mulas que tiran de su carromato a beber al río, que resultaba ser el Sîrsereg, el más largo de todo Salk, y caritativamente me recogió y cuidó de mí en mi inconsciencia.

Llegamos hasta una ciudad, Mant, si mal no me acuerdo. Sí, era Mant...

Había pasado más de una semana desde esa noche aciaga. Unas terribles noticias sobre el protectorado de Sandria llegaron hasta mis oídos, algo sobre la comarca de Degeria: una horda de no-muertos se apoderó de un pequeño poblado de Degeria, matando a todos sus habitantes, y causando el caos y la destrucción en los pueblos cercanos. El caso es que el gobernador sandriano reunió a sus caballeros y, acompañado de su archidruida, marchó contra la ciudad, acabando con la maléfica legión y arrasando la guarida de la cual parecían surgir: la antigua mansión Dercetus, hogar de los Degerjais. Al escuchar que mi familia, que todos aquellos a quienes conocía y quería, incluida mi amada, han muerto, sentí una pesada tristeza que nunca más me abandonaría.

Atormentado por los remordimientos de haber huido en vez de tratar de salvar a Lys y a los demás, quise morir, aunque sólo fuese de mi profunda pena. Pero la vida no quería dejarme marchar, y finalmente comprendí que, ahora que estaba solo y sin nada, tenía que hacer algo para poder comer. Empecé a realizar pequeños hurtos y robos en la ciudad a la que había llegado. Algunos incluso creían que el mítico Julius Sereg, el mediano ladrón que, curiosamente, resultaba ser de esta ciudad, Mant, había vuelto a las andadas, pero pronto descubrieron que no era así. Yo no era tan hábil como ese famoso mediano, así que me pillaron y mis huesos dieron a parar a la cárcel.

Allí conocí a otros personajes de "mala vida", de los que aprendí muchos trucos del oficio, y donde gracias a mi imaginación y labia me hice pronto muy popular. Al cumplir el plazo de la condena, sólo dos meses por un simple robo (he de reconocer que fueron los dos meses más instructivos de mi vida), y salir fuera, olvidé durante años mi apellido, aunque si me conoces tal vez alguna vez se me habrá escapado mientras conversaba contigo, y empecé a labrarme una fama en los bajos fondos como juglar de fortuna, tahúr y ladrón de gran habilidad, al tiempo que perdía buena parte de la nobleza recibida en mi educación, volviéndome cínico y algo arrogante.

Pero siempre, por debajo de una nueva apariencia, de dicharachera superficialidad y despreocupada locuacidad, todavía guardaba y guardo dentro de mí el dolor más profundo, la traición más cobarde: el saber que falló a los míos, y que por mi culpa están muertos. Y más profundamente aún hay un sentimiento semienterrado entre los terribles recuerdos de aquella noche: el oscuro deseo de haber aceptado el ofrecimiento de Lysben-Ingala y permanecer por siempre a su lado en impía comunión...

 

 

Los acontecimientos que he vivido en Zoroaster me han descubierto que Lys aún vive. Tal vez sea ahora totalmente una Nigromante y ese bastardo de Dergist estará con ella. El caso es que ha vuelto con un tema que su padre había olvidado y era el enfrentamiento con unos nobles de Egho, los Ripstein.

¿Por qué querría Lys la espada Nerea? ¿Por qué contrató a Lothar, ese cazarrecompensas que ha estado en mi grupo, junto a los demás, Akasha, Deedlit, Shirô, el aniquilador...? ¿Es que quería la espada para poseer las tierras de los Ripstein y comenzar de nuevo lo que ocurrió en Degeria? ¿Qué oscuridad está invadiendo su corazón? ¿Es realmente Dergist quien está detrás de todo esto?

Y lo más extraño... ¿Tendrá relación con el asunto de Dreadlin, Argoh y demás o sólo son imaginaciones mías?

El tiempo lo dirá...

Pero yo no pienso esperar a lo que pueda decir el tiempo, porque tal vez el tiempo se quede mudo ante estas preguntas. Pienso buscar por mi cuenta las respuestas a lo que está ocurriendo. He dejado a mi grupo por un asunto que he de solucionar. No quiero que nadie se entrometa, porque considero que esto no es de su incumbencia. Pero Lothar está metido en esto hasta el cuello y, en cuanto él recupere la memoria, me gustaría que me contara todo sobre la señorita Lys.

En fin, me despido de ti y de todo aquél que haya leído y leerá está carta.

 

Se despide atentamente,

Lambert Barnable "EL MORDAZ"

 

PD para Akasha: Sabes que aún seguiré buscando qué es lo que nos une. Tú no te preocupes, volveré con la respuesta, aunque espero que tú también trates de buscarla

PD para el resto del grupo: Si veis a Draug o a cualquier otro de los que se separaron en la Espina Élfica, saludadles de mi parte y decidles que estoy bien. Os echaré de menos.

 

 

 

NOTA: Esta carta toma como base la historia que YogSo [el jugador que interpreta a Lambert en el foro de Daron] me envió para crear su personaje y sólo ha sufrido modificaciones en la introducción, en el cambio de la persona (estaba el relato en 3ª persona y yo lo he cambiado a primera), de los tiempos verbales y el hecho de añadir datos inconclusos para completar la historia.