Los últimos hijos del lince
Sara Sánchez Jara
"(...) Iker Elorza había hecho amistad con muchos brigadistas,
uno de ellos que iba por libre y había hecho buenas migas con la gente
de Mera se llamaba Hugo Corto, a todo el mundo le hacía gracia su
apellido porque era el más alto de los milicianos que iban con él,
vino varias noches a leer sus historias junto Barea y Teodoro, eran historias
extrañas que hablaban de brebajes estupefacientes, islas tropicales,
puertas mágicas que permitían viajar al pasado o al futuro.
A Arturo le entusiasmaban las historias de Corto y su estampa de marino larguirucho,
algo perdido de estar tierra adentro con su gorrita y su pendiente de veterano
navegante a vela por el Cabo de las Tormentas como contó una noche
llenándonos a todos los ojos de salitre y de miedo. La última
vez que le vieron Iker y Eva fue en el Ebro, subido en las peñas de
Cabals aguantando los bombardeos mientras se retiraban después que
la posición hubiera sido destruida y ellos hubieran salvado el pellejo
de milagro, nos contaron que se había quedado defendiendo la retirada
de los suyos con un Lee Enfield, treinta cartuchos y seis Laffites, sonreía
como un loco, no estaba herido, era muy joven, hubiera podido salvarse y
seguir su vida en cualquier otro sitio, era un tío listo, con recursos,
con mucho mundo a sus espaldas, pero se quedó allí hasta que
sus compañeros salvaron un estrecho sendero desguarecido y batido
por los tiradores fascistas, no les dejó asomar las narices, tenían
una puntería prodigiosa, según el miliciano que se lo contó a
Elorza, nunca le había visto fallar un tiro. Pero lo que siempre intrigó a
Iker fué la advertencia que les hizo Corto la última noche
que leyó sus cuentos. No os fiéis del argentino, huele mal,
huele a rata de sentina. Después de la guerra siempre buscó el
nombre de Hugo Corto en los libros, en las listas y documentos que atesoraban
las asociaciones de brigadistas y los historiadores amigos, no encontró nada,
ni una mención, ni entre los vivos ni entre los muertos. Buen tipo
el Corto, uno de los nuestros pensaba Iker, pero ¿cómo sabía
que Edelman era el traidor?, ¿porqué se quedó en aquel
erial cuando ya estaba perdida la batalla del Ebro y la guerra cuando hubiera
podido salir de allí con un poco de suerte?. Sonreía, nos dijo,
yo me quedo. Nadie dijo nada, no había nada que decir, pero en los
ojos de aquellos soldados de apenas veinte años, de esos chiquillos
que se escabullían entre las peñas quedó grabada a fuego
y para siempre la sonrisa de Corto, sus ojos pequeños, su gorrilla
calada, su pendiente de pirata, sabían que gracias a él nadie
calló muerto o herido en aquel pasillo pelado de más de cincuenta
metros que pasaron corriendo, oían los tiros regulares de Hugo y sabían
que cada estampido era un enemigo muerto y uno de ellos vivos. Todos contarían
años después a sus hijos y a sus nietos la gesta de aquel hombre
extraño, un marinero de Malta que les salvó el pellejo, la
vida, el futuro.
Hace pocos años Evaristo pudo saber por fin qué había
sido de Hugo. Antes Evaristo, siempre optimista, había creído
ciertas historias escuchadas en una tabernucha de Londres en la que solían
reunirse antiguos brigadistas ingleses. En una le había contado que
un tal Corto vivía muy bien en un palacete de la Habana vieja alquilando
su barco y sus servicios a turistas americanos para pescar marlines y organizar
parrandas con putas adolescentes; en otra un brigadista que ahora trabajaba
de cocinero en un carguero que hacía la ruta a Calcuta se jactaba
de haber compartido dos botellas de ginebra y una tortilla de patatas con
un español que regentaba un restaurante en Sicilia había peleado
como él en Brunete, en Guadalajara y en el Ebro, llevaba siempre una
gorrita de marinero y un aro de oro en la oreja izquierda. Pero Iker siempre
dudó de aquellas fábulas, el Corto que conocieron en Madrid
no tenía tragaderas para acabar de chulo trabajando para yanquis borrachos
de rosaceas carnes achicharradas por el trópico, ni de empresario
de la restauración de la tortilla de patatas.
Hace pocos meses, Evaristo recibió la visita de uno de los nietos
de aquellos hombres que pudieron escapar de la Cota (...) ,pertenecía
a una asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica
que estaba entrevistando a los soldados supervivientes de aquella última
masacre en la que murieron (…) hombres, al terminar la entrevista Evaristo
se acordó de Corto y le preguntó a (...) que así se
llamaba el historiador, si sabía algo de un tal Hugo Corto. El joven
le miró con asombro, como si la pregunta la hubiera hecho un espectro,
un fantasma que le producía a la vez temor y respeto. ¿Conoció Usted
a Corto?. Eva le contó en detalle su primer encuentro en Madrid con
el Brigadista, el respeto que le tenía Mera, las hipnotizantes historias
que escuchó de sus labios en Transradio, su dulce e indefinible acento
mediterráneo, su temeridad suicida inexplicable en la retirada, los
rumores que le situaban en la Habana o en la India.
El joven apagó la grabadora y miró a los ojos a Evaristo como
solo se mira a aquellos con los que
se va a compartir un secreto hasta la
muerte. No hay ninguna referencia sobre ese miliciano, ha pasado por la historia
como un sombra, no he leído ni escuchado a nadie que le hubiera conocido
salvo tres personas y ahora Usted. Yo pensaba que era un mito aunque mi abuelo
y otros dos compañeros suyos que también estuvieron con él
en la sierra de Cabals resistiendo en la última y decisiva ofensiva
fascista me contaron la misma historia heroica de un extraño brigadista
que les cubrió las espaldas y gracia a él pidieron salir con
vida de aquella carnicería. Pero hace un año murió mi
abuelo, la Asociación para la Recuparación de la Memoria Histórica
comenzaba a sonar con fuerza en los medios de comunicación, se empezaban
a abrir las fosas infames de los paseados de la guerra civil, a enterrarlos
con nombre y a honrar la memoria de aquelllos españoles con orgullo
y sin miedo por fin. Así que mi abuelo antes de morir me pidió que
buscara el cuerpo de aquel olvidado y me dió indicaciones bastante
precisas del lugar en el que debían hallarse los restos. Cuando lo
encuentres entiérralo allí mismo, es lo justo por que allí decidió morir,
pero quiero que le lleves esto, no lo abras, es una cuenta pendiente entre
nosotros, los quince soldaditos que le debemos la vida. Mi abuelo me entregó un
paquete bien embalado que debía contener algo bastante sólido
de uno o dos kilos de peso. Conozco la zona bastante bien y esta primavera
con la ayuda de un mapa en el que tenemos apuntados con precisión
las cotas y los frentes busqué el lugar, encontré con relativa
facilidad la trinchera desde la que batían los rebeldes el paso y
pude deducir cual debía haber sido el sendero pelado por el que tuvieron
que correr lo soldados pero tardé varias horas en encontrar el pequeño
parapeto de piedra que ocupaban ellos porque un espino bastante frondoso
ocultaba ahora la zona, faltaba apenas una hora para anochecer y comenzaba
a levantarse un viento fresco desde el Ebro. Aparté con un palo las
ramas del espino y descubrí los restos de aquel hombre, me parecía
increíble que aún conservase la posición de tumbado
con las piernas abiertas, un herrumbroso rifle inglés entre las manos
apuntando todavía en dirección a la fortificación enemiga
y una gorra de lona oscura sobre la calavera, Deduje que por allí no
logró pasar ni un fascista, seguramente le habrían matado a
tiros desde las cotas más altas que había a su derecha pero
nadie toco el cuerpo, ni lo encontró después. Era verdad la
fábula heroica del brigadista, allí estaba igual que el día
que lo dejó mi abuelo, me parecía increíble. Excavé con
la pala desmontable un agujero al pie del espino y metí con respeto
sus huesos, su gorrita de marinero y el paquete que me había entregado
mi abuelo, recogí el rifle y apunté con cuidado en el mapa
el lugar del enterramiento. Un experto en armas de nuestra asociación
restauró en Lee-Enfield y ahora esta en el museo en Gandesa. ¿Y
abriste el paquete?. Preguntó Eva. Si, lo abrí allí mismo
antes de enterrar a Hugo Corto. Demonios, ¿y que contenía?.
Comics. ¿Comics, que es eso de Comics?, tebeos, una colección
de tebeos muy leída entre la gente de nuestra generación que
cuenta las aventuras de un personaje llamado Corto Maltés cuyo autor,
Hugo Pratt, le hace morir en la Guerra Civil Española y junto a los
libros una hoja de papel firmada por los quince hombres que lograron sobrevivir
al final de la guerra y a la locura de la posguerra, pudieron seguir viviendo,
tener hijos, esperanza y morir en paz sin olvidar jamás a aquel extraño
jovenzuelo que les sonreía mientras ellos se alejaban corriendo de
la muerte.
Un tipo listo el Corto, hablaba bien el portugués, el francés,
el inglés, hasta el ruso y contaba esas historias espeluznantes de
aparecidos, de elixires que te transportaban a otro tiempo, de barcos fantasma.
Había leído a Anselmo Lorenzo y en Madrid, después de
hablar por la radio, nos íbamos al bar del hotel (…) a tomar
un orujo y discutir si después de la guerra sería aún
posible luchar por una sociedad en anarquía. El joven no quiere hablar
más del Corto y enciende otra vez la grabadora pero Eva vuelve a la
noche en que el marinero les advirtió del argentino. No os fiéis
del gaucho, atufa a rata de sentina, de esas que te muerden de noche en cuanto
te descuidas. ¿Pero Ustedes porqué fueron al Ebro?, por lo
que me ha contado estaban trabajando en esos días para alguno de los
servicios de información republicanos buscando quintacolumnistas o
algo así. (...)