El refugio secreto de Rimbaud
Javier Reverte
Huyó
de Francia, asfixiado por la sociedad de la época, y se refugió
en Africa donde nunca encontró fortuna. Javier Reverte sigue los pasos
de Arthur Rimbaud, uno de los grandes poetas de la historia, por la ciudad etíope
de Harar.
En uno de los más apartados rincones de la extensa Etiopía, próxima a los territorios somalíes, cercada por montañas de hierro y desiertos inclementes, guardiana de un altivo islamismo y cobijada entre muros de piedra, la ciudad de Harar se aprieta como un lagarto pardo sobre la tierra en uno de los lugares más inhóspitos de África, la región de Shoa. Hasta el segundo tercio del siglo XIX, apenas ningún europeo había visitado la ciudad y el primero que consta que lo hizo, según afirmó en sus escritos, fue el explorador inglés Richard Burton, en el año 1855.
25 años después, en 1880, se instaló en Harar uno de los más grandes poetas de la modernidad y uno de los artistas más enigmáticos de la historia: Arthur Rimbaud. Y allí, en Harar, contrajo la enfermedad que le llevó a la tumba a los 36 años de edad.
Metidos ya en el siglo XXI, Ilegar a Harar desde Addis Abeba, la capital de Etiopía, sigue siendo complicado. Por carretera, más vale olvidarse, porque en todo el país tan sólo hay una que merezca ese nombre y únicamente por unas decenas de kilómetros. Existe un tren que hace el recorrido entre Addis Abeba y Yibuti, con parada en Dire Dawa, una población etíope situada a 50 kilómetros de Harar. Y hay un avión de pasajeros, un pequeño Foker, que vuela a diario de la capital a Dire Dawa. Es la forma más aconsejable de viajar hasta la lejana ciudad de Burton y Rimbaud.
Desde Dire Dawa, salen a toda hora hacia Harar taxis-furgonetas colectivos, recorriendo una sinuosa carretera donde transitas junto a burros y caravanas de camellos. No es extraño que, aunque la ciudad figure en todos los folletos turísticos de Etiopía, sean muy pocos los viajeros occidentales que cada año se acercan a visitarla.
En Harar se precisa de un guía para hundirse en el dédalo de sus callejones. Y el mío se Ilamaba Abdul, un joven orondo y barbado que hablaba un excelente francés. Cuando le mencioné a Richard Burton y a Arthur Rimbaud y le dije que me interesaban poco las mezquitas, los mercados y las tumbas de santones de antaño, sonrió y me largó un verso del poeta galo: «Et ces réveils francs, clairs, riants, vers áventure...». (Y esos despertares francos, claros, rientes, hacia la aventura.)
«¿Sabe? -añadió-, los franceses dejan buenas propinas cuando les recitas a Rimbaud.»
Entramos en la vieja ciudad por la puerta de Shoa, una de las seis que cierran la urbe, después de atravesar el populoso mercado cristiano de intramuros. Y era como cambiar de universo. Si en el exterior de las murallas del antiguo Harar se extiende una ciudad de anchas avenidas y edificios de varias alturas construidos durante el periodo de gobierno comunista, dentro del antiguo recinto, que pueblan 30.000 personas, el visitante se encuentra caminando entre las sombras del ayer, como si delante suyo se abriera un túnel en el tiempo. A excepción de la plaza central y la avenida principal que cruza la urbe de sur a norte, no hay automóviles que puedan moverse en el ovillo desordenado de callejones que se anudan en el corazón de Harar. Las mujeres, en su mayoría de la etnia de los oromas (musulmanes de origen somalí), lucen sus airosos pareos de colores muy vivos, mientras los hombres gastan turbante y manto largo. Huele a té de yerbabuena, a sándalo, a orín de gato y boñigas de burro. Y mezquitas.
Decenas de ellas (99 según las guías), humildes y pequeñas, se ocultan con discreción entre las casas de la ciudad. En las plazuelas es frecuente encontrarse pequeños templos cerrados y pintados de cal, que son sepulcros donde se guardan los restos de jeques y santones de antaño. De las ventanas de las escuelas brotan los cantos de los niños, que recitan el Corán. Y en las horas del rezo, decenas de almuecines lanzan a los aires su murga convocando el nombre de Alá y del profeta Mahoma. Los oromas, antes conocidos como gallas, forman una etnia que luchó durante siglos contra los reyes cristianocoptos de Etiopía. Aunque ya no guerrean desde que Menelik II los derrotó en la última campaña a finales del siglo XIX, el alma irreductible de los gallas sigue palpitando en la bella Harar.
No está mal, porque viene al pelo, contar una anécdota sacada de los libros de Historia: cuando el cristiano Menelik entró en la ciudad, lo primero que hizo fue subirse al minarete de la mezquita de la plaza central y orinar desde lo alto. Luego, hizo demoler el templo y, en su lugar, levantó una catedral ortodoxa, que aún permanece en pie. Eso sí: permitió a los hararis que siguieran practicando su propio culto.
Abdul me Ilevó a la casa donde se alojó Burton en 1855, que el viajero europeo calificó como palacio y que en estos días, cerrada a cal y canto, parece una humilde vivienda más de la ciudad. Viendo los alrededores del barrio de Burton, el visitante no puede dejar de admirar la capacidad de observación del explorador. Y es que el Harar de hoy es casi calcado al que él describía: «Hay pocos árboles en la ciudad y no tiene ninguno de esos jardines que dan a las villas orientates esa placentera vista del poblado y el campo combinados. Las calles son estrechos pasadizos y la ciudad abunda en mezquitas, edificios de una planta sin minaretes y sus patios repletos de tumbas».
Burton permaneció una decena de días en Harar y después se largó con la música a otra parte. Pero dejó escritas unas cuantas páginas sobre las costumbres de la ciudad. Hablando de la administración de la justicia anota: «El asesino es Ilevado al mercado, se le arrancan los ojos y se le mutilan manos y pies. Luego, se le corta la nariz con un cuchillo de carnicero, se le mata y su cuerpo se entrega a los parientes para que lo entierren. AI ladrón se le amputa la mano». En el Harar de hoy, no parece sin embargo que estos hábitos hayan perdurado.
Me interesaba más el espectro de Rimbaud que el de Burton, el fantasma de aquel inmenso poeta que, a los 25 años y en plena gloria literaria, tras la publicación de Una temporada en el infierno y Las Iluminaciones, se marchó de París para no regresar nunca. Puso rumbo a África y no volvió a escribir un verso en toda su vida. «Ya no pienso nunca en la literatura», escribió en una carta enviada a un familiar suyo desde Adén, en el Yemen. Lo que pensaba en ese instante era en hacerse rico.
Caminamos,
pues, hacia la casa-museo de Arthur Rimbaud. Pero a mi guía Abdul no
se le escapaba una. «Como usted no es francés, puedo decirle que
la casa de Rimbaud no es tal, pues nadie sabe dónde
vivió en Harar, probablemente en varias casas, no en una sola. A mí
me da lo mismo que la casa sea un invento. Yo pienso inventarme una ruta del
poeta para turistas y espero que con ello me engorde el bolsillo.»
Sin duda, el edificio era uno de los más bonitos que vi en la ciudad. En estilo arquitectónico indio, se alzaba sobre tres plantas, las dos superiores de madera, y alegraban su fachada amplias ventanas con cristales de colores luminosos. Me di una vuelta por el interior después de dar una propina al jefe de obras y mereció la pena la visita al falso hogar del poeta. Rimbaud, que no logró hacerse rico en Harar sino que más bien vivió en el umbral de la miseria, nunca hubiera podido permitirse el lujo de habitar una casa con tres baños modernos, costosas maderas en los suelos, una escalera ancha con pasamanos de caoba y lindas pinturas de motivos campestres en los techos.
¿Usted cree -pregunté a mi guía- que cualquiera que conozca la vida de Rimbaud va a tragarse la milonga de que esta fue su casa? «Por mi experiencia, sospecho que sí: la mayoría de los turistas se creen lo que quieren creerse y quieren escuchar lo que les conviene. Y además, a nadie le hacen daño las mentiras piadosas.»
Ya digo que Rimbaud no pudo lograr su objetivo de hacerse rico en Harar. Llegó a la ciudad en 1880, viniendo desde Adén, en un penoso viaje a caballo atravesando los desiertos de Somalia. Y se instaló como agente de un comerciante francés, con un pequeño salario, alojamiento, comida y una comisión del dos por ciento sobre los beneficios que obtuviera con el comercio de café, pieles, caucho, marfil y almizcle. Pero los negocios no le fueron bien y vivía en la ciudad en condiciones muy penosas. En una carta escribió: «Este clima atroz... Vivo de la manera más aburrida y sin provecho; no cabe imaginar una vida más aburrida que esta».
Rimbaud pensó en hacer las maletas y marcharse a Panamá. Pero contrajo la sífilis y hubo de regresar a Adén para curarse. Buscó otros trabajos e, incluso, se ofreció a una revista geográfica de Francia para escribir sobre viajes. Pero no fue aceptado. Y no tuvo otra alternativa que volver a Harar con un contrato de dos años.
Hubo de viajar entonces por regiones que nunca antes había pisado ningún europeo, y es una pena que no lograra contarlo por escrito, porque sin duda hubiera pasado a la historia de la exploración como ya había pasado a la de la poesía. «Caminos terribles -cito de otra carta de aquellos días- que recuerdan el horror que se supone a los paisajes lunares.» En 1885, decidió instalarse por su cuenta y dedicarse a una nueva actividad: traficante de armas. El emperador Menelik necesitaba armamento y Rimbaud se aventuró a proporcionárselo. Con el poco dinero de que disponía y empeñándose en cuantiosos créditos, organizó una caravana y fue en busca del rey. Pero Menelik regateó hasta el mínimo posible con el poeta y Rimbaud quedó, como quien dice, en lo comido por lo servido. En 1887 no tenía apenas dinero y probó fortuna en su último negocio: el tráfico de esclavos.
También fracasó y, un par de años más tarde, recayó enfermo de sífilis. En 1891 , su salud empeoró y tuvo que viajar a Francia, en un último intento por salvar la vida. Alcanzó Marsella tras navegar el mar Rojo y cruzar Suez. Y el 10 de noviembre fallecía, después de que le amputasen una pierna comida por la gangrena. Aquel hombre que, en numerosas cartas, había abominado de Etiopía, confesó a su hermana antes de morir que su único deseo era poder regresar a Harar.
Sin duda, a su pesar, el veneno del viaje se había ya instalado en su corazón. En una carta de aquellos últimos años se expresaba así: «Seguir siempre en el mismo sitio me parecería una gran desgracia. Me gustaría recorrer el mundo entero, que bien mirado no es tan grande... Vivir permanentemente en el mismo sitio es algo que siempre me parecerá muy triste. Si dispusiera de medios para viajar y no me viera forzado a instalarme en un lugar para ganarme la vida, no duraría más de dos meses en el mismo lugar».
Mientras paseábamos
por el mercado oroma de intramuros, le pregunté a Ab-dul: ¿Recuerda
algún otro verso de Rim-baud? «Claro, sé muchos de memoria,
estoy preparado para cuando Ileguen los turistas franceses. Ahí va uno
de ellós: `iVamos!..., la marcha, la carga, el desierto, el hastío
y la rabia'. ¿Le gusta?»
Espléndido, Abdul, que ni pintado para la ocasión. Y mientras
regresaba en el taxi colectivo, la siguiente mañana, de regreso a Di-re
Dawa, contemplando el duro paisaje del desierto y las montañas, me repetí
el hermoso verso de Rimbaud, mi favorito entre todos:
«¿Y esos despertares francos, claros, rientes, hacia la aventura...?»
El Semanal 31-3-02
Para saber más:
Rimbaud en África, de Charles Nicholl. Editorial Anagrama.
Las montañas de la luna, de Richard Francis Burton. Editorial Valdemar.
http://www.imaginet.fr/rimbaud/
Las Etiópicas - Hugo Pratt
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