Ella entró en mi habitación. Llevaba un vestido
azul vaporoso y escaso de tela que realzaba el fuego de sus rizos sedosos.
Apenas pronunció palabra. Se sirvió un Glennfidich doble con
hielo y se sentó en el sillón rojo mirándome con aquella
media sonrisa enigmática. Siempre me han atraído las mujeres
que saben apreciar un buen whiskey.
Hablamos de un par de cosas triviales, de los avances en la investigación...
mera cortesía. Obviamente no estaba nada interesada. Empezaba a preguntarme
qué habría llevado a esa mujer hasta mi cuarto cuando, posando
su vaso en la mesita, se incorporó.
Sus piernas, tostadas y bien torneadas, se acercaron hacia mí con paso
decidido.
-Basta de estupideces. Vayamos al grano: sabes a qué he venido.
No lo sabía. O no quería saberlo. Me hice el loco.

Siempre sonriente, se acercó más. Aún más.
Se sentó a horcajadas sobre mí, tan cerca que podía oler
su perfume, sutil y algo picante. Es difícil, increíblemente
difícil mantener la compostura en una situación así.
En seguida me puse a pensar en el examen de selectividad que hice hacía
más de cuatro años, en lo poco que me gustan las espinacas,
en la guerra en Oriente Medio, cualquier cosa antes que en lo que había
entre mis piernas.
Ella me besó.
"El hombre de hielo", pensé. "Hielo". No me aparté,
de todos modos. Ella me miró, sorprendida, supongo que decepcionada.
La miré (o intenté mirarla) imperturbable.
-No es mi estilo.
Era incapaz de descifrar su mirada. Se levantó.
-Sin embargo es... evidente que te resulto atractiva.
-Claro, no soy imbécil. Pero aun así, no, gracias. Me gusta
pensar que el sentido común puede más que mis hormonas.
Soltó una carcajada sincera. Me miró largamente.
-En el fondo me alegro.
No parecía disgustada. Tampoco avergonzada. "La chica conoce este
terreno", pensé: no, no era la primera vez que se comportaba así.
El pensamiento de "cuántos antes que yo" pasó fugazmente
por mi cabeza.
Se acercó a la puerta, eso sí, con su Glennfidich en la mano.
Ya en el umbral se giró y me dijo, risueña:
-Debes de pertenecer a una raza en extinción. Quedan pocos como tú.
Y, antes de cerrar la puerta tras de sí, dijo sin volverse:
-Encantador. Pero no es así como la conquistarás. Buena suerte.
Me quedé pensando qué habría querido decir. Me equivoqué
al subestimarla, era mucho más perceptiva de lo que parecía.
Conocía su potencial y sabía usarlo, postura muy inteligente.
Y, por supuesto, sabía por qué la había rechazado aquella
noche.
Me preparé para tomar una ducha. Fría.
Con la toalla en la mano, me paré ante la puerta y me golpeé
la cabeza contra ella repetidas veces.
-Gilipollas. Gilipollas. Gilipollas. Gilipollas. Gilipollas
Glennfidich.
Maitane Maceiras