1936/1939: EPISODIO FINAL

CAPÍTULO I. AJEDREZ RIFEÑO:

Marruecos. Vísperas del alzamiento militar de 1936. El sol se despide en un mar de espejos. En la terraza de un hotel que da a la playa dos hombres juegan al ajedrez. Los restos de langosta y Albariño se funden con las piezas caídas en la batalla. Son azules y blancas, como la barandilla que corta la línea del horizonte. El militar que juega con las azules sabe que va a ser su último día en África. A la mañana siguiente su destino reposará en brazos de la muerte o su triunfo se alzará sobre muchos hombres, sueños y errores. ¿Qué le da esa determinación? Quizás en el fondo sea una necesidad de sentirse apreciado y , si no lo consigue mediante la seducción lo hará por la vía del temor y la traición. La elección la tomó hace bastantes años cuando el sueño de ser general le agudizó el ingenio y le nubló el corazón. Entonces mintió por cinco estrellas, ¿Qué no hará por un país?

El general había conocido a Rasputín cuando éste, en una reyerta por un sospechoso póker de treses, había disparado a quemarropa a un hombre suyo. Y no a un hombre cualquiera, sino a Nicolas Rostopovich, hijo de un conde ruso que desapareció misteriosamente durante la revolución con la fortuna familiar dejando a su mujer y al pequeño Nicolas en la disyuntiva del campo de trabajo en Siberia o la huída de Rusia haciéndose pasar por bailarina en un circo ambulante con un pequeño hijo que hacía reir a los dos osos polares (representaban un número homosexual que en los años trenta tuvo un gran éxito en Paris. De hecho inspiraron un cuadro de Tolouse Latrec cuyo paradero sigue siendo desconocido ) que eran la principal atracción del espectáculo. El caso es que el niño se hizo grande y un buen día dejó de hacer el oso intentando hacer reir a los osos y pasó a hacer el oso alistándose en la Legión Extranjera. El Marruecos francés fue su destino, y el ruso apátrida, que empezó de soldado regular, pronto dio muestras, quizás aprendidas en sus horas de contemplación impresionista con los osos del circo, de una interesante habilidad para provocar la risa en la persona que deseaba en cada momento. Y con la risa viene el ganarse la confianza. Y si añadimos que los osos eran polares la frialdad que había adquirido Nicolas era considerable, por lo que reunía las cualidades del perfecto espía. Con ese bagaje no le fue difícil promocionarse en el escalafón y pronto pasó al servicio de espionaje. A los diez días obtuvo su primera misión. No revestía otro atractivo que el del debut, el del morbo del principiante. Nada más y nada menos que asistir a una recepción en la Embajada española con el objetivo de investigar sobre la vida privada del embajador. Se rumoreaba que tenía un asunto de faldas con una duquesa rusa que vivía en Tánger. Se buscaba conseguir pruebas del mismo y de chantajearle para que el dinero de la duquesa fuera a un banco francés en lugar de a uno español. Ni más ni menos. Sin embargo el destino teje los hilos aunque se marque a navaja y lo que ocurrió fue que el legionario espía conoció a un joven general español de nombre Paquito F. Curiosamente el humor gallego tenía una serie de símiles con el de los osos polares y el flechazo fue instantáneo. Y el general en el fondo era un osito de peluche. Capado desde la última guerra el centro de su ternura se había desplazado un poco hacia atrás. Vivieron días de vino y rosas y el ferrolano se fue de la lengua por primera y quizás última vez en su vida. Le comentó que quería alzarse contra la República y librar a España de la amenaza del comunismo. Una de las principales bazas militares del gobierno de Azaña previsiblemente sería la ayuda militar soviética. Evidentemente, un hombre de confianza que hablara ruso sería de gran utilidad como espía.

Fueron pasando los meses y el día estaba próximo. El tiempo se hacía pesado y Nicolás buscaba numerosas distracciones. Mujeres y juego, sobre todo el juego. Ya fuera la ruleta a lo Dostoievski o el mus a la gallega, el mecerse en brazos del azar le seducía de una forma digamos freudiana. Y ese azar le llevó a cruzar unas manos de póker con un ruso de barba negra y mirada más oscura todavía de nombre Rasputín. Ese hombre, bandolero y asesino mordaz no tenía buen perder. La excusa de unas presuntas trampas tuvo su corolario en la lógica rasputiniana. Un póker de cuatro tiros en la boca terminó con la vida del amigo de los osos y del osito.

Inmediatamente el asesino fue detenido. Y Paquito, reforzado en su victimismo una vez más, dio la orden de fusilarlo al amanecer. El pelotón ya estaba formado cuando unas blasfemias en ruso zaherieron el aire de todo el cuartel. Aunque no se entendían tenían un sonido tan obsceno y cruel que hicieron levantar la vista al solitario general de la revista con chicas francesas que estaba ojeando. En definitiva, al osito se le cortó la leche y mandó retirarse al pelotón. Lo fusilaría él mismo.

Tal era su enojo que pidió una ametralladora para mejor destrozar cada pelo de la barba de ese insolente asesino. El arma, en la mejor tradición del ejército español, tardaba en llegar y Paquito empezó a enojarse por la espera como lo estaría un bigotín alemán en Hendaya con un tren que no arrivaba.

(continuará)

Todos los derechos reservados©Pablo García Fernández.Octubre 2000

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