| Documento número
siete.
Querido Willy:
Me decías que no sabía a qué iba a Kiel. Ahora
ya lo sé, a encontrarme con un tipo extraño que me ha contado
unas historias que algún día llevaré al cine y estoy
seguro que serán obras maestras. Pero empezaré por el principio.
Cansado de broncas callejeras, de canciones nazis y de población
obtusa me refugié en el barrio portuario. En la taberna «Los
siete mares» encontré un grupo de marineros entre los que
estaba el viejo Boelke. Como era de esperar todos eran más rojos
que la Rosa Luxemburgo, pero estaba con ellos un tipo mediterráneo
que les daba la coña a propósito de la sacrosanta Revolución.
Afirmaba que en Alemania sólo habría una revolución
popular cuando las masas consiguieran un permiso del parlamento para hacerla.
Automáticamente lo califiqué de anarquista y me pregunté
qué diablos hacía un «negro» en aquel nido de
bolcheviques.
Por comentarios del grupo me enteré de que estuvo en las barricadas
de Hamburgo y que gracias a sus contactos Hans Khale y otros jefes comunistas
lograron escapar de Alemania enrolados como tripulantes en barcos extranjeros.
Nos hicimos amigos y cuando supo que me dedico a cosas del cine me dijo
que las películas acabarían siendo el opio del pueblo, menos
en Hong Kong donde el opio del pueblo seguiría siendo el opio. De
madrugada y en honor de mi apellido (parece que un amigo suyo ruso también
se llama Von Stemberg) me contó una historia sobre una Lady inglesa,
de familia alemana, que trabajó para nosotros durante la guerra
mundial. A medida que la botella de ron se iba vaciando sus comentarios
se hicieron más exactos, más vivos. A través de sus
palabras me enamoré de Lady Rowena, de su fría belleza, de
su encanto y de su serenidad ante el piquete de ejecución. Después
me habló de una fantástica aventurera llamada Shangay Lily
y de un extraño viaje en un ferrocarril asiático. Estuve
tomando notas como un poseso para poder desarrollar esos relatos algún
día.
De madrugada fuimos hasta su hotel. Una ducha, un buen desayuno y de
pronto la inquietante presencia de dos oficiales de la marina de guerra
que se dirigen a nuestra mesa. Pensé que empezaba el desastre y
me vi en una prisión militar, pero los oficiales se cuadraron, además
de con corrección con respeto, delante de
Corto Maltés que los calificó de comisión de bienvenida.
Después fuimos en un coche oficial de la armada hasta el puerto.
El dique final estaba cerrado por una compañía de fusileros
navales que con uniforme de gala presentaban armas. Había unos cien
oficiales, todos ellos con la Cruz de Hierro, y estaba también el
almirante Doenitz que saludó a Corto con un efusivo apretón
de mano y le daba las gracias por su testimonio.
Se hizo el silencio. Un corneta hizo vibrar al viento al cortarlo con
el toque de saludo a los muertos. El almirante, seguido solamente por Corto,
se acercó al extremo del muelle. Sacó de una pequeña
caja una Cruz de Hierro de oro y citó a un oficial llamado Slutter,
haciendo votos para que la condecoración fuera llevada por las aguas
hasta el sitio donde reposa. Todos los presentes parecimos convertirnos
en estatuas mientras la Cruz de Hierro volaba por el aire antes de sumergirse
en el mar. Después Doenitz, ¡te juro que los almirantes pueden
ser seres humanos!, con la mirada húmeda y brillante abrazó
a Corto y volvió a darle las gracias.
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Al mediodía comimos en la sede de la jefatura naval. Yo estaba
más que confundido: un «negro» querido por los rojos
y respetado por los militares... inexplicable. Al final de la comida Corto
se levantó con una copa en la mano y habló:
«Hace años que desde este mismo puerto salió nuestro
amigo Slutter. Como buen marino era un caballero romántico que había
nacido fuera de su tiempo. Sin saberlo y al mando de su submarino navegaba
hacia el amor, la muerte y la gloria. Su amor fue una norteamericana a
la que no confesó sus sentimientos y que sin embargo no le olvidaría
nunca. Su muerte ante un pelotón de fusilamiento, la venganza de
sus enemigos por su heroísmo. Y su gloria, la de haberse convertido
en la más hermosa leyenda de los corsarios alemanes. Señores:
todos estamos enamorados del mar. Es nuestra vida y será nuestra
muerte. Alzo mi copa para brindar por el teniente Slutter y espero que
cuando llegue la hora de nuestro último viaje sepamos enfrentarlo
con la misma dignidad». Todos en pie bebimos de un trago y a la moda
rusa lanzamos nuestras copas vacías contra las llamas de la chimenea.
Con eso acabó la comida.
Quise preguntar a mi amigo datos de esa historia pero su silencio no
invitaba a hacerlo. Nos despedimos en la estación con la promesa
de volver a vernos ¡aunque quién sabe dónde! Ahora
he empezado a investigar entre los viejos marinos que hicieron la guerra
en submarinos. Los datos son escasos, Slutter mandaba un sumergible corsario
en el Pacífico y fue fusilado por los ingleses. Es increíble,
pero me han hablado de una isla de piratas en la que reinaba un extraño
tipo llamado «El Monje» que hacía la guerra por su cuenta.
Creo que estoy ante una historia que si puedo reconstruirla será
mi mejor película, lo malo es que sólo tengo trozos de la
historia y el título, pienso llamarla «La balada del mar».
Deséame suerte y hasta pronto.
(Del archivo de la actriz Marlene Dietrich.)
Joseph Von Stemberg
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