Lord Jim (1900)
Joseph Conrad
Nota del autor introduciendo la Novela "Lord Jim". Conrad habla de cómo llegó a escribir la novela, los motivos que lo impulsaron y lo que quiso narrar: Las idas y venidas de un marino sin barco siempre huyendo de fantasmas del pasado pero que a pesar de todo es uno de los nuestros...
Nota del autor
Cuando esta novela apareció por primera vez en forma de libro,
se esparció por ahí la idea de que me había dejado
devorar por la historia. Algunos críticos mantenían que la
obra, planteada originalmente como narración breve, se le había
ido de las manos al autor. Uno o dos de ellos descubrieron pruebas de ese
hecho en el texto mismo, lo que pareció divertirles. Señalaron
entonces las limitaciones a que está sujeto el formato de la narración.
Argumentaban que nadie podía pretender que un hombre no parara de
hablar, mientras otros no cesaban de escucharle. No resultaba, según
decían, muy creíble.
Tras llevar dándole vueltas a la cuestión durante algo así como dieciséis años, pienso que yo no estaría tan seguro. Se sabe de personas, tanto en los trópicos como en la zona templada, que han estado despiertos media noche «intercambiando cuentos». En este caso, sin embargo, se trata de un solo cuento, aunque con interrupciones que permiten ciertos respiros; y, en cuanto a la resistencia de los oyentes, se tendrá que aceptar el postulado de que la historia sí era interesante. Se trata de una suposición preliminar necesaria. Si yo no hubiera creído que sí era interesante, nunca habría podido empezar a escribirla siquiera. En lo que respecta a la mera posibilidad física, todo sabemos que algunos discursos parlamentarios han precisado casi seis horas para ser pronunciados; mientras que toda la parte del libro que constituye la narración de Marlow se puede leer en voz alta de punta a cabo en, diría yo, menos de tres horas. Además, aunque he excluido de la novela todos los detalles irrelevantes de ese tipo, podemos presumir que debieron consumirse algunos refrescos esa noche: un vaso de agua mineral, o algo por el estilo, que le facilitara la tarea al narrador.
Pero, ahora hablando en serio, la verdad del caso es que mi primera idea fue la de escribir una narración breve, centrada únicamente en el episodio del barco de los peregrinos, y nada más. Y se trataba de un planteamiento perfectamente legítimo. Tras escribir unas pocas páginas, sin embargo, me sentí descontento por alguna razón y las dejé a un lado. No volví a sacarlas del cajón hasta que el malogrado señor William Blackwood me sugirió que volviera a entregarle algo para su revista.
Sólo entonces fue cuando me di cuenta de que el episodio del barco de peregrinos era un buen punto de partida para una narración libre y móvil; de que se trataba, además, de un suceso que se prestaba bien a dar el tono de todo el «sentimiento de la vida» de un personaje sencillo y sensible. Pero todos aquellos estados de ánimo y agitaciones espirituales preliminares resultaron bastante oscuros en su momento, y no aparecen más claros ante mí ahora, después del lapso propio de tantos años como han pasado.
Las escasas páginas que había dejado de lado no carecían de peso en cuanto a la elección del tema. Pero volví a escribirlas todas deliberadamente. Cuando me senté para hacerlo sabía que iba a ser un libro largo, aunque no acerté a prever que iba a extenderse a lo largo de trece números de «Maga».
A veces me han preguntado si no era éste el libro mío que más me gustaba. Soy enemigo declarado de los actos de favoritismo en público, en privado, e incluso en la delicada relación que mantiene el autor con sus obras. Por principio me niego a tener favoritos; pero no llego hasta el punto de sentirme agraviado o enojado por la preferencia que algunos otorgan a mi Lord Jim. No voy a decir siquiera que «No acierto a comprender...». ¡No! Pero en una ocasión tuve la oportunidad de sentirme confuso y sorprendido.
Un amigo mío que volvía de Italia había hablado allí con una dama a la que no le gustaba el libro. Para mí, eso era lamentable, por supuesto, pero lo que me sorprendió fue la razón en que se fundaba aquel rechazo. «¿Sabe usted? -dijo la señora-, es todo tan morboso.»
Aquel pronunciamiento me dio pie para estar una hora entera sumido en
ansiosos pensamientos. Finalmente, llegué a la conclusión
de que, haciendo todas las salvedades necesarias debido a que el propio
tema está bastante alejado de la sensibilidad normal de las mujeres,
aquella dama no podía haber sido italiana. Y me pregunto si era
europea siquiera. En cualquier caso, un temperamento latino no podía
haber detectado nada de morboso en la aguda conciencia del honor perdido.
Una conciencia de ese tipo puede ser equivocada, o acertada, o se la puede
condenar por artificial, y, tal vez, mi Jim no sea un arquetipo de los
más comunes. Pero, sin posibilidad de error, les puedo asegurar
a mis lectores que no se trata del producto
de un pensamiento frío y pervertido. No es tampoco una figura
procedente de las Nieblas del Norte. Una mañana soleada, en el ambiente
vulgar de una rada oriental, lo vi pasar: conmovedor, relevante, envuelto
entre sombras y absolutamente silencioso. Como debe ser. Me correspondía
a mí, con toda la comprensión y afecto de los que fuese capaz,
buscar las palabras apropiadas para lo que él representaba. Era
«uno de los nuestros».
Joseph Conrad
1917
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