La Balada del mar salado (1996)

Hugo Pratt

Este extracto forma parte de la novela La balada del mar salado, editado en castellano en el año 1996 por Muchnik Editores S.A.
Es la primera página donde se nos narra un pequeño pasaje de la estancia de Corto en Córdoba. Dice así:

"Hacía calor; un sol límpido y vibrante caía con saña sobre las palmeras, el jardín de naranjos y las piedras del muro que lo rodeaba. El naranjal ocupaba todo el lado sur de la mezquita de Córdoba y, por fuera, las plantas continuaban el tupido bosque de columnas del templo. Mientras el alto muro contribuía a reforzar el aislamiento, un cielo de un azul perfecto le hacía de bóveda.

El aire estaba completamente inmóvil, pero cargado de electricidad, como si una pincelada de brillo hubiera avivado los colores, o el frotamiento de unos dedos hubiese liberado sus aromas.

Corto Maltés entró en el jardín después de cruzar la catedral y recorrió despacio la sucesión de arcos árabes blancos y rojos, hasta que se detuvo a mirar los cuerpos disecados de los cocodrilos que colgaban como trofeos. Era un niño de diez años.


ilustración de gom

Con paso decidido se dirigió a la fuente; estaba acalorado, había corrido un buen trecho y estuvo bebiendo con avidez. Después recogió agua formando un cuenco con las manos y se mojó el rostro bronceado.

En ese preciso instante comenzó a sonar una melodía lejana. Primero se oyeron los acordes de una guitarra; eran sonidos muy lentos, aislados, salpicados de pausas, que se incrustaban con precisión en el aire inmóvil. Después, desde el fulgor tórrido, le llegó como un espejismo la voz acongojada, melancólica, perdida en el tiempo y la distancia.

Corto quedó muy impresionado; se pasó la mano mojada por el pelo y se lo echó hacia atrás, luego se alejó de la fuente. Levantó ligeramente la barbilla y se detuvo; tratando de no oír ni el ruido del agua ni el de las cigarras, entornó los ojos y concentró toda su atención en aquella melodía para adivinar de dónde provenía. Venía de las callejuelas de la judería y hacia allí se dirigió siguiendo aquel sonido como si fuera un perfume, una llamada, una guía.


El patio de la Mezquita-Catedral de Córdoba donde se ve su fuente.
Fotografia enviada por F. Castillo

Echó a andar despacio, arrastrando las sandalias por las callejuelas desiertas y los patios repletos de flores multicolores. A esas horas tan calurosas de la tarde no se veía un alma, sólo algún que otro gato que se alejaba insinuándose perezosamente entre las macetas de flores.

La melodía comenzó a guiarlo con más decisión, se hacía cada vez más nítida y acongojada, comenzaba a distinguir las palabras y, entonces, Corto se detuvo y se encontró delante de un patio, en la calle de Los Flores.

Los tiestos de geranios tapizaban por completo las paredes de aquel patio oculto; había tiestos de todas las medidas y formas, pero todos, sin distinción, contenían los geranios más lozanos y variopintos que pudieran imaginarse: un hermoso espectáculo que se recortaba nítidamente contra el blanco de las paredes encaladas y el azul purísimo del retazo de cielo.

En el centro mismo del patio, iluminada por un haz triangular de sol cegador, había una mecedora de mimbre que chirriaba despacio y acunaba a un hombre muy anciano, de cara arrugada y con unas gafas muy gruesas de lentes oscuras. ..."
 
 

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