una comida con HUGO PRATT

Por
NUMA SADOUL

Entrevistar a Hugo Pratt es una extraña aventura. Hace años que él y yo mantenemos charlas plenas de amistad, de complicidad. Años que le interrogo. Años que Hugo habla incansable, convincente, socarrón. En el fondo, no he dejado de entrevistarle desde que le conozco, razón por la cual no es muy ortodoxo, periodísticamente considerado, el diálogo que va a seguir: trabajo y amistad se entremezclan en él haciéndolo aparecer a veces deshilvanado, a veces tejido de recuerdos comunes, silencios y aproximaciones difícilmente traducibles en frases rigurosas...

Hugo Pratt: ¿Sabes que mi abuelo procedía de Lyon?

Numa Sadoul: Entonces, ¿era francés?

H.P.: No. Había nacido en Lyon, pero era hijo de inglés. ¡Y ya sabes que los ingleses jamás renuncian a su nacionalidad! Mi abuelo realizó sus estudios en Lyon y después se fue a Venecia.

N.S.: Te refieres a tu abuelo Pratt, supongo.

H.P.: Sí. Era originario de Cornwall. Pero sus antepasados habían llegado allí procedentes de Francia en tiempos de la conquista de Inglaterra por los normandos. Mi abuelo me contaba a este respecto historias muy curiosas, todas ellas siempre en relación con Francia y los franceses. Mis antepasados estuvieron en las Islas Británicas hasta alrededor de 1700, época en que se vieron obligados a exiliarse, ya que eran jacobinos, es decir católicos, y corrían malos vientos para ellos. Así que volvieron a Francia. Más tarde regresaron a Inglaterra para emigrar de nuevo a Francia y, finalmente, a Italia, donde el abuelo Pratt, del que te hablo, puso término a estas tribulaciones. Pero debes saber que hay otros Pratt en América, entre los que destaca un tal William J. Pratt que fue a Hollywood y se dio a conocer allí con el nombre de Boris Karloff...

N.S.: ¡Caray! ¿Es pariente tuyo?

H.P.: Es pariente de mi abuelo. Divertido, ¿no?... Pero todavía hay una cosa más divertida, y realmente increíble. Supongo que conoces esas novelitas de William Butler sobre la mitología alquímica. Butler estuvo algún tiempo en Francia informándose acerca de ciertos temas esotéricos y habla de un tal Lullo, alquimista italiano que abrió en París una pequeña tienda especializada, la cual se encontraba en la rue Le Peletier. Pues bien, en el mismo lugar de esa calle se encuentra hoy Publicness, la editorial que publica "Corto Maltés". ¡Lo que antaño fue el antro de un alquimista es hoy la sede de mi editor! ¿No resulta bastante curioso y significativo?

N.S.: No deja de ser la misma familia...

H.P.: Sí, pero a cientos de años de distancia. ¡Asombroso! Los afines siempre acaban encontrándose...

N.S.: Ese abuelo tuyo que se estableció en Italia, ¿es el fundador de la dinastía veneciana?

H.P.: ¡Ay!, la dinastía de los Pratt... termina conmigo...

N.S.: ¿Qué dices? ¡Sé que por lo menos tienes una chica y dos chicos!

H.P.: Sí, tengo hijos, pero son unos Pratt la mar de raros. Se interesan por cosas bien extrañas. El mayor vive en Argentina y trabaja en la inseminación artificial de las vacas. El más joven, el que vive conmigo, es matemático: ¡le chiflan las matemáticas y Mordillo! Los dibujos que hago le dejan completamente indiferente; es insensible al misterio, al encanto que trato de poner en ellos. Quizás se deba a que me ve trabajar en casa: para él Corto Maltés es un Corto Maltés con pantuflas, casero. Y sin embargo, mis historietas no tienen nada de eso; son una mezcla de un montón de cosas a la vez reales e inventadas. Necesito mezclar la realidad con la ficción, con el misterio. Me encantan los rumbos imaginarios, inusitados... No sé si es una falsa impresión, pero desde hace un momento me miras con unos ojos en los que hay chispas de sorpresa y desconfianza, como si quisieran decir: " ¡Vamos, hombre...!" ¿Crees que te estoy soltando rollos?

N.S.: ¡De ninguna manera! Ocurre que empiezo a conocerte. Una de tus cualidades es precisamente que has llegado a hacer un todo de tu vida, tus recuerdos, tus sueños, tus historietas. Y ese todo ha acabado siendo tan verosímil que ya no importa saber lo que tenga de cierto o de inventado. Hay en ti algo de Orson Welles, algo de prestidigitador... Eres como Corto Maltés: se creó su propia leyenda y ni siquiera se está seguro de que haya puesto alguna vez los pies en un barco. Sí, tienes la mirada de Corto Maltés.

HP.: Ya me lo han dicho, pero el rostro de Corto lo encuentro diferente del mío: yo tengo en los ojos bolsas bien marcadas. ¡Cosas de las entrevistas! Siempre me hacen reír. Corto y yo hemos sido protagonistas de muchas de ellas, tanto en Francia como en Italia; algunas tienen interés porque son invenciones, fábulas, leyendas, con las que me divierto mucho. Ahora espero la tuya. Supongo que tú también apañarás mis declaraciones, darás una versión nueva de lo que te estoy diciendo... y me harás morir de risa.

N.S.: A propósito: ¿qué piensas de la muerte?

H.P.: Para mí, la manera más interesante es terminar con romanticismo, como un aventurero. ¡Morir cardíaco, gotoso o diabético me parece un asco!

N.S.: Ya te he dicho que tienes algo de Orson Welles, ¿encuentras interesante desaparecer como él, a bordo de un avión...

H.P.: ¡Pero Orson Welles no ha muerto!

N.S.: Déjame acabar. Desaparecer como Welles en "M. Arkadin": el personaje desaparece, solo, en su avión, yendo sobre el mar, sin que se llegue a saber si cayó o no. Bonito, ¿verdad?

HP.: Tiene su encanto. Creo que también Saint-Exupéry desapareció así. Pero, aunque ése es un final hermoso, para mi caso personal sería más adecuado morir de la última flecha del último guerrero dankali, por ejemplo.

(Los dankalis son una tribu de Somalia, país que, junto con Etiopía, Pratt y yo solemos evocar frecuentemente por haber pasado en ellos bastantes y muy buenos años.)

H.P.: También los dankalis han cambiado mucho, no creas. Les ha llegado lo que se conoce por civilización. Claro
que ya sabes su antiguo proverbio: "Vivir sin matar... es vegetar". Para ellos, una existencia que no fuera la de guerrero, cazador o aventurero no valdría la pena. Y aunque la civilización los haya amansado, si te encuentras con uno de "la vieja guardia" y estás loco, imagínate... ¡Siempre se puede tropezar con el reaccionario de la tribu! Todo cambia, pero en el mundo sigue habiendo tradicionalistas, ¿no crees?... Además es preferible estar en contacto con la aventura que cascar miserablemente en la cama, con los críos llorando alrededor: "Papá, te vas a morir...", y con los amigos diciendo: "Valor, Hugo..." ¡Que no, hombre! ¡Que-no! Es mejor hacer como los gatos: morir sin fastidiar.

N.S.: También los elefantes...

H.P.: Sí, eso dicen. Pero yo soy veneciano: tengo en casa varios gatos y ningún elefante. Yo conozco bien a los gatos; cuando se ponen malos prefieren estar solos. Hay días enteros en que no los ves, y a veces se esconden en lo más recóndito de la casa. Si te encuentras solo, puede que tu gato se te acerque; si hay gente contigo, no aparece. Y a la hora de morir se irá solito afuera a. entregar su alma gatuna. Unos animales interesantes, los mininos... Bueno, ya hemos hablado de un montón de cosas, pero ¿no quieres saber más del cordero que te he preparado y que nos vamos a zampar?

N.S.: ¡imagínate! De todas formas, mientras llega el momento de comernos ese cordero, puedes seguir hablándome de tu vida.

H.P.: ¡Mi vida!...

N.S.: Sí, pero evitando por hoy hablar de historietas, ¿te parece?

H.P.: ¡Bien, estupendo!

N.S.: Habíamos quedado en la llegada de tu abuelo a Venecia...

HP.: Mi vida... Contarla así no es justo. Quisiera decir muchas cosas, hablar de grandes amores, de sentimientos hondos, de mujeres, pero para ello debería haber a mi lado alguien que pudiera rectificar mis palabras. No es justo hacerlo sin tener aquí a las personas que han compartido mi vida; no es justo hablar de ellas sin que estén presentes. Por tanto debería hablar sólo de mí, lo cual sería terriblemente aburrido. Este es el motivo por el que no me gustan los autorretratos, las autobiografías. Ya sabes que en cierta ocasión escribí una especie de autobiografía. En ella hablaba de mí a través de diversas personas. Todo el mundo dijo que era estupenda y divertida, cuando yo creía haber escrito un libro triste. Además, siempre que la releo me parece de una increíble tristeza, me parece la angustia misma: es el final de la juventud, la evocación de gente que ha muerto, que ha desapareado...
¡Es triste y, sin embargo, todo el mundo se ríe mucho! Incluso donde yo pensaba haber puesto unas pinceladas poéticas no se ha visto más que chanza: "¡Qué tío cachondo!" ¿Cachondo?¡Porras! ¡No vuelvo a escribir nada ni a contar nada!

N.S.: Creían que, una vez más, habías inventado, que te divertías a su costa. Después de todo, tú tienes la culpa: cuando necesitas decir la verdad nadie te toma en serio. Es la fábula del zagal que gritaba: " ¡Que viene el lobo!" y que me contaban de pequeño.

H.P.: De acuerdo, pero yo creo interesante contar las cosas verdaderas como si fueran leyenda, y a la inversa. A menudo he dicho verdades de tal forma que han pasado inadvertidas. Borges ha escrito bastante en ese estilo. Me gusta mucho Borges: es un poco especial, elitista, aristocrático. Aunque también ha escrito tres o cuatro barbaridades que más valiera no se le hubieran ocurrido nunca. De un hombre como él que al final ha dicho esas tonterías, bien se puede pensar que chochea; Borges tiene validez por su obra válida, no por sus cuatro paridas últimas. En lo que a mí respecta, y sin pretender compararme con él, prefiero largarme del mundo antes de que me llegue el momento de la tontería, de la chochez. De todas formas, Borges siempre ha contado historias verídicas como si fueran falsas o historietas de ficción que podrían haber sido posibles.

N.S.: Todo consiste en la manera de contar. Tú mismo has dicho que contarías de otro modo tu vida si los testigos de ella estuvieran a tu lado.

H.P.: Eso me gustaría mucho; así tendría la posibilidad de contemplar los hechos más seriamente. Yo doy razón de las cosas según mi propia impresión. Es como en los viajes: hay mucha diferencia entre hacerlos solo o acompañado. Por ejemplo, me gustaría viajar contigo, revivir experiencias africanas que compartimos, confrontar nuestra visión, nuestros recuerdos. También me gustaría oírte contar esas cosas que conozco... Hace mucho tiempo que somos amigos y al final siempre nos encontramos como ahora: yo hablando y tú escuchando. Así que a estas alturas tú debes de saber bastante sobre mí, mientras que yo sé muy poco sobre ti, lo cual no es justo. Para colmo, hoy me estás dirigiendo un micrófono a la boca para hacerme hablar y luego la decisión te corresponderá a ti: serás tú quien diga si suelto memeces o palabras sensatas y verdaderas...

N.S.: Volvamos una vez más a Joseph Pratt, ese abuelo tuyo que se instaló en Venecia... Se casaría con una veneciana, ¿no?

H.P.: Sí. Se casó con una veneciana de origen judeo-español y turco, matrimonio del que nació mi padre. A mi padre no llegué a conocerlo bien: únicamente pasé con él los últimos años de su vida, allá en Etiopía, entre mis diez y mis dieciséis años. Trabajaba en la construcción de carreteras y cosas por el estilo, y tenía una oficina de producción relacionada con el trabajo colonial. Como sabes,murió en Africa...

N.S.: ¿Vivía tu madre con vosotros?

H.P.: Sí, claro. Resulta curioso: fue allí donde por primera vez sentí que quería ser dibujante.

N.S.: ¿De qué murió tu padre? ¿Acaso lo mató una última flecha?

H.P.: Mi padre murió de enfermedad, lo que es como acabar de una última flecha, después de todo. Murió de un cáncer en el hígado y lo enterraron allí, en Harrar. Por cierto que, pasados años y años, regresé para buscar su tumba. Lo hice pese al gobierno italiano y a toda esa basura de burocracia, que no sabían dónde podía estar (al menos eso pretendían). Llegué a Harrar y, al cabo de una semana de indagaciones, conseguí encontrar la tumba. Esto era en 1970. A Etiopía volví una vez más en 1973.

N.S.: ¿Te marchaste de aquel país inmediatamente después de la muerte de tu padre?

H.P.: No; lo hice meses antes, en 1943, con mi madre. Como era durante la guerra pasamos por el cabo de Buena Esperanza en vez de navegar por el Canal de Suez. Creo que el Vaticano y Haile Selassie habían llegado a un acuerdo para evacuar a los italianos de las antiguas colonias. Eran muchos, sin duda más de un millón, pero no todos se fueron. Mi padre se quedó y, en calidad de soldado, los franceses lo hicieron prisionero -Harrar estaba dominada por tropas de la Francia libre- para acabar muriendo en un campo de concentración.

N.S.: Tú tenías diciséis años por entonces: ¿podías saber de la guerra algo más que lo que se deducía de los ecos procedentes de Africa?

H.P.: Para mí la guerra era más que un eco: ¡a los trece años hacía de soldado! Mi padre me alistó en un batallón de defensa nacional. Como había problemas con los guerrilleros, se enrolaba hasta a las mujeres y los muchachos. Yo era el más joven.

N.S.: Pero ¿aquello iba en plan serio?

H.P.: ¡Y tan en serio! ¡Era cosa de defenderte o morir!

N.S.: ¿Contra quién se defendía vuestro pequeño ejército?

H.P.: Contra los "chiftas", es decir, los patriotas abisinios. Ellos tenían todas las razones para querer matarle a uno y yo me encontraba en una postura delicada: sabía perfectamente las razones que les asistían para querer matarme; pero yo también tenía las mías para no dejarme matar, ¡qué caramba! No sentía la menor gana de convertirme en un mártir cristiano... Hoy cuento con buenos amigos etíopes, personas con las que iba a la escuela, por ejemplo, o incluso gente contra la que luché. Ahora, ellos y yo tenemos los mismos problemas: con la juventud, con los hijos, con los imbéciles... A los dieciséis años, allá en Africa, tuvimos que hacernos la guerra, pero en la actualidad todo es diferente: vamos a comer juntos, nos miramos ycomprendemos muchas cosas sin hablar, nos contamos las historias del pasado...

N.S.: A propósito del pasado, ¿por qué no ponemos de una vez en orden tu genealogía?

H.P.: Bien. Ya conoces a mi abuelo Pratt, que se casó con una veneciana de origen judeo-turco, procedente de una antigua familia apellidada Toledano. Su hijo -esto es, mi padre- se casó con una Gennaro, familia veneciana, también muy antigua, de origen sefardita. Los Gennaro son comerciantes de Venecia venidos de España hace muchísimo tiempo y que desde siempre han estado relacionados con la familia Toledano. Además es curioso: los Gennaro y los Toledano han sido toda la vida aliados pero paralelos, han vivido como dos clanes distintos aunque unidos. Hay que decir que los Toledano siempre han sido judíos, mientras que los Gennaro, cristianos al principio, se convirtieron al judaísmo para pasarse de nuevo al cristianismo. Esto no ha impedido a las dos familias convivir en Venecia. Figúrate que mi abuelo Gennaro, uno de los fundadores del fascismo veneciano, durante la guerra escondió en su casa a los Toledano y a otros judíos que no eran de la familia. Ellos trajeron consigo todos los libros prohibidos, biblioteca en la que he aprendido mucho. Interesante, ¿verdad? Mi madre, una Gennaro, nunca ha sabido comprender, asimilar la tradición cabalística: para ella, la Cábala no es más que un medio de adivinar los números de la lotería... Yo soy ahora el depositario de la tradición de los Toledano. Pero la genealogía se complica como consecuencia de una serie de mezclas familiares; creo que ha habido hasta incestos, historias un tanto turbias, un tanto extrañas. De todas formas, como te digo, es interesante. Tú sabes que en Venecia, al igual que en todas partes, hay dos corrientes judías: la ashkenazy, originaria de Europa Central, y la sefardita, procedente de España y más recientemente de Turquía y otros países. Mi familia pertenece a la segunda de las dos ramas del judaísmo, que está abundantemente representada en Venecia. Esta es una ciudad apasionante, un mundo todavía muy en conexión con el esoterismo, el misticismo, la metafísica, donde todo se convierte fácilmente en una mezcolanza de poesía y hermetismo...

N.S.: Así que tu madre vive aún.

H.P.: Sí, continúa haciendo la cábala. Se equivoca mucho, pero es muy ingenua y sus ideas son realmente poéticas. Yo me divierto una barbaridad cuando echa las cartas, el tarot, etc. Siendo yo pequeño, ella venía a veces en plena noche a contarme historias extraordinarias en las que todo se mezclaba. ¡Es formidable la interpretación que mi madre hace del Gólem veneciano! Con ella, la sinagoga se vuelve cosa de macumba brasileña, ya que mezcla los elementos cristianos con los judíos. ¡Casar a San Martín con Lilith, por ejemplo, es muy propio de mi madre!

N.S.: ¿Qué ocurrió, después de la guerra, con tu abuelo fascista?

H.P.: ¿Mi abuelo Gennaro? Murió en Venecia en circunstancias interesantes. Declaró en su lecho de muerte: " ¡Siempre viví,como pagano, quiero morir como pagano!" Cuando el cura quiso darle la extremaunción, él se levantó para escapar y murió... Realmente no tenía nada de fascista, nunca comprenderé por qué llegó a serlo. De hecho ser fascista era una moda que no correspondía siempre a una tendencia natural; hubo muchos judíos que hicieron la guerra con los fascistas. Mira, la estupidez no tiene bandera, la encuentras en todas partes... ¿Quién te dice que yo mismo, que te cuento todo esto, no soy un memo? Es mi palabra contra la tuya cuando aparezca escrita esta entrevista. Lo importante, pienso, es contar cosas, bromear, divertirse. Divertirse con todo. Divertirse a costa de todo, ¿por qué no? Así que... ¡a ver qué haces con todo lo que te he dicho!

(Y ésta es la tropelía cometida por Numa Sadoul, en Saint-Germain-en -Laye, a 18 de diciembre de este año de gracia.)
Copyrights de este reportaje: "Les Cahiers de la Bande Dessnée". Editions J. GLENAT (Francia).

Estupenda entrevista aparecida en la revista TOTEM Nº6 / Enero 1978

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